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OTORYKAEDE
Publicado: Vie Mar 21, 2008 8:56 pm Responder citando
Seiya Adicto Seiya Adicto
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Capítulo 1: El abatimiento del Fénix.



Ikki se encontraba en aquellos momentos a miles y miles de kilómetros de la gran mansión de los Kido, como de costumbre pero esta vez, sin recordar exactamente desde cuando se ausentó. “Qué extraño” –pensó-. Dejó de golpear aquella madera vieja que tercamente se le resistía. “¿Quieres ceder de una maldita vez? Eres tan testaruda como el cabezona de Seiya”. Y una débil sonrisa se asomó al rostro del bronceado peliazul.

Miró extrañado el martillo que sostenía, como intentando adivinar qué hacía en su mano y para qué lo estaba utilizando. Chascó la lengua y lo arrojó al suelo desde lo alto de la escalera plegable en la que se hallaba subido. Cerró los ojos, se concentró en su cosmos y, al abrirlos de nuevo, el puño de su mano derecha traspasó la estructura del recio madero como si de una simple caja de carón vacía se tratase.

Saltaron astillas y, algunas de ellas, impactaron en su mejilla izquierda, provocando que brotasen unas diminutas gotas de sangre. “Esto ya es otra cosa”, suspiró aliviado en un principio aunque, tras evaluar con ojo crítico, el destrozo ocasionado, se dio cuenta de que se había extralimitado ligeramente pues no había conseguido controlar lo suficiente la fuerza del enorme poder que constituía su cosmos pues la cosmoenergía del Fénix, era una de las más poderosas de entre todos los Caballeros de bronce e, incluso, de los Caballeros Dorados.

Una leve sombra de tristeza infinita surcó su rostro, como la rápida nube que ensombrece la dorada luz solar en un día despejado, empujada por una brisa ligera.

- A fin de cuentas todo lo acabo solucionando a golpes –murmuró-.

- Ikki, Ikki…

- Niisan, niisan…

Aquellas voces resonaron en sus oídos pero… tan lejos… tan lejos…

- Ikki…

- Niisan…

Esta vez, parecía como si las voces se aproximaran más a él…

Ikki se sobresaltó notablemente al notar el contacto que alguien ejercía sobre su hombro. Fue como, si de pronto, un enorme y gigantesco remolino lo absorbiera con una gran fuerza a la que no podía resistirse.

Algo aturdido, parpadeó repetidas veces como el que se despierta de un extraño sueño sin saber siquiera que se había dormido. Se dio media vuelta y, sorprendentemente, se encuentra ante dos pares de ojos que lo observaban inquisidores y, los cuales, le resultaban muy familiares: unos eran negros, profundos, como la ala de una alondra que, al aletear, despidiera reflejos de luz y plata. Los otros, los otros eran los más bellos y extraordinarios ojos que él jamás hubiera visto: su color era como el de la hierba fresca de un prado sin fin o del color de las esmeraldas… Esmeralda… del color del jade o del de las aguas del estanque oculto entre las montañas, del color de los altos y flexibles bambúes que se inclinan por la fuerza de los vientos pero jamás, jamás se quiebran; verdes como el color de la esperanza… esperanza… ¿En qué? ¿Le quedaba aún, aunque fuera en lo más profundo y olvidado de su corazón, de su alma, de su mente o de su cuerpo, algún retazo de esperanza? Cuan bella y hermosa pero cuan dolorosa resultaba esa palabra, al comprender su ausencia.

Las voces volvieron a resonar en sus oídos, acompañadas esta vez por un sinfín de de múltiples y variados sonidos: el eco alejado de una ciudad en pleno bullicio, el murmullo de una fuente próxima, el trino de los pájaros…

- Ikki, ¿te encuentras bien? –preguntó Shiryu con un leve tono de seriedad en su voz-.

- ¿Qué? –acertó a balbucear el Fénix-.

- Niisan… -la voz de Shune sonaba apremiante e insegura- ¿qué…

Los ojos de Ikki recorrieron el mismo camino que la asustada mirada de su hermano menor hasta llegar a su mano derecha. Fue entonces cuando comprendió: al no llevar ningún tipo de protección y a causa de la violencia del golpe, su mano derecha había quedado algo lastimada, visiblemente enrojecida y con restos de sangre en ella.

- Tu cara… -exclamó Shun, algo más agitado-.

El Fénix volvió rápidamente a poseer el total autocontrol de sus sentimientos y reacciones y contestó con una sonrisa dulce, esa sonrisa dulce cuyo único destinatario era su queridísimo hermanito, su otouto:

- Oh, esto, -rió- no te preocupes hermanito…. ya sabes que tu hermano mayor es a veces un tanto brusco.

- Notamos el aumento de tu cosmos y… - comenzó a decir el Caballero del Dragón-.

- No te preocupes Shiryu… esa maldita viga, aunque vieja, es sólida como una montaña, así que tuve que darle un pequeño empujoncito.

Shun miró a su hermano mayor con adoración, sus palabras, su tono de voz, su sonrisa e incluso sus ojos, la mirada de sus ojos aparentaban normalidad como todo este tiempo atrás, casi un año ya, llevaba el Ave Fénix sin haber elevado su vuelo hacia tierras más lejanas. Aquella era la etapa más larga de cuantas había pasado en la mansión junto a su hermano y amigos.

- ¿Te vienes con nosotros? Vamos a ir a recoger a Seiya y a Hyoga que regresan hoy.

Los Caballeros de Pegaso y del Cisne se habían ausentado unas semanas para ir al Santuario y resolver allí algún tipo de cometido para su Diosa, Atenea o, lo que es lo mismo, para Saori Kido.

- Lo siento, pero he de terminar de arreglar esto y minimizar en lo posible los daños que acabo de hacer.

- Por favor…, niisan –suplicó, dulcemente, Shun- acompáñanos, Seiya dice que algunos Caballeros del Santuario les van a acompañar.

Ikki no podía negarle nada a su querido hermano, pero…

- Lo siento, otouto, no puedo, he de terminar aquí o de lo contrario Saori se enfadará conmigo. Le prometí que lo terminaría hoy y tú, mejor que nadie, sabes que soy hombre que cumple su palabra –y, en un tono algo más serio, como si en realidad hablara para él mismo, finalizó- o, al menos, eso intento.

Shun sonrió, algo triste, conocía a su hermano mejor que nadie en el mundo y sabía que, el Fénix, era hombre de palabra, sí, pero también sabía del desdén que sentía hacia todo tipo de norma impuesta, el amor a su libertad sin que nadie le coartase jamás, ni tan sólo su hermano, y a cierto divertimento oculto que encontraba en llevar la contraria a todo el mundo, especialmente, a su Diosa Saori. Por eso, al recibir esa respuesta, Shun entendió que algo no marchaba bien y prefirió callar. Aquel no era el momento oportuno para intentar arrancarle al Fénix una explicación que no estaba dispuesto a dar.

- Además –continuó Ikki en un tono más jocoso- ya saludaré a Shakka y a Kamus cuando lleguen. Espero que esta vez se queden algo más de tiempo que la última vez que estuvieron aquí.

- ¿Cómo sabes que son ellos, niisan?

Ikki se había arrodillado junto a una fuente cercana para lavar la sangre de su mano y cara; estaba tan fría y fresca el agua que no pudo reprimir el impulso de sumergir la totalidad de su cabeza en aquél oasis de frescura y silencio.

Segundos después, Ikki sacudía vigorosamente la cabeza salpicando s Shun y Shiryu, los cuales, rieron divertidos.

- ¿Cómo sabes quienes son los que acompañan a Seiya, Ikki? –inquirió Shiryu-.

Ikki no contestó en el momento, esparció parte del agua que le resbalaba de la cabeza por sus brazos, hombros y nuca para sofocar el calor que sentía y, sonriendo, contestó:

- ¿Es broma chicos? ¿Es que no reconocéis sus cosmos?

Los aludidos intercambiaron sus miradas.

- Pues no, a esta distancia nos es imposible. Todavía faltan varias horas para que aterricen en el aeropuerto, hay demasiada… distancia.

Ikki vaciló y añadió rápidamente:

- Ups… quizás yo se algo que vosotros no.

Y estalló en una sonora carcajada, algo verdaderamente inusual en el fénix.

- Niisan, tramposo –se quejó Shun con fingido enfado- jugabas con ventaja.

- Eso no vale –corroboró el Dragón, y añadió-. Entonces qué ¿te animas?

Ikki denegó con la cabeza.

- Lo siento chicos, pero si Saori se entera de que encima que no he terminado el trabajo lo he dejado peor, me estará reprendiendo el resto de la semana, la muy pesada.

- Ikki –exclamó Shun, escandalizado-.

- Es cierto –se defendió el morenazo- lo único que sabe hacer es ir por ahí dando órdenes –e imitó su voz- Fénix, haz esto, ahora, lo otro… chica tonta.

- Si te oye, te mata –rió Shiryu-.

- Estoy seguro y, por muy Ave Fénix que sea, estoy convencido de que ya no me levantaría nunca más.

Shune bajó la mirada, pese a esa broma, el Fénix ya había vuelto varias veces de la muerte, resurgiendo de sus propias cenizas y a su hermanito pequeño no le hacía gracia que eso volviera poder a suceder, aunque supiera que su hermano mayor regresara. Era un pensamiento muy triste, aunque tan sólo se tratara de una broma. Ikki se percató de la nube de tristeza que asomó a los ojos de su hermano y, obligándole a levantar su barbilla para encontrarse con sus ojos, añadió dulce y pausadamente:

- Pero eso no sucederá nunca, hermanito ¿de acuerdo? –y ante el mutismo de su hermano, repite- ¿de acuerdo?

- Sí.

El Caballero del Dragón y Shun se alejaron de regreso a la mansión, mientras caminaban, Shiryu miró fugaz y disimuladamente a Ikki encontrándose con los ojos de éste.

“Qué extraño está –pensó-, su mirada es… desalentadora. Quizá sea cierto, quizá sea cierto que, efectivamente, sean Shakka y Kamus los que vienen; quizás sea cierto que Seiya le avisara a él antes que a nosotros pero, si no es así, cómo… por todos los Dioses… pude captar sus cosmos, a semejante distancia. Lo envuelve una extraña atmósfera de… desasosiego… de incertidumbre… Qué extraño y desconcertante.

Ikki volvió a su quehacer cuando los dos caballeros desaparecieron de su campo visual. Lo de terminar el trabajo era tan solo una excusa. No le apetecía relacionarse con nadie en aquellos momentos. Quería estar solo. Se acarició la mano lastimada distraídamente, ni tan solo se había dado cuenta de lo que le había ocurrido en ella. Miró de nuevo en la dirección que se habían ido los dos caballeros. Una duda asomó a sus ojos “¿Qué habéis visto, chicos?”.

- Qué idiota eres, Ikki –se dijo en voz alta-, un perfecto idiota. No podías tener la boca cerrada.

Se había dado cuenta de la reacción del Dragón. Miró hacia el cielo: lo percibía perfectamente, todo su ser reconocía a la perfección las dos auras que acompañaban a Seiya y a Hyoga pero ¿cómo es que ellos no? ¿Cómo era posible que, no obstante, él no se hubiera dado cuenta de la proximidad de su amigo y de su hermano? ¿Qué le había pasado para que se hubiera desconectado de todo cuanto le rodeaba de una forma tan… tan… Sacudió la cabeza, no quería pensar más, no quería dar vueltas a algo tan insustancial como eso. No lo sabía, ni le importaba saberlo, lo único que sí sabía, a ciencia cierta, era que el Fénix no creía en las casualidades.

Transcurrieron algunas horas. Los coches de la fundación que habían ido al aeropuerto a recoger a Seiya y a Hyoga, ya estaban de vuelta junto con, sí, Shakka y Kamus.

Ikki los había visto venir desde el gran ventanal de su habitación. No le apetecía lo más mínimo bajar y mezclarse con la gente, extrañamente, tampoco le apetecía estar con su hermano: estaba cansado, y no debido al trabajo que había realizado aquél día, aquello era solamente una buena excusa para encontrarse completamente a solas. No, desde hacía unos meses que se sentía lejos, muy lejos de aquel lugar y de aquellas personas que, aún conociendo su peculiar carácter, huraño y tempestuoso, su difícil trato y temperamento fuerte y, en ocasiones, agresivo, lo apreciaban y le querían. Sí, eso lo sabía, pero… había algo en el ambiente que no podía describir pero que le causaba una extraña sensación de desasosiego. “Quizás haya llegado el momento, el momento de marcharme de nuevo”.

Una punzada de dolor le atravesó el corazón. Eso significaría abandonar de nuevo a su hermano, a sus amigos y romper una promesa. Una promesa realizada ala única persona sobre la faz de la tierra a la que, por nada del mundo, querría herir: su querido y amado hermano.

Ikki no dejaba de pasear por su habitación como si de un animal salvaje enjaulado se tratase. Aquel último pensamiento le había turbado sobremanera. Su desazón iba en aumento y no podía, no sabía cómo detener toda aquella avalancha de sentimientos encontrados que le martirizaban desde… desde ¿tan sólo unos minutos? No, no podía ser eso: desde hacía unos meses. ¿Qué estaba pasando, qué era lo que le estaba angustiando de aquella forma tan cruel? ¿Era tal vez, miedo, lo que sentía? Él, el Caballero del Fénix, hombre fuerte y valeroso donde los haya ¿tenía ahora miedo, después de haber regresado del mismísimo infierno en más de una ocasión? No acertaba a comprender, su percepción no llegaba tan lejos como a él le hubiera gustado. Tan sólo sabía que pasaba… algo.

Unos discretos golpes en la puerta de su habitación le sacaron violentamente de sus atribuladas reflexiones. Se fue hacia el baño, y se remojó la cara con agua fría: estaba empapado en sudor.

- ¿Sí? –contestó, completamente calmado-.

Oyó cómo se habría la puerta y cómo alguien entraba en ella:

- Hermanito ¿qué estás haciendo? Te estamos esperando.

- Ya voy Shun, me estoy terminando de arreglar. Ve tú, ahora te alcanzo.

- Vale. Por cierto tenías razón, eran Shakka y Kamus los que han venido. ¿Sabes? El testarudo de Seiya no quiere confesarme que te había avisado a ti primero. Hasta luego.

Y se fue corriendo, cerrando la puerta tras de sí.

Ikki suspiró mientras bajaba las escaleras en dirección al comedor. Volvía a ser dueño de sí mismo y a controlar sus emociones. Su rostro aparecía relajado, tranquilo pero, nada más lejos de lo que sentía su corazón. Otra extraña punzada le acometió, al entrar y ver reunidos a los que fueron sus camaradas en tantas y tantas batallas, la última por cierto, una de las más crueles a todos los niveles, tanto físicos como sentimentales: la batalla contra Hades.

Todos le saludaron con verdaderas muestras de amistad, entre risas y bromas. “Por todos los Dioses –pensó- ¿porqué estoy tan triste?”.

Después de los saludos de rigor, se sentaron todos juntos alrededor de la gran mesa para cenar. Ikki apenas comió, se encontraba totalmente ausente de aquella reunión. Contestaba, eso sí, a todos los que a él se dirigían pero, el Fénix, se sentía vacío, su espíritu había desplegado sus alas y emprendido el vuelo hacia tierras lejanas y lugares extraños… hacia el Este. Pero ¿qué había en aquella dirección. Qué era lo que hacia allí le atraía?

La cena por fin acabó. La felicidad reinante en aquella mansión parecía como si le produjera un extraño dolor al Fénix. “¿Qué me está pasando? -pensó-“.

Su hermano le agarró de la mano y, tirando de él, lo llevaba hacia el grupo en donde se encontraban los Caballeros Dorados y algunos de Bronce, sacándolo así de su nuevo ensimismamiento. A medida que se iban acercando, lo iba notando cada vez más y más, aquella extraña sensación de intranquilidad volvía a embargarle. No sabía qué hacer. Por un momento pensó en dar algún tipo de excusa y salir de allí, de aquella habitación abarrotada de gente que le iba asfixiando por momentos. Pero no podía, su cerebro no funcionaba lo suficientemente coordinado para revelarse. Por fin llegaron hasta donde el grupo se encontraba. Más salutaciones… más palabras que apenas le llegaban a sus oídos. Y entre todo aquél caos, entre toda aquella inexplicable confusión que le embargaba nota la mirada fija, el análisis sistemático de unos ojos astutos… los de Shakka.




CONTINUARÁ…C



Editado por OTORYKAEDE, Martes, 12 de Diciembre de 2006, 18:47






Capítulo 2: Una extraña y misteriosa llamada.




Ikki se acercó al grupo llevado por la mano de Shun. Empezaba a sentirse incómodo, algo más de lo que ya estaba pues los ojos de Shakka, aquellos penetrantes ojos no dejaban de mirarlo, de estudiarlo. Tras unos minutos dedicados a una charla aburrida y sin ningún aliciente, el peliazul se dirige al Caballero de Virgo:

- Tenía entendido que no solías abrir casi nunca los ojos.

Shakka sonrió levemente antes de contestar.

- Y así es, sólo lo hago en ocasiones especiales. Y dime, Fénix, ¿cómo va todo? –preguntó de forma casual-.

- Bien –contestó el aludido, sosteniendo la mirada de Shakka-.

- Milo y los demás te envían saludos.

- Devuélveselos de mi parte –el tono de voz del peliazul era algo frío y no invitaba a la conversación-.

- ¿Tienes pensado visitar pronto el Santuario, Ikki?

- No.

Aquella conversación comenzaba a resultar monótona y no le apetecía tener que contestar a tantas preguntas.

Ikki pensó que ya había hecho el suficiente acto de presencia en aquella reunión. Ya podía marcharse de allí, y buscar un lugar más apartado… más alejado.

Para entonces, el ambiente de la reunión se había vuelto más distendido. Tatsumi, ayudado por algunos caballeros, había montado una especie de mini bar, y las copas de cócteles y bebidas habían comenzado a rodar por entre los invitados. La música sonaba a cargo de Seiya quien, en cuestión de minutos se había convertido en un Dj. Magnífico, a juzgar por las caras de satisfacción de los más jóvenes. Las risas y la diversión comenzaron a esparcirse entre un ambiente de lo más lúdico.

Ikki comenzó de nuevo a sentirse extrañamente desubicado entre sus compañeros y amigos, como si, en realidad, él no perteneciera a aquél lugar.

- “¿Qué demonios estoy haciendo yo aquí?” –se preguntó el peliazul-.

Ikki dejó, sobre una mesita muy próxima a él, el cóctel que su hermano le había ofrecido minutos antes y que, sin darse cuenta, le había colocado en su mano derecha.

El Fénix, al igual que la gran mayoría de los Caballeros no acostumbraban a beber bebidas alcohólicas, excepto en ocasiones especiales, como esa.

Y, sin mucha ceremonia, el fénix murmuró:

- Si me disculpan…

Kamus se detuvo en la explicación que estaba dando a los allí presentes sobre un tema relacionado con el Santuario, al parecer, el Caballero Dorado se había sorprendido al oír las palabras del Fénix.

- Hermano, ¿a dónde vas?

Ikki se giró y, con cierto aire de resignación, contestó:

- Me duele un poco la cabeza. Saldré… al jardín… un rato.

- ¿Quieres que yo…

- No –contestó tajantemente al adivinar el ofrecimiento de su hermano pero, al ver cómo comenzaba a aparecer la desilusión en aquellos ojos a los que tanto amaba, continuó con un tono algo más suave-. No, es necesario. Quédate y diviértete, volveré en seguida.

El Fénix se dio media vuelta y se encaminó hacia la puerta principal de la mansión.

La escasa distancia que le separaba de ella se le antojaba enorme, a cada paso que daba era como si, en lugar de acercarse a ella, se alejara cada vez más y más.

Tras unos instantes de enorme angustia, el Fénix posa su mano sobre la manilla de la puerta con tal angustia y desesperación, como el naufrago que se agarra a una tabla en medio de un mar embravecido para salvar su vida. Así era como se sentía el Fénix, como si aquella puerta o, mejor dicho, lo que había tras ella, fuera su única salida, su única tabla de salvación. Abrió la puerta con cierta precipitación y nerviosismo, cerrándola rápidamente tras de sí. Hasta el momento en que se halló solo, en el jardín, no se dio cuenta de cuánto necesitaba salir de aquella casa.

El peliazul notaba su pulso acelerado, gotas minúsculas de sudor sobre su frente, le hicieron estremecerse ligeramente de frío cuando la brisa nocturna entró en contacto con ellas. Su respiración, irregular y entrecortada, era insuficiente para llevar el caudal de oxígeno requerido a todas y cada una de las partes de su cuerpo, debido a la gran excitación que le embargaba. Su corazón palpitaba, dolorosa y salvajemente impulsando su sangre por sus venas, una sangre que parecía como si le quemase por dentro, como corrientes de lava que le recorrían el cuerpo. Notaba cómo sus sienes le palpitaban dolorosamente produciéndole un dolor casi irreal.

Se alejó de la puerta, de la luz que alumbraba la fachada principal, de su hermano, amigos y camaradas para internarse en las apaciguadoras y densas sombras del jardín.

Se fue internando cada vez más y más en la frondosidad fría y relajante de aquél jardín, de aquél mar de oscuridad hasta llegar, sin saber cómo, al mismo lugar en el que había estado trabajando aquella misma tarde: junto a la fuente de aguas murmurantes y a la pequeña estructura de viejas maderas entrecruzadas que se asemejaba a un pequeño templo.

El peliazul se detuvo visiblemente sorprendido por el lugar a donde había ido a parar y al que, en ningún momento, al menos de manera consciente, no había tenido ninguna razón especial para dirigirse.

El Fénix era plenamente consciente de su situación actual, de su nerviosismo, de su agitación.

Se arrodilló ante la fuente, como hiciera horas antes y, con manos temblorosas, hizo que el frío elemento le resbalara por su rostro, para intentar calmar toda aquella ansiedad que cada vez, inundaba todo su ser con más fuerza.

Cada vez que el agua humedecía su rostro era como si una extraña sed interior se fuera apaciguando.

El peliazul volvió a repetir la operación y el agua fresca alivió de nuevo su sed. Sin embargo, al igual que el agua al entrar en contacto con su rostro le aliviaba, cuando la última gota había abandonado su cara, su sed parecía incrementarse en intensidad.

Repitió de nuevo la operación, una y otra vez, una y otra vez… hasta que la desesperación hizo mella en el Fénix y, con un impulso irreprimible, sumergió la totalidad de su cabeza bajo las frías aguas. Unas aguas que parecían como si le llamasen, como si lo invitaran a refrescarse en ellas.

Al sentir el rostro totalmente sumergido una extraña paz interior se iba extendiendo por todo su ser… una paz y una tranquilidad largo tiempo anheladas. Se sentía como en otro mundo, un mundo que se hallaba por encima del bien y del mal.

La frialdad del agua iba, poco a poco, insensibilizando el rostro del Fénix. Iba como… nublando todos sus sentidos. Parecía como si, a cada segundo que transcurría, se fuera hundiendo cada vez más y más en una extraña sensación de sopor, en un extraño y dulce sueño carente, por completo, de cualquier tipo de sensación.

Ikki mantenía los ojos cerrados pero, aún así, más que verlo, pudo notarlo: una extraña sensación de proximidad de alguien a quien no reconocía. Lenta y pesadamente, el Fénix abre sus ojos bajo las aguas y un destello de luz brilla en lo más recóndito de su cerebro. ¡Un peligro inminente!

Ikki abre los ojos de golpe justo al tiempo de ver una especie de forma vaporosa y etérea, del color de la plata, justo delante mismo de su rostro, era como una especie de mano… una mano espectral que se cernía sobre él de forma amenazante: era una mano de mujer con largas y afiladas uñas del color de la noche.

El peliazul intenta alejar su rostro de aquella visión pero una fuerza invisible se lo impide. Comienza entonces una lucha por intentar liberarse de aquel ser que intenta, por todos los medios, hundirlo más y más, con la única finalidad de intentar ahogarlo. Ikki sabe que tiene que salir lo antes posible de aquella cárcel líquida pues el oxígeno le falta y una leve bruma comienza a nublar sus sentidos… se está ahogando por momentos. Por fin y, tras un agotador forcejeo, el Fénix logra liberarse de aquella trampa mortal. Con un movimiento rápido y violento, el peliazul consigue saltar hacia atrás y liberarse.

Ikki abre mucho los ojos y la boca; bocanadas de agua saltan de su garganta entre espasmódicos ataques de tos y profundas inhalaciones de aire para llevar oxígeno a sus pulmones. Ikki cae al suelo, de rodillas, luego se inclina hacia su lado izquierdo y se deja caer, retorciéndose sobre el húmedo césped, sin dejar de toser, vomitar e intentar llenar sus pulmones con la vida que se le escapa y que todo su cuerpo exige entre dolorosos calambres.

La cabeza le pesa, se siente mareado, cierra y abre los ojos en varias ocasiones para intentar regresar… Sí, quiere regresar… quiere volver… lo anhela. Se encuentra en un estado de semiinconsciencia que hace que su mente le juegue malas pasadas. No sabe dónde está ni cómo ha llegado hasta allí. Poco a poco, la niebla que lo envuelve se disipa, se deshace a su alrededor. Poco a poco, va regresando a la realidad… pero… a una realidad que él no comprende.

Ikki consigue calmar un tanto el ritmo de su respiración y las convulsiones de su cuerpo que aún continúa estirado en la blanda hierba. Sus sentidos vuelven lentamente a funcionar. Su oído capta de nuevo los sonidos del jardín; sus ojos vuelven a vislumbrar la mortecina luz de la luna; la fragancia de las flores y de la hierba húmeda, inunda su garganta. En su boca, un extraño sabor le inunda e paladar, un sabor asqueroso como de putrefacción que le hace de nuevo vomitar.

Sus músculos totalmente agarrotados comienzan a tensarse y contraerse de nuevo, produciéndole al Fénix un mínimo de calor corporal. Poco a poco se va incorporando aunque no le resulta fácil. El peliazul consigue arrastrarse hasta un banco próximo. Y con no pocos esfuerzos, consigue sentarse en él.

El joven Caballero se mira las manos, están temblando. Un dolor que le castiga todo su cuerpo dolorido y extenuado.

Las gotas de agua viajan por su rostro hasta caer en sus fuertes y grandes manos; y mira hacia la fuente: un extraño rumor parece emanar de ella, un rumor que no es precisamente el del agua.

- ¡Por todos los Dioses! ¿Es que me estoy volviendo loco? –exclamó con una voz ronca, producto de un esfuerzo anterior-.

El Fénix, sentado en el banco, abre ligeramente las piernas y flexiona la espalda hasta que su cabeza se sitúa un poco por debajo de sus rodillas. Cierra los ojos e intenta concentrarse y relajarse. Su mente está cada vez más clara y lúcida e intenta rememorar los últimos acontecimientos vividos para encontrar una respuesta que le aclare qué demonios le había pasado y las circunstancias que lo arrastraron hasta casi…. la muerte. ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde que regresara a las inmediaciones de aquella fuente maldita? Ikki no pudo concretar el tiempo, sin embargo, tenía una extraña sensación como si se hubiera tratado de… siglos.

El peliazul denegó vigorosamente con la cabeza, no podía añadir más dudas a su mente cuando todavía no había conseguido resolver el principal motivo de toda aquella sucesión de hechos que se le escapaban a su entendimiento.

El Fénix ya más tranquilo y recuperado intenta hacer memoria:

- Había una fiesta –acierta a decir lentamente- una fiesta en… la mansión. (Su mirada busca con avidez la casa)… Yo, salí… de allí… no quería estar con ellos… con, con mis amigos (el Fénix tenía que hacer cada vez un mayor esfuerzo para recordar todo lo ocurrido) y con… Shun.

Un violento estremecimiento se apodera del corazón del Fénix, ante la posibilidad de que algún peligro amenazase a su otouto. Se levanta como impulsado por una catapulta en dirección a la mansión pero su instinto le detiene. Al parecer todo está tranquilo y en orden. Respira aliviado y comienza a pasear de un lado a otro intentando poner un poco de orden en su caótica mente. Poco a poco, la calma y la sangre fría regresan al Ave de Fuego.

- Caminé hacia aquí –continuó-, hasta la fuente… y el templo y… me refresqué la cara y…

Las imágenes se ensombrecían en su mente y los recuerdos se le hacían borrosos. El Fénix denegó con la cabeza dando unos cuantos pasos involuntarios hacia atrás.

- No… no… eso no puede ser… eso… eso es… sencillamente… imposible.

Su rostro reflejaba una absoluta perplejidad, una incredulidad casi hilarante. Sin embargo, algo en lo más profundo de su ser le contradecía.

Ikki respiró profundamente, pasó ambas manos abiertas por su cabeza, hasta agarrarse con ellas la nuca. El Fénix intentó calmar aún más, sus ya destrozados nervios. Sabía que lo que estaba pensando era, a todas luces, algo imposible de que sucediera. Pero, cuanto más lo pensaba, más se convencía de que aquella era la única respuesta. Todas las piezas encajaban, mal que le pesara. Aunque fuera imposible y completamente absurdo, el origen de todos aquellos extraños sucesos de aquella noche se centraban en aquella fuente, una fuente que, a simple vista, no tenía nada de especial pero que, sin embargo, quizás por ello resultara más inquietante, todavía. La fuente en sí se constituía por una especie de concha marina de borde ondulante, de 1 m. aproximadamente de diámetro. En su centro se elevaba una figura, aparentemente, femenina la cual portaba en una de sus manos un disco con unos extraños caracteres medio borrados en su interior y, en la otra, una especie de báculo.

El peliazul evocó en su mente todos los recuerdos que ahora, su mente, analizaba pero, esta vez no por separado, sino, de una forma conjunta, como si de resolver un puzzle se tratase. Recordó la forma tan extraña que le hizo encaminarse hacia la fuente, como si una llamada inaudible lo guiara hasta ella. Recordaba como se arrodilló y como el agua, en contacto con su piel, le proporcionaba un extraño sosiego y como la falta de ésta lo sumía en un oscuro mar de inseguridad y temor, obligándole, por lo tanto, a sumergirse impulsivamente en aquella, aparentemente, frescura tranquilizadora. Recordaba la extraña sensación de caída y vacío y, de repente, el destello… aquél destello de lucidez que el Fénix atribuyó a su 7º sentido. Un 7º sentido ganado a base de sufrimiento, de dolor y que halló a las puertas de la mismísima muerte. Recordó aquél destello que le hizo retroceder en el punto más peligroso de aquel viaje extraño que emprendiera al salir de la mansión. Recordó también, con un escalofrío, la visión de aquella fantasmagórica mano de mujer, de piel de plata, fría como el hielo, de afiladas y negras uñas, semejantes a garras; y aquel olor nauseabundo que sólo la muerte es capaz de esparcir. Recordó aquel murmullo extraño que profería la fuente, un murmullo semejante a una llamada… Sí, todo parecía encajar, todos y cada uno de los extraños sucesos de aquella maldita noche.

Las nubes que ensombrecían el cielo de la noche, ocultando las estrellas y, en ocasiones, la pálida y mortecina luz de la luna y que amenazaban tormenta, se movían lentamente, como sombras macabras ejecutando una extraña danza de muerte. El peliazul elevó sus ojos al cielo:

- Por todos los Dioses –murmuró con un hilo de voz que apenas si podía pugnar por salir de su garganta-.

La luna volvía a asomarse por entre las nubes, haciendo que su luz incidiera totalmente sobre aquella misteriosa fuente. El Fénix afinó su oído cuanto pudo, transcurrieron unos segundos que a él le parecieron eternos, al cabo de los cuales, el peliazul pudo, al fin, envuelto en un manto de total y puro asombro, volver a escuchar aquel rumor, aquel extraño murmullo del agua que, no obstante, se asemejaba, de una forma terrorífica, a algún tipo de cántico misterioso producido por un coro de inquietantes voces. Un escalofrío recorrió la espina dorsal del joven Caballero, y un frío intenso parecía emanar de la fuente, haciendo que la sangre se le helara en las venas al Caballero del Ave de Fuego.

Ikki contempló durante unos instantes aquel extraño fenómeno. Podía sentir la llamada del agua, un agua que ahora era… del color de la plata. Percibía, además, un extraño poder, una especie de presencia invisible que se elevaba y comenzaba a envolverlo. Pero, esta vez, era diferente, el Ave Fénix no se dejaría embaucar de nuevo.

- ¿Quién es? –preguntó- ¿Quién anda ahí? Muéstrate si no eres un cobarde –retó el peliazul, impregnando sus palabras con un tono amenazante-.

No hubo respuesta, al menos, la clase de respuesta que al Fénix le hubiera gustado recibir. Tan sólo un murmullo algo más fuerte, se escapó de la fuente, las argentas aguas burbujearon, volviendo a adquirir su anterior e inocente apariencia y aquel frío intenso y aquel nauseabundo olor, desaparecieron por completo. Todo volvía a adquirir la misma calma de aquella tarde.

El Fénix arrugó el ceño y con aire enojado, murmuró:

- Cobarde.

- ¿Con quién hablas? –inquirió una suave voz a sus espaldas-.

Una fuerte aura de dorada calma pareció envolver al Fénix. Antes de girarse, ya sabía a quién iban a encontrar sus ojos, unos ojos azul oscuros, profundos como un océano y chispeantes como un cielo tormentoso.

CONTINUARÁ…


Capítulo 3: Un demonio de fuego y un ángel de luz.




- ¿Con quién hablas? –inquirió una suave voz a sus espaldas-.

Una fuerte aura de dorada calma pareció envolver al Fénix. Antes de girarse, ya sabía a quién iban a encontrarse sus ojos, unos ojos azul oscuros profundos como un océano y chispeantes como un cielo tormentoso.




**********MOMENTOS ANTES EN LA MANSIÓN KIDO**********




Shun vio alejarse a su hermano mayor, con visibles muestras de inquietud. El tono autoritario con el que le contestó, al menos en un principio, aunque después lo dulcificara, había provocado en el corazón del peliverde un cierto temor. Los ojos de Shun miraron fijamente la bebida que momentos antes abandonara el Fénix, sin ni tan siquiera haberla probado (y eso que era su favorita) y sin haber participado en el brindis que Kamus había propuesto momentos antes.

Aquellos dos detalles daban vueltas y vueltas en la cabeza del menor y, aunque para otros aquellos indicios parecieran no tener la menor importancia, para el joven caballero lo decían todo pues él, mejor que nadie, era el único capaz de poder entrever algo entre los complicados sentimientos del Fénix.

- Andrómeda ¿le sucede algo al Fénix? –preguntó un cauteloso Kamus, sacando al joven caballero súbitamente de sus reflexiones-.

Shun bajó ligeramente la cabeza para evitar, en lo posible, la mirada directa del dorado. Tenía que meditar la respuesta que le iba a dar al guardián de Acuario: cierto era que, desde hacía unas cuantas semanas, su hermano se encontraba algo… ausente, como si se encontrara a una gran distancia de la mansión aunque su cuerpo, físicamente, se encontrara con él. Su mente, sus sentidos, incluso… su alma, parecían no obtener reposo, aún estando rodeado de las personas a las que el Fénix más quería (aunque él mismo no lo quisiera reconocer).

El peliverde había analizado concienzudamente todas aquellas situaciones en las que había notado este comportamiento extraño de su hermano: la charla de aquella misma mañana entre él, Shiryu y su hermano, las ocasiones en que tenía que repetir a su hermano las cosas que le decía por duplicado como si el Fénix, repentinamente, padeciera algún trastorno auditivo, su mirada alejada, al igual que su espíritu, de aquella casa, y los hechos de aquella misma noche.

Todo parecía apuntar a que el Fénix le ocurría algo pero, su orgullo, le impediría pedir ayuda ni a él mismo y, mucho menos, a ninguno de los moradores de la mansión. Así era el Fénix, le gustaba resolver sus propios problemas y ganar… sus propias batallas.

Sin embargo, no menos cierto era que, todos aquellos “detalles” aislados sólo fueran el producto de la desbordante imaginación de un joven caballero temeroso de una probable e inminente partida del caballero del Fénix. Shun sabía perfectamente del gran sacrificio que para su hermano resultaba el quedarse durante mucho tiempo en un mismo lugar. El carácter indómito del peliazul, sus ansias de libertad y de vivir una vida propia le hacían sentir esa necesidad vital de volar por libre, de elevarse sobre el mar, el cielo y la tierra sin depender de nadie, sin sentirse coartado por ninguna norma o canon previamente establecido. Su rebeldía y su carácter, extraordinariamente difícil y complicado, para otros, no para su hermanito, le provocaban unos deseos de aislamiento voluntario que no eran comprendidos por los demás caballeros, excepto para Shun.

El peliverde sabía que si su hermano había renunciado hasta ahora a marcharse había sido por su causa. Desde la horrible y cruenta batalla sostenida con Hades, el dios del inframundo, el peliazul le había prometido no volver a marcharse jamás y estar siempre junto a él. Una promesa que al joven le había llenado de una felicidad inmensa pero que, por otra parte, también de un dolor inmenso. Andrómeda había intentado en varias ocasiones hablar con su hermano sobre este tema, e instarle a que partiera, a que el Ave de Fuego volviera a desplegar sus alas dormidas y se elevara por encima de sus miedos hacia un futuro mejor y diferente… hacia una nueva vida. Shun creía que su hermano tenía todo el derecho a vivir su propia vida, a no sentirse atado a él por el honroso y honorable fin de protegerle constantemente como había echo durante toda su vida. Él quería que su niisan tuviera, en definitiva, una vida propia, una libertad completa y auténtica sin tener que estar siempre pendiente de él. ¡Ansiaba tanto esa vida para su niisan! ¡Tenía tanto miedo a que las alas de su hermano perdieran para siempre aquel fuego, aquel ímpetu…! Pero Shun nunca se había atrevido a exponerle a su hermano semejantes ideas, el temor de perderle para siempre le había impedido sincerarse con él. La cobardía (según pensaba el joven) se había apoderado de su corazón y no sabía como sacarla de ahí. Quizás… quizás con el tiempo… se atreviera. Aunque sabía que no podía esperar mucho, sabía que aquella situación era peligrosa para ambos y sabía que su hermano, por propia voluntad, jamás se marcharía. Shun sentía su corazón partido por la mitad, por un lado, los deseos de tener a su hermano a su lado para siempre y, por el otro, el saber que tenerlo a su lado provocaba la infelicidad (hábilmente solapada) de su queridísimo niisan.

Aquella era la etapa más larga en que los dos hermanos habían convivido juntos y, pese a la palabra dada por su hermano, de no volver a dejarlo solo, en el tierno corazón de Andrómeda anidaba la posibilidad de que su niisan rompiera su palabra en algún momento. Era como un extraño presentimiento y una horrible duda que se deleitaban cruelmente en torturar su alma pero que, por otro lado, el joven caballero ansiaba de forma morbosa para, por lo menos, dar una solución a tan complicado y delicado dilema. Pero una cosa sí que era cierta, que el peliverde ansiaba, por encima de todo, la felicidad de su hermano (tanto como éste ansiaba la de su pequeño otouto).

Pese a todo esto, pese a todas las dudas, dilemas y temores que el joven caballero albergara en su corazón, había llegado a la conclusión de no decir nada, de guardarse toda su angustia para sí mismo (tal y como habría actuado el Fénix y es que, por algo eran hermanos) sin pedir ayuda a nadie, sin desvelar ningún tipo de sospecha sobre la situación o los sentimientos de su niisan.

Shun se armó de valor y elevando sus ojos hasta encontrar los de Kamus, contestó:

- Que yo sepa, no –y aventuró inocentemente-. Tal vez el trabajo que estaba haciendo esta tarde se le habrá complicado algo más de lo que esperaba…

- Eso creo yo también –corroboró Saori-. De echo, hoy tenían que venir unos obreros contratados por la Fundación para realizar ese mismo trabajo. Ikki sólo se tendría que haber ocupado de supervisarlos pero…

Saori no pudo continuar porque un muy “achispado” Pegaso interrumpió las palabras de su Diosa, sin ningún tipo de miramiento por su parte y, agarrando al peliverde por el cuello con uno de sus brazos como si de una farola se tratase, dijo:

- Hooolaaa… Menuda fies… fies… teshita… je,je,je… Ey Shun ¿a donde iba Ikki tan deprisa? ¿Es que se ha equivocado de puerta, je,je,je? Ya ve… rás la sorpresa cuando vaya a cam.. cambiarle el agua al can… canario… -y con una risa baja, continuó-. Aunque yo creo que mas que un canario, Ikki debe de tener un avestruz je,je,je.

Shiryu apareció de improviso al rescate de su ebrio amigo al escuchar aquellas palabras que habían echo enrojecer a Saori, poner algo serios, por la falta de respeto del Pegaso, a los Dorados y sonreír a Shun.

- Vamos, vamos… que no cunda el pánico –dijo Shiryu esbozando una comprensiva sonrisa-. Seiya, no es hora de decir esas cosas. Vamos, venga… ven conmigo.

El Dragón sujetó a su amigo de un brazo pues, al parecer, la verticalidad del castaño corría serio peligro, y se alejó con él yéndose a reunir con el Cisne, el cual era incapaz de aguantarse la risa y otros caballeros de Bronce, que lo miraban entre divertidos y resignados por tener que convertirse en los “canguros” de un Seiya muy, pero que muy “alegre” (y es que el Pegaso no sabía encontrar el límite justo a la hora de beber).

Los caballeros dorados no dijeron nada, se limitaron a esbozar una media sonrisa comprensiva y Shun, aprovechó la oportunidad para reunirse también con sus compañeros y así librarse, por el momento, de seguir contestando a cualquier otra pregunta incómoda con respecto a su niisan. Era absurdo responder nada cuando ni él mismo sabía la respuesta y, para eso, tendría que mantener una seria charla con su hermano.

El tiempo fue transcurriendo veloz, pero Ikki no regresaba. Shun no dejaba de echar alguna que otra mirada hacia la puerta principal esperando que, en cualquier momento, su hermano volviera a hacer acto de presencia. Pero fue inútil, el Fénix no regresó.

A medida que la noche iba avanzando, disminuía la resistencia de los asistentes a la fiesta hasta que, por fin, los caballeros comenzaron a ir desfilando cada uno hacia su respectiva habitación para dormir lo poco que aún quedaba de noche. Por supuesto, alguno lo hicieron en mejores condiciones que otros, pues fueron los caballeros del Dragón y del Cisne, los encargados de “meter en la cama” a su amigo el Pegaso.

Los caballeros iban despidiéndose unos de otros entre risas y bromas, comentando lo bien que se lo habían pasado en la fiesta y el absoluto éxito de la misma. Kamus fue el encargado de ir despertando a algún que otro caballero que, no aguantando por más tiempo el sueño, se habían quedado dormidos en los amplios y cómodos sillones que se hallaban repartidos por la amplia sala.

El guardián de Acuario divisó, en uno de estos improvisados tálamos, a un joven peliverde algo adormilado y, acercándose a él, le dice:

- Shun… -le llama bajito-, Shun…

El peliverde entreabrió los ojos y miró soñoliento al Dorado.

- ¿Qué pasa… ha llegado ya Ikki? –pregunta entre bostezos.

- No, aún no. Pero ya va siendo hora de irse a la cama, jovencito –le sonrió-.

Shun abrió un poco más los ojos intentando espabilarse.

- Prefiero esperarle –murmuró-.

Kamus sonrió.

- Está bien… pero no tardes mucho ¿de acuerdo?

El peliverde asintió y volvió a acomodarse en el sillón. Kamus se dirigió hacia Saori y Saca.

- Dice que va a esperar a Ikki.

- Que extraño que se haya ausentado durante tanto tiempo –murmuró Saori-.

Shakka asintió dando así conformidad a las palabras de Atenea. De todos era sabido la actitud y el comportamiento un tanto “especial” del Fénix, sin embargo…

- Ya sabemos todos cómo es el Fénix –dice el caballero de Virgo con una sonrisa para quitar importancia al echo-. Váyanse a dormir, yo pasearé un rato por el jardín y veré si le encuentro.

- Quién sabe –sonrió Kamus-, tal vez el Fénix se haya quedado dormido por ahí.

- ¿En una noche como esta? No lo creo… -Shakka contesta más para sí mismo, que para el resto de sus acompañantes-.

Minutos después, Saori, Kamus y Tatsumi se dirigían a sus respectivas habitaciones. El peliverde se había vuelto a quedar adormilado y Shakka salió al jardín en busca del moreno.

- ¡Que calma tan extraordinaria! –exclamó Virgo al ver la tranquilidad que volvía a reinar en la mansión-.

Casi todas las luces estaban apagadas y un profundo silencio se adueñaba de la mansión por momentos. Shakka salió al jardín en donde el silencio era aún mayor. Comenzó a caminar embriagándose por aquella paz, por aquella atmósfera de calma…

El caballero de Virgo, como era su costumbre, llevaba sus ojos cerrados. Hacía unos 10 minutos que caminaba por las inmensidades del enorme y hermoso jardín que rodeaba a la mansión cuando un tenue murmullo llega hasta él empujado por la suave y fresca brisa de la noche. Shakka aguza su oído reconociendo el sonido de una única y aislada voz. El caballero nota la presencia de un cosmos conocido y entreabriendo ligeramente sus ojos vislumbra, en la lejanía, la figura de un hombre, inmóvil.

- Vaya, al parecer no se había dormido –musitó el Dorado-. Pero ¿con quién habla…?




**********EN EL JARDÍN**********




Una duda apareció en la mente del bronceado peliazul ¿Qué había visto o qué había oído el caballero de Virgo, en realidad…?

El Fénix contestó con su calma habitual a la pregunta del Dorado.

- conmigo mismo.

Shakka no le creyó y, aunque no dijera nada, tampoco intentó ocultarle su escepticismo a Ikki. Había notado que el peliazul se había puesto a la defensiva nada mas verle.

- ¿Te encuentras mejor?

El Fénix se sorprendió ligeramente al escuchar aquella pregunta; se encontraba demasiado absorto pensando de qué realmente se había dado cuenta el caballero de Virgo, como para imaginar que le hiciera semejante pregunta.

- ¿Cómo…?

- Tu dolor… de cabeza –respondió Shakka notando la turbación del moreno-.

- Bien… ya se me ha pasado –y añade con una intencionalidad bien solapada-. Un poco de aire fresco y una pequeña dormida, me han sentado muy bien.

Ikki no sabía exactamente el tiempo que había transcurrido desde que abandonara la fiesta pero, la presencia del caballero allí, junto a él, le decía que había sido un tiempo excesivo. La extraña experiencia vivida aquella noche con la misteriosa fuente le había desorientado de tal manera que no sabía con exactitud el tiempo que había transcurrido desde que abandonara la fiesta hasta la llegada del caballero. Y si eso no fuera así ¿qué demonios hacía entonces Shakka allí? ¿Era mera coincidencia que el caballero de Virgo estuviera allí o quizás el Dorado había salido a buscarlo? Estas y otras preguntas se agolparon de forma caótica en la mente del peliazul. Preguntas para las que no tenía respuestas… y eso era algo que exasperaba al Ave de Fuego.

- ¿Pequeña… dices? Han sido más de 3 horas las que han transcurrido desde que te ausentaste de la fiesta.

- Vaya –sonrió malicioso el Fénix-, espero que nadie se haya molestado.

- Todos deben de estar ya durmiendo.

- ¿Y tu que haces que no estás durmiendo? ¿O es que con la meditación ya te es suficiente? –pregunta el moreno con ironía-.

Shakka sonríe antes de contestar.

- No, pero antes de irme a “dormir” porque para que lo sepas, yo también duermo, me gusta pasear un rato… me ayuda a vaciar mi mente y a relajarme –y añade rápidamente-. Además, alguien tenía que venir a buscarte ¿o es que pensabas pasar esta noche al raso?

Ikki se sorprendió ligeramente ante la última frase del Dorado (cosa que no le pasa desapercibida al rubio pelilargo), pero algo de molestia se dibuja en su rostro ¿quién se creía ese rubio que era para intentar tratar al caballero del Fénix como a un simple niño el cual se había escapado y tenían que ir a buscar para llevarlo de regreso a su “camita”?

El Fénix bufó antes de contestar en un significativo gesto de hartazgo.

- Para tu información –contesta con ironía- no sería la primera vez que, como tú has dicho, “pasase la noche al raso”. Es muy agradable y divertido ¿sabes?

- ¿En serio? No lo hubiera imaginado nunca –replica un rubio algo irónico, a su vez-.

- Lo sabrías si lo hubieras probado alguna vez. Y, por lo que veo, no creo que tú lo hayas probado nunca. Eres demasiado… demasiado estirado para eso.

Ahora el sorprendido era Shakka, cosa que le encantó al peliazul, pero que a la vez también le hizo darse cuenta de la clase de conversación vana y algo tonta que estaban manteniendo pero, no obstante, era algo así como… agradable. Por unos momentos el moreno había conseguido dejar de pensar, dejar de preocuparse y dejar de… temer. Con aquellas pocas palabras cruzadas con el Dorado, Ikki había conseguido apartar de su mente por unos instantes aquel hondo pesar. La voz de Virgo le saca bruscamente de sus reflexiones.

- Humm… quizás… algún día… tú me podrías explicar con hechos esa estupenda “diversión” que me estoy perdiendo –replica el Dorado con una amplia sonrisa-.

El Fénix lo obsequia con una de aquellas famosas miradas suyas en las que se podía leer “no me toques las narices y yo no te tocaré tu cráneo con mi Puño Fantasma”. El moreno, por un momento, no sabía si el caballero de Virgo le hablaba en serio o simplemente estaba burlándose de él y, en ese caso…

La voz de Virgo le vuelve a arrancar de sus pensamientos.

- Bueno, será mejor que regresemos, comienza a refrescar. Por cierto, tu hermano te espera…

Ikki interrumpe bruscamente al pelilargo rubio, con un cierto tono de ansiedad en su voz.

- ¿Qué le pasa a mi hermano?

Shakka ha notado el drástico cambio que se ha dado en el ánimo del peliazul. De repente, toda aquella atmósfera de intranquilidad y angustia que envolvían al Fénix cuando lo encontró en el jardín, momentos antes, ha vuelto a envolverle como una sombra.

- Nada Ikki… -la voz de Shakka suena lo más calmada y amigable posible- tu hermano se quedó en la sala esperando tu regreso. No quiso irse a dormir… -señaló con mucho tacto-.

Los temores del peliazul volvieron a hacer acto de presencia. “Si hubiera pasado algo en la mansión, Shakka ya me lo habría dicho. Al menos, Shun está bien –se dice para sí el Fénix mientras suspira con cierto alivio-“. Algo que tampoco le pasó por alto al Dorado caballero. Sabía, al igual que todos los caballeros del Santuario, del gran amor que el Fénix procesaba a su hermano menor; pese a la rudeza, al amiento voluntario al cual se sometía o a su porte distante y frío con todo el mundo restante. Por eso, al ver el alivio reflejarse en el rostro del moreno, en pocos segundos comprendió que no todo marchaba tan bien como parecía. Pese a no percibir nada realmente extraño en sí ni fuera de lugar, por ser el caballero Dorado cuyo poder de percepción era el más desarrollado, no le cabía la menor duda.

Shakka conocía el tan alto nivel de sacrificio, del que el Fénix era capaz para defender a su hermano y amigos, el de entregar su propia vida sin pensarlo dos veces y sin lamentarse o arrepentirse jamás, contento por entregar su vida sabiendo que, con esa acción, ponía a salvo las vidas de sus seres más queridos.

Él mismo fue testigo y sufrió en sus propias carnes, aquel afán de proteger y salvaguardar las valiosas vidas de su hermano y amigos.

“Pedirá mi ayuda o la de cualquier otro caballero –pensó Virgo mientras llegaban a la puerta principal de la mansión y pasaban a su interior-. No… no lo creo. El Fénix es demasiado orgulloso para pedir la ayuda de nadie y, lo suficientemente capaz como para afrontar los mayores y más arriesgados peligros y salir victorioso. Sí, en verdad es una persona con recursos y un excelente guerrero pero… ¿y si esta vez se le va de las manos lo que sea que esté sucediendo? ¿Y si, aunque quisiese, descubriera de la peor manera posible que ya es demasiado tarde para pedir ayuda?

Ambos caballeros llegaron a una amplia sala confortablemente amueblada y que se hallaba en PENUMBRA (N.A. desde aquí te hago un guiño ACIEL, y a tu “Penumbra del Fénix” ¡a mejorarse guapi”. Perdonad la intromisión, si podéis leed su fic, os gustará) y, en un solitario sofá, un solitario caballero de Andrómeda dormitaba apaciblemente. Shakka se dirigió hacia él pero Ikki le detuvo con un susurro de su voz.

- Por favor, no le despiertes.

- Pero… -comenzó a decir el dorado caballero-.

- No es necesario despertarle, yo le llevaré a su habitación.

Shakka asintió en silencio, comprendiendo las intenciones del Fénix.

- De acuerdo, si no me necesitas… -al ver el gesto de negación de Ikki, continuó-. Entonces, me voy a la cama… ya es muy tarde.

Pero, al pasar junto al peliazul añadió, posando su mano derecha sobre el hombro de éste.

- Buenas noches, Fénix… que descanses.

Ikki asintió en silencio, notando la leve presión de aquella mano sobre su hombre. Un ligero escalofrío recorrió todo su ser como, si por un momento, el caballero de Virgo hubiera tenido la facultad de leer sus pensamientos.

- Adiós –se despidió el guardián de Virgo-.

Y el caballero se marchó.

Ikki se acercó sin hacer ruido hasta donde descansaba su hermano. Miró como dormía, el gesto apacible y tranquilo, la calma reflejada en su semblante. Se deleitó por unos segundos en aquella hermosa visión. El peliazul evocó entonces su lejana pero no muy feliz infancia en aquel orfanato, en el cual, su único motivo de alegría era el tener a su pequeño hermano a su lado, y su mayor ilusión el velarlo y protegerlo para que nada ni nadie pudiera jamás dañarle. Y sin embargo, lo que a una edad tan temprana había conseguido ahora, de mayores, le resultaba cada vez más difícil.

Ikki evocó también el Torneo Galáctico, cuando estuvo a punto de matar a su propio hermano a causa de aquel estúpido sentimiento de odio y de rencor con el que abandonó la isla de Reina Muerte. Y evocó también, con un escalofrío todo el sufrimiento de su hermano en la guerra contra Hades. Siempre, durante todos aquellos años, lo que le había impulsado a seguir a delante y a superar tantas y tantas dificultades, a tantos y tantos enemigos había sido el afán de proteger a su hermano, de cuidarle… de evitarle sufrimientos y penalidades. Sin darse cuenta el motor de su vida se había convertido en aquel joven de cabellos verdes y ojos de esmeraldas y ¿por qué no reconocerlo…? sus amigos también habían jugado un papel fundamental. Ellos también habían arriesgado sus vidas en ayudarle a él y a su hermano, algo que el Fénix valoraba por encima de todo… pese a que su relación con ellos no había comenzado con buen pie, fue gracias a su hermano que ellos también lo aceptaron y lo ayudaron… Toda su vida pues y, de una forma u otra, se veía ligada a su hermano, a su ángel… a su otouto.

El peliazul denegó con varios gestos bruscos de su cabeza, como queriendo desechar aquellos tristes pensamientos de su mente y, con un murmullo casi imperceptible, dijo.

- Jamás permitiré que nadie te vuelva a lastimar otouto. Te lo juro, aunque para ello tenga que romper una promesa, mi pequeño… -un extraño nudo se le hizo al Fénix en la garganta, al pronunciar su juramento-. Te quiero.

Ikki tomó a Shun en sus brazos con suma delicadeza, para intentar no despertarlo. Pero, al parecer, el sueño del peliverde no era tan profundo como el Fénix creía.

Shun entreabrió los ojos y al reconocer a su hermano sonrió levemente y con aquella dulzura que tanto caracterizaba al joven caballero y que tanto le gustaba disfrutar al peliazul.

- Niisan… -murmuró- ya estás aquí, ¿te encuentras mejor?

- Sí, Shun: ya estoy bien… ahora estoy bien –contesta enigmáticamente el Fénix, y añade-. Perdona por tardar… me dormí.

Su voz sonaba bajita y tan dulce como la de su otouto.

- Y ahora, sigue durmiendo… pequeño.

Shun se dio cuenta de que su hermano lo llevaba en sus brazos y bostezando ligeramente le contesta.

- Bájame Ikki… puedo ir yo solo.

Su hermano le sonríe dulcemente y deniega lentamente con la cabeza.

- Shhh… ya te llevo yo, otouto. Tu duerme… duerme, mi dulce niño.

Aquella voz tan dulce y aquella mirada impregnada de amor, resultaron ser el mejor de los incentivos para que Shun no se pudiera resistir.

- Sí, niisan…

Y volvió a cerrar sus bellos ojos del color de las esmeraldas, recostando su cabeza por completo en el amplio pecho de su hermano mayor, notando la calidez de su piel que le traspasaba la camisa y escuchando los acompasados latidos de su corazón. Shun se sintió protegido estando así, junto a su hermano, notando en cada átomo de su ser todo el amor y el cariño que le profesaba y que, por supuesto, eran recíprocos. Shun notaba la fuerza de los brazos de su niisan, como lo transportaban con suma facilidad… aquellos brazos que siempre lo habían protegido de innumerables peligros.

El Fénix se dirigió hacia la gran escalera en dirección a los dormitorios. Ikki miró a su otouto, sonrió y comenzó a tararear una vieja canción que el peliazul utilizaba cuando eran niños para dormir a su hermano. Una imperceptible sonrisa se dibujó en el rostro del peliverde; y así, entre el suave balanceo en brazos de su hermano y aquella nana de su infancia, el joven Andrómeda se quedó profundamente dormido como si de un ángel se tratase protegido y velado por su niisan el cual, no dudaría en convertirse en un demonio de fuego para proteger al tesoro más preciado que poseía: su otouto… su ángel de luz.

Shakka abandonó, rápida y sigilosamente, el lugar que había estado ocupando hasta hacía unos segundos, junto a la barandilla de la escalera en el segundo piso y camuflado oportunamente por una enorme planta de interior, y desde donde había podido ver y oír, sin ser visto, todo cuanto había sucedido. No pudo menos que sonreír, ya en el dormitorio que le había sido asignado, al ver a un Ave Fénix tan atento y cariñoso con su hermano pequeño. Pero también recordó el juramento del peliazul, un juramento que, al parecer, no auguraba nada bueno.

El caballero de Virgo meditó en silencio durante unos minutos, tumbado boca arriba en la cama y con sus ojos cerrados, y murmuró.

- ¿Qué promesa vas a verte obligado a romper y por qué, caballero del Fénix? ¿Qué misterio se esconde en tu corazón?

Shakka se quedó sumido en estas y otras reflexiones.


CONTINUARÁ...
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cargi
Publicado: Vie Mar 28, 2008 2:00 am Responder citando
Seiya Maníaco Seiya Maníaco
Registrado: 09 Dic 2007 Mensajes: 228 Reputación: 117

Hola!
Te felicito por tus fics, ojala que lo acabes pronto.
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