 |
| Autor |
Mensaje |
|
| Gadya |
Publicado: Mar Jul 03, 2007 12:33 pm |
|
|
Aldebarán de Tauro - Moderador

Registrado: 29 Jun 2007
Mensajes: 1418
Ubicación: Encerrada en el gabinete de la campaña "Albiore Presidente"
Reputación: 278.1   votos: 6
|
ENCUÉNTRAME DEL OTRO LADO DEL ESPEJO.
"You Don't Know What Is That,
Oh baby, you don't know what is tah,
To love somebody,
To love someone,
In the way I love you"
("To love somebody"-Bee Gees)
Prólogo
Puedo sentir la brisa marina en mi piel. De nuevo aquí. A lo lejos, el Templo de Poseidón se alza imponente en las costas de Cabo Sunión… pero nada de esto logra alejarte de mi mente.
Escucho el llamado de las estrellas dispersas en el cosmos, ocultas por la luz del día, oigo la voz de mi constelación diciendo mi nombre, pero nada puede quitarme este sentimiento. Porque he descubierto la verdad, una verdad que no debí si quiera concebir, una verdad que atenta contra todo lo que siempre había soñado, creído y anhelado. Una verdad tan profunda que no me atrevía a confesarme ni a mí mismo. Porque te vi, y fue como si ante mí se decorriera un velo que había ocultado un oscuro secreto durante años, y ahora sé que mi vida no volvería a ser igual.
Descubrí que te amo, si, te amo, pero tú jamás sabrás cuanto te amo realmente, porque no tengo el derecho de amarte, y porque sé que no me correspondes… y sin embargo, no puedo evitar sentir este deseo que me quema por dentro, no puedo detener a las olas que repiten tu nombre sin cesar… Aioros… eres tan inalcanzable para mí, y mi propio juramento es como un acantilado en donde rompen mis más profundos sentimientos, porque soy un Caballero de Atenea, al igual que tu, y juré dedicar mi vida a ella, igual que tu. Es por eso que estoy condenado a consumirme en mis propias ilusiones, tan cálidas como imposibles de alcanzar. Aioros, lo que siento por ti me está desgarrando el alma, y algún día me dividirá en dos, y aun así no podré tenerte, éste es mi destino, el designio de los dioses, y así será… ahhh, dioses crueles, pero cómo te amo.
Capítulo 1
Pude sentir sus pasos detrás de mí como una sombra, y por eso mismo no volteé a mirar. No era necesario. Él jamás sería cauteloso si se trataba de mí.
" Otra vez cavilando"
"Deja ya de payasadas, sé muy bien lo que has estado haciendo"
"Por supuesto que sí, es lo que tú jamás te animarás a hacer"
"Kanon, lo que estás haciendo no es digno de un Caballero"
"Yo no soy un Caballero, hermano, y aparte de ti nadie más sabe que existo, así que puedo hacer lo que me venga en gana"
"Claro que no, sabes que si algo me sucede tú tendrás que ocuparte de proteger la Casa de Géminis"
"Eso es demasiado aburrido, tengo mejores planes, más grandes que ser un simple Caballero de Oro"
"¿Qué planes?"
"Voy a dominar al mundo, Saga, y quiero que tú estés con migo cuando eso suceda. Voy a eliminar a la diosa Atenea cuando renazca y tomaré su lugar, nadie podrá derrotarme!"
"Kanon, estás loco. Tu corazón está podrido de tanta maldad, recapacita!"
"No me digas que estoy podrido, sé que en el fondo eres tan corrupto como yo. Sólo pretendes ser un Caballero justo, pero en realidad eres tan malvado que te temes a ti mismo."
"Deja de decir tonterías, yo soy un Caballero de Atenea"
"Quisiera saber por cuánto tiempo más. Saga, ven conmigo."-los ojos de Kanon se iluminaron, yo jamás había visto así a mi hermano-" quiero que gobernemos este mundo juntos, tú y yo, seremos invencibles, podremos tener lo que queramos"
Kanon se acercaba a mí, en su rostro había una expresión que yo jamás había imaginado ver en él. Sentí que mi hermano quería decirme algo, algo tan profundo como el mar a mis espaldas.
"Por qué me dices esto…"
"Porque te amo, Saga. Te amo y te necesito a mi lado. Nunca podría hacerlo solo."
Pude sentir los labios de Kanon descansando en los míos. Y todo en lo que pude pensar era en Aioros. Fueron sólo unos segundos, me moví hacia atrás, rechazando a Kanon, quien me miró herido
"Ya veo. Todavía estás enamorado de él. Tenía esperanzas de que lo hubieses olvidado, pero veo que no. No importa. Si te unes a mí podrás tenerlo. Dejaré que sea tu felicidad, la persona a la que se ama y de la que no se espera nada. Pero te necesito conmigo. Me conformaré con que finjas amarme…"
"Kanon, estás cometiendo herejía, y sabes qué debo hacer si no desistes…"
"Pues hazlo, atrévete. Pero te advierto una cosa. Si lo haces sólo probarás que tengo razón, que eres tan perverso como yo. Saga, ayúdame. Mientras ella gobierne no podremos ser libres"
La mirada de Kanon me desafiaba, y por eso mismo supe lo que debía hacer. Cerré los ojos mientras golpeaba el rostro de mi hermano
*
"Saga, sácame de aquí. ¿No lo ves? Mientras vivas para ella jamás podrás ser tú mismo. Saga! Saga!! Yo tenía razón Eres un corrupto!!!Estás tan podrido como yo! Saga!!!…"
Los gritos de Kanon se hacían más y más desesperados a medida que subía a marea. No podía soportarlo. Tenía que irme de Cabo Sunión, tenía que encontrar un lugar en donde pudiera alcanzar la tranquilidad.
"Saga! Sagaaaaaaaaaaaa!!!!!!!!!!!!!!"
La voz de mi hermano seguía pronunciando mi nombre con la esperanza vana de que me apiadara de él. Pero algo dentro de mí no lo permitiría. No sabía lo que era, y tampoco me interesaba, siempre y cuando me diera la voluntad de seguir adelante
Me dí la vuelta y comencé a alejarme. No me importó Kanon. Sus gritos podían atormentarme el resto de la eternidad. Yo sólo quería regresar al Santuario. Tenía que ver a Aioros.
Capítulo 2
Pronto el camino fue desapareciendo. El Santuario estaba cada vez más cerca, y en él, quien yo deseaba ver me aguardaba. El tiempo que me tomase llegar no me importaba, mi corazón ya estaba allí.
La voz de Kanon ya no resonaba en mi mente, y eso me calmó. Sin aquel recuerdo acusador dándome vueltas podía entrar en el Santuario con la conciencia tan pura como la espuma del mar.
Kanon. Sin darme cuenta mis pensamientos se centraron en él... en una frase que había salido de su boca... "Todavía estás enamorado de él"…¿Todavía?¿Hacía cuánto tiempo estaba yo enamorado de Aioros? No mucho …o al menos no había pasado mucho tiempo desde que lo había descubierto. Entonces, ¿Cómo pudo Kanon saberlo incluso antes que yo mismo?¿Tan ciego había estado antes mis propios sentimientos? Aioros y yo habíamos sido amigos desde la infancia. Cuando apenas llegué al Santuario lo conocí. Solía verlo luego de cada día de entrenamiento, y me sentía más unido él que a mi propio hermano gemelo, quien lo envidiaba terriblemente. Pero aquello no era más que una amistad, no podía haber nada más, apenas éramos niños, Kanon no podía haber visto amor en donde no lo había. Desde entonces han pasado 9 años, 9 años en los que ni siquiera imaginé sentir lo que siento, en los que ni siquiera sospeché amar a mi mejor amigo, ¿Cómo fue que Kanon si lo sabía?
Esa pregunta fue mi compañera durante el viaje, revoloteando en mi mente como una mariposa, y en su compañía olvidé las distancias.
*
Los guardias del Santuario me reconocieron inmediatamente cuando me vieron llegar con la luna a mis espaldas. Nade esperaba mi regreso, pero allí estaba, y debía notificar al Patriarca sobre ello. …pero antes, tenía que pasar por el Templo de Sagitario.
Subí las escaleras con aquella sensación tan placentera y fastidiosa a la vez; mi corazón se agitaba, sentía como si quisiera salir de mi pecho y gritar su nombre. Aioros se estaba convirtiendo en una obsesión para mí, todo me lo recordaba. Aquel nerviosismo me había hecho un hueco en el estómago tan sólo con la idea de verlo.
El Templo de Aries estaba frente a mí, vacío como de costumbre. La mayoría de los Templos se hallaban deshabitados, y hubiera sido muy sencillo invadir el santuario en esas condiciones. Me aferré a estos pensamientos para alejarlo de mi cabeza… tenía que sacarlo de allí como fuese. Atravesé Aries sin dificultades. El Templo había pertenecido al ahora Patriarca Shion, y su discípulo, Mu, si mal no recordaba, se encontraba entrenando en Jamir.
Mis pasos resonaron en el siguiente Templo. Jurandyr de Tauro tampoco se encontraba en el Santuario. Debía hallarse en Brasil, entrenando a su aprendiz, Aldebarán, de quien se rumoreaba, llegaría a ser un hombre imponente.
Seguí avanzando y encontré un ambiente acogedor en el Tercer Templo, Géminis… mi Templo desde hacía dos años, cuando derroté a mi maestro Cameo. En aquel entonces estaba tan orgulloso… no hubiese deseado nada más que servir a Atenea… ¡Qué lejanas me parecían ahora aquellas ilusiones! Seguí caminando sin detenerme ni un segundo en mi propio Templo, no era sino al noveno al que yo quería llegar…
Cáncer también se hallaba vacío… Orestes todavía debía estar en Italia. Me parecía extraño. Pensaba que el entrenamiento de Ángelo ya había concluido… El sonido de mis pisadas me acompañó hasta la salida.
El siguiente Templo era Leo, el cual había permanecido sin dueño por mucho tiempo. El Caballero Dorado de Leo había muerto hacía varios días sin haber tomado discípulo y el siguiente en línea era Aioria… el hermano menor de Aioros, su protegido, su aprendiz, su confidente. No pude evitar sonreír al imaginarlo orgulloso, entrenando a su pequeño hermano de 7 años, y seguí mi camino.
En Virgo tampoco había nadie. Misael se encontraba en las orillas del río Ganges, en la India, entrenando al pequeño Shaka, de quien decían, era la encarnación de Buda. Parecía ser importante, porque a todos le sorprendía, pero, a decir verdad, yo no tenía idea de quién era ese tal Buda.
Libra se encontraba sumido en silencio, como era habitual. El anciano caballero de Libra, Dohko, quién había sido compañero del Patriarca Shion en la guerra contra Hades, se había exiliado en Rozan, China, para alcanzar mayor sabiduría, y se había negado a entrenar a un sucesor.
Sargas tampoco estaba en su Templo, lo cual era una lástima, porque me caía bien y me hubiera platicar con él, pero en estos momentos se encontraba en alguna isla, entrenando a Milo, ese niño insufrible que había tomado como discípulo. A pesar de tener 7 años ya se le veía bello, y el niño sabía sacar partido de ello, sobre todo con las damas, lo que había puesto a su mentor en grandes apuros más de una vez. Sin querer dejé escapar una risa. Ese niño me caería bien y de seguro, sería un gran Caballero. Salí del Templo y mis rodillas se aflojaron, mi respiración se entrecortó y volví a sentir aquel vacío en el estómago. El siguiente Templo era Sagitario.
Mi corazón se desgarró al entrar. Aioros no estaba, no había nadie en su Templo más que yo y mi deseo de verlo. Ya era muy entrada la noche. ¿Dónde podía estar? El entrenamiento de Aioria no podía haberse extendido tanto. Me asfixiaba la idea de que algo podría haberle pasado, no parecía importa para mí la realidad de que era uno de los Santos más poderosos, sólo quería saber dónde estaba. Necesitaba verlo como la luz del día, necesitaba oírlo como el aire que respiro, necesitaba saber que estaba bien para vivir un día más con el alma tranquila.
Esperé varias horas a que llegara, pero fue en vano. Aioros no aparecía, y yo no podía seguir postergando mi encuentro con el Patriarca. El ver a Aioros tenía que esperar, aunque para mí fuera impostergable.
Pasé a la siguiente Casa, Capricornio con el corazón oprimido. Allí me saludó Shura, el pequeño cabalero de Capricornio, quien acababa de regresar de los Pirineos, tras ganarle la armadura a su maestro, Maciel, hermano menor del mío. Shura no tenía más de 10 años y una tremenda responsabilidad color dorado sobre sus espaldas. Le sonreí por cortesía y continué sin siquiera detenerme a ver su rostro de niño. Era curioso, Shura había sido el único Caballero que yo había encontrado en mi recorrido, y sin embargo, no me había detenido a informarme sobre lo ocurrido en mi ausencia. No tenía ganas de hablar, sólo de ver a Aioros, ¿Dónde estaría?
La helada Casa de Acuario también estaba despoblada, tal y como había imaginado. Ganímedes y su discípulo, Camus, faltaban desde hacía un año, cuando habían partido hacia Siberia. Muy pocos lo habían notado, ya que ambos se asemejaban bastante a los cubos de hielo que Ganímedes creaba con su cosmo. Apuré el paso, pensando que mientras más rápido viera al Patriarca, más pronto podría volver a mi templo, y más rápido llegaría el amanecer, y con él, la oportunidad de ver a Aioros.
Picis, la última Casa, se hallaba frente a mis ojos, tan vacía como las otras. Dorian y el pequeño Nep no se hallaban allí, al igual que todos los demás. Nep era el alumno de Dorian, pero era tan bello que lo habían rebautizado Afrodita, en honor a la diosa de la belleza, y él lo había aceptado de buen grado. Su apariencia era engañosa: simulaba ser un niño frágil, pero en su interior un cosmo monstruoso se agitaba. Salí de Picis y miré escaleras arriba. Ya no había más Templos del Zodiaco. Había llegado la hora de informarle al Patriarca sobre la traición de Kanon.
*
"Ya veo. Conque eso sucedió"
Pude ver la tristeza en los ojos del Patriarca. Su máscara ocultaba su rostro, pero no la decepción que esta noticia le había ocasionado.
Además de mi maestro Cameo y yo, el Patriarca Shion era el único que conocía de la existencia de Kanon, y sabía que, muy en el fondo, abrigaba la misma estúpida esperanza que yo; que si algo llegaba a pasarme, él tomaría mi lugar.
Un suspiro resonó en la habitación. La mirada de Shion se veía cansada, y su rostro quería desprenderse de la máscara que lo ocultaba. Se puso de pie y se acercó a mí. A pesar de que no era mucho más alto que yo, en ese momento me pareció imponente, y sentí temor. Las palabras de Kanon vinieron a mi mente, "eres un corrupto, estás tan podrido como yo". ¿Por eso temía? No, no era cierto, yo era un Caballero de Atenea que había cumplido con su deber. La mano del Patriarca se apoyó en mi hombro y sus ojos penetraron en mi alma.
"Has pasado momentos difíciles, muchacho. Tómate unos días"
Dicho esto, ambos nos marchamos por distintos caminos.
*
Atravesé tan rápido Picis y Acuario que no me di cuenta que lo había hecho. No me detuve a pensar hasta llegar a Capricornio. Shura ya no estaba. No era extraño, ya era muy entrada la noche y probablemente estaba dormido.
El siguiente Templo era Sagitario. ¿Aioros ya habría llegado? No podía saberlo. Ni siquiera podía asegurar cuánto tiempo había estado dentro del Templo del Patriarca; podrían haber sido minutos, o incluso horas. Si Aioros había regresado, no estaba seguro de encontrarlo despierto. Pero si llegase a estarlo, ¿cómo justificaría yo mi vuelta al Santuario? Aioros no sabía de Kanon, y él era mi razón para estar aquí. No, tendría que atravesarlo escondiéndome tras los pilares.
Entré con paso decidido en la novena Casa, ocultando mi cosmo para no revelar mi presencia. Podía sentir el cosmo de Aioros en el centro del templo; había regresado y estaba despierto.
Al llegar allí, lo que vi me desgarró el corazón. Cerré los ojos para no ver más, y apuré el paso para salir de aquel lugar. Aquellas imágenes me daban vueltas en la cabeza aunque no quisiera.
Cuando volví a abrir los ojos, mis propias lágrimas me impidieron ver la belleza de la luna en el cielo estrellado.
*
El sol se alzó sobre el Santuario. Otro día había comenzado y yo sólo quería que la noche continuara. Estaba cansado, me dolía la cabeza y tenía los ojos rojos de tanto llorar, estaba mareado y tenía tantas ganas de vomitar que empecé a cuestionarme sobre si no había hecho nada más que llorar toda la noche.
Todavía podía ver los labios de Shura posados en los de Aioros, en un beso tan puro que no pude menos que sentirme un intruso en aquel momento. Aioros no era mío, ya lo sabía, pero todo había estado bien mientras no fuera de nadie más, m conformaba con amarlo en silencio.
Pero él tenía dueño, y era… Suspiré, y mi vista volvió a nublarse. Me aferré a las sábanas de la cama y comencé a llorar otra vez.
"Es sólo un niño, Aioros. Es tan sólo un niño…"
Me sentía tan ridículo llorando todo el tiempo por algo que no podía cambiar… y aunque pudiese… ¿de qué me serviría? De todos modos jamás podría estar con él si no me correspondía… y era obvio que no lo hacía. Pero entonces, ¿porqué? ¿por qué lloraba cada vez que recordaba aquella escena, como si fuera un pobre tonto engañado?
Porque… porque en cierta forma había sido engañado… yo mismo me había engañado al creer que él no amaría a nadie más, al verlo como un ser que no podía más que sentir orgullo y honor por el puesto de Caballero que tenía, al pensarlo, no como un ser humano, sino como un ser perfecto al que se podía amar, pero que nunca amaría a nadie más que no fuera la diosa a la que debía proteger. Me había mentido como un tonto, y ahora mi universo, el que a fuerza de tantas ilusiones había creado, se caía de a pedazos frente a mis ojos, sin que yo pudiera hacer nada más que llorar sobre sus ruinas.
Estaba harto de sentirme así. Tan tonto, tan patéticamente cursi, tan desesperadamente enamorado y tan desgarradoramente triste… estaba cansado de revolcarme en mi propio dolor. Quería volver a ser yo, el de siempre, el Saga que no estaba desconsolado por un amor no correspondido, el Saga que no estaba tan locamente enamorado de su mejor amigo, pero no podía. Esta agonía me tenía cautivo, sujeto con gruesas cadenas, sin posibilidad de escapar al desconsuelo, mi tormento por haber traicionado a la esencia de ser un Caballero.
Mi corazón estaba cediendo ante este dolor que me secaba por dentro, y llegué a pensar que no resistiría, pero Morfeo se apiadó de mi alma, y cuando menos lo esperaba, me cubrió con su manto.
*
Abrí los ojos lentamente. ¿Cuánto tiempo había dormido? No lo sabía. El sol había dado paso a la luna llena, y su luz alumbraba la parte oculta de mi Templo como el día mismo. Miré mi habitación. Mis ropas estaban desparramadas en el suelo. Había llegado tan abrumado que las había dejado en cualquier lado. Mis libros estaban apilados en un rincón, junto al baúl con el resto de mis camisas y pantalones, y al lado, un enorme espejo, regalo de Kanon cuando obtuve mi armadura. "Para que te sientas tan orgulloso como yo cuando te la veas puesta", había dicho.
El espejo atrajo toda mi atención. Alguien me miraba desde él. ¿Era yo? Debía serlo, porque no había nadie más en la habitación, y sin embargo… aquella no era mi mirada. Era como si alguien más me mirara desde mi reflejo. Me acerqué a investigar. El hombre en el espejo sonrió, y entonces lo supe. Era yo y no era yo; el hombre en mi reflejo era una parte de mí con conciencia propia, y su nombre era Ares.
Me sentí tranquilo. Había algo en su mirada que me atraía, y le conté todos mis secretos y temores; le hablé de Aioros y de mi gran desdicha. Ares supo consolarme con palabras y caricias; su abrazo fue formando una telaraña de la que no pude escapar, y sin darme cuenta, caí rendido a él.
Me entregué a Ares aquella noche y otras tantas. Su compañía iba apagando lentamente el fuego que me consumía por dentro, el sufrimiento de saber que Aioros no era mío. Ares fue mi consuelo y mi refugio en las noches en que la desesperación me nublaba el juicio, y sus apasionados besos, el pecado que callaba los lamentos de mis más profundas penas; pero en esos momentos en que sentía sus manos sobre mi cuerpo, no podía dejar de pensar en Aioros…
Capítulo 3
Mi vida por fin empezaba a tomar forma. La tristeza había dejado de acosarme, de sorprenderme en cada rincón. Y sin embargo, me faltaba algo, me faltaba Aioros. No había vuelto a verlo desde aquella noche, a pesar de que todos los días atravesaba mi Templo; no había tenido el valor para hacerlo.
Aquel día fue distinto. Me quedé en un rincón de mi Templo a ver pasar el tiempo. No tenía ganas de Ares, no tenía ganas de nada más que no fuera pensar, pensar en lo que había pasado en los últimos días. Las horas se escabulleron entre mis dedos sin darme yo cuenta, y de repente, ahí estaba Aioros, frente a mí, como si mis propios deseos lo hubiesen llamado. En su cara había sorpresa, no sabía qué estaba haciendo aquí. Le dije que el Patriarca había mandado a llamarme, y me había dado algunos días libres.
Me sonrió, y de pronto fue como si los días pasados no hubiesen existido, como si mi vida no hubiese sido más que ese único momento.
De repente, mi universo se reconstruía de la nada, renacía como el ave Fénix, de sus propias cenizas.
Aioros me contó sobre el entrenamiento que estaba dándole a Aioria, y cómo había avanzado en tan poco tiempo, la seriedad con la que se había tomado aquel desafío y lo orgulloso que estaba.
Yo le hablé de la monotonía de Cabo Sunión, cómo todos los días era la misma rutina: esperar… esperar a que pasara todo o no pasara nada, el reconfortante sol de la tarde y el sonido de las olas rompiendo en los acantilados.
Aioros bromeó y ambos reímos. Los buenos tiempos habían regresado, y con ellos el lazo tan particular que nos unía.
Hablamos hasta que el sol nos sorprendió. Entonces tuvo que marcharse, pero prometió regresar por la noche. Aguardé su retorno, y él entró en mi Casa cuando la luna ya brillaba en lo alto, en medio de una noche clara.
Las noches se nos pasaron entre anécdotas y risas. Así me enteré por qué regresaba tan entrada la noche. Estaban por cumplirse los 500 años. Atenea pronto vendría a la Tierra, y Aioros era el encargado de encontrarla. Pero cada noche arribaba a mi Templo sin haberla encontrado, y yo agradecía en secreto que así fuera; el día que ella llegara, dejaría de ser Saga, y pasaría a ser el Caballero Dorado de Géminis, y por los dioses que no estaba listo, sólo tenía 15 años, y era demasiado para mí.
*
La noche llegó presurosa, como si quisiera que me encontrase con él. Apenas si habían pasado 24 horas, y yo no podía esperar para verlo.
Hoy no había luna, y las estrellas no eran suficientes para alumbrar mi Templo, pero aun en la penumbra pude verlo acercarse. Hoy tampoco la había encontrado, no hizo falta que lo dijera, yo ya lo sabía. Me saludó de lejos con un grito y yo le sonreí; ese ritual se había vuelto la forma de empezar nuestra noche.
La charla era divertida, hasta que empezó a hablar de Shura. Ya no pude mirarlo a la cara, y clavé la vista en el piso de piedra. Aioros me preguntó si estaba bien, y supe que había llegado el momento de confesar.
"Sé que vas a odiarme por lo que voy a decirte, pero…"
"Pero qué?" La sonrisa de Aioros seguía intacta en su rostro.
"Te vi el otro día con Shura"
"¿Qué?"
"Te estaba besando, y tú parecías disfrutarlo"
Aioros estaba pálido. Me sentí un idiota, después de todo él podía estar con quien quisiera, y no tenía que pedirme permiso, pero Shura… decidí continuar.
"¿Qué te cruzó por la cabeza? Shura sólo tiene 10 años, es apenas un niño"
"Es sólo un niño, si, un niño que me ama como tú jamás sabrás hacerlo"
"Porque es un niño que no puede amarte tan desesperadamente como yo lo hago"
Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera pensarlas; y cuando quise darme cuenta, le había confesado mi más profundo secreto, la verdad que había estado torturándome por tanto tiempo.
Sin querer lo había alejado de mi lado. Levanté los ojos para ver lo que mi arrebato había logrado. Y ahí estaba él, frente a mí, a no más de un paso de distancia. Intenté retroceder, pero se acercó tanto a mí que podía sentir su respiración. Sus ojos estaban fijos en los míos, y su sonrisa había regresado a inmovilizarme. Tomó mi rostro con ambas manos y apoyó su frente en la mía. Y luego sentí la tibieza de sus labios en los míos, su aliento en mi boca otorgándome nuevamente la vida que yo mismo me había arrebatado. La pasión de su beso fue algo casi celestial, y sentí que no podía estar en otro lugar que no fuera ese, que el único instante que durara mi vida debía ser ese. Lo abracé como si quisiera fundirme con él, y en el calor de aquel beso, nos desvanecimos por varios minutos.
*
"Te amo"
Las palabras que tanto deseaba oír por fin salían de los labios que acababan de besarme. No pude más que sonreír y abrazarlo con fuerza. Mi deseo por fin se estaba haciendo realidad. Sus brazos me rodearon, estrechándome con fuerza contra su pecho. Sus manos recorrían mi espalda desatando la locura. Su deseo de tenerme era tan grande como mi deseo de ser suyo. Lo besé con toda la pasión aprisionada en mi corazón, y ya ninguno de los dos pudo contenerse.
Lo sentí dentro de mí. Aioros y yo por fin éramos uno solo. Me perdí en la magia del momento. Descubrí que mi lugar en el mundo era entre sus brazos, no había nada más para mí, quería meterme bajo su piel, y que él morara bajo la mía, así no tener que soportar la tortura de ser dos y tener que separarnos en cuanto el sol surcara el cielo en su carro dorado.
Por fin era feliz, inmensamente feliz. Al fin me sentía completo.
*
Desperté todavía entre sus brazos. No quise abrir los ojos por temor a que todo hubiese sido un sueño. Apreté mis párpados con fuerza, tratando de aferrarme a esa sensación eternamente, de no despertarme y descubrir que lo había perdido todo.
Depositó un beso en mi cuello y supe que todo era perfecto; al fin Aioros era mío y yo era suyo, mi felicidad no tenía límites. Giré en la cama hasta quedar boca arriba, abrí los ojos y lo vi sobre mí. El cabello castaño le caía sobre los ojos, dándole un aspecto pecaminosamente seductor, y una sonrisa sensual bailaba en su rostro, y amenazaba con enfrentarse a mi boca en una lucha desenfrenada de besos.
También yo sonreí, mi pecho iba a estallar de tanta emoción. Sentí que mis mejillas se teñían de color carmesí, pero aun así, no iba a rehuir a aquella batalla.
Y así comenzó mi mañana.
*
Aquella noche fue el comienzo del Paraíso para mí. Cada mañana Aioros se marchaba, para luego regresar a mis brazos por las noches.
Aprendí a odiar al sol, que lo apartaba de mi lado, pero mi alma estaba tranquila, pues sabía que la luna me devolvía su embriagadora presencia.
Y todas las noches volver a sentirlo mío, volver a sentirme suyo, experimentar otra vez el escalofrío que me producían sus manos en mi cuerpo; y de nuevo tener el sabor de sus labios en los míos hasta ya no diferenciar en dónde terminaba mi boca y empezaba la suya; hasta ya no saber si éramos dos o nos habíamos fundido en uno. Y tener que despertar en la mañana y comprobar que seguíamos siendo dos, y perderlo hasta que la noche lo trajera de vuelta.
La luna nos vio con muchas caras entrelazados en la cama, y conforme los días pasaban, poco a poco me fui olvidando de Kanon, de Cabo Sunión, de Ares… y de Atenea.
Capítulo 4
La mañana había empezado como cualquier otra. Aioros amaneció abrazado a mí, como si temiera perderme. Despertó y me besó con aquella sonrisa que desataba un fuego abrasador en mi alma. Como cada mañana, vi su cuerpo al vestirse y sentí que mi vida era perfecta. Había esperado toda mi vida por esto, por él, y al fin había llegado… Aioros me hacía sentir… Aioros me hacia vivir, sólo había espacio para él en mi universo.
Como cada mañana, se marchó con mi sabor en sus labios y la promesa de regresar en la noche. Mi sonrisa fue lo último que vio al salir del Templo… no necesitaba prometerme nada, yo sabía que regresaría.
Sin embargo, aquella noche fue diferente… Apenas si había oscurecido cuando lo vi llegar corriendo como un loco, con la euforia a flor de piel. Llegó hasta mí y me besó con tanta emoción que no pude evitar preguntar con la mirada qué había sucedido. Sus ojos se clavaron en los míos, y pude ver que brillaban de felicidad. Tomó aire y…
"La encontré"
Fue todo lo que dijo. La noticia cayó como una bomba en mis sentidos… no podía reaccionar. De repente me dí cuenta que lo estaba perdiendo. Sonreí para corresponder a su alegría y lo dejé partir rumbo al Santuario del Patriarca para informar tal acontecimiento…
Atenea había aparecido.
Aquella noche ya no regresó a mi Templo, y sentí mi cama vacía. Quién sabía si mañana volvería a verlo… Las lágrimas se agolparon en mis ojos, y lloré, después de tanto tiempo, al tener que admitir una verdad que había estado negándome. Kanon tenía razón, mientras ella gobernara, mientras fuera yo un Caballero y viviera a su servicio, jamás podría ser libre, nunca podría ser yo mismo y amar a Aioros.
El sueño me sorprendió aun con lágrimas recorriendo mi rostro.
*
Me desperté con un beso en el cuello. Sonreí, quizás si había vuelto después de todo. Me dí vuelta en la cama, sólo para encontrarme con una mirada semejante a la mía, cargada de ardiente deseo. Ares me estaba sujetando y me miraba con una sonrisa perversa adornando su rostro.
Una y otra vez sentí sus labios en los míos. Sus besos eran tan apasionados que me asfixiaban. Intenté en vano resistirme, estaba atrapado.
Pude sentirlo entrar en mí, robarse mi cuerpo como un vil ladrón, tomar posesión de mi mente, y luego… dejé de sentir, y too a mi alrededor comenzó a desvanecerse… perdí la noción de quién era y quedé inconsciente.
*
Desperté con un fuerte dolor de cabeza, y lo primero que vi fue a Ares mirándome a través de mis ojos. Su sonrisa en mi rostro desataba en mí olas de furia incontenible. Pero cuando intenté alcanzarlo, descubrí una pared invisible que me lo impedía. En vano la golpeé una y otra vez mientras escuchaba su burlesca carcajada, la maldita pared no cedía. Pacientemente esperó hasta que me cansara, y luego atravesó la barrera como si no existiera, para depositar en mis labios un último beso, y dejarme encerrado en aquel infierno. Sólo había una pregunta en mi mente, y era por qué… él la vio en mi rostro y cerró sus ojos, como si hubiese esperado aquel momento. Y luego, su respuesta, como un puñal en mi espalda.
"Tú ya tienes lo que querías. Querías alejarlo de tu mente, y te ayudé. Querías tenerlo y lo tienes. Ahora yo quiero cumplir mi deseo también. Deseo ser libre, tener un cuerpo para moverme entre los mortales, y que nadie gobierne sobre mí. Y ahora que tengo tu cuerpo, me encargaré del asunto de ser subordinado."
Y se marchó de mi Templo sin volver la vista atrás, dejándome en mi prisión de cristal, dejándome encerrado en el espejo.
*
Por la noche Aioros regresó. Ares estaba esperándolo para saciar su deseo de mí. Su actuación fue impecable, y Aioros no notó la diferencia… o no quiso notarla, ni aquella velada ni las que le siguieron. Todas las noches le gritaba inútilmente la verdad, él no podía escucharme estando yo atrapado en la cristalina jaula de Ares, y acabé por rendirme.
Aioros y Ares se marchaban por la mañana para regresar con la luna, a tomarse, a entregarse, a inventar un lugar y un momento en el que cada uno no era más que lo que el otro esperaba de él, frente a mis lágrimas que no cesaban de caer desde el espejo empañado por su pasión.
Los días fueron pasando sin que yo pudiera contarlos, y al tiempo, Ares pretendió regresar a Cabo Sunión. Aioros intentó disuadirlo, pero el hombre en mi cuerpo era como un acantilado, y sin importar sus ruegos, Ares no cedió. Pude ver el rostro de Aioros lleno de desesperación, lo asfixiaba la sola idea de perderlo, de perderme, y hubiera dado todo por poder quedarme a su lado, pero el espejo me separaba de él, y no podía encontrarme del otro lado. Ares lo consoló tal y como hiciera conmigo, y le juró regresar, aun sabiendo que no lo haría; y Aioros se marchó de Géminis para no regresar jamás.
Días después mi propia armadura vino a recoger el espejo en el que estaba encerrado. Aquella coraza vacía me llevó hasta el Templo del Patriarca, atravesando las 12 Casas. Pude ver a Ángelo, Shura y Afrodita luciendo orgullosos sus armaduras, a través de mi celda. Y llegué hasta el último Templo para encontrarme con mis ojos detrás de la máscara. Y entonces comprendí la verdad. Ares había matado a Shion, el hombre que tanto apoyo me había brindado, cuya sabiduría era mi fuente de inspiración, y motivo por el cual era yo Caballero de Atenea. Ares lo había matado, todo era mi culpa. Traté de no pensar en la expresión de aquel hombre al ver el rostro de su asesino… su alma jamás me lo perdonaría… y ahora, iba tras Atenea… Mi propia impotencia me dio rabia, me reprendí el no haberlo detenido, pero no podía hacer nada. Él tenía mi cuerpo, y yo… era su prisionero, cautivo en el espejo en el que debía ver reflejado mi propio orgullo.
Capítulo 5
Luna llena otra vez., pude verla por la ventana. Mi diosa, Atenea, dormía en una cuna; era apenas una bebé, y sin embargo, su cosmos era tan cálido que mis pecados se derretían en él. Luego de estar tanto tiempo en el Gran Salón, Ares me había llevado allí esa noche, a la expectativa de lo que pudiera pasar.
La puerta de la habitación se abrió, y lo vi entrar con un puñal. Iba a hacerlo, iba a matarla esta noche, frente a mis ojos, sin que pudiera detenerlo. Se reía de mí y de mi patético esfuerzo por escapar, mientras sostenía el puñal sobre el pecho de mi Señora.
Pero Aioros lo detuvo. Suspiré con alivio, Aioros lo había descubierto, Atenea estaba a salvo. Ares se enfureció, y ambos se trabaron en feroz batalla, mientras el llanto de la niña resonaba en la habitación.
La máscara de Ares cayó al suelo, y Aioros vio, aunque incompleta, la verdad: mi rostro crispado por la ira del hombre que me lo había robado. Su expresión me destrozó el alma, y sus palabras terminaron de acabarme.
"¿Por qué, Saga?"
Fue un susurro, que dejó escapar con dolor, como si su alma también se hubiese partido, para luego perderse en la negrura de la noche con Atenea en sus brazos.
*
Pasé horas esperando lo peor. Ares había convocado a los Caballeros Dorados para darle caza, diciendo que había intentado asesinar a la Diosa Atena. Aioros era un traidor, y como tal, debía morir.
Casi al amanecer se presentó Shura, con el rostro pálido. Temblaba, y pude sentir la angustia en su cosmo. Las palabras salieron de su boca como si fueran criminales. Tenía un nudo en la garganta cuando dijo:
"Los encontramos, Señor. Ambos están muertos"
Fue el fin para mí. Lo que sucediera dentro de aquel salón ya no me importaba. Acababan de sentenciarme a muerte en vida. Aioros estaba muerto. Ares había ganado.
Epílogo
Ha pasado tiempo, Aioros. Ya no me resisto, ni intento escapar. Sé que el mundo, allí afuera, no tiene sentido para mí. Sería tanto o más doloroso que quedarme aquí dentro, encerrado en el espejo.
Porque faltas tú, y si no estás, no hay mundo para mí, no hay vida ni calor, todo es vacío. Y aún en las noches lloro, recordando cómo fuiste mío alguna vez, y cómo te perdí.
Yo sólo quería ser libre, libre para amarte sin límites, y terminé preso de mi propio deseo. Encerré a Kanon por querer lo mismo que yo, libertad, y terminé encerrado en su regalo. La vida se rió de nosotros, si, y en especial de mí, patético juguete del destino.
Todo sucedió porque te amé demasiado, te amé sin medida, y no me bastó un solo corazón para amarte, y cuando creé otro se volvió contra mí. Intenté detenerlo pero no pude, y te perdí.
Tú fuiste el precio a pagar por amarte tanto, porque no pudiste descubrirlo tras la máscara, porque no supiste encontrarme del otro lado del espejo.
-------------------------------------------------------------------------------------------------------------- |
|
|
| Volver arriba |
|
|
|
Todas las horas son GMT - 3 Horas
|
|
Puede publicar nuevos temas en este foro No puede responder a temas en este foro No puede editar sus mensajes en este foro No puede borrar sus mensajes en este foro No puede votar en encuestas en este foro
|
|  |