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<  Fan Fic's   ~  Marcha Nupcial (Luís x Christian) NC-17 Santa Esmeralda

Gadya
Publicado: Dom Jun 08, 2008 3:35 pm Responder citando
Aldebarán de Tauro - Moderador Aldebarán de Tauro - Moderador
Registrado: 29 Jun 2007 Mensajes: 1439 Ubicación: Encerrada en el gabinete de la campaña "Albiore Presidente" Reputación: 300.4
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El fic en sí es una pedorrada atómica... vamos, vamos, no tiene sentido, pero me importa un carajo... por qué??? PORQUE ES MI FIC Nª 100!!!!!! SI, SEÑORES!!! VAMOS, VAMOS!!!! 100 FICS! me voy a chupar...

Si quieren enterarse un poco más sobre los personajes de esta historia, les recomiendo esta pág:

http://redrose.forumh.net/para-todos-aquellos-interesados-en-esta-disparatada-historia-f1/

Ahora si, al grano

MARCHA NUPCIAL

Los acordes de la Marcha Nupcial llenaron por completo la modesta capilla portorriqueña, sumiendo a los presentes en el romántico ambiente de la boda de ensueño que estaban presenciando, la que, por tanto tiempo, se había hecho desear… ese día, padrino y ahijada unirían sus vidas, cambiando de nombre al vínculo, pero no al amor que se tenían, y las sonrisas de todos los presentes no hacían más que confirmar la perfección de ese final de cuentos de hadas.

Una sencilla alfombra roja se extendía hasta el altar, en el que el novio, sobriamente ataviado con u traje negro, esperaba radiante a la niña que, convertida en mujer, caminaba a su lado, sujeta de su brazo. Christian sonrió de medio lado, observando de reojo a su hija tras el velo, y sin perder el aplomo, avanzó por el escarlata camino hacia el destino que ya no podía evitar… y sin querer, sus ojos se perdieron en la mirada de su futuro yerno, su compañero de aventuras, su cómplice en el secreto que guardaban de todos, del mundo que, de oírlas, los señalaría escandalizados.

*

No podía decir que la idea había sido mala, porque ciertamente no lo era, pero su propio reflejo en el espejo le indicaba alarmado que algo de seguro no saldría bien. Aún no podía comprender cómo había sido que había acabado en aquella situación, enfundado en el elegante vestido que su hija había llevado para la fiesta del compromiso, afeitado en un complot macabro tramado por Juan Cruz y su propio hermano, y maquillado hasta lo indecible, transformado en un perfecto muestrario de todo lo que un trasvestido debía hacer. Ciertamente aparentaba ser una mujer, un bizarro clon de su hija con algunos años de más y músculos en donde no debería haberlos, pero Daniela sin dudas, y sus cabellos asomando graciosamente sobre sus hombros luego de tanto tiempo de faltarles trenzados en rastas, confirmaban que definitivamente había unas cuantas alertas de peligro que se había saltado… ahora ya no había marcha atrás, con tanto alcohol en sus sistema no podía reaccionar y defenderse de un ebrio Luís arrinconándolo contra la pared.

Todo había sido su culpa, y de eso sí que estaba bien conciente. Si tan sólo hubiese dejado que Paco contratara a sus adoradas bailarinas, las manos ásperas del guitarrista no habrían intentado jamás de quitarle una sola prenda… pero no había podido evitarlo. De entre sus nubladas memorias surgió su voz de padre sobre protector, amonestando su hermano menor por tan descabellada idea, imaginando la reacción de su propia hija si llegaba a enterarse de tan descontrolado festejo. Así había empezado todo, con una estúpida discusión seguida de un pañuelo en su nariz que lo había noqueado por completo.

Rió, comprendiendo por fin por qué había perdido casi dos días de su vida y había despertado en los camarotes de aquella embarcación con el rostro cubierto de maquillaje y una apariencia tan femenina que había llegado a engañar, complotada con los vapores de la borrachera, a su propio compañero de años.

No tuvo mucho tiempo de reaccionar, los labios de Luís, infestados de licor, se adueñaron de su boca, de su aliento, de su cordura casi evaporada en los litros de cerveza que ya había tomado, haciéndole olvidar su nombre, su esposa, su relación casi fraternal con el causante de ese beso de locura que estaba desmoronando todas y cada una de sus convicciones. Sus manos ágiles, un poco entorpecidas por el alcohol, bajaron el cierre posterior con lentitud casi morbosa, llenando el ambiente con el hechizante ruido de los eslabones separándose sutilmente, arrancándole suspiros con pequeños mordiscos en su cuello, en su hombro, en su torso que, poco a poco, comenzaba a revelase masculino. Christian cerró los ojos, dejándole hacer por completo, envuelto en un caleidoscópico mareo en el que el bote de Capone comenzaba a convertirse en una sola habitación, y maldijo por lo bajo al par de traidores que, vencidos por los variopintos tragos, yacían dormidos hacía ya rato en uno de los sillones. Todo había sido por él, por evitar que, justo antes de su boda, el rubio le fuese infiel a su propia hija con alguna desconocida, y ahora, sin que pudiese frenarlo, estaba a punto de convertirse en esa desconocida que le robara a su pequeña Daniela a su prometido por una noche… jadeó al sentir un osado dedo en la base de su espina, qué más daba, de todos modos jamás nadie lo sabría, nadie se acordaría de semejante traición al día siguiente, y no había nada que pudiese hacerlos recordar.

Cerró los ojos, entregándose por completo a aquel perverso juego que él mismo se había impuesto, y con desmedido frenesí emboscó los labios del guitarrista, antigua propiedad privada de su hija, rozando con su lengua cada rincón inexplorado, cada milímetro de dulce sabor y cálido aliento, colgándose de su cuello con frenesí para pegarlo más a sí mismo…nada podría arruinar ese momento, nadie podría quitarle jamás esa noche que ya no recordaría. Sitió el vestido deslizarse por sus piernas directo al suelo, a donde, momentos después, envió la camisa de Luís sin reparos, para luego mirarlo a los empañados ojos.

-Güero…-

Luís sólo sonrió, rozando su boca con tan poderosa arma de convicción, y de un tirón se bajó los pantalones para volver a besarlo, a acariciarlo, a robarle la lucidez que, por un momento había creído recobrar.

Un reguero de gemidos fue quedando de camino a la escalera que conducía a una de las habitaciones, en donde, a falta de coordinación, quedaron varados; para entonces ya sólo eran sus alientos lo que se respiraba en el aire mezclado en el sudor con aroma a excitación que empezaba a cubrir sus cuerpos enredados en afanoso trabajo de mezclarse. Rosarios de gritos velados escapaban de la garganta del baterista, entrelazándose con la hirviente saliva que, marcando caminos prohibidos, derrapaba desde sus tetillas hasta su ombligo, y de allí al más allá, en una sonrisa perversa de Luís, en sus manos tanteando su intimidad virgen, en su lengua aproximándose peligrosamente al delirio místico de rozar su miembro erecto con demente lentitud. La áspera humedad empañada de aliento alcohólico se enseñoreó por aquellos territorios, cosechando ya gritos de desesperado ruego, y los dedos de Christian se aferraron a las rebeldes ondas de su amante, suplicando por más, más tortura, más calor, más demencia que no se hizo esperar.

Con presteza, Luís engulló por completo aquel erguido miembro, deleitándose con el penetrante olor a sexo, degustando aquel extraño sabor a gemidos roncos, a placer prohibido, a sus propios dedos infiltrados en la boca de su futuro suegro, empapados de lo que vendría. Succionó, mientras su mano libre acariciaba los oscuros vellos que cubrían a entrepierna de su compañero y la saliva escurría de los otros, perdidos entre la lengua que tantas palabras soeces le había oído pronunciar. Christian lo sintió, aquel cosquilleo en el vientre que bien conocía, ese que sólo con su esposa había experimentado hasta el punto del dolor, y todo su cuerpo se contrajo… era el momento, lo sabía, sus caderas se movían ya con frenesí, disfrutando de aquella calidez; sus dedos, enredados entre el cabello claro, se tensionaron, sus piernas se anudaron al hombre que, entre ellas, respiraba acompasadamente aferrado a su sexo, y con un grito sordo dejó escapar todo de sí, inundando la garganta del rubio con su esencia.

Luís sólo acertó a sonreír, mientras sus labios reclamaban con desenfreno aquella boca de gemidos anudados, haciéndole probar su propio sabor, excitándose en la mezcla de su aliento y el frío que, de a poco, comenzaba a secar sus dedos… no había mucho tiempo que perder, y frotándose las yemas de los dedos llenas de la viscosa sustancia, colocó una de las piernas de Christian sobre su hombro, para llegar sencillamente a su entrada, el fin del camino de cada una de las perversiones que esa noche hubiese soñado.

Un dedo impertinente se coló sin pedir permiso en la intimidad del baterista, haciéndole dar un respingo, y en su estado de sopor no pudo más que reprimir un gemido y cerrar las piernas, dificultándole las cosas a Luís, que gruñó contrariado. Con besos escaló el guitarrista hasta el oído de su compañero, a mordisquearlo juguetonamente para calmarlo

-Estate quieto- susurró enredado, y al ver que no funcionaba, acabó por voltearlo.

Demasiado tarde, sus dedos, ya secos, se lo dijeron. Con Christian de espalda, se dedicó a pasear por su espalda hasta llegar a su trasero, el cual rozó con ambos pulgares hasta separar las nalgas, y con total desparpajo, se sumergió en su entrada, dilatándola con su lengua, empapándola con su lujuria hasta que una puntada en su propia entrepierna le anunció que ya no podía estarse con rodeos.

Con parsimonia desplegó las torneadas piernas, para luego inmiscuirse entre ellas, y con una certera estocada entro por completo, arrancándole al castaño un grito de dolor.

-QUÉ CARAJOS TE PASA, HIJO DE PERRA!!!- vociferó el baterista, aún ebrio, al sentir el abrupto contacto

-Cállate y no me arruines la noche- retrucó Luís a su oído, recostándose sobre su cuerpo.

Permanecieron así un momento, quietos, sintiendo la agitada respiración de uno chocar con el torso del otro. Christian podía adivinar el palpitar de Luís en su interior, su mano escabulléndose por su entrepierna hasta dar con su miembro semierguido, sus labios rozando su cuello desprotegido con deliciosa morbosidad, y no pudo reprimir el suspiro al sentir el contacto de sus dedos fríos con su creciente excitación.

-Ya, de una vez, güero…- jadeó, irguiendo su trasero para facilitar el acceso.

No fue necesario que lo repitiera, Luis se aferró a su cadera, embistiéndolo lentamente para acompasar sus ritmos, masturbándolo con una mano en espera de esos gemidos con formas de nombres y groserías llenando de místico delirio su despedida de soltero, perdiéndose en el olor a sexo que comenzaba a enviciar el ambiente. Podía sentir sus glúteos chocando contra sus testículos, su estrecho interior apresándolo hasta la locura, sus manos aferrándose inútilmente a la alfombra que cubría las escaleras a las que casi no habían llegado. Un gemido le hizo abrir los ojos para encontrarse con su espalda, perfectamente delineada, dejando entrever la mitad de su rostro, sus ojos cerrados enmarcados por un furioso sonrojo que el maquillaje, casi inexistente ya, no lograba ocultar, y sin medir fuerzas apresó su miembro, masturbándolo furiosamente al tiempo que las estocadas se volvían más violentas.

Los jadeos volvieron a escucharse por doquier en el yate, enredando voces que, en el escenario, permanecían escondidas por las famosas canciones de Santa Esmeralda, y las paredes de madera se maravillaron por aquel himno sin letra que inventaron esa noche al ritmo febril de sus cuerpos haciendo el amor. Christian podía sentir sus propios gritos escapar de su garganta con cada embestida, olía el placer de aquel acto en su espalda sudada rozando en el pecho de Luís, en sus dedos subiendo y bajando en su pene sin disimulo, en su cuerpo frío y su hombría caliente rogando por más placer del que podía soportar. Aquella mano traidora, el miembro del rubio entrando y saliendo de su trasero, los gemidos enturbiando el ambiente, todo se mezcló en un peligroso cóctel que acabó por vencerlo, y por segunda vez en la noche se corrió con un grito que hizo eco en las delgadas paredes

Luís apenas podía reparar en lo que estaba haciendo, todo su ser, diluido en el momento, apenas si podía separarse de aquellas paredes tibias albergando su sexo, brindándole un goce que creía inexistente. Su boca reseca apenas si podía coordinar entre jadeos, gemidos y un débil intento por recuperar el aliento que su propia pasión desatada le quitaba en trasero de su compañero, un equilibrio al borde del precipicio que acabó por desmoronarse con la ronca voz de Christian llenando su mano de semen, y estrangulando las carnes de su cadera, llegó al orgasmo con un sonido gutural.

Un viscoso líquido escurriendo del moreno trasero les dio la pauta de que todo había terminado, regresándoles a la realidad; ambas respiraciones entrecortadas chocando, la conciencia de lo que acababan de hacer. Horrorizados, se separaron entre tambaleos, mirándose a los ojos aún perdidos, rodeados de las acusadoras marcas de su pecado…

-Como le digas a alguien te mato…- atinó a decir el baterista jadeando aún por el cansancio

-Lo mismo…- respondió Luís recogiendo su ropa, y poniéndose de pié, se marchó del lugar con pasos errantes.

*

Los pasos retumbaron en la Iglesia, llenando de orgullo a un Christian escolta de su adorada hija, Daniela se casaba con él, con Luís, y sonreía, seguro de que su pequeña no podría haber escogido un hombre mejor. Frente al altar, Luís esperaba, perdido en la radiante figura de la muchacha avanzando hacia él, dispuesta a entregarle su vida, y no pudo, o no quiso, evitar mirar a su suegro con ojos cómplices, custodios de un secreto que estaba dispuesto a llevarse hasta la tumba.

Christian sonrió de medio lado…tampoco estaba dis`puesto a que se supiera, todo fuese por su niña

-Pá, Qué te pasa? Estás caminando raro…

-Es idea tuya, mi reina, es idea tuya…


FIN
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