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<  Yaoi Oscuro   ~  Destino Impuesto (Songfic) [AiacosxMinos]

Derkez
Publicado: Sab Jul 07, 2007 8:41 pm Responder citando
Myu de Papillon Myu de Papillon
Registrado: 30 Jun 2007 Mensajes: 131 Ubicación: En algún lugar del Inframundo, rodeado de flores Reputación: 3.1

¡Hola! n_n Va, va, no sé qué hago publicando esto, pero bueno... No hablaré de la temática porque no tengo nada que decir XD Igualmente, tiene la marca de la casa, y es que es... raro, como de costumbre :D Igualmente, creo que me quedó demasiado moña para estos dos Ô.ó Lo dejo a juicio del lector XD













<div align="center">Destino Impuesto</div>










Como cada noche, se encontraba en aquél lugar sentado, a la vera de la argéntea luz que la luna vertía sobre él como una fina lluvia, apartando las reconfortantes sombras que ocultaban el paisaje que lo rodeaba. Las estrellas titilaban sobre aquél lienzo oscuro, impacientes, deseosas de que llegara el momento que siempre esperaban cuando el sol desaparecía del mundo.


Sus cabellos, durante el día de un deslumbrante tono blanco como la sal, ahora eran teñidos por el plateado espectro del satélite. La suave y fresca brisa nocturna se encargaba de acunarlos, mimándolos para que brillaran lo más posible.


Una sonrisa melancólica se había adueñado de aquellos labios de un tono rosa pálido, dibujando un sentimiento de pesar en su blanquecino rostro, mientras sus ojos, tan azules como el cielo del mediodía, se había quedado prendidos de la belleza de la Guardiana de la Noche.





<div align="center">Desde la infancia
Devoción de amor emanaban,
Almas unidas
Que la enfermedad separaba...
</div>





Había sido su costumbre velar por el espíritu de aquél al que siempre había permanecido a su lado hasta dónde su memoria alcanzaba a recordar. A medida que ambos habían crecido, algo también lo había hecho entre ellos, uniéndolos cada día más.


Tardaron quizás demasiado en darse cuenta de qué era aquello y aceptarlo. Si bien, lograron al fin reconocerlo, el amor que habían esperado poder compartir les fue negado.


Una inesperada enfermedad hizo presa de su amado, arrancándole la vida, alejándolo de él para llevárselo hacia el más allá, dejándolo que vagara eternamente por el cielo.





<div align="center">Dos vidas
Mermadas
En soledad

Se aman,
Se miman
Sin poderse rozar
</div>





El destino le jugó la peor pasada que alguna vez se le ocurriera. Se había hundido en un mar de desolación y melancolía con aquella ausencia siempre a su lado, acompañándolo allá a dónde fuera. Le pesaba el hecho de que la soledad se hubiera apropiado del derecho que le correspondía a su difunto compañero.


Mas aquél cruel sino no pudo hacer nada en contra de sus sentimientos, haciendo que estos quedaran en su interior, reservados para aquél ser que había pasado a otra vida.


No dudaba de que el otro hubiera podido cambiar su parecer; él sabía que nada podría hacerlo jamás, aunque entre ellos se interpusieran todos los dioses, mundos y galaxias existentes. Se habían jurado amor eterno aunque ello implicara vivir aquella tortura que suponía la distancia insalvable de la muerte entre los dos.


Añoraba el hecho de poder sentirlo cerca, de poder oír su voz, de poder deslizar sus dedos por su piel, palparlo como antaño.





<div align="center">Bebes recuerdos,
Afloran los tiernos momentos
Y en tus sueños
Hablas con él sobre un reencuentro
</div>





Recordaba los instantes de dicha que habían compartido antes de que esta se rompiera en mil pedazos, diseminándose estos en la nada. Le llegaban momentos en los cuales los dos habían tenido la oportunidad de contemplar la luna, como él lo hacía en aquella ocasión, ilusionado, fascinado, melancólico, enamorado.


A su mente fluyó la memoria del primer beso, aquella sensación que una vez lo hizo bullir por dentro, algo que aún guardaba en lo más profundo de sí, celosamente, deseando poder volver a repetirlo alguna vez. Aquél suave tacto de los labios del otro acariciando los suyos con sumo cuidado como si se tratara de porcelana, lo hizo estremecerse. Sus dedos recorrieron aquél lugar, ansiando volver a sentir esa sensación de antaño, que ahora, le sería imposible volver a vivir.


-Aiacos... -fue el murmullo que sus labios dejaron escapar, perdiéndose en la brisa.
No había habido una sola noche en la cual él no le hubiera hablado, contándole los por menores de su vida para luego terminar confesándole su amor una vez más.


Cerró sus ojos, dejándose arrullar por el sibilante vientecillo. Necesitaba poder volver a expresarle de nuevo su sentir, anhelaba entablar una conversación con aquél que se encontraba en la otra vida, posiblemente, observándolo.





<div align="center">No temas,
No llores,
Me encuentro bien.

Mi vida,
Tranquilo,
Cada noche yo vendré...
</div>





La melodía de la brisa se coló por sus oídos, juguetona, haciéndolo adentrarse en el mundo de los sueños. No obstante, nunca pudo cumplir el capricho de esta. La incorpórea caricia del viento le recorrió la mejilla y la barbilla, acariciando suavemente sus labios. Sus ojos se abrieron al instante, sintiendo algo más que un simple contacto con el aire.


Vislumbró frente a sí aquella figura que tanto había añorado poder contemplar. Unos impresionantes ojos morados observaban los suyos fijamente. Una bruma representaba la silueta de su amado, algo que tan sólo había podido observar antes en sus sueños.


La tenue sonrisa que mostraba el otro dejó escapar un suspiro de entre sus labios.
-Minos... -más que una voz, a sus oídos le llegó el sonido del viento pronunciar su nombre.


El aludido no pudo reprimir aquella sonrisa de felicidad que se dejó ver en su pálido rostro iluminado por la luz de la luna.
-Aiacos, sabes que aún te amo -susurró, dejando que sus sentimientos hablar por sí.
-Shh... -lo que debía de ser un dedo, selló sus labios, instándolo a guardar silencio-, no digas nada. No me hace falta que intentes rebajar con palabras lo que ahora puedo ver dentro de ti sin alguna dificultad.


El de cabellos blancos nada dijo, concentrándose en aquél reconfortante tacto. La brisa sopló con algo más de intensidad, haciendo más visible la figura del espectro.
-Estoy bien, no temas por mí -continuó Aiacos-. Estoy siempre junto a ti aunque no puedas verme. Vendré siempre cada noche para acompañarte en este dolor, me sería imposible abandonarte.





<div align="center">Mientras recorro los ríos, los valles,
los cielos, las nubes y los siete mares
Seguiré por ti esperando,
¡mi vida no llores que te estoy mirando!
</div>





La azul mirada de Minos se centró en la del otro como hacía ya años atrás había tenido la oportunidad de hacer. Unas pequeñas lágrimas se formaron tímidas en sus ojos, empañándolos apenas un poco. Fueron sus párpados al cerrarse quienes las hicieron caer, resbalando así por su rostro.


Aiacos limpió aquellas gotas con sus dedos, impidiendo que estas terminaran de profanar aquél hermoso semblante de porcelana. Su atención pasó de aquella faz, a la que contemplaba todas las noches, a los intensos y azules ojos que lograban conmoverlo.


Deberían de haber pasado, si no le iban mal las cuentas que llevaba de los ocasos, unos siete años desde que la tragedia se presentara ante ellos, separándolos. Durante ese tiempo se había asegurado de no ver ninguna de aquellas malditas lágrimas ocultar el brillo vital que siempre había habitado en la mirada del otro.





<div align="center">Hago castillos de arena en la luna,
dibujo sonrisas en nuestra amargura...
Relatos de mis suspiros
que en la medianoche compartiré contigo...
</div>





Cada noche, cuando las sombras se adueñaban de aquél cuarto que una vez compartieron, él se presentaba a su amor, mezclándose entre la negrura, adentrándose en los sueños de este. Siempre le dedicaba palabras de aliento que el otro necesitaba de la misma manera que el agua y el alimento para subsistir.


Velaba el descanso de Minos a su lado, sentado sobre el lecho, contemplando embelesado aquellas pálidas facciones mientras le susurraba palabras de amor al oído que lograban dibujar una hermosa sonrisa en los labios del otro.


Y, mientras recordaba momentos pasados, el otro movió sus manos, ansiando poder atrapar entre ellas las del espectro. Un estremecimiento le recorrió. Si bien entre ambas tan sólo tenía aire, podía notar la esencia de las manos de su amor perdido entre las suyas, trasmitiéndole un frío mortal a causa de su estado.





<div align="center">A las estrellas
Les comento cómo es el sol.
Al sol le cuento
La grandeza de nuestro amor...
</div>





Aiacos pasó su atención de aquellas pálidas facciones teñidas tímidamente de carmín en los pómulos, a los profundos y vívidos ojos azules del otro. Cambió su mirada hacia el cielo, conduciendo así también a la de Minos. Los ojos de ambos se posaron sobre las estrellas titilantes en el lienzo oscuro de la noche.


-¿Sabes? En las dulces vigilas diurnas en las que velo por ti, siempre le comento al sol lo felices que fuimos, y que un día volveremos a ser -habló el espectro, haciendo que su mirada adquiriera un extraño brillo, como si estuviera vivo-. Siempre me responde brillando más intensamente, como si corroborara mis palabras. Es por ello que siempre cuida la chispa de vida que habita en tus ojos, mientras que la luna es la encargada de peinar tus cabellos con sus delicados hilos argénteos.


Notó sobre sí los ojos de su interlocutor, mirándolo con intensidad. La luz de las estrellas disminuyó, como si al apartar su atención de ellas, el de cabellos blancos teñidos de plata se hubiera llevado consigo una gran parte de aquél resplandor en su mirar.
-Le susurré tu nombre al viento, cada noche, a la puesta del sol, esperando que trajera tu presencia a mí -le dijo Minos-. ¿Oíste mi llamado o sólo fue una casualidad de este cruel sino?





<div align="center">Espero
Mi vida
Que seas feliz.
No hay prisa,
Más tarde
Nos hallaremos al fin
</div>





El fallecido lo miró directamente a aquellos hermosos ojos.
-Estoy a tu lado en todo momento, en esencia, en pensamiento, en sentimiento -respondió-. La brisa me ayuda a superar mis eternas horas de vacío solitario trayéndome el aroma de tus cabellos hasta mis atrofiadas fosas nasales, y el murmullo de tus labios hasta mis sordos oídos.
-Ardo en el deseo de poder quedar a tu lado, por siempre -expresó Minos-. No me importa si con ello debo entregar mi vida, gustoso pago el precio.


Aiacos sonrió para reconfortarlo, haciendo que el aire acariciara la delicada piel de aquella sonrosada mejilla.
-La vida no es algo con lo que se pueda jugar -dijo, representando el mismo gesto de lo que debería de ser un suspiro en una criatura viva-. Soy consciente de lo que eres capaz de hacer, pero no puedo interferir en tu propio destino. Tienes aún un camino que recorrer que te incita a que camines sobre él disfrutando del paisaje, sintiendo cada una de las emociones que te aguarden. No tengas miedo a recorrerlo solo; yo estaré a tu lado.


El espectro tomó sus manos de aire para poder aferrar entre ellas las del otro. Acercó su algo difuminado rostro al de su amante, haciendo que la brisa de aquello que debería de ser su aliento acariciara sus labios como terciopelo, provocando que Minos cerrara sus ojos, dejándose embriagar por aquella sensación, ansiando más que nunca poder sentir los labios del otro sobre los suyos, como antaño.


Quizás se debiera a un simple producto de su imaginación, o quizás no, pero le pareció notar, que tras aquellas caricias, había percibido los verdaderos labios de Aiacos, como cuando gozaba del calor de la vida.





<div align="center">Mientras recorro los ríos, los valles,
los cielos, las nubes y los siete mares
Seguiré por ti esperando,
¡mi vida no llores que te estoy mirando!
</div>





Al abrir los ojos, observó los del otro, perdidos en los suyos. Tal vez él también lo había sentido. Un destello de esperanza brilló en su mirada, sin pasar desapercibida para su amante.


Aiacos desvió su atención hacia el horizonte que se extendía detrás de la figura de Minos. Aún debía de seguir vagando por el mundo, sin nada particular que hacer, únicamente entregado a la curiosidad de conocer más, recorriendo tanto la tierra como el cielo; ningún lugar debía de quedar inexplorado.


No obstante, siempre estaría velando por la seguridad y salud de su amor, aquél lazo que a ambos los unía le permitía al espectro estar informado sobre el estado del otro en todo momento. Lo esperaría hasta que el destino decidiera que la hora de encontrarse había llegado.





<div align="center">Hago castillos de arena en la luna,
dibujo sonrisas en nuestra amargura...
Relatos de mis suspiros
que en la medianoche compartiré contigo...
</div>





Se separó del otro, dejando que la brisa corriera entre ellos, difuminando apenas un poco su silueta. Era tiempo de partir, dejar por fin descansar a su amante mientras él lo observaba desde algún lugar, quizás en la luna, quizás en el mar.


Y Minos lo notó, por ello que intentó asir su mano, mas esta se desvaneció.
-¡No! Por favor, espera -rogó, ante lo cual, Aiacos se volvió-. Quédate un poco más.


El espectro contempló sus ojos, los cuales emanaban una profunda melancolía. Se sintió conmovido, pero sabía que era algo imposible el ceder.
-Es inevitable -respondió, ante lo cual, el otro bajó el rostro-. Mas no creas que por ello te voy a abandonar -un pequeño soplo de viento le hizo alzar el semblante, como si hubiese sido la mano de Aiacos-. Sonríe, pues la calidez de la vida habita en ti, tienes el don de poder llevar contigo los mejores recuerdos del pasado, y dar cabida a los nuevos. Yo, gustoso, compartiré contigo esas memorias cada noche, a través de sueños y suspiros enamorados.
-Es una promesa que me hiciste hace tiempo -la mirada de Minos pareció captar el brillo de las estrellas al oír aquellas palabras.
-Que cumpliré por encima de todo -afirmó el espectro.


Tan sólo le dedicó una sonrisa antes de dejar que el aire se lo llevara, hasta las estrellas, hasta la luna, hasta el más allá.


El de cabellos blancos permaneció de pie en aquél lugar, sin poder retirar la mirada del punto en el cual había visto por última vez a su amor. Tal vez no volvería a verlo hasta que su tiempo hubiera llegado, sin embargo eso no impedía que estuvieran unidos.


Un suspiro abandonó su labios a la vez que la brisa le revolvía los cabellos, juguetona. Cuando el lazo era demasiado fuerte, nada podía romperlo.


Sonriendo, se dio media vuelta para encaminarse a descansar por aquél día, dispuesto a que Aiacos interrumpiera sus sueños, como todas las noches. La luz de la luna acompañó su silueta hasta que fue devorada por las sombras de un edificio.


En el lejano y oscuro lienzo de la noche, se recortó una silueta que antes hubiera representado la brisa. Las estrellas la bañaron con su luz, mostrando así su verdadero rostro, como si en realidad tuviera vida. En su semblante, una eterna sonrisa adornaba sus labios, un gesto imperecedero que nadie podría borrar.











Canción: La Musa y el Espíritu de Saurom (adaptada a mi manera XD)





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