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| Aphrodita |
Publicado: Mie Ago 29, 2007 9:18 pm |
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Pegasus no Seiya

Registrado: 21 Jun 2007
Mensajes: 3368
Ubicación: En el teatro 'Solo para locos'
Reputación: 170   votos: 5
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Chicos, aquí su fiki n.n Si, los estoy apurando, por que los veteranos están terminando su fics y ustedes ni empezaron.
¿Ya saben quien empieza? ¿cual va a ser el orden? ¿como va a ser la historia?
Si no saben como empezar, lo empiezo yo, solo diganme que onda la historia, donde tengo que leer para enterarme que ideas sacaron a la luz ¿?
No hace falta que cada uno haga 8 páginas. Conque empiecen haciendo 500 palabras cada uno va como tiro y no se estresan tanto buscando inspiración cuando esta huye.
Beso. |
Ultima edición por Aphrodita el Dom Mar 16, 2008 5:19 pm, editado 1 vez |
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| Venhu |
Publicado: Vie Ago 31, 2007 11:40 pm |
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Death Mask de Cáncer - Moderador

Registrado: 24 Jun 2007
Mensajes: 1399
Ubicación: IV Templo - Santuario, Grecia.
Reputación: 113.7   votos: 4
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Dejo aquí, lo que sería la posible introducción del fic (al rededor de 950 palabras). La verdad es que a pesar de todo el esfuerzo que puse, me quedó bastante fea, así que critiquen sin asco.
La pareja principal, es Shaka x Aprho, claro... pero como yo sólo escribí la intro, de desarrollarla se van a tener que encargar ustedes :P
La pareja secundaria, es Shura x Aioros. Shura viene siendo el narrador, aunque me tomé la libertad de incluir un cambio de persona, a voz pasiva, porque es un recurso que me agrada en lo particular. Si quedó muy feo, trataré de cambiarlo...
Besos^^
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Despierto sobresaltado siendo altas horas de la madrugada. El clima general en la mansión Kido, se ha tornado bastante denso; y hace varios días que no concilio el sueño debidamente. Me levanto de la cama que me ha sido asignada, sin molestarme en encender la luz: cuando me detengo a evaluar la situación, ya me encuentro deambulando sin rumbo fijo por los amplios corredores. Ni siquiera puedo determinar, en que momento he comenzado a escuchar la lluvia caer.
Tras los ventanales, el viento invernal inclemente azota los árboles, y aúlla a la noche que se sabe cruda. A tientas voy atravesando los pasillos, velando de manera instintiva por el sueño de aquellos afortunados, que increíblemente pueden dormir a pesar de la dolorosa situación que nos embarga: y es que la misteriosa desaparición de un Santo, no es algo cotidiano.
Me detengo ante una puerta entornada. No hace poco tiempo que me he trasladado a esta residencia, y sin embargo aún no memorizo a quien pertenece cada cuarto; la escasa luz de los faroles exteriores que se cuela gracias a la persiana entreabierta, no me ayuda para identificar al dueño de la cabeza que emerge entre las sábanas. En este preciso instante, estoy sintiendo envidia por aquel montón de cabellos que se desordenan sobre la almohada. Bajo el rostro, reprochándome mentalmente mi actitud egoísta: sé en carne propia, que no hay descansos apacibles, más que del agotamiento ocasionado por el devastador rastrillaje que día a día se lleva a cabo. Es curioso: ni el Dios más formidable al que hemos enfrentado, ni el mismísimo Hades, logró quebrantarnos, como lo que a esta altura ha dejado de especularse como una mera cuestión de incertidumbre.
Un poco más adelante, tenues destellos amarillentos, me invitan a recorrer el corto trecho que resta hasta la escalera principal, y bajar a la gran sala. Las brazas del hogar aún continúan ardiendo -creo que no he visto apagarse la chimenea ni por un segundo, desde que llegué-, y una mano que se asoma por el apoyabrazos de un alto sofá, me da la pauta de que no soy el único insomne por estos pagos. Aunque quizás me equivoque.
Rodeo el amplio sillón, para situarme a la derecha del hombre castaño que dormita en el, procurando no acercarme demasiado; no sería conveniente dada la reprochable relación que llevamos: no prohibida, pero si mal habida, y eso alcanza para cohibirme. No estoy preparado para asumirlo aún, no delante de todos, por lo menos.
Por primera vez esbozo una ligera sonrisa, al observarlo de soslayo desparramado en su asiento: los brazos caen libres a sus costados, y una venda desgastada impide que los espesos bucles opaquen sus rasgos. Me obligo a apartar los ojos de él, aquí estamos muy expuestos, y bastaría un simple descuido para quedar en evidencia. Durante algunos instantes me vuelvo a mi encono, repasando fugazmente la odisea en la que se ha convertido la Orden.
La noticia que tantas conjeturas traía aparejadas, había logrado mantener en vigilia a cada integrante de la Fundación Graud, por lo que eran ya largas semanas, y ni remotamente se hallaba a un pronto desenlace. Cada día vivido en estas circunstancias, deponía en sus bocas el trago amargo de la derrota.
No sólo los establecimientos del difunto Mitsumasa se habían estremecido con la insólita e inexplicable ausencia del guardián del doceavo templo; en la mansión Kido todos ponían sus empeños, e incluso desde el Santuario, sus compañeros conmocionados se movilizaban hasta Tokio, para prestar toda la colaboración posible en rastrear al desaparecido Piscis. Pero no había caso, ni la Diosa Athena, quien se encontraba conectada con todos sus guerreros por medio del cosmos, atinaba; lo que podía significar una sola cosa… claro que nadie quería pensar en ello.
¿Qué había ocurrido con el más esbelto de los Dorados? La permanente incógnita no dejaba espacio para nuevas cuestiones. Desde que Aprhodite ha de ser un guerrero, queda claro que no se dejará doblegar ante alguna nimiedad; y por otra parte resultaba casi imposible imaginar su propio exilio. La Orden de Athena y los establecimientos Kido, se fundían poco a poco en la más completa desazón.
Sórdidos pasos que bajan retumbando en el parqué, me arrebatan de mis cavilaciones, proyectándolas a la realidad. Volteo y diviso una singular figura de largos cabellos, que ahora se ha paralizado en el descanso entre los escalones. Los vagos destellos que alumbran la habitación, me permiten adivinar sus facciones calmas, sus ojos cerrados, la endereza con la que percibe cada objeto a su alrededor.
Retengo una mueca inquisitiva hacia dónde se encuentra, esperando alguna reacción de su parte, más en vano es: Virgo permanece estático. Su actitud me irrita, pero no me asombra: desde hace un tiempo hasta acá, ha estado comportándose de manera harto extraña.
No obstante, quizás estoy siendo injusto, creo saber las razones de su inusual proceder; además –sin contar estos días–, debo admitir que han pasado varios meses desde la última vez que nos cruzamos: para ser exactos, desde que fue seleccionado por la Señorita Saori, junto con el sueco, para prestar trabajos comunitarios en la Fundación Graud. Dicho sea de paso, no ha escapado a la vista de nadie, la influencia que la cercanía ejerció en la relación de ambos caballeros y el peculiar afecto que sin dudas creció entre ellos. Algunas veces me pregunto si mis furtivos encuentros con el arquero, son también un secreto a voces capaz de recorrer un continente y medio en un santiamén.
En resumidas cuentas, probablemente el hindú fuera el más afectado. A sabiendas, lanzo un pesado suspiro, y torno mis ojos hacía algún sitio alejado de su itinerario, permitiéndole marcharse por la puerta principal. Lo que no impide, que pasado un tiempo prudencial me deje dominar por la curiosidad y me asome a la ventana, en dónde las furiosas gotas que salpican los cristales, apenas dejan distinguir al delgado cuerpo del rubio mientras se aleja.
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O.o
La intención la tuve n.nU |
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| Eleniel |
Publicado: Lun Sep 03, 2007 3:45 am |
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Shaina de Ophiuchus

Registrado: 26 Jun 2007
Mensajes: 4193
Ubicación: en mi jangada
Reputación: 613.3   votos: 5
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va así como salió recién; comentarios en "a mí, novatos" . 1100+ palabras
No había forma, ni método válido. Ni siquiera intentó meditar, no osaba preguntar aunque fuera en un hilo de secreta voz; su secreto ¿estaba a salvo? Imposible dormir en tal estado, imposible borrar ese rostro de su mente; un rostro que había llegado a amar y sí, también a odiar. Jamás se hubiera creído capaz de tales contradicciones; amar justamente a ese ser y con tal intensidad, la misma intensidad con que más tarde lo odió. Se dijo en silencio algo que siempre había sabido; que todo está sujeto al Cambio, que nada es Eterno, que nada es previsible. Previsible tal vez no, pero sin duda algunas cosas son evitables. Él estaba convencido de que todo se hubiera podido evitar, que todo podría haber sido distinto, pero es que a veces los Hados no tienen buena voluntad.
Sabía lo que iba a hacer, y sin embargo... cuánto dolor en su pecho, cuánto rencor, cuánto odio, hacia él; al que antes había amado, y contra sí mismo, por haber sido capaz del más reprochable de los actos. No importaba ya que fuera tarde en la noche, ni que lloviera a cántaros, ni que hubiera gente despierta que pudiera oírlo salir; en esos días todo había perdido la razón de ser y las cosas empezaban a tornarse peligrosamente grises. No sólo la culpa lo embargaba, sino también la certeza de haber perdido lo más preciado, su ancla en este mundo. Poco a poco, se convertía en un ser falto de iniciativa como no fuera inspirada en su instinto; deseaba dormir, pues entonces dormía hasta despertarse sin importar la hora. Comía cuando tenía hambre, hablaba sólo cuando no le dejaban opción.
¿Era evidente para los demás su estado? ¿O acaso existía la recóndita posibilidad de que, al menos por fuera, siguiera siendo el mismo de siempre? No lo creía; más bien se imaginaba que todos y cada uno de los habitantes de la mansión Kido sabían de lo suyo, de su estado, de sus sentimientos, aunque evidentemente no sabían de sus acciones.
Sin reflexionar en lo que haría, se vistió y bajó las escaleras lo más silenciosamente que pudo, confiando en que la oscuridad lo protegería, mas en la planta baja percibió aunque no vió; el Caballero de Capricornio guardaba la salida con callada mirada. No osó abrir sus orbes y mirarlo, temeroso de delatar sus intenciones, de traicionarse a sí mismo una vez más. El otro parecía absorto en pensamientos propios y una presencia más se le hizo evidente; quien fuera el dorado arquero dormía en el sillón. Así las cosas, en un fugaz pensamiento encontró posible respuesta a la vigilancia de Shura; tan grande como la misma mansión eran los secretos que ella guardaba. Y no todos eran demasiado secretos. Soportó el escrutinio en sumiso silencio, inmovilizado a la vista del cazador y esperando a dejar de ser la presa, hasta que finalmente Capricornio pareció perder interés en el rubio que entonces salió a la noche y a la lluvia.
Una vez libre de las paredes que lo oprimían, caminó ligero y con prestancia, atravesando las primeras calles, esas calles que se le antojaron las más difíciles de andar. Al cabo de algunos minutos de caminata, se detuvo en la oscuridad y dejó que el agua, fresca y fragante, cayera sobre su rostro y lavara el agua salada que no dejaba de fluir desde que se supiera en la soledad más absoluta. Lágrimas de ira, lágrimas de amor. Culpa en sus ojos.
El repiqueteo del agua al caer lo sedó momentáneamente, sintió el frío calar en sus huesos cansados del trajín diario, fascinándolo con su fuerte simplicidad; dedicó todo su ser a esa sensación física que de alguna manera consolaba su mente y corazón. Recordó por qué había salido y la duda volvió a golpear en su frente; ir allí, mirar lo hecho, cerciorarse de que todo estaba como debía, pero más que nada, constatar que su acto no tenía remedio. A pesar de que él se lo merecía; a una traición le corresponde otra traición.
Él.
Seguía sin poder pronunciar su nombre, ni siquiera en pensamientos. Él era simplemente él, y no había ya otra palabra para definirlo. No después de haberlo conocido y entendido como a nadie más, o eso había pensado durante algún tiempo. Más tarde, él lo había traicionado, y Shaka lo había traicionado como pago, sin saber que a la vez se traicionaba a sí mismo. De modo que comprendió, al tiempo que comenzaba a caminar otra vez, que no se sentía triste por el otro, sino por sí mismo. Siempre egoísta, siempre ególatra y siempre, entonces, condenado a la soledad. Y sí, al principio eso mismo le había reprochado en silencio al otro, a Él; su egocentrismo, su irremediable narcisismo, su mirada fría y siempre calculando los efectos de su propia presencia, su belleza mezcla de actitud indiscutiblemente masculina y líneas rematadamente femeninas. Belleza que sabía manejar con diestra pericia, acostumbrado a seducir casi sin proponérselo, pero consciente de que lo lograba sin esfuerzos.
Ah, sí, en un comienzo lo había detestado al punto del más grande de los desprecios que había podido sentir en su vida; era demasiado superficial y pagado de sí mismo. Y encontró que se parecían en ello; ambos pensaban que nadie podía abatirlos y así les fue, cada uno verdugo del otro. Tenía una mente de ruedas y engranajes, pero también había cultivado en silencio un corazón dolido por los juicios ajenos, que invariablemente decretaban haber encontrado vacía perfección en Él. Eso había cautivado a Virgo, el encontrar que Piscis era mucho más de lo que en un primer momento podría uno sospechar; tras la fachada hedonista y para nada humilde, se ocultaba un hombre pensante y maduro, atrapado en la armadura de su propia beldad y aprisionado para siempre en el papel que le tocaba representar; la tierna muñeca de porcelana, hermosa sí, pero vana.
Entonces había comenzado a sentir que el viejo fuego revivía en su interior; el deseo que tanto tiempo había aplacado y acallado. El más mínimo roce provocaba la más incómoda de las reacciones en su cuerpo y el rubio estaba seguro de que al otro no se le pasaba por alto; ¿quién lo hubiera dicho? Se sentía un adolescente, puro ímpetu y efervescencia. Piscis lo había hecho revivir interiormente, le dio un sentido a sus días y otro a sus noches; y ya no había lugar en su mente para otro pensamiento que no tuviera ojos fríos y cabellos revueltos. Cuando finalmente logró sentir su boca, supo que no había vuelta atrás y que se había perdido irremediablemente, había caído en la trampa que había jurado sortear a cualquier precio.
Y delante de él, ahora esa puerta, y detrás de esa puerta, la escalera y otra puerta más. Y por fin, detrás de esa otra puerta; El. Su Piscis, durmiendo ya sin remedio. |
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