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| Gadya |
Publicado: Jue Jul 05, 2007 1:30 pm |
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Aldebarán de Tauro - Moderador

Registrado: 29 Jun 2007
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Ubicación: Encerrada en el gabinete de la campaña "Albiore Presidente"
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CÓMO DECIRTE QUE TE AMO
"Y de mis sueños
creo que un día escapó,
para esconderse
dentro de mi corazón"
("Aún estás en mis sueños"-Rata Blanca)
Otra vez estás allí, mirándolo; observándolo oculto tras los árboles del jardín, como cada tarde. El sol brilla en lo alto, derramando su calidez sin reservas, creando un ambiente perfecto.
Y allí está él, tan perfecto como siempre. Los rayos de luz lo bañan completamente, dándole ese aspecto angelical que tanto adoras. La misma escena, repetida una y otra vez, día tras día desde que recuerdas haber comenzado a sentir lo que sientes.
Tu ángel, sentado en el pasto junto a la fuente, escribiendo una carta bajo el sol otoñal, es un cuadro que no puedes resistir. Tu corazón se acelera ante aquél espectáculo, te asalta el sentimiento de lo indebido, como cada mañana, cuando te despiertas bañado en sudor sabiendo que has vuelto a soñar con él, un sueño loco que sabes que jamás se cumplirá. Suspiras, aferrándote al árbol que te oculta de su vista... has pasado demasiado tiempo ocultándote allí... viéndolo cada tarde, dejaste pasar días, meses, años, esperando a que él te descubriese en tu escondite, te esclavizaste a ese momento que tanto dolor te causa, lo aguardas cada minuto, porque es el único momento en el día en que dejas de ser el helado Cabalero de Acuario para ser sólo... Hyoga.
Lo ves llegar y sentarse a su lado, y en ti se desata la desesperación. Lo celas terriblemente, y esos celos te carcomen la cabeza. Te parece injusto, porque él puede tenerlo y tú no. Él puede acercarse sin máscaras a tu ángel de Andrómeda... no... ya no es Andrómeda. Has pasado ocho años tras aquél árbol, y tu muchacho se ha transformado en el joven Santo de Virgo, un Santo de veintiún años que aún no ha perdido la frescura de los trece.
Ikki dice algo que no alcanzas a oír y él ríe, y entonces, sientes que tu corazón se quiebra. Necesitas de su risa tanto como del aire, pero sabes que no es tuya, y te duele que no lo sea. No entiendes por qué estás allí, atado a tu dolor, si sabes que jamás tendrás una oportunidad.
Y allí está el Phoenix, ahora Cabalero de Leo, junto al objeto de tu adoración, el frágil Shun, riendo despreocupadamente mientras los acechas como un león hambriento...
*
Ikki se marcha. ¿Cuánto tiempo ha pasado ya? Minutos, horas, qué más da. El sol sigue en lo alto y tú detrás de tu árbol. Ikki se va, y deja a su hermano de nuevo en compañía de tu mirada. El viento de la tarde le remueve los cabellos, aquellos que tú quisieras tener entre tus dedos...
No puedes seguir esperando, ha sido demasiado tiempo. Te encaminas hacia donde está él, temeroso de lo que sucederá. Puedes sentir tus manos frías, tuviste que descender ocho grados tu temperatura corporal para que él no note tus mejillas encendidas cuando te vea.
"Hola, Shun"
"Ah, hola, Hyoga"
Shun te mira y te pierdes en sus ojos color aguamarina. Por fin has cambiado de lugar, has dejado de ser espectador para unirte a la escena.
"¿Qué haces?" le preguntas mirando la blanca hoja de papel. Tienes que preguntarlo, él no sabe que has estado mirándolo toda la tarde.
"Escribo una carta, para June"
June, la rubia Caballero de Camaleón. Otra vez te hirvió la sangre, esta vez de envidia, cuando viste brillar los ojos de tu amado. La quiere tanto que no puedes soportarlo. No quieres que nadie pueda ser sincero con él porque tú no puedes serlo, y June adora a Shun sinceramente. Por eso la envidias; a pesar de su máscara puede ser más honesta de lo que tú serías jamás con el muchacho frente a ti.
"No has escrito mucho" dices con ironía para disimular el torbellino de emociones que te inunda. Y por fin su risa es tuya. Tan sólo unos instantes logras que surja, y la disfrutas como el tesoro frágil que es.
"No, no sé cómo empezar. ¿Me ayudas?" Sonríe mientras te invita a sentarte junto a él. No puedes creer que esto esté sucediendo. Te sientas junto al Santo de Virgo esperando que no oiga el furioso latir de tu corazón.
El sol cayó lentamente sobre el horizonte mientras llenaban la hoja de papel entre los dos. De pronto, allí lo tienes de nuevo, su mirada clavada en la tuya.
"Hyoga... ¿Cómo puedo decirle a una persona que la amo?" te dice con toda seriedad. Su pregunta te destroza. Nunca pensaste, ni en tus sueños más descabellados, que tu ángel de verde cabellera te preguntara algo así. Y sin embargo, Shun te lo pregunta, sin intuir, acaso, el dolor que te causa su duda: ahora sabes que no será tuyo.
"No lo sé" le respondes. "Cada persona es distinta. Depende de su carácter" le dices mirando hacia otro lado para que no descubra tu tristeza. "Primero debes conocerlo y luego arriesgarte, supongo. La verdad yo nunca lo he hecho, pero..." Shun toma tu mano, lo miras y él sonríe.
"Preguntaré de nuevo: Hyoga, ¿Cómo puedo decirte que te amo?"
Tu corazón quiere salirse de tu pecho. No importa cuántos grados más desciendas tu temperatura corporal, va a verte sonrojado de todos modos. No puedes creer que esté pasando, tu sueño se está cumpliendo. Te quedas sin palabras, perdido en el momento, ves tus manos en las suyas, ambas tan blancas... Toma tu rostro con sus manos y te mira... no, no puede estar jugando con tigo, ahora lo sabes, sus ojos te demuestran que todo es real.
Te aferras a su pecho, feliz de ser correspondido, y él te abraza con fuerza, como confirmando lo que hace unos minutos te había dicho. Lo miras, y tus ojos le dicen lo que tu boca no puede, lo que has sentido dentro de ti los ocho años que lo has visto escondido en la arboleda; en tu mirada sólo puede ver que lo amas con desmedida locura, con tal pasión que lo único que necesitas para vivir es su presencia. Él lo entiende, entiende tu silencio, y te acaricia el cabello; el juego de sus manos compite con el viento y tú cierras los ojos para disfrutarlo, para no perder ninguna sensación de ese mágico momento. Y de pronto, sientes su sonrisa en la tuya, su lengua explorando cada rincón de tu boca con tal suavidad que se asemeja a una experiencia casi divina.
Te desvaneces en el éxtasis que te provoca aquella intromisión, saberlo recorriendo aquella parte de ti de la que sólo salían palabras distantes. El helado Caballero de Acuario ha muerto, y el único culpable es el antes Caballero de Andrómeda.
Sin embargo, una duda empaña tu felicidad, y cuando el beso se rompe, en búsqueda de aire para ambos, no puedes evitar preguntarle:
"¿Y si Ikki nos descubre?"
Tiemblas de tan sólo pensar en esa posibilidad... si Ikki los descubre... la idea flota en tu cabeza como una nube ocultando al sol... Sabes perfectamente qué sucedería si Ikki los descubriera. Seguramente les prohibiría estar juntos; te odiaría tanto que te eliminaría al instante... la muerte, qué liberadora podía llegar a ser, después de todo, si te separaban de Shun de todos modos morirías, pero... tendrías que esperarlo en el infierno, y la sola idea se te hace insoportable. Lo habías esperado por ocho años, y ahora que te sabes correspondido, no quieres estar alejado de él.
Shun lee el miedo en tus ojos, y te abraza aún más fuerte para alejar todo temor. Te mira con ternura mientras te calmas, y dice con total seguridad:
"Ikki es mi hermano, si, pero no es nadie para meterse en mi vida privada. Allí estás tú, y sólo tú. Y si a Ikki no le parece, ya sabes a dónde se puede ir."
Ríes, ya menos nervioso. Si él está dispuesto a defender su amor hasta de su mismo hermano, no tienes nada que temer. Esta vez tú tomas la iniciativa y lo besas, ahora ya sin miedos, y seguro de que lo único que quieres para ti en esta vida es permanecer entre sus brazos para siempre.
El sol ya se ha ocultado y la luna brilla en lo alto. Ya no pueden quedarse en el jardín. Es hora de regresar a sus Templos
*
El sol brilla en el cielo, iluminando la parte oculta de tu Templo. Su luz te encandila y hace que te duela la cabeza. Llevas tu brazo a tu cara para protegerte del resplandor y te das vuelta en la cama. Te estas muriendo de sueño, pero no quieres cerrar los ojos. Bostezas; anoche no dormiste por miedo a que todo hubiese sido un sueño, y aún así, no tienes la certeza de que haya sido real.
Ya es muy tarde, de eso estás seguro, pero no quieres levantarte, no tienes motivos para hacerlo, dado que no podrás ver a Shun hasta la noche... Shun... sonríes al imaginarlo enfundado en su brillante armadura impartiendo lecciones a su pequeño discípulo, Darío, futuro Caballero de Andrómeda. ¿Por qué estaría entrenando en el Santuario? te llama la atención ese detalle. ¿Por qué no lo habría llevado a la Isla de Andrómeda? Aunque ahora que lo piensas... tu aprendiz también había entrenado en el Santuario, exceptuando el último año... tu aprendiz... ya no es tu aprendiz, Yamil obtuvo la armadura de Cygnus hacía ya dos años...
Desvariando te quedaste dormido hasta que un par de labios te despertaron.
"Te ves fatal" es lo primero que escuchas antes de abrir los ojos. Y al hacerlo, descubres a Shun sonriéndote a un lado de la cama.
"¿Qué haces aquí?" preguntas algo confundido. No es muy común que alguien entre a tu habitación, y menos a esta hora... por cierto, ¿qué hora sería?
"Es casi medio día. Le dí a Darío el día libre y vine a verte. Quería verte."
Sonríes. Entonces no fue un sueño, lo que tu adorado ángel siente por ti es absolutamente real. Le tomas la mano y suspiras.
"No dormí en toda la noche. Temía que fuera un sueño"
"No temas, Hyoga. Lo que siento por ti es poderosamente real."
Lo miras, ya más tranquilo, y te sonríe. Bajo la bruma del cansancio se ve realmente como un ángel, rodeado de un halo mágico que lo hace perfecto, sumamente perfecto. Te pierdes en su sonrisa, tan clara, tan pura, y sus ojos verde aguamarina son lo último que ves antes de quedarte profundamente dormido.
*
Despiertas con dolor de cabeza. ¿Cuánto dormiste? El sol aún ilumina tu habitación. Miras a tu alrededor, y tus ojos se detienen en el joven Santo de Virgo, quien duerme sentado en una silla, todavía junto a tu cama. Te levantas de la cama y te quedas mirándolo un rato... realmente es hermoso. Tu corazón se acelera, pero ya no te asusta que pueda llegar a verte sonrojado. Aún se encuentra en tus labios el sabor del beso con el que despertó la primera vez, y consideras que es hora de regresarle el favor. Te recargas sobre sus piernas y fundes tu sonrisa, esa que no has podido borrar, con sus labios en un beso suave y lleno de ternura. Y por fin te ves reflejado en las ventanas de su alma cuando despierta.
"Creo que me quedé dormido. ¿Ya amaneció?"
La incertidumbre te llena... ¿Ya amaneció? ¿Qué quería decir con eso?
"Espera. ¿Cuánto dormí?¿Qué día es hoy?"
Tu cara debe ser realmente cómica, porque tu sola pregunta ocasiona que tu amado ría hasta las lágrimas. Lo miras con reproche, pero no puedes enojarte, no con él.
"Dormiste todo el día de ayer" te responde entre risas "Ya es miércoles"
¡Miércoles! ¡Ya era miércoles! Nunca dormías más de ocho horas ¿Cómo pudiste haber dormido todo un día? Con razón te sientes terrible.
"Me duele la cabeza" dices medio sonriendo, aunque en realidad no estás diciendo toda la verdad. te falta decir que tienes el estómago revuelto, ganas de vomitar, y que estás tan mareado que el mundo te da vueltas. No importa, Shun lo sabe, puedes verlo en su rostro, tan lleno de una dulzura que te acaricia el alma.
"Yo también me sentiría mal si hubiera dormido un día entero"
Haces una mueca ante su broma, si la cabeza te va a estallar, entonces mal no es una palabra que encaje con tu estado actual, definitivamente. Sus brazos te rodean y cierras los ojos. De repente, en su abrazo se desvanecen todos tus males, regresas a ser tú. Y entonces lo recuerdas. es miércoles, y el dueño de los brazos que se encuentran en tu cintura debería de estar con su pequeño aprendiz.
Te separas de su abrazo, aunque no quieres, y lo miras... Shun está sonriendo, no va a dejar que te liberes fácilmente... parece tan libre de preocupaciones que no entiendes cómo puede tener un niño a su cargo. Y entonces te acuerdas; la carta que escribieron para June... si tu memoria no te falla decía algo sobre enviar a alguien a algún lado... ¿Podría ser...?
"Envié a Darío una temporada con June a la Isla de Andrómeda" te dice, como si hubiera leído tu mente. "Necesitaba un tiempo para mí, para nosotros. Darío n tuvo objeción."
"¿Darío sabe...?"
"No, pero June sí, bueno, al menos sabe lo que siento por ti..."
Tiemblas al oírlo hablar. No puedes creer que June lo supiera antes que tú. ¿Cómo había tenido el valor de decírselo a alguien? ¿Cómo hacía para no darle importancia al hecho de que lo que había entre ambos no era natural ni mucho menos permitido?
Shun no presta atención a las dudas que ve en ti y sigue confesándose con tigo
"Hacía un tiempo que venía pensando en enviarlo. Si todo salía bien, como salió, íbamos a necesitar un tiempo para estar juntos, y si no, de todos modos iba a necesitar el tiempo para reponerme..."
Lo besas, quieres que se calle; quieres disfrutar del silencio y de su compañía. No importa lo que hubiera sucedido antes, ahora están juntos, y eso e lo único que necesitas saber.
*
Miércoles y jueves pasan sin que te des cuenta, y el viernes llega con una sorpresa para ti. Te despiertas y descubres a Shun en tu cama, a pesar de que en ella apenas si hay espacio para ti. Lo miras y te invade un sentimiento que ya conoces, y que te asusta: el deseo. Lo deseas, lo necesitas como a la vida misma, y no puedes tenerlo ni puede tenerte porque es Virgo, y no puedes cambiarlo. Tu deseo debe quedar en deseo y nada más. Y sin embargo, no puedes evitar que el contacto de su piel con la tuya te provoque escalofríos cada vez que lo sientes. Porque no es la primera vez que te encuentras en esa situación. En los dos días que pasaron su relación ha avanzado a pasos agigantados y te has perdido en el ritmo frenético de las etapas que quemaron sin siquiera vivirla. Poco a poco los besos y las caricias dejaron de ser suficientes, ambos quieren más, necesitan más, toda la pasión retenida en los dos durante los últimos ocho años comienza a agitarse bajo a piel de ambos en espera del momento en que ninguno de los dos pueda ya conservar la cordura. Y temes que ese momento haya llegado, porque entonces la perdición será inevitable, y al mismo tiempo ansías que ese momento llegue, porque ya no puedes vivir sin él a tu lado.
Tan perdido estabas en tus pensamientos que no notas sus ojos verdes clavados en ti hasta que es muy tarde para resistir. Sus brazos te rodean sin que puedas evitarlo. Sus caricias te queman, no puedes controlar el huracán de emociones que te embarga y finalmente desistes de tu lucha, entregándote por completo a los deseos de tu ángel. Sus labios se posan en ti, recorriendo todo tu cuello con la seguridad de un experto. Lo conoces, lo has sentido antes, en sus ojos puedes ver tu deseo reflejado en el suyo. El momento ha llegado, y no vas a detenerlo, tu miedo se calla ante la pasión irrefrenada, ya no hay marcha atrás.
Entre los dos se desata una lucha incontenible de besos, ni siquiera notan cuando caen de la cama. Se necesitan tan desesperadamente que no pueden despegarse, no quieren despegarse. Sientes su deseo sobre tu piel, en cada uno de los besos que recorren tu cuerpo, llegando hasta las entrañas mismas de tu ser, y te pierdes en ese juego irresistiblemente perverso que están jugando. El momento deja de ser momento para pasar a ser eternidad, y el dolor y el placer se mezclan en el instante que entra en ti y se funden en uno. Lo sientes allí, dentro de tu cuerpo, y te sientes pleno. Lágrimas de felicidad recorren tu rostro al darte cuenta de que todos tus deseos se resumen en un único instante, ese momento que estás viviendo ahora. Él te descubre llorando, y besa cada una de las gotas que corren por tu rostro, preocupado por haberte lastimado con su intromisión. Le sonríes y le dices que todo está bien, que en ti no cabe más felicidad. Comienza a moverse acompasadamente dentro de ti, con la suavidad de las brisas otoñales, y te escondes entre su pelo para que tus gemidos no retumben en la parte oculta de tu Templo. Sientes una deliciosa presión en tu abdomen; es el placer, el mismo que te hace gemir cada vez que lo sientes moviéndose en tí. No puedes evitarlo, ya no puedes contenerte, y te derramas en el estómago de ambos. Te sonrojas, estás avergonzado... debiste haber resistido más, pero no pudiste. Él se había contenido más, y era su primera vez... igual que la tuya. Te sonríe mientras su dedo índice recorre los contornos de tu cara. No parece importarle en lo absoluto lo que acabas de hacer, y eso te tranquiliza. Te besa mientras regresa a atacarte suavemente. Sientes que es el momento más sublime que pueda jamás acontecer, y entonces, estalla, llenándote de él, declarándote suyo a cualquiera que quisiera tomarte. Y luego, aún sobre ti, dentro de ti, recarga su cabeza en tus hombros, descansando de tanta pasión liberada de pronto, mientras lo aferras a ti, para no dejarlo ir, para no separarse nunca. Y en esa posición, se quedan unos minutos, disfrutando tan sólo de su compañía.
*
"Quédate un momento más" le dices cuando lo sientes salir de ti tan suavemente como había entrado. Aún no quieres separarte, necesitas sentir que aquello que los une no desaparecerá jamás. Él te obedece y rodea tu cuerpo con sus brazos al tiempo que susurra algo en tu oído.
" Qué manera de empezar el día."
Si, piensas, vaya manera de empezar el día. Con un simple acto, una forma de confirmar cuánto se amaban, acaban de quebrar las reglas del Santuario, y las del orden del cosmo. Acabas de quitarle la virginidad al Santo de Virgo, y él acaba de encender un poderoso fuego dentro de ti, del Santo de Acuario, el Santo de Hielo.
Te enriedas en su cintura con tus piernas, no vas a dejarlo escapar. Quieres hacerlo de nuevo, necesitas sentir otra vez aquel milagro. Tus brazos lo sujetan con fuerza y te sonríe. No tiene intenciones de huir.
*
Mediodía. ¡Qué rápido pasa el tiempo cuando estás en compañía de tu adorado Virgo! Se mezclaron toda la mañana tirados en el piso, y cada vez para ti fue única e irrepetible, las sensaciones aún están intactas en tu piel, en tu cuerpo. Fuiste al cielo sin morir y regresaste tantas veces que ya no distingues en dónde estás, pero si Shun está con tigo, cualquier lugar es el paraíso para ti.
Tu Templo, tan apartado del resto como ti mismo, fue testigo de la promesa que sus cuerpos hicieron de estar juntos. Se lo juraste en cada beso, en cada abrazo; te lo confirmó en cada caricia, en cada mirada, en cada gesto. Y así, lejos de toda realidad, crearon su propio universo, sólo para ustedes dos.
Pero el momento se prolongó demasiado, y tienen que separarse para redescubrirse, para volver a encontrarse con su propio ser.
Te recuestas en su pecho, y puedes sentir el latido de su corazón, tan fuerte, tan claro, tan semejante al tuyo. Cierras los ojos y te sientes flotar, aquel ritmo acompasado es como una suave melodía que te arrulla, y te duermes.
*
-Hyoga... Hyoga! Despierta!- la voz de tu Andrómeda te llama. Lo sientes arrancarte de las profundidades de nuevo a la realidad en la que vives, en la que todo lo que importa para ti es él. Abres los ojos y te inunda el sol, que con fuerza penetra en la habitación, llenando de luz cada rincón.
Lo miras. E sol parece bañarlo de forma diferente al resto de los mortales, como si fuera más gentil, dándole un aura especial, única, casi divina. Te frotas los ojos para cerciorarte de que no es un sueño porque la visión que tienes insulta con su belleza. Sus manos recorren tu rostro y sus labios se posan en los tuyos para despertarte por completo.
-Ya era hora, dormilón. Ya es la tarde, ¿No tienes hambre?-
-Con tigo me basta- le dices como toda respuesta, justo al momento de sentir un cosmos extraño en la entrada de tu Templo. No, espera... tú lo conoces... es el cosmos de...
Ves el horror de tus ojos reflejado en los suyos. ¿Qué diablos hace él aquí? La pregunta bailotea en tu cabeza burlándose de ti. Si llega a entrar en tu habitación están muertos... corrección, tú estas muerto... Puedes imaginar la escena que verá si abre la puerta. Shun está vestido, pero tú... las sábanas son lo único que separa tu humanidad del resto del mundo, y la imagen no le será muy placentera.
Ves la puerta abrirse lentamente, y tras ella, un Ikki que en segundos pasa de la duda a la sorpresa, al desconcierto... y a la furia.
-¡TÚ!- sus ojos te fulminan, su ira es incontenible.
-Ikki, deja que te explique-
-¡¡¡¡¡TÚ NO ME EXPLICARÁS NADA, INFELIZ!!!!! ¿¡¡¡CÓMO PUDISTE PONERLE LAS MANOS ENCIMA A MI HERMANO!!!!? ¡¡¡DEGENERADO!!!!-Se acerca a ti dispuesto a hacerte arder en las llamas de su enojo
-Ikki... yo... - No sabes qué decirle. La sombra de su cosmos te paraliza del terror.
-¡¡¡IKKI, YA BASTA!!!- Tus ojos se clavan en tu adorado Shun, de cuya boca salieron esas palabras; los suyos también. El Caballero de Virgo se interpuso entre tu cama y su hermano, y la sorpresa de Ikki se hace evidente.
-Shun... quítate-
-No- La seguridad que transmite su voz te hace sentir culpable. Shun se enfrenta a su hermano y tú no puedes ayudarlo.
-¿Qué crees que estás haciendo? Salte-
-No, ya no soy un niño pequeño como para que me des órdenes.- La cara de incredulidad del Phoenix se hizo evidente al escuchar hablar a Shun en ese tono.
-Te estoy diciendo que te quites!!- Ikki empezaba a perder la paciencia... pero Shun no iba a rendirse.
-Tú no vas a decirme qué hacer, ya no. Tengo veintiún años, Ikki, ésta es mi vida, yo decido qué hacer con ella-
-¡¡PERO NO PARA QUE TE REVOLCARAS CON ESE GANSO!!- la rabia de Ikki se traduce en el color rojo que tiñe su cara. No aguantará mucho más.
-Ese "ganso" es mi pareja, la persona a quien más amo en el mundo, y no hay nada que puedas hacer al respecto.- El cuerpo de Shun tiembla del coraje que está pasando, y todo por tu culpa. Por no haberte dado cuenta antes quién estaba en la entrada de tu Templo.
-¿Perdón?- Ikki está por salirse de sus casillas, lo presientes. La furia asesina recorre sus venas mientras te acribilla con la mirada. Te odia, y no se preocupa en disimularlo. Te odia porque te llevaste a su único hermano, su todo, y porque ahora se lo devuelves convertido en un hombre que ya no le teme a su cólera.
-Ikki, eres mi hermano y te adoro, eso no va a cambiar y lo sabes. Pero ésta es mi vida, yo elijo con quién vivirla, y elegí a Hyoga. Y si no te parece, allá tú, a mí no me importa.- te asusta escuchar la voz de tu Andrómeda, tan vacía, tan distante... tan fría. El Shun que habla está dispuesto a sacrificarlo todo.
Ikki está desconcertado. jamás se hubiera imaginado que Shun iba a enfrentarlo. Puedes ver su sorpresa a través de sus ojos. Su puño tiene tanta fuerza que hiere la palma de su mano sin querer, y la sangre comienza a escurrir.
-Mira- Ikki levanta la mano. Hileras de sangre recorren su brazo.-Ésta es la sangre que nos une, que nos hace hermanos. Y por esta sangre juro que jamás dejaré que estén juntos. Mi hermano jamás estará con un tipo como él.-
Shun recoge la sangre con el cuenco de sus manos. Ves en sus movimientos tanta dulzura como decisión y aún no puedes creer que estés en la cama mirándolo todo.
-Si esta sangre que nos une no va a permitirme estar con la persona a la que amo, hermano, entonces ya no la quiero- Shun derrama la sangre sobre la mano de Ikki, quien lo mira con tristeza. Ya no te presta atención, sólo su hermano parece importarle ahora.
-Será como tú quieras, Shun, ya no eres mi hermano, ya no somos nada.-
Ikki se marcha, pero en el aire, aún se respira el aroma de su sangre mezclado con la amargura.
*
-¿Te encuentras bien?- Shun se ha sentado a tu lado con las manos aún ensangrentadas. Lo abrazas, aún perturbado. En tu rostro cae el rocío que provocó la escena anterior, y se pierde en las sábanas de tu cama. No entiende por qué sacrificó todo por ti, un tonto que apenas descubre lo que es el amor.
-Si- Ves la sonrisa dibujada en su rostro. Curiosamente no hay remordimiento o arrepentimiento en ella... sólo una gran paz y tranquilidad. La sangre en sus manos comienza a gotear desde sus dedos, manchando el piso de tu habitación.
Te levantas y con tus propias sábanas limpias sus manos. Los rojos hilos se estampan en la tela en miles de formas, plasmando una composición de arrebatadora belleza; el blanco de la tela, el rojo de la sangre, unidos, mezclados, diferentes pero imposibles de separar.
-No tenías por qué hacerlo, Shun, esto no es justo, no es justo para ti ni es justo para él.-
-No tiene por qué serlo. Nadie dijo que sería fácil. Pero no puedo arriesgarme a perderte, no ahora. Ikki lo entenderá, algún día lo hará... hasta tanto esperaré... a tu lado-
Sus brazos te rodean para reconfortarte. Te sientes seguro en ellos, su calor llega a tu corazón, y poco a poco, tus lágrimas van desapareciendo.
*
Ya es sábado y no tienes miedo de lo que pueda pasar. Ikki no ha salido de su Templo, así que no has tenido que enfrentarlo.
El sol brilla en lo alto del firmamento, es un día excepcional. Estás tumbado en el pasto, sintiendo la brisa rozando tu piel. Tu ángel dorado se encuentra junto a ti, jugueteando con una de tus mechas rubias, mientras lo miras.
Sin querer se te escapa un suspiro que lo toma por sorpresa.
"¿Y eso?"
"Estaba pensando que hace una semana no hubiera imaginado que esto me pasaría."
Shun te dedica una de sus amplias sonrisas, de esas de las que te enamoraste sin siquiera darte cuenta, y su mirada te acaricia con excesiva dulzura. Su rostro se acerca al tuyo y te deja una frase llena de picardía.
"Acéptalo, Acuario, te está pasando. Ahora no puedes escaparte... -
Tus labios cortan la frase al sellar los suyos con un beso medio tierno, medio burlón.
"Yo no dije nada de escaparme" le dices en tono juguetón, sabiendo lo que vendría.
Sus manos confirman tu presentimiento, y te deshaces entre las carcajadas que sus cosquillas te provocan. Eres feliz, totalmente feliz, no podrías pedir nada más.
Ruedan entre risas colina abajo y terminan echados disfrutando del momento. Shiryu acierta a pasar por allí y les saluda sonriendo, como si compartiera su felicidad. Miras a Shun y él te devuelve la mirada, y al rato ya están riendo nuevamente. Shiryu había adivinado mucho tiempo atrás el significado de tus constantes miradas al joven Andrómeda, y desde ese entonces había sido tu confidente y consejero, aún aunque tú no quisieras. Atando cabos había descubierto toda aquella historia... menos el final. Ahora nadie necesitaba contarle, piensas. Una imagen dice más que mil palabras, y ésta es, definitivamente, muy elocuente.
Ahora todos se enterarán, de eso estás seguro, porque junto a Shiryu alcanzas a ver a Seiya que los mira sonriente. Intentas decirle a Shun, pero a él no le importa, y te besa sin remordimientos en frene de los dos improvisados espectadores, quienes ahora sonríen aún más. Entonces una idea brilla en tu cabeza, y se transforma en pregunta.
"¿Les dijiste?"
"Perdóname, no pude evitarlo" te responde un poco avergonzado.
Te ríes abiertamente ante su mohín. No puedes creer la poca pena que tiene. Shiryu tuvo que torturarte para que le dijeras apenas dos palabras del asunto, y él se lo había contado todo sin reparos.
Tu risa se contagia, y a los pocos segundos también está en la boca de tu amado, y así, contemplando su felicidad, el sol se pone en el horizonte, dando fin al día sábado.
*
Amanecer del día domingo. Despiertas en la cama, con Shun abrazado a tu cintura. Puedes sentir su respiración en tu oído, su calor en tu espalda y el aroma de su pelo, pero curiosamente, la sensación que tienes esta vez es de náuseas.
Apenas si puedes recordar lo que sucedió anoche. Seiya, Shiryu, Shun y tú habían bajado al pueblo a festejar, y las horas se habían desvanecido con el alcohol. Cuando llegaron al Santuario se mantenían en pie de milagro.
Apenas si estabas consciente cuando Kiki te dejó en Virgo. Shun dijo que podías quedarte esa noche, y el pequeño Santo de Aries partió escaleras arriba a dejar a tus otros compañeros, definitivamente estaban todos borrachos. Maldices a Seiya por haber propuesto la competencia de quién bebía más, a estas alturas tienes una resaca digna del mismísimo Dionisios.
Qué ironía, ahora entiendes por qué Ikki nunca dejaba a Shun beber demasiado. Ésta es la primera vez que quedas ebrio, y ahora estás plenamente conciente como para sufrir al 100% los efectos post noche alocada.
Tu amante despierta con un pequeño gemido y se lleva las manos a la cabeza. te volteas para ver su expresión, y ríes levemente, aunque a cada risa sientes mil agujas clavándose en tu frente. Él te mira con cara de reproche y dice:
-No te ves mucho mejor que yo"
"Ni me siento mucho mejor que tú, pero es demasiado cómico..."
No puedes terminar la frase, porque un impulso te lleva hasta el baño a cumplir las órdenes de tu estómago de vomitar todo lo que habías tomado anoche.
"Qué poca resistencia al alcohol"
Shun está parado junto a la puerta sonriendo con el cabello enmarañado y ojeras bajo sus ojos verdes; tiene signos de no haber pasado una buena noche.
A pesar de su aspecto deplorable, se ve increíblemente sexy y piensas que le harías el amor allí mismo si no fuera porque en ese momento estás tan ocupado vomitando de nuevo.
"Si sigo así creo que voy a vomitar hasta los intestinos" dices con sorna
"No, no te preocupes, ya pasé por esto una vez." Lo miras extrañado. "Ikki se asustó muchísimo, hasta me llevó al médico, jamás pensó que podía vomitar tanto. Desde entonces me prohibió beber mucho, y creo que debí haberle hecho caso. No recordaba que las resacas se sentían tan terribles."
"Vaya forma de empezar la mañana" piensas cuando un ataque te devuelve frente al retrete a expulsar todo el alcohol que estaba en tu estómago, mientras el dueño del Templo te frota la espalda.
*
*
Medio día, todavía estás en el Templo de Virgo. Las buenas noticias son que has dejado de vomitar, las malas, que no vas a almorzar nada por miedo a que no puedas mantenerlo en tu estómago por más de quince minutos.
Shiryu y Seiya han venido a visitarlos, y su estado no es mejor que el tuyo, en especial Seiya, que ahora tiene un increíble moretón en la frente, producto de haberse chocado con una repisa.
Se quedan conversando animadamente, hasta que un cosmos anuncia que alguien quiere cruzar el Templo de Virgo. Unos segundos después, una voz hace lo mismo.
"Caballero Dorado de Leo, Ikki, solicita permiso para..."
"Déjate de estúpidos protocolos y pasa de una vez, Ikki." dice Shun al tiempo que toma con fuerza tu mano. Lo miras, y por primera vez su mirada te pide socorro. Llevas tu mano libre a su brazo y le sonríes, y ves como todo el miedo se desvanece de sus ojos.
Ikki se acerca a ustedes enfundado en su dorada armadura; se ve realmente imponente, pero curiosamente, su mirada hacia ustedes dos no es de enojo, sino de profunda tristeza. Con una delicadeza inaudita en él, le entrega una carta al dueño del Templo y se marcha, tan silenciosamente como había llegado.
Miras con curiosidad a tu amante leer la carta y suspirar aliviado. Te mira y comprendes, Darío ha llegado con bien a la Isla de Andrómeda, ya no tiene de qué preocuparse, June se hará cargo de él.
Te levantas de tu asiento y lo abrazas por la espalda, y su aroma te envuelve por completo, como el del pasto regado por el rocío. Su calor se instala en tus sentidos, y poco a poco, vas perdiendo la noción del tiempo y del espacio, dejas de sentirlo, y caes dormido.
*
Abres los ojos lentamente. La luz del sol ha desaparecido, dando paso a una noche sin luna. La brisa nocturna mece el césped húmedo sobre el que te hallas sentado, apoyado contra tu árbol, confidente de tus más profundos deseos... deseos que viste realizados, y ahora vuelves a tener tan lejos. Toda aquella semana... lo que habías experimentado, que tan vívido te había parecido, no había sido real.
Te sujetas la cabeza y cierras los ojos para intentar aferrarte a esos recuerdos, para que aquellas sensaciones que aún están tatuadas en tu mente no se vayan con el viento que juega entre la copa de los árboles.
Las imágenes acuden a tu cabeza atropellándose entre sí, y una frase surge del caos: "No temas, Hyoga. Lo que siento por ti es poderosamente real." ¿Qué tan real podía ser, si tan sólo había sido un sueño, como tantos otros que habías tenido con él?
Tu mirada se pierde en el pasto, hasta toparse con un par de pies que conoces bien. Tus ojos recorren ese cuerpo expectantes, hasta encontrarse frente a frente con los de Shun.
"Hola, Hyoga ¿Qué haces?" te dice sonriendo.
"Nada" le dices esquivando su mirada mientras te pones de pie. "Salí a tomar la brisa de la tarde y me quedé dormido"
"Ya es hora de que regresemos" sugiere encaminándose a su Templo, mientras tú te pierdes en aquella visión, tratando de rememorar una vez más aquel glorioso sueño.
De pronto lo vez regresar hacia ti y te preguntas por qué. Las respuestas se agolpan en tu mente, una más imposible que la otra, hasta que sientes sus labios en los tuyos, su lengua en tu boca, explorando cada rincón, en un beso tan sublime que no se compara con ninguno de los que pudiste haber soñado. Dejas de pensar y le correspondes sin dudarlo, sin temor a lo que pueda pasar, ya no vas a ocultarle nada.
"No temas, Hyoga. Lo que siento por ti es poderosamente real" es lo último que te dice antes de marcharse.
Te quedas allí, viéndolo irse, ya con la certeza de que lo que tuviste no fue un simple sueño. En alguna medida fue real, y fue la forma en la que le dijiste a tu amado Caballero de Virgo lo que tu corazón le ocultaba.
Y en un susurro, expresas la magia de aquel momento, el sentimiento que llena tu alma en aquel delicioso instante, para que sólo él lo oiga.
"Adiós, amor mío. Gracias por esta maravillosa semana juntos".
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