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| Gadya |
Publicado: Dom Jul 08, 2007 8:46 pm |
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Aldebarán de Tauro - Moderador

Registrado: 29 Jun 2007
Mensajes: 1419
Ubicación: Encerrada en el gabinete de la campaña "Albiore Presidente"
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EL LOCO DEL MUELLE
El pelirrojo le llamaban, aunque hacía tiempo sus cabellos se habían desteñido. De pié, su figura ya encorvada por la crueldad de los años, era una parte más del puerto, mimetizado ya con las mareas, con el movimiento de los marinos apresurados entre los barcos, con el propio viento y su lenguaje de gaviotas… Muchas veces lo había visto el sol amanecer perdido en el fino horizonte, intentando recordar sus sonrisas, olvidadas en el tiempo, aspirando el aroma a mar, intentando distinguir en las suaves brisas, otro aún más imperceptible, viajando desde el lejano Oriente a saludarlo en las mañanas.
Sus ojos azules de polvorienta mirada, perdidos en el Egeo, parecían pretender encontrar un camino hacía años borrado, sumido en el silencio de su propia negación, encerrado en su único Universo de esperas vanas silenciosas, separado del bullicio del muelle y las miradas de transeúntes que murmuraban a su alrededor. Casi nunca hablaba, más que para sí mismo y su cordura casi diluida en el mar circundante, y su griego, oxidado a fuerza del poco uso, lastimaba los adultos oídos, fascinando a los niños que por los muelles corrían, atraídos por tan enigmático personaje, y era su nombre, casi desvanecido de la memoria de los ancianos, un canto de exóticos parajes, de historias con sabores asiáticos disueltas en amor esperado, en sonidos extraños, en cuatro letras casi desconocidas en los labios de los habitantes del muelle: Kiki… alguna vez lo habían oído, en la boca de un anciano contando la historia de tan singular personaje, y aquel cuento de romances prohibidos se había vuelto la leyenda del muelle, atrayendo comentarios dispares, pero a él nada de eso le importaba… y nuevamente dirigía su mirada al mar, a la espera de que aquel acuoso verdugo le regresase a su lejano anhelo.
Ella despidió a su amor
Él partió en un barco, en el Muelle de San Blas
Él juró que volvería
Y empapada en llanto, ella juró que esperaría
El sol calcinante ocupó su lugar en el firmamento, custodiando desde arriba su vejez encadenada, y el anciano cerró los ojos, regresando a un día como aquel, brillante, en que había esclavizado su vida a una espera sin sentido. Entonces era un gallardo joven, un muchacho enamorado que, entre lágrimas, había despedido a su amante en ese muelle, condenándose a contar los días en las ondas del cristalino mar. Recordó su rostro, sus ojos de cielo azul, anochecidos en su larga cabellera, y su juramento de regresar por él, apenas pudiese terminar con la misión encomendada. Shiryu, aquel nombre se había convertido en su prisión sin rejas, y por él había renunciado a su puesto de Guardián del Templo del Carnero y se había atado a aquel muelle en el que lo había visto partir, maldiciendo al discípulo que le habían ordenado entrenar. Y desde entonces se había nombrado custodio de aquel espacio vacío que él había dejado en las maderas del puerto, mojando el mar con sus lágrimas amargas de aguardar, olvidando en el Santuario su vida pasada, dejando su herencia de responsabilidades, oculta bajo una cama que ya jamás compartiría, cubierta del polvo de la espera.
Miles de lunas pasaron
Y siempre ella estaba en el muelle, esperando
Muchas tardes se anidaron
Se anidaron en su pelo, y en sus labios
Desde aquella tarde mucho tiempo había pasado, había contemplado el límpido espejo acuoso teñirse de varios colores, cubrirse de fino encaje espumoso, y azotar, cómplice con el cielo encapotado, a los barcos que, raudos, corrían al puerto, castigándolos por su falta, por no traer en sus vientres a hombre que esperaba. Las estaciones se habían sucedido una tras otra, llenando sus ojos de escarcha en invierno, perfumando sus lágrimas con risas de niños en verano, comiéndose el calendario sin compasión de su pobre corazón ajado que, aún bajo la lluvia, esperaba, empapándose del cruel viento que helaba sus pies casi descalzos, recordando con ahínco aquella pérdida dolorosa que algún navío sanara, devolviéndole al muchacho de risa amable, aquel que le deba sentido a aquella esclavitud absurda.
Llevaba el mismo vestido
Y por si él volviera, no se fuera a equivocar
Los cangrejos le mordían
Su ropaje, su tristeza y su ilusión
Sus manos frías tocaron la raída tela que envolvía sus sesenta años de espera, la misma tela que, entonces, le había visto partir, guardando sus abrazos entre sus hebras, para cuando la memoria ya no pudiese retenerlo, encontrarlos todavía sobre su piel marchita. Seis décadas lo habían acompañado aquellas ropas, picadas ya por los cangrejos que, sin vergüenzas, se paseaban cada tanto por el muelle, jugando con sus pies apenas cubiertos, destrozando sus endebles calzados con sus pequeñas pinzas. Sesenta años, y toda una vida de esperar, junto a las olas, a su amado que, lejos, lo pensaba, sesenta años de guardar las mismas vestiduras, ya deshechas, por si el volvía, esperando que su vista cansada lo reconociera a pesar del paso del tiempo, que, olvidando el mapa de lamentos arrugando su rostro, le hallase igual a como le había dejado, los ojos vivaces, la risa fácil, el cabello colorado cayendo sobre sus hombros, y aún aquellas molestas pecas infantiles, que él buscaba con la mirada cada vez que le acariciaba las mejillas. Y perdido en suspiros absurdos, volvió a recordar, como cada tarde, como cada día, como cada vida, su camino de sacrificios pospuestos, de tiempo pasado sin pasar, de años parado junto al muelle
Y el tiempo se escurrió
Y los ojos se le llenaron de amaneceres
Y del mar se enamoró
Y su cuerpo se enraizó en el muelle
Las olas espumosas muriendo en la orilla habían marcado el paso de los años en sus hombros jóvenes sosteniendo un mundo de ilusiones, esperanzas vanas de volverle a encontrar, sonriendo, bajando de un barco directo a su encuentro, y en sus ojos azules de cielo claro, la vejez luchaba por quedarse, amparada un aquella bandera blanca de rendición al destino cruel que jamás plantaría, aún cuando los años, envidiosos de su tenacidad, le cobrasen caro su belleza desperdiciada en aquel puerto vacío de esperanzas, cargado de ilusiones incumplidas. El sueño había escapado de su lado, concediéndole la venia de eterno vigilante de la masa de agua que, descarada, había robado sus mejores años, escondidos en los bolsillos del viajero, junto a sus proyectos truncos, y de pie junto a las salinas ondas, sus ojos habían lo habían descubierto, aún sin verlo, su cabello extendido en el ancho firmamento nocturno, brillando en el mar oscurecido, y su pálida piel, oculta por las extensas mechas, brillando en la límpida superficie marina como un camino plateado de luz lunar… en el mar lo había perdido, y en el mar, esa noche, lo había encontrado, aunque lejos se hallase, y desde entonces, la marea nocturna ocupó su corazón, como un modo de traerlo de regreso a sus brazos eternamente abiertos, a sus besos, constantemente en pausa.
Sola, sola en el olvido
Sola, sola con su espíritu
Sola, sola con su amor, el mar
Sola, en el muelle de San Blas
El reloj había seguido su curso, dejándole en el camino, llevándose en su andar sus recuerdos preciados. Sus antiguos compañeros, olvidados en el Refugio de su Diosa teñida de distancia, perecieron en su memoria fría de espera junto al mar, bañado en la salina espuma que llegaba hasta la orilla, contando en los lejanos muelles su historia de esperanzas invencibles, de tiempo detenido en un eterno mismo punto, que se había convertido, repetido, en su único recuerdo, su única vida luego de su vida, y las gaviotas, sus nuevas compañías en el puerto, se habían robado su sonrisa en sus hábiles vuelos desplegados, conformando en sus gráciles coreografías, la figura de su nueva amante... la soledad, la enferma ausencia del amor que, encerrado en un barco, marchó hacia un destino que él no podía alcanzar, honrando la promesa de la eterna espera. Y en aquellas maderas en las que tantas lágrimas había derramado, su alma quedó delineada, en las finas vetas de los listones que le daban base a sus pies, para no entregarle al mar sus penurias.
Su cabello se blanqueó
Pero ningún barco a su amor le devolvía
Y en el pueblo le decían
Le decían la loca del muelle de San Blas
Sus ojos volvieron a abrirse, ahítos del recuerdo de tantas tardes parecidas, y perdidos en el claro espejo del cielo danzante, intentaron hallar la lejana costa que lo había recibido. ¿Cuántas veces lo había intentado ya? Sus claras orbes, otrora juveniles, a penas podían ahora distinguir el horizonte, mezclando el mar puro con el brillante cielo de verano. Rió apenas, con la pena anudando su garganta, y sus manos, ajadas por el paso del tiempo, corrieron a perderse en su larga cabellera de cenizas que, alguna vez, habían sido fuego... los días se habían encargado de llevarse su sempiterna juventud de lemuriano, de ofrendársela al ausente Dragón al otro lado del mar, dejándole apenas un cuerpo cansado, cargado de años en vela, de leyendas susurradas a su espalda.
El viento le abrazó por la espalda como en las mañanas, apañando su desdichada soledad, y en su baile compasivo se llevó las historias que los marinos contaban de él en las tabernas, risas, burlas, falsas memorias desvirtuando su religiosa espera. El loco del muelle, le llamaban las mujeres, y sus miradas reprobatorias se clavaban en su espalda cada mañana, cuando, en el camino al mercado, le veían, como siempre, parado junto a las olas, perdido en los rumores de la brisa marina arrastrando sus silencioso ruegos a los dioses. Cada tanto algún niño se acercaba, compadeciéndose de su mirada triste, y entre risas tironeaba sus raídas mangas, a la espera de una sonrisa polvorienta y cómplice de su infantil travesura, mientras se burlaba de sus amigos temerosos. Kiki entonces sonreía, creyendo ver en aquellos pequeños, atisbos de su propia infancia despreocupada, y sus avejentadas manos acariciaban las desconocidas cabezas con cariño, para luego escuchar los gritos furiosos de las matronas, castigando a los infantes por acercarse a él... al loco... al eterno anclado en el muelle aguardando a un hombre que quizás ya no vendría.
Y una tarde de abril
La intentaron trasladar al manicomio
Nadie la pudo arrancar
Y del mar nunca jamás la separaron
Una lágrima furtiva rodó entre las arrugas malgastadas, a la par que una leve carcajada escapaba a borbotones de su garganta, burlándose de su frágil memoria dando recuento de tantos años. ¿Cuánto más camino le faltaba por recorrer? Sus piernas, cansadas, temblaron bajo el peso del encorvado cuerpo que, a duras penas, parecía resistir estoicamente a una tormenta de rayos solares alumbrando su amarga vejez con memorias dolorosas, y entre aquellas gotas de tristeza se escapó aquella tarde de abril, cruel primero de abril, en que, acatando los ruegos de las mujeres que por allí pasaban, varios marinos intentaron arrancarle de su puesto. Entre cuatro lo habían sujetado por brazos y piernas, suponiendo sencillo el trabajo, y sin miramientos lo habían arrastrado unos metros, para luego toparse con su obstinación, brillando en todo su esplendor en sus ojos azules. Rió, apretando fuertemente los párpados, para no dejar huir aquel recuerdo en la marea de memorias que parecían desvanecerse frente a su mirar luego de traerlas a su mente, como el humo del incienso, no había necesitado mucho más para quedarse que un par de golpes bien puestos a un par de aquellos irrespetuosos marineros que, mofándose de su ancianidad, habían intentado recluir sus esperanzas en un cuarto acolchonado. Desde entonces, ya nadie había intentado moverle de allí, de su vigilancia constante, a la espera de aquel barco que, una vez, se hubiese llevado su corazón entre las cajas carga.
Sola, sola en el olvido
Sola, sola con su espíritu
Sola, sola con su amor, el mar
Sola, en el muelle de San Blas
La brisa salina le revolvió el entrecano cabello, ya blanco a fuerza de recuerdos ausentes que, sin pausa, se escurrían entre las secas lágrimas que desgranaban sus viejos ojos. Sesenta años de espera, y aún continuaba solo, amarrado al espacio vacío que en el muelle había dejado su amante, negándose a regresar a donde, sabía, pertenecía su estirpe, volviendo el rostro a su Diosa, a su dorada responsabilidad de divinos designios. Aún en su mente podía imaginar la magnificencia del Templo que, desoyendo todo ruego, se había negado a custodiar, borrando para siempre sus pasos de las marmóreas escalinatas, y entre sus paredes evocadas resonaron antiguos ecos, voces fantasmales de recuerdos atados a sus anchas columnas, días felices tatuados en los dóricos soportes, en sus acanalados cuerpos, en su esencia de piedras y alma de guardianes, cómplices de aquella aventura derivada en el muelle.
Sola, sola en el olvido
Sola, sola con su espíritu
Sola, sola con el sol y el mar
Sola, en el muelle de San Blas
Sus piernas ancianas flaquearon, cansadas de tanta espera vana, y en las ondas marinas chapotearon los peces, demasiado cerca de la orilla, trayendo con ellos noticias de Oriente. Kiki sonrió, y en su grisácea tristeza se sintió inmensamente feliz cálido como el sol, anciano como la tierra y a la vez joven como la mañana que, luego de aquel día, despuntaría en el horizonte. El silencio del muelle, con su canto de barcos arribando, cobró significado en sus oídos, recitando historias de chinos arabescos, mensajes en susurros murmurados al viento, a la espera de que algún día pudiese él oírlos. Por fin sus ojos cansados se asomaron sobre el cristalino espejo de agua, y entre risas se observaron, intentando hallarse entre aquel océano de arrugas que seis décadas de penas le habían ofrendado, y entre risas se dejó arropar por la brisa salina, que en su anciano pabellón le silbaba bajito aquellas canciones que su amado le cataba al abrazo de la tarde. Era su voz, era la voz de Shiryu la que, cabalgando en las ventiscas, entonaba aquellas melodías para él, confundiendo las horas de mañana con las tardes, borrando el tiempo pasado con la espuma que llegaba hasta sus pies...
Cerró los ojos, y en su cuerpo, los brazos que tatuados en su ropa había atesorado, le abrazaron por la espalda, entre graves carcajadas, invitándole a dejar aquel muelle de madera, compartiéndole una nueva oportunidad, una nueva vida compensando las penurias, y cerrando sus pesados párpados, Kiki se dejó guiar, guiar por su amado que, como él, llevaba años esperando… y su cuerpo, sumiéndose en el abrazo marino que le había custodiado celoso, abandonó el muelle.
Se quedó, se quedó, sola, sola
Se quedó, se quedó, con el sol y con el mar
Se quedó ahí, se quedó hasta el fin, se quedó ahí
Se quedó, en el muelle de San Blas
Sola, sola, se quedó
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