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<  Yaoi Bronceado   ~  EL BESO QUE CAMBIÓ TODA UNA VIDA NC-17 IKKIxSHUN CAP. 2

OTORYKAEDE
Publicado: Vie Mar 21, 2008 8:27 pm Responder citando
Seiya Adicto Seiya Adicto
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Capítulo 1: El Sr. Kido.








Un hombre de mirada turbia y andar enérgico se dirigía a buen paso hacia el night club que regentaba (como tantos otros negocios), en uno de los barrios más elegantes y distinguidos de Nueva York. Dicho club, era uno de los más importantes y reconocidos locales nocturnos de toda la ciudad. Su nombre: el Ave Fénix. Un nombre un tanto extraño para un local nocturno pero, al igual que su dueño, emanaba un halo de misterio y curiosidad que a todo el mundo atraía.

Al llegar a su destino, un hombre de traje oscuro y fuerte complexión le abre la puerta de entrada:

- Buenos días, sr. Kido –saludó el hombre respetuosamente, haciendo una profunda reverencia-.

- Buenos días, Kamus.

El sr. Kido, Ikki Kido, era un hombre apuesto, de tez bronceada y cuerpo escultural. De 1,75 m. de altura, 62 k. de peso y de ojos azules, de un azul oscuro y profundo que fascinaban, tanto a las mujeres más bellas como a los más apuestos hombres aunque, y dicho sea de paso, a Ikki Kido le gustaban enormemente más éstos últimos; y aunque no era ningún secreto, alguna que otra candidata perteneciente a la más selecta clase social neoyorquina, no perdía las esperanzas con tal de conseguir a aquel guapo japonés.

Pues sí, Ikki Kido era japonés. Llegó a Nueva York como uno de tantos inmigrantes en busca de una oportunidad, en busca del sueño americano, como tantos otros, empujado por la miseria y la pobreza, que lo obligaron a abandonar su país natal. Sólo, sin familia ni amigos que lo pudieran ayudar en los momentos más difíciles, el joven Kido logró con esfuerzo, tesón y mucho, mucho trabajo duro, sufriendo un sinfín de penalidades, su objetivo. Con tan sólo 15 años y 15 dólares en sus bolsillos, y un enorme y privilegiado cerebro para los negocios y las finanzas, Ikki consiguió levantar un imperio, a partir del pequeño restaurante japonés en el que comenzó a trabajar como camarero y en el que, por casualidades de la vida o juegos del azar, tuvo la oportunidad de conocer a determinada clase de gente que, en un futuro, le servirían para alcanzar sus metas. Gente, quizás, no muy recomendable pero que, con su gran carisma y fuerte personalidad, Ikki conseguiría atraerlos hacia sus propios intereses.

A partir de ahí, su ascenso fue ya imparable: después de convertirse en el propietario del restaurante, unos 8 meses después de haber comenzado a trabajar en él, vinieron otros tipos de negocios que también fue adquiriendo, las tiendas de ultramarinos, la botica en donde se vendían todo tipo de remedios orientales, las casas de té; negocios, a fin de cuentas, dirigidos todos ellos a una clientela japonesa, en particular, y oriental, en general. Hasta que, al fin, y tras unos cuantos años en los que se dedicó a afianzar sus muy prósperos negocios, Ikki se decidió a dar el gran salto para intentar abarcar más de lo que aquella enorme ciudad le ofrecía a manos llenas y que él se encontraba más que dispuesto para recoger.

Por aquél entonces y gracias a sus influyentes amistades en política, Ikki había conseguido la tan ansiada nacionalidad estadounidense, un estatus impensable para una persona tan joven y con tan pocos años de estancia en el país.

Pero, lo que en realidad convirtió al sr. Ikki Kido en una leyenda, y que hacía que lo comparasen con el mismísimo rey Midas, pues negocio que caía en sus manos, negocio que convertía en una fuente inagotable de ingresos, fue la adquisición de un modesto night club, el cual, al principio, pareció que había sido una mala inversión pero que, transcurridos unos meses, se convertiría en el club por excelencia. Todo aquél que en aquella ciudad era alguien no podía dejar de acudir al club de moda. En un tiempo récord, el sr. Kido convirtió un garito de mala muerte en un prestigioso local nocturno reservado, exclusivamente, a las más altas personalidades de aquella sociedad en todas sus diferentes y variadas ramificaciones.

El prestigio del sr. Kido, ya por entonces bastante elevado, subió como la espuma. Como la espuma de las centenares y miles de botellas del mejor champagne francés que se descorchaban en las fastuosas y muy elogiadas fiestas que el sr. Kido celebraba. Tal era el éxito de semejantes reuniones que, el poder contar con una invitación para uno de estos eventos, era algo así como hallarse dentro de un exclusivo círculo para algunos privilegiados. Posteriormente, y debido a tan aclamados éxitos, algunas personas influyentes de la ciudad contrataban los servicios del sr. Kido para que les organizaran alguno de aquellos maravillosos festejos. Y el sr. Kido, siempre con una agradable sonrisa, aceptaba, desde las más sobrias y serias reuniones hasta las menos inocentes.

Para cuando Ikki alcanzó la edad de 22 años, la misma que tenía al cruzar aquella tarde las elegantes puertas de su club, el sr. Kido era el dueño absoluto de un basto imperio que abarcaba todo tipo de negocios dedicados, en su mayor parte, al ocio, en el más extenso de sus significados: restaurantes de lujo, night clubes, casinos, y algún que otro negocio menos diáfano, clubes de alterne, apuestas de todas clases, etc.

Si bien todos y cada uno de los negocios que el sr. Kido poseía eran muy rentables, había otra vía por la cual Ikki había logrado aumentar sus ingresos de una forma rápida y veloz, amasando en varios años, una espectacular fortuna, y que no era otra que la bolsa. El sr. Kido parecía tener muy buen ojo a la hora de invertir y de mover su capital por los parkets más importantes de todo el mundo. Aunque siempre había quien veía en esta buena estrella que parecía acompañar al japonés alguna oscura sombra que le aconsejaba invertir en depende que operaciones bursátiles. Desde luego, la polémica, en relación al sr. Kido, siempre estaba servida.

Debido a sus múltiples negocios, el sr. Kido llegó a conocer a una gran variedad de personas pertenecientes a todos los ámbitos de la sociedad: desde políticos, jueces, policías y abogados, pasando por respetables hombres de negocios, deportistas, representantes de la cultura hasta llegar a ciertos estamentos de la sociedad que, aunque no tan prestigiosos, sí que tenían un enorme poder a todos los niveles. Sin embargo, Ikki era sumamente cuidadoso y discreto con qué tipo de gente se dejaba ver en público. Era, por lo tanto, un hombre que sabía muy bien guardar las apariencias.

Sus más enconados detractores, le hacían poseedor de un oscuro pasado relacionado con todo tipo de negocios ilegales: tráfico de armas y drogas, incursiones en el mercado negro, trata de blancas, chantajes, asociación con delincuentes peligrosos, prostitución infantil e, incluso, lo intentaron relacionar con el crimen organizado y los Yakuzas; y un sin fin más de execrables cargos más propios de alguno de los más famosos gángsteres de la historia de aquél país, que de un simple propietario de night club, como a él le gustaba autodenominarse.

Nada más lejos de la realidad aunque, no obstante, el sr. Kido siempre se había situado en una zona sombría, entre la legalidad y la ilegalidad. Una zona que, en ocasiones, le había acarreado ciertos problemillas pero, de los cuales, había conseguido salir airoso gracias a las amistades que había ido cultivando a lo largo de toda su vida en Estados Unidos.

- ¿Ha llegado ya Máscara? –pregunta Ikki-.

- Aún no, sr. Kido.

- Bien, gracias. –y añadió, mirando al hombre corpulento- por cierto Kamus, ¿cómo se encuentra Milo?

Kamus se ruborizó ligeramente antes de contestar y, haciendo una reverencia aún mayor, contestó:

- Se encuentra mucho mejor, sr. Kido. El doctor que usted nos envió fue muy competente y los medicamentos que nos trajo hicieron maravillas. Muchas gracias, de nuevo, sr. Kido, de corazón. Si alguna vez necesitara algo, lo que sea, siempre nos tendrá a su entera disposición –finalizó Kamus, con la voz algo tomada por la emoción-.

Ikki sonrió ante el agradecimiento de su empleado. Pese al carácter algo difícil del sr. Kido, un carácter que, precisamente, no era famoso por su derroche de expresiones afectivas y sí por su, en algunas ocasiones, extrema severidad y seriedad, Ikki tenía la costumbre de agradecer en silencio las muestras de afecto hacia su persona. Su carácter retraído le hacía parecer, a veces, algo distante, y sus modales resultaban, casi siempre, bruscos, apareciendo ante los demás como un ser frío, duro y sin sentimientos. Su orgullo y cierto hábito a un uso continuo de la ironía no ayudaban mucho a desmentir la falsa apariencia que él mismo había dejado que se forjara sobre su persona. Rodeado por un ambiente hostil en el que se había criado, superando en solitario todos y cada uno de los obstáculos que la vida le había ido poniendo en su camino, Ikki era un hombre hecho a sí mismo, un hombre que guardaba celosamente sus más íntimos sentimientos para que éstos no salieran a la luz, al menos, demasiado a menudo y en presencia de un muy reducido número de personas, sólo, las de su más estricta confianza y que eran los chicos que trabajaban en el Ave Fénix; muchachos que, por circunstancias de la vida, había conocido en no muy agradables situaciones: todos ellos, sin embargo, tenían algo en común, el provenir de las calles, las razones, muchas y muy variadas pero siempre con el mismo tinte dramático y, en ocasiones, trágico: abandonos, maltratos, violaciones… Pero él les había dado una oportunidad en la vida, una opción para labrarse un porvenir, ayudándoles a que siguieran algún tipo de formación educativa y dándoles un trabajo con el que ganarse la vida honradamente, a salvo de los miles de rastreros sin escrúpulos que pululaban por aquella enorme ciudad, símbolo de una gran riqueza pero, también, de una gran miseria, como suele suceder en todas las ciudades más importantes del mundo. Ikki consideraba, pues, sus sentimientos, como un lujo que no se podía permitir. Había llegado a una posición lo suficientemente alta y envidiada como para ello. Sin embargo, a estos chicos, hijos de la miseria, la desolación y el abandono, era a los únicos que, en raras ocasiones, les dejaba atisbar siquiera un retazo de sensibilidad bien disimulada.

- No hay por qué darlas, Kamus. Ya sabes que me gusta saber que mis empleados se encuentran bien atendidos.

Ikki fue a entrar pero un leve carraspeo de Kamus le detuvo.

- ¿Necesitas algo más, Kamus? –preguntó Ikki con cierto interés-.

- Pues, solo decirle que… el doctor… -Kamus estaba nervioso y no sabía cómo acabar la frase-. Se olvidó de… de…

Ikki pareció impacientarse un tanto.

- ¿El qué? Dilo de una vez.

- Pues que el doctor se olvidó… de… de dejarnos la factura, por sus servicios y los medicamentos, y… bueno… pues… -el nerviosismo no abandonaba al pobre Kamus el cual veía como el rostro de su jefe se endurecía un tanto por su inseguridad- era para saber cuánto se le debía al sr. doctor –al fin, el bueno de Kamus, logra acabar la frase-.

Ikki dejó ir la hoja de la puerta que sujetaba con su mano derecha y, colocándose, cara a cara con su empleado, dijo:

- Kamus, mírame –su tono de voz no era una invitación, desde luego, más bien una orden-.

- Pero, sr. Kido… -al parecer, el joven no consideraba correcto semejante comportamiento-.

- Kamus… -comenzó a hablar Ikki, con tono paciente- no quiero perros que trabajen para mí y que sólo me miren a los zapatos. Quiero personas que me miren a los ojos cuando hablen conmigo.

- Sí, señor, perdone…

Kamus alzó lentamente la barbilla para mirar a su jefe a los ojos, aquellos ojos azul profundo que le impresionaban tanto. Al encontrarse con ellos, no pudo sentirse más cohibido de lo que ya lo estaba.

- Kamus, cuando os envié a Shakka, no lo hice pensando en que le pagarais nada. El ya cobra un buen sueldo por ser mi médico particular y siempre que un empleado mío lo necesite allá irá él. Además –dijo con una media sonrisa, algo poco habitual en él- teniéndome a mí como paciente exclusivo, el pobre se aburre mucho.

Kamus sonrió ante la salida de su jefe.

- Gracias, sr. Kido.

- Bueno, olvidemos ya el asunto.

- Sí, señor.

- Por cierto Kamus, cuando regrese Máscara, dile que le estaré esperando en mi despacho.

- Así lo haré, sr. Kido.

Al quedarse solo, Kamus respiró profundamente, mirando como aquel hombre de aspecto duro pero de interior cálido desaparecía en el interior del edificio. Llevaba varios años trabajando junto con Milo, su actual pareja, para el sr. Kido. Desde que lo conocieron, por casualidad, en medio de una pelea, el sr. Kido siempre los había tratado muy bien preocupándose, además, por su bienestar. Los había retirado de las calles, en donde aprendieron desde muy pequeños a buscarse la vida. Kamus y Milo se conocían desde pequeños. La primera vez que se vieron fue en el orfanato al cual fueron a parar después de que sus respectivos progenitores les abandonaran allí el mismo día. Aquél hecho les marcó profundamente haciendo que, desde entonces, sus vidas corrieran parejas. Unos años después de ingresar en el orfanato y artos de los continuos abusos y malos tratos de los que eran objeto, así como la mayoría de los niños que allí vivían, Kamus y Milo decidieron escaparse para no volver a regresar y para así coger el control de sus respectivas vidas. Para sobrevivir se vieron obligados a hacer de todo: pequeños robos, algunos trabajillos de protección para gángsteres de poca monta y, en los momentos más difíciles, no dudaron en vender sus cuerpos y su inocencia para poder llevarse a la boca un plato de comida caliente. Un día, mientras eran acosados él y Milo por los miembros de una banda rival en un callejón apartado, apareció el sr. Kido y dos de sus hombres como salidos de la nada y, al verlos en tal apurado trance, no dudaron en ayudarles. A partir de ese día, el sr. Kido les proporcionó un trabajo decente con el que poder ganarse la vida y un lugar donde vivir. Para ellos, el sr. Ikki Kido, era su salvador y por él, harían cualquier cosa que les pidiera.

Ikki se dirigía hacia su despacho, el cual se hallaba en la penúltima planta del mismo edificio que albergaba, en su planta baja, el prestigioso night club. De hecho el edificio entero era de su propiedad: la última planta estaba reservada como su vivienda particular; la penúltima, estaba ocupada por su cuartel general, como a él le gustaba denominarlo, y que estaba constituido por su despacho privado y por varias oficinas desde las que dirigía su vasto imperio financiero. Y el resto del edificio lo tenía alquilado a las más importantes empresas de ámbito internacional, en donde tenían instaladas sus oficinas.

Entró en el night club, desde donde por medio de un ascensor privado, se accedía, únicamente, a las dos plantas superiores. Al pasar junto a la barra:

- Buenos días, sr. Kido –saludó con una reverencia respetuosa un guapo pelilargo moreno-.

- Buenos días, Shiryu, ¿que tal va todo?

- Muy bien sr. Kido, ya está todo preparado para esta noche.

- Muy bien, Shiryu, veo que lo tienes todo controlado y que eres muy eficiente.

- Gracias sr. Kido –contestó el pelilargo con una hermosa sonrisa-.

- ¿Dónde están Hyoga y Seiya? –preguntó Ikki echando un vistazo al local y no verlos-.

- Están en el almacén, ordenando el último pedido que acaba de llegar, sr. Kido. ¿Desea que les avise señor?

- No es necesario pero, cuando terminen, diles que pasen por el despacho, por favor, Shiryu.

- Así lo haré, señor. ¿Necesita algo más? –preguntó, el pelilargo, solícito-.

- No, gracias. Estaré en mi despacho si me necesitáis.

Y, sin decir, nada más, Ikki se dirige hacia el ascensor, junto a la cocina, para dirigirse a su despacho, satisfecho de la diligencia de sus empleados. Siempre los había intentado tratar lo mejor posible pues sabía que, una palabra amable, siempre resultaba más eficaz que cualquier orden o reprimenda. Sin embargo, a veces, no tenía más remedio que ponerse algo serio y, en esas pocas ocasiones, de seguro que no le temblaba el pulso, sobre todo, con Seiya, uno de los últimos fichajes. Había venido recomendado por Hyoga; al parecer, era huérfano y se estaba aficionando demasiado a ir con ciertas compañías no muy recomendables que podrían hacerle caer en un pozo del que difícilmente podría salir. Seiya era muy joven, y su inexperiencia y falta de malicia, le podrían acarrear graves problemas. Por eso, por su juventud y su, bien comprendida rebeldía, Seiya necesitaba, a veces, un pequeño rapapolvo.

Una vez en su despacho, Ikki cierra la puerta tras de sí y se dirige hacia la enorme mesa de caoba tallada con motivos orientales, en donde comienza a rebuscar entre unas pilas de carpetas y documentos que descansaban sobre ella.

A sus espaldas, alguien abre la puerta con sigilo, entra en el despacho y vuelve a cerrar la puerta del mismo modo, acercándose lentamente a Ikki, sin hacer el más mínimo ruido para que su presencia no sea detectada. Al llegar junto al apuesto peliazul, que se halla tan concentrado en su labor que no se da cuenta de nada, el intruso tapa los ojos de Ikki desde atrás, con sus manos.

- ¿Quién soy? –una voz sensual se desliza por el oído de Ikki-.

Ikki apenas se inmuta y, con cierta indiferencia:

- Ah, eres tú, ya has llegado –contesta, sin emoción-.
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OTORYKAEDE
Publicado: Vie Mar 21, 2008 8:36 pm Responder citando
Seiya Adicto Seiya Adicto
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Capítulo 2: El reencuentro.



Máscara retira sus manos de los ojos de Ikki y, con un deje de fingido enfado, dice:

- Vaya, que bienvenida tan fría, Fénix. No es propia de ti.

Fénix era el apodo con el que se conocía al sr. Kido, en determinados ambientes. Al parecer ese apodo procedía de los tiempos en que Ikki comenzaba a expandir su imperio y que le fue adjudicado por las mismas personas que, en un principio, fueron los que financiaron, por decirlo de alguna forma, la compra de su primer negocio y que Ikki aprovechó como trampolín desde el cual fundar su imperio. El nombre de Fénix, desde luego, le venía como anillo al dedo: Ikki era una persona apasionada, de una personalidad arrolladora y de un carácter fuerte, luchador, valiente… incombustible, una persona que por muchos obstáculos y dificultades que tuviera que superar, siempre conseguía cumplir sus metas. Por muchos intentos que tuviera que hacer su ánimo, voluntad y coraje nunca decaían. Al igual que el ave de fuego de la mitología griega, que siempre renacía de sus cenizas.

Ikki giró ligeramente la cabeza para mirar a Máscara por encima de su hombro izquierdo:

- Llegas tarde y, además, hoy es el día de la reunión ¿qué esperabas? –contestó con cierto cinismo en su voz-.

Máscara le obsequió con una sonrisa maliciosa.

- No te enfades, no te enfades, mi Fénix querido. Ya sé que hoy es un día importante pero me fui de compras y… perdí la noción del tiempo –concluyó con una sonrisa aún mayor-.

Ikki se había girado totalmente mientras Máscara hablaba, contemplaba con escepticismo aquella vana excusa. Realmente no sabía si enfadarse o dejar pasar, de nuevo, aquella actitud tan antojosa y banal que caracterizaba a Máscara.

- ¿Es que nunca vas a cambiar? –preguntó el Fénix, levantando su ceja izquierda en actitud irónica-.

- ¿Por qué cambiar si yo sé que es así como te gusto? Aunque tu me quieras hacer creer lo contrario –y, con una mirada lasciva, recorrió todo el cuerpo del Fénix-. Es esta actitud mía la que te la pone dura ¿no es cierto? –concluyó-.

Y, con un furtivo movimiento, la mano de Máscara se dirigió ávidamente hacia la entrepierna de Ikki, intentando alcanzar el objeto de su deseo. Pero el Fénix sujeta la muñeca del asaltador de entrepiernas justo a tiempo.

- Te he dicho mil veces que aquí no, Máscara. Podría entrar alguien y vernos.

- Como si a mí o a ti nos importara lo que dicen o piensan los demás –contestó con cierto enojo-. Además, nadie tendría que entrar en tu despacho como si tal cosa. Los tienes muy mal acostumbrados a esos… recogidos.

- Entonces, eso te afecta a ti también ¿no es cierto? –preguntó con intención-.

- ¿A qué te refieres, Ikki? –preguntó asombrado-.

- Pues a que tú deberías ser el primero en aplicarte el cuento. ¿O es que ya no recuerdas cómo has entrado en mi despacho? –Ikki sonrió despectivamente al contestar-.

- Pero que cruel eres conmigo, Ikki –y, acercándose más a él añade- además, yo soy… diferente.

- ¿Ah si? ¿Y en qué, si se puede saber? –inquirió el peliazul con su característica indiferencia-.

Máscara sonríe maliciosamente y, con su dedo índice, comienza a delinear sensualmente el borde de la solapa de la americana de Ikki, muy lentamente.

- Digamos que yo tengo ciertos… privilegios.

Su dedo índice continuaba deslizándose peligrosamente hacia abajo, cada vez más y más cerca de la zona que tanto anhelaba explorar aquella tarde. Máscara continuó hablando:

- Hoy pareces especialmente tenso. Si me dejaras, yo podría sosegar el ansia del ardiente Fénix.

El peliazul, adivinando las lascivas intenciones de Máscara, sujeta su muñeca pero, esta vez, ejerciendo una mayor presión sobre ella que antes.

- Te he dicho que aquí NO –dijo muy serio y, una mirada endurecida, asomó a los ojos del Fénix-.

Máscara ignoró por completo el tono duro del moreno, para decir:

- Hubo un tiempo en que mis favores no te resultaban tan desagradables –contestó con altivez, levantando un tanto la barbilla con actitud ofendida-.

Ikki respondió con calma.

- Tú lo has dicho, hubo, en pasado. Ahora es diferente, muy diferente –puntualizó y, con un tono metálico en su voz, continuó-. Sabes perfectamente que yo no tolero ciertas cosas.

Ikki se dirige hacia el enorme y cómodo sillón reclinable de suave piel negra que se halla tras su mesa de trabajo, para sentarse en él. Y, entrelazando sus manos tras su nuca, continúa hablando con un tono burlesco en su voz:

- Además, no sé a qué viene todo esto. Según tengo entendido te has hecho de la compañía de alguien muy especial. Dime Masky ¿qué te traes entre manos? ¿A qué estas jugando?

Masky era el diminutivo con el que se conocía a Máscara. A él no le importaba que lo llamaran así pero, lo que realmente le molestaba, era ese tono, mitad cinismo, mitad burla que el Fénix solía utilizar, casi a cada momento.

El ceño de Máscara se frunció muy ligeramente, en señal de duda, antes de responder.

- Ikki, ¿ no te ha dicho nadie que a veces eres un poco paranoico? Yo no me traigo nada entre manos, Ikki querido. Ni tampoco estoy jugando a nada. Tan solo estaba… estaba… -al parecer, Masky, no encontraba la palabra adecuada-.

- Estabas… ¿qué? –preguntó un Ikki muy divertido al ver la vacilación en el rostro de su interlocutor-.

- … Saludando a un viejo y querido amigo –consiguió finalizar y, con un tono algo más desenfadado continúa-. Además, con respecto a ese alguien, no se trata de nadie en especial, Fénix querido. Y, a todo esto ¿qué sabes tú al respecto?

Ikki odiaba profundamente cuando Máscara se refería a él como Fénix querido. Era algo que le crispaba los nervios de tal forma que… Pero no, no podía. Tenía que tener paciencia, mucha paciencia. Al menos, por ahora.

El peliazul se encoge de hombros antes de responder:

- Sé… lo que se cuenta por ahí. Que andas muy… enamorado.

Máscara detecta en el tono de voz del Fénix, un deje de burla y duda antes de contestar, sin saber muy bien, qué es lo que Ikki sabe en realidad.

- Tal vez… -aventuró, al fin, a responder de forma enigmática-.

- ¿Qué sucede, es que ya habéis roto? ¿Tan pronto? Pero si tan solo lleváis… ¿Cuántos, tres meses, más o menos?

La mirada de Máscara se volvió más astuta y, sus ojos, se empequeñecieron ligeramente.

Ikki conocía demasiado bien a Máscara como para saber que se había puesto a la defensiva, y eso solo quería decir una cosa: que algo le ocultaba.

Máscara pareció meditar unos instantes antes de responder. La sonrisa cínica que hasta entonces había bailado en sus labios, se había esfumado ligeramente.

- No, no es eso Ikki. En realidad, no somos pareja ni mucho menos, al menos, por ahora. Sólo somos… amigos, buenos amigos, que nos limitamos a pasar algunos buenos ratos juntos –y, haciendo una significativa pausa, continuó, con una mirada lasciva en sus ojos-. Por ahora nos lo estamos tomando con calma… lo bueno hay que degustarlo poco a poco, sin prisas, con sutileza y sabiendo apreciar todos y cada uno de sus diferentes matices.

Ikki sonrió irónicamente ante estas palabras. Y con objeto de molestarlo, continuó:

- Vaya, vaya, más que de tu enamorado parece que estés hablando del plato estrella del mejor restaurante del mundo, ¿tan magnífico es?

Máscara cerró sus ojos durante unos instantes como tratando de traer a su memoria algún recuerdo lejano. Luego abre los ojos y, mirando hacia el techo, suspira profundamente, para contestar:

- La verdad es que nunca me lo había planteado así y, ¿sabes qué?, que creo que tienes mucha razón. Sí, en realidad, es algo así como el maravilloso, exquisito y exótico postre que culmina una suculenta cena.

Mientras hablaba, a Máscara le brillaban los ojos de una forma extraña. El deseo y la lujuria se entremezclaban con unos retazos de malignidad, haciendo que sus ojos adquirieran una mirada inquietante. Máscara continuó hablando mientras su voz denotaba las pasiones que se le escapaban de sus ojos:

- Si –dijo, arrastrando ese monosílabo de forma morbosa- es un verdadero caprie de die (capricho de dioses, en francés). Un exquisito bocatto di cardinalle (bocado de cardenal, en italiano. Ambas expresiones, la francesa y la italiana, indican algo delicado y exquisito. N. de la A.) –y se relamió los labios de tal forma que a Ikki le repugnó-.

“Pobre muchacho –pensó el peliazul-. Caer en las manos de este degenerado”.

Ikki era perfectamente conocedor de los bajos instintos que animaban el corazón de Máscara en determinados aspectos de su vida, sobre todo, en el sexual. De todos era sabido, la extrema inmoralidad y perversión por el que era conocido. Sus gustos sexuales eran, por así decirlo, algo fuera de lo común. Generalmente, Máscara, buscaba a alguien afín a sus gustos pero, cuando no lo encontraba y su necesidad inicial se convertía en urgencia por falta de una pareja, medianamente estable, era entonces cuando no hacía ningún tipo de discriminación y, tras embaucar de forma capciosa, a algún pobre desgraciado que, por necesidad apremiante, por ingenuidad o por desconocimiento, caía en sus manos, lo utilizaba de forma vil y sin ningún tipo de reparo moral. Su nuevo amigo, como a Máscara le gustaba denominarlo, no significaba otra cosa para él que un mero juguete sexual, un pasatiempo pasajero en el que poder abocar todas sus miserias humanas como si de una simple letrina humana se tratara. Sus preferencias, con respecto a sus amantes, no eran nada fáciles de satisfacer pues a Máscara le gustaba verse rodeado siempre por lo más bello, lo más exquisito y lo más delicado. Máscara había contado, hasta la fecha, con una innumerable cantidad de amantes pero, al escuchar Ikki la forma en que Máscara se refería a su actual víctima, pues no otro era el calificativo que el peliazul le podía dar a estos acompañantes, y al observar todas las reacciones de aquél, no pudo menos que deducir que, en efecto, aquel nuevo amigo debería ser, en realidad, alguien fuera de lo común. Ikki no pudo hacer otra cosa que compadecer, aún más, a aquella pobre víctima y, extrañamente, le asaltaron unos oscuros y enormes deseos de poder conocer a tan excepcional criatura.

- ¿Y cuándo me lo vas a presentar, a ese bocatto?

Máscara le miró divertido.

- Pensaba que ya lo conocías… -aventuró-.

-¿Debería…?

- No, no es de estos barrios, ni de… nuestro círculo. –y añadió con tono intrigante-. Pensaba que ya sabías de quién se trataba. A ti no se te escapa una, Ikki.

El Fénix hizo un amplio ademán con su mano derecha, como quitando importancia al asunto y contestó:

- Yo sólo conozco lo que se cuenta por ahí. Ya sabes… rumores.

- Oh vaya, -dice Máscara, con fingido pesar-. Y yo que pensé que se trataba de celos.

Ikki rió con ganas.

- Pues no, no se trata de nada de eso. Siento desilusionarte. No obstante, y siendo totalmente sincero contigo, he de decirte que me alegro por ti –mintió el Fénix, descaradamente-.

- Bueno, algo amable… al fin. Gracias, mi Fénix querido. Te prometo que, un día de estos, te lo presentaré –mintió Máscara, aún más falsamente-.

Ambos rieron con ganas pero de la manera más hipócritamente que supieron; cada uno por un motivo diferente: Ikki porque no fue sincero en sus deseos de felicidad hacia Masky, y éste porque no pensaba cumplir la promesa dada.

En esos momentos, el peliazul, se levantó de su cómodo asiento para dirigirse a la pequeña barra de bar que se encontraba al fondo de su despacho.

- ¿Te apetece tomar algo? –preguntó Ikki-.

La voz, tremendamente sensual de Máscara, le hizo volver la cabeza y mirarlo con extrema sorpresa.

- Ya creía que nunca me lo ibas a ofrecer –susurró-.

El peliazul lo ignoró.

- ¿Whisky?

- Si no hay nada mejor –contestó, guiñándole un ojo y acercándose con un andar felino-.

Ikki volvió a ignorar su comentario.

- Antes siempre bebías whisky. No sabía que tus gustos habían cambiado. Pero, si prefieres otra cosa…

- Ya sabes lo que yo preferiría –y al ver que el Fénix abría la boca con intención de decir algo, añadió rápidamente-. Pero no te preocupes, me conformaré con el whisky… por ahora.

Ikki comprendió perfectamente la sutil insinuación de Máscara pero pasó olímpicamente de ella. Se limitó a servir las bebidas y a sonreír pícaramente cuando le ofreció el vaso que el otro cogió, no sin antes, rozarle ligeramente el dorso de la mano con sus dedos consiguiendo, de esta forma, una caricia robada.

El peliazul no dijo nada, levantó su vaso en señal de brindis a lo que Máscara le imitó.

- Salud –dijo el Fénix-.

- Salud –contestó el otro, sin apartar sus ojos del moreno-.

Ikki vació su vaso de golpe, bebiéndose el contenido de un solo trago sin inmutarse, como si de un simple vaso de agua se tratase. Máscara intentó hacer lo mismo ante la mirada, mitad retadora, mitad burlona, que le pareció leer en los ojos del peliazul pero, por su falta de costumbre, fracasó estrepitosamente, tosiendo bruscamente cuando el dorado líquido inundó su garganta. Máscara se limpió los labios con el pañuelo que Ikki le tendió caballerosamente mientras éste le palmeaba, divertido, la espalda pensando “A ver si te tragas de una vez tu asqueroso Fénix querido”. Tras este pensamiento dijo, en voz alta, afectando preocupación:

- Ups, lo siento, no recordé que tú tomas soda con el whisky. Me lo podías haber recordado, Masky.

Máscara deja de toser, como meramente puede y, adquiriendo de nuevo algo de compostura, contesta:

- No importa, Fénix querido, me apetecía probar sensaciones nuevas –ambos sonrieron-.

El Fénix vuelve a llenar los vasos pero, esta vez, añadiendo un poco de soda al vaso de Máscara, el cual lo coge con una sonrisa.

- Y dime –comenzó a hablar Ikki, cambiando, POR FIN, de tema- ¿está todo listo para la reunión de esta noche?

- Oh, Ikki, no hablemos ahora de negocios, por favor –contestó con desgana pero, ante la insistente mirada del Fénix, pregunta haciendo un fingido puchero- ¿es necesario?

Ikki se encoge de hombros, dando un sorbo a su copa.

- Tú veras… aunque yo aún no se ni el lugar ni la hora del encuentro.

Máscara rió con ganas.

- Es cierto, Ikki querido, en realidad ese era, precisamente, el motivo de mi visita.

“Sí –pensó el Fénix con una sonrisa cínica- y ese es, precisamente, el motivo por el cual no te he echado aún a patadas de mi despacho”.

Máscara prosiguió con una sonrisa pícara.

- Pero bueno, unas cosas llevan a otras y…

- ¿Y qué? –le interrumpió Ikki para impedir que Máscara se volviera a desviar del tema que al Fénix le interesaba tratar-.

Máscara suspiró profundamente, al ver que el peliazul no se daba por vencido. De todas maneras, en algún momento tendrían que hablar del asunto de la reunión aunque aquél no fuera, exactamente, el motivo por el cual estaba allí. De hecho, era una simple treta, una simple excusa que le era muy útil para intentar conseguir sus propósitos. Unos propósitos que, más tarde o más temprano, conseguiría que se hicieran realidad. Sólo se trataba de una cuestión de tiempo. Sí, una simple y sencilla cuestión de tiempo. Máscara conocía demasiado bien al peliazul, conocía su carácter, su forma de ser… sus prioridades. Y, por ahora, la prioridad del Fénix era sencillamente la reunión de aquella noche. No tenía, por consiguiente, otro remedio, que satisfacer a su moreno, más adelante se centraría en sus propios asuntos. Máscara sonrió ampliamente antes de responder:

- Esta noche a las 22.00 horas, en el muelle número 22, en Long Island.

- Vaya, un lugar muy apartado, ¿no?

- Pero muy apropiado para hablar –contesta Máscara, encogiéndose de hombros- sin temor a que oídos ajenos escuchen cosas indebidas.

- ¿Tú vendrás? –pregunta Ikki, mirándole directamente a los ojos-.

- ¿Es eso una invitación, Fénix? –pregunta, a su vez, con intención-.

- Puede ser…

Máscara se acaricia los labios con la punta de su lengua, de forma sensual.

- Lástima –contesta suspirando-. Pero hoy tengo un compromiso ineludible. Si me hubieras avisado con algo más de tiempo…

- Supuse que no haría falta –la voz de Ikki denotaba picardía, algo que a Máscara le excitaba enormemente-.

Máscara nota el ligero cambio de actitud del moreno seductor, la sutil sensualidad con la que le habla en aquellos momentos y pregunta astutamente:

- ¿Te preocupa ir… solo, a la reunión. O, tal vez…?

Máscara tantea el terreno con una mirada calculadora en sus ojos, intentando averiguar sus posibilidades.

El peliazul ríe con ganas dirigiéndose de nuevo hacia su mesa y dejando el vaso sobre ella, la rodea, para colocarse al lado del sillón, con las manos en los bolsillos de sus pantalones, dando así una apariencia de absoluta despreocupación.

- No me hagas reír, Masky. ¿Por qué debería de tener miedo? Soy el dueño de muchos y variados negocios y, desde luego, no ha sido con miedo con lo que he llegado a la posición que puedo disfrutar en la actualidad. Voy a asistir a una simple reunión de negocios. Conozco a las personas que asistirán a ella, y ellas me conocen a mí. Nos respetamos. No tiene por qué suceder nada. Somos caballeros, personas de honor, simples comerciantes que, tal vez, lleguemos a hacer negocios juntos, si es que, una vez escuchada su propuesta, es de mi agrado, naturalmente.

- ¿Es que… no la vas a aceptar? –pregunta Máscara con cierta inseguridad en su voz-.

- Pues, sinceramente, aún no lo sé. No puedo aceptar o rechazar algo que desconozco por completo –Ikki se encoge de hombros, antes de preguntar dando a su voz un tono de completa ingenuidad, no obstante, su instinto se ha puesto alerta- ¿debería…?

Máscara ríe discretamente.

- Pues… no lo sé, Ikki querido. En realidad no tengo ni la más remota idea de lo que esos hermanos se llevan entre manos. Y eso que les intenté sonsacar algo de información, ya sabes lo curioso que soy – dice, quiñándole un ojo al peliazul-. Pero nada, se cerraron totalmente en banda. Así que lamentándolo mucho, no te puedo ayudar. Pero ya sabes que cuando este par de dos están tan misteriosos, es que están metidos en algo grande –y con cierta duda en su voz, continúa-. No sé, Ikki… pero, tal vez… se trate de algo importante y beneficioso para ti.

Si algo había aprendido Ikki a lo largo de todos aquellos años al frente de sus negocios, era a saber leer entre líneas, a desgranar toda la información que hasta él llegaba intentando, en la medida de lo posible, separar todo lo importante y trascendental de lo meramente superfluo y sin interés, para sus negocios. Había conseguido alcanzar una gran experiencia, sí, pero siempre respaldada por la cautela, el sentido común y la prudencia. A lo largo de ese tiempo había vivido muchas y variadas experiencias, con muchas y variadas personas distintas que lo habían enriquecido, y que le habían obligado a adquirir y desarrollar un instinto indispensable para su supervivencia. Había aprendido, también, a mantener ocultas sus emociones y sus pensamientos, a esconderlos bajo una máscara y, nunca mejor dicho, que debería de ser totalmente infranqueable para todos los demás. Estos escuetos principios a los que el peliazul, siempre fue fiel, se convertirían en la diferencia, en más ocasiones de las que a él le gustaría, entre vivir o morir. Y ahora, de repente, en esos momentos, en esa conversación del todo informal, su instinto de supervivencia se pone alerta. Unas cuantas palabras, una frase, aparentemente, intrascendente y una actitud sospechosamente demasiado inocente y protectora, le hace poner todos sus músculos en tensión; hacen que, todas y cada una de las fibras de su cuerpo, vibren a la búsqueda de más indicios, de más información que puedan enviar a un cerebro perfectamente preparado para procesar el análisis exhaustivo de dicha información y hacer que el Fénix levante la guardia.

Ikki sonríe y, sin inmutarse, sin permitir que sus sospechas hagan acto de presencia delante de su interlocutor, contesta:

- Eso es cierto –dice dando a sus palabras un aire pensativo-. Tengo curiosidad por saber en qué se van a meter esta vez –concluye con una sonrisa inocente-.

Máscara le sigue el juego y con otra sonrisa, dice:

- Sea lo que sea, seguro que dará unos buenos dividendos-

Ambos sonríen divertidos, propiciando de nuevo, un ambiente más distendido, algo que Máscara quería conseguir a toda costa.

Máscara deja su vaso sobre la mini barra y se acerca al peliazul con andar seductor y una, más amplia sonrisa en sus labios. Este, sin duda, es el momento oportuno para llevar a buen término sus aspiraciones.

- Por cierto, Ikki querido, hay algo que todavía no me has contado y que ardo en deseos de saber.

-¿Y qué es ello? –pregunta un Fénix, dulzón-.

- Bueno, yo te he contado cómo me van las cosas, al menos… las más interesantes –señala con picardía-. ¿Y tú, que tal? ¿Cómo te ha ido estos últimos meses? ¿Hay alguna novedad significativa en tu vida? –termina con sensualidad-.

Ikki se encoge de hombros viendo venir de nuevo a Máscara y al tema que, realmente, quería tratar con él. Pero no se lo iba a poner tan fácil como eso.

- Eso son muchas preguntas para responder –contesta sonriendo-.

- Yo no tengo ninguna prisa ¿y tú? –y con tono suplicante, añade-. Por favor, Ikki, cuenta, cuenta. Ya sabes lo curioso que soy.

- Hay un refrán muy sabio que dice: “la curiosidad mató al gato”.

- Ja, ja, ja. No te preocupes Ikki, tengo más vidas que un gato.

- En realidad, no tengo mucho que contar. Mi vida continúa lo mismo de tranquila, los negocios me van muy bien: de hecho, esta noche, asistiré a una reunión muy importante –y con cara de fingido y divertido asombro, añade- pero bueno, eso ya lo sabías, que despistado soy. Ja, ja, ja. En realidad ha sido gracias a ti que esta reunión se pueda celebrar.

Máscara sonríe muy satisfecho al ver reconocida su intervención. Una intervención que ha resultado ser más importante de lo que Máscara nunca le hubiera gustado llegar a admitir pero que ahora, Ikki había conseguido confirmar.

“Te pillé” –piensa el peliazul al ver que su pequeña treta ha obtenido el éxito deseado-.

Máscara no se ha dado cuenta de su desliz, está mucho más interesado en llevar la conversación con su examante a un terreno diferente por lo que entre risas continúa investigando.

- Yo me refería… a otro ámbito de tu vida –dice haciendo mucho énfasis en la última frase y guiñándole un ojo-.

Ikki quiere jugar un rato más con Máscara y se hace el ingenuo:

- ¿Otro ámbito, dices? Pues no se a que otro ámbito te puedes estar refiriendo, la verdad. –y levantando ligeramente una de sus cejas, añade-. Veamos: duermo muy bien, tengo apetito, mi salud es excelente…

- Ikki, no me tomes el pelo –le corta, con fingido y cómico enfado-.

Máscara se acerca más al peliazul y se dedica a arreglarle el nudo de la corbata (algo tenía que hacer para lograr estar tan cerca de él, sin levantar sospechas). Y, con voz melosa, continúa:

- Lo sabes perfectamente, Ikki querido. Pero ya veo que quieres oírmelo decir ¿verdad, pillín? –Máscara se ríe por lo bajo antes de continuar-. Me refiero a cómo estas de amores. ¿Sigues volando libre o es que alguien ha conseguido al fin atar en corto al Fénix?

Ikki mira a los ojos de Máscara y con un cierto deje burlón contesta:

- Por ahora vuelo solo y en libertad –y con cierto aire sensual, añade-. He tenido alguna que otra incursión nocturna, pero nada importante. Ya me conoces Masky y sabes que resulto difícil de conseguir.

- Así es, y eso es lo que más me gusta de ti, tu… inaccesibilidad.

Ikki ríe divertido y, enarcando una ceja, pregunta:

- ¿La mía solamente? Si no recuerdo mal, esa “inaccesibilidad” que tanto dices que te gusta de mí, también te gustaba en otros.

Máscara acarició sutilmente el ceño ligeramente fruncido del Fénix.

- Pero Ikki, nuestra relación era una relación libre, sin ataduras ni compromisos que nos ligaran de por vida o mermaran nuestras respectivas libertades. Ese fue el acuerdo al que llegamos antes de empezar a… vernos –responde Máscara, algo más serio-.

- Así es pero, si no recuero mal y, por favor, corrígeme si me equivoco, esa libertad no incluía el que te llevaras a tú amante a mí casa y que disfrutaras de él en mi cama –replicó Ikki, algo molesto-.

Máscara se defendió con un fingido puchero antes de responder:

- No fue mi culpa, Ikki. Yo había bebido demasiado y ese tipo creyó que tu casa era la mía. Tan solo se trató de eso, de un tonto y absurdo mal entendido.

El Fénix se carcajeó divertido ante aquella excusa tan débil y poco lograda.

- Ja, ja, ja. No me hagas reír. Eso no te lo crees ni tú.

- Ikki querido, eres muy cruel conmigo, y me estas ofendiendo –concluyó girando su rostro hacia un lado en señal de fingido enfado-.

El peliazul sonrió ampliamente.

- ¿Tú, ofendido? Te recuerdo que el más perjudicado fui yo. Faltaste a tu palabra y sabes que para mi la palabra dada es algo sagrado, algo así como un contrato firmado.

El ambiente comenzaba a tensarse ligeramente, y eso era algo que Máscara quería evitar a toda costa y, con un tono algo más serio y sincero, habló:

- Lo sé y lo siento muchísimo, Ikki. Perdí los papeles por completo y lo único que conseguí fue hacerte daño. Lo lamento profundamente, en serio. Lo último que quería era perderte. Aunque nuestra relación tenía el cariz que tenía, no por eso, en mi interior, dejé de albergar la esperanza, la débil esperanza de que algún día tú y yo… bueno… ya sabes… Pero en fin, las cosas son como son –y con una sonrisa débil, añadió-. Al menos no me puedes negar que lo pasamos muy bien juntos –y volviendo a la seriedad de antes, concluyó-. De verdad, Ikki, espero que algún día puedas perdonarme por lo que hice; tú, menos que nadie, merecía un trato semejante.

Las palabras y la actitud de Máscara sonaban sinceras. En realidad, aquella había sido la primera vez desde que lo conocía y, de eso hacía ya unos dos años, que Máscara se disculpase ante nadie. Y, en verdad, que a lo largo de esos dos años, el Fénix había visto en su examante comportamientos y actitudes harto reprobables hasta para el más acérrimo defensor del libertinaje. Ikki se quedó algo sorprendido ante aquellas inesperadas palabras.

- ¿Tú, disculpándote? Vaya, esto es algo que ni se ve ni se oye todos los días –exclama algo burlón-.

- Oh, Ikki… –comenzó a protestar-.

El peliazul le cortó socarronamente:

- Tu bocatto di cardinalle debe de ser alguien muy especial para haber producido semejante cambio en ti.

- Ikki, este cambio no es por él, si no, por ti. Él no significa nada para mí, es sólo… sólo… alguien de paso, alguien del todo punto insignificante par mí. Alguien que, tan solo haciendo así –y Máscara chascó sus dedos- desaparecería de mi vida para siempre, si tú…

La voz de Máscara sonaba insinuante, aterciopelada; sus ojos desprendían fuego, un fuego abrasador. Un fuego que el Fénix conocía muy bien. Un fuego muy parecido al suyo. Quizás, a causa de ese fuego, esas dos personas, tan diferentes en tantas cosas, se asemejaban en el fondo tanto.

- Si yo… ¿qué? –preguntó bajito el Fénix, ante el peligroso acercamiento del rostro de Máscara, el cual, había acercado sus labios al oído del peliazul-.

- Si tú… fueras… más amable conmigo.

- Yo no… puedo… ofrecerte… -tartamudeó ligeramente-.

- Shhh, lo sé, lo sé. Ni yo te pido nada… por ahora. Te comprendo muy bien, Ikki. Lo único que digo es que, tal vez… tú y yo… podríamos… vernos más a menudo, como amigos, claro está –se apresuró a añadir Máscara, pues no era el momento para asustar a su moreno-. Ya me entiendes… para recordar los viejos tiempos.

Máscara iba dando, a todas y cada una de sus palabras, un tono cada vez más pausado y sensual. Su cálido aliento se perdía en el oído del Fénix, rozando la parte del cuello que la camisa no le cubría, haciendo que Ikki se estremeciera.

Aquella situación hizo que su imaginación volara hacia otros tiempos, no muy lejanos, en los que los dos hombres compartieron momentos muy íntimos. Ikki parpadeó ligeramente para deshacerse un poco de aquella extraña desinhibición en la que se había sumido, acertando a decir:

- Máscara… yo no…

Pero no pudo terminar la frase.

Máscara puso su dedo índice sobre los sensuales y ardorosos labios del peliazul, en señal de silencio.

- Shhh… no… no digas nada. Sólo, déjate llevar…

Los ojos de Máscara y de Ikki se encontraron, por primera vez, a tan corta distancia. Los del primero, llenos de lujuria y pasión, devoradores y ardientes… subyugadores de los del segundo en los que lo único que se podía leer era un cierto asombro y una extraña pasividad.

Máscara tomó al Fénix por su cintura, atrayéndolo hacia su cuerpo muy lentamente para no romper aquella atmósfera, aquella conexión que, al fin, había podido realizar con el esquivo aunque, en ocasiones, deseoso Fénix.

Ikki no opuso resistencia y, al comprobarlo esto Máscara, sus labios atacaron los labios del peliazul: primero, tierna y dulcemente, de forma lenta y sosegada, dándole tiempo al Fénix a que se acostumbrara al contacto, largo tiempo pospuesto; pero después, con una fuerza arrolladora. Su lengua superó con facilidad las defensas del Fénix que eran pocas, en verdad, para introducirse en el interior de aquel ardiente volcán de sensaciones, que era la boca del peliazul. Una boca de labios algo carnosos que desprendían una enorme sensualidad, convirtiéndose en una sutil invitación para experimentar un ardiente goce ígneo. El Fénix, por su parte, le devolvió aquel beso que lo había cogido casi por sorpresa, disfrutándolo y extrañándose por ello a la vez. Comenzó así, una dura batalla entre las dos húmedas y vigorosas lenguas para conseguir el estatus de dominadora. A cada segundo que transcurría, el beso se hacía más y más impetuoso, producto de los dos fuertes caracteres y voluntades que en aquel momento se enfrentaban.

Los cuerpos se juntaban más y más, como queriéndose fusionar en uno solo. Las manos de ambos se estrechaban con mayor fuerza y acariciaban con mayor avidez el cuerpo del otro.

Máscara, sin embargo, fue más osado y, con un rápido movimiento, y sin que apenas el Fénix se hubiera dado cuenta de nada, le había desabrochado y quitado la americana arrojándola de cualquier forma sobre el respaldo del sillón, junto con la corbata. Teniendo ahora un margen mayor de actuación, Máscara comienza a desabrochar los primeros botones de la blanca e inmaculada camisa, haciendo que el torso del bronceado peliazul apareciera en todo su esplendor.

Máscara abandona los labios del Fénix, no sin pesar pero de forma algo brusca, dejando a éste sumido en un extraño trance hipnótico a causa del apasionado y sofocante beso (en algún momento tendrían que parar para poder respirar). Máscara se dedica a ir besando y lamiendo la mejilla derecha del Fénix hasta llegar a su oído en el que, de forma sorpresiva, introduce su lengua produciendo nuevos estremecimientos en el cuerpo del moreno. No contento con eso, se dedica a chupar y mordisquear el delicado y tierno lóbulo de la oreja de forma apasionada.

Máscara cada vez esta más excitado, al igual que el Fénix. Sus respectivas hombrías se juntan, accidentalmente, por encima de la ropa, en uno de sus furiosos abrazos haciendo que el dueño de cada una de ellas que excitara aún más, si cabe, al notar la dureza del otro.

Máscara esta fuera de sí, la pasión y la lujuria le están cegando, haciendo que sus labios recorran ahora el descubierto e indefenso cuello de Ikki, aquél que en otros tiempos había recorrido tantas veces y que se conocía como la palma de su mano, conociendo todos y cada uno de sus secretos recovecos de donde arrancar gemidos de placer del peliazul. Máscara se recreó en esta apetecible zona de forma tan apasionada que casi rayaba la violencia; besándolo, mordiéndolo y lamiéndolo de forma incansable, bajando hacia el torso, en donde encuentra uno de sus pezones completamente endurecido y en donde se recrea con una mirada lasciva antes de atacarlo sin piedad: de forma violenta lo mordisquea y lo succiona, arrancando gemidos de placer pero, también de dolor, del Fénix.

Ikki, ante esta súbita y desagradable sensación de dolor punzante, separa bruscamente a su ¿nuevo examante? con un empujón, desde luego, no muy delicado. La cara de Máscara es todo un poema: se hallaba desencajada y extrañamente contraída por la lujuria y el desenfreno. Jadeaba entrecortadamente, al igual que Ikki, sin dejar de mirar el torso semidesnudo de aquel Adonis, al que deseaba ardorosamente.

Ikki se lo quedó mirando, como intentando reconocer en aquel rostro al que, poco antes, le había estado hablando de forma tan calmada y sosegada. Se miró el pecho y, con un dedo, se limpió una diminuta gotita de sangre que adornaba la aureola de su pezón, el cuál, casi terminó por ser engullido por el salvaje de Máscara (y nunca mejor dicho, pues más que succionarlo, parecía como si se lo hubiera querido arrancar del pecho).

Máscara, consiguiendo recuperar algo de cordura, dice, entrecortadamente:

- Lo… lo siento… Ikki –y, al ver el rostro de su ¿examante? añade-. Perdóname pero… es que… se me fue la cabeza… lo siento mucho.

Ikki fue a decir algo pero aquella frase de reproche que iba a surgir de su garganta, murió allí mismo. No podía pedir explicaciones por algo de lo que, él mismo, había formado parte, por algo que había visto venir y que no había sabido o podido o, tal vez, ¿querido? controlar. Él sabía cómo era Máscara, sabía de sus peculiares y, en ocasiones, salvajes preferencias a la hora de practicar el sexo y que, a veces, solían rayar el sadomasoquismo. Sabía de la voracidad y violencia que, muy a menudo, imprimía en sus encuentros sexuales. Él lo sabía muy bien. El fénix se acordaba muy bien de aquellos tiempos…

Ikki esbozó una sonrisa irónica.

- Tan voraz como de costumbre ¿no Masky?

Máscara le devolvió la sonrisa.

- Contigo, es difícil no serlo –y vuelve a besarle, de forma más dulce, pero, esta vez, acariciando la entrepierna del Fénix-.

Ikki detiene su mano, la cual ya se deslizaba sobre su bóxer negro y ajustado de licra, algo transparente, a través de la cremallera bajada de su pantalón que Máscara había bajado muy hábilmente, sin que el peliazul lo notara, atrapado, como se encontraba, entre aquel tormentoso huracán de pasiones divididas que hacía tiempo el Fénix no sentía.

Con voz jadeante, Ikki consigue hablar entrecortadamente:

- Máscara… no… aquí no…

Máscara sonrió ampliamente, al parecer, había conseguido doblegar la voluntad del poderoso Fénix pues, aunque había recibido otra negativa, ésta no había sido tan contundente como las dos anteriores. Máscara hizo oídos sordos ante la petición del peliazul, acariciando con mayor énfasis aquel miembro que pugnaba por escapar de su encierro.

- No tardaré mucho, precioso, ni tú… tampoco…

Pero, en aquel momento, unos discretos golpes se dejan oír en la puerta del despacho…


CONTINUARÁ…





12/Dic/2006 18:11 GMT-3 Perfil · Privado · Desconectado
Hessefan-Aphrodita
Pegasus no Seiya



Mensajes: 3.018
Desde: 06/Sep/2006 #4RE: EL BESO QUE CAMBIÓ TODA UNA VIDA IKKIxSHUN CAP. 1 Y 2


Un diamante en un basurero. Digo, Ikki en Nueva York, ir a caer en la peor ciudad del mundo ¡pinche suerte!.

Dioses! odie a Mascara con su "Fenix querido"... ¡Al golpes se lo quitaria! Que tipo pesado... Waou! Death Mask x Ikki!!! Seeeee! Nunca habia leido de esta pareja y es sublime narrado por ti! eso si, Ikki uke por favor.


Ahora golpean a la puerta ¬¬ Seguro que es Seiya jajajaja!


Rosas!!!


Continualo, por si no te lo habia dicho.

20/Ene/2007 03:44 GMT-3 Perfil · Privado · Desconectado · Web
OTORYKAEDE
Usuario Frecuente



Mensajes: 59
Desde: 12/Dic/2006 #5RE: EL BESO QUE CAMBIÓ TODA UNA VIDA IKKIxSHUN CAP. 1 Y 2

HOLA CIELO!!!!
Me encanta haber recibido un post tuyo y con tan bellas palabras. La verdad es que me decidí en escoger a DM como UNO de los malos por que me pareció que encaja muy bien con ese papel, al menos, en este fic, hasta a mí misma me daban arcadas cuando escribía eso de "Fénix querido". En realidad, al principio la pareja la forman estos dos pero después.... jejejejjeje.... ya veremos. No había pensado hacer ningún lemon entre ellos pero me ha gustado tu idea de hacer que Ikki sea uke... no sé si me saldrá, pero lo intentaré. Ahora que lo pienso incluso resulta algo morbosa jejejej. La puerta es golpeada por ¿Seiya... tal vez? Lo que si haré es que el pony (con todos mis respetos) tenga un papel algo relevante. Para mí Seiya tiene ese encanto de "dulce incompetente". Esta frase la he oído o leído en algún sitio pero ahora no recuerdo donde. Bueno, muchas gracias por leer el fic, espero continuarlo prontito, tengo demasiados frentes abiertos con otros fics ¿Has oído la frase "Has llenado el ojo antes que la tripa" o "El que mucho abarca..."? Me parece que me ha pasado algo así pero en mi defensa he de decir que tengo la costumbre de leer varios libros a la vez y me parece que esa constumbre la estoy usando también en mis fics. Pero prometo terminarlos TODOS. De corazón muchas gracias y muchas felicidades por este nuevo foro... BESOTES...
29/Ene/2007 15:05 GMT-3 Perfil · Privado · Desconectado
Hessefan-Aphrodita
Pegasus no Seiya



Mensajes: 3.018
Desde: 06/Sep/2006 #6RE: EL BESO QUE CAMBIÓ TODA UNA VIDA IKKIxSHUN CAP. 1 Y 2


es cierto! pero yo soy igual, digo, estoy leyendo cinco libros a la vez y apenas puedo terminar uno que agarro otro y suele trasladarse eso a los fics jajajajaja!
Pues D.M es un buen elemento en tu fic, nunca se me hubiese ocurrido utilizarlo y menos con el Phoenix pero ahora que lo leo no es tan descabellado e inclusive me encantó!
No te preocupes por el ponny ,puedo leer un fic sin que aparezca y Gracias por tus palabras, es en realidad un gusto tenerte aquí!.
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