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| iri20 |
Publicado: Vie Jul 06, 2007 8:17 am |
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Kanon del Dragón Marino - Moderador

Registrado: 24 Jun 2007
Mensajes: 699
Ubicación: En un país multicolor... intentando conquistar el mundo.
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La angustia recorría cada poro de su piel pensando en dónde estaría, quien sabe sufriendo qué calamidades.
Era una muchacha fuerte pero no dejaba de ser una niña, igual que ellos. Tal vez algún nuevo Dios aburrido y con ansias de poder había decidido secuestrarla, mientras sus Santos sólo esperaban noticias en la mansión, Seiya se mordía las ya inexistentes uñas haciéndose sangrar los dedos, daba vueltas de un lado a otro de la mansión intentando distraerse con cualquier cosa, lo que fuera.
Sus compañeros le miraban estresados por sus agobio y le repetían que nada pasaba, que se había entretenido y por eso no estaba allí, con él a salvo entre sus brazos. Para aquellos que intentaban consolarle era todo mucho más fácil, no era su corazón el que moriría de pena y culpa si algo malo le pasaba a Saori, él vivía por su Diosa, por su Saori, por su niña malcriada por muy mal que le tratase o por muy invisible que fuera a sus ojos debida su condición. Aunque jamás pudiera rozar su piel o besar aquella boca de fresa que se le antojaba el mayor de los dulces del cielo.
Seguía dando vueltas, de su habitación al salón de este al jardín y de nuevo a su cuarto.
Atento a cada ruido creyendo identificar en él el inconfundible sonido de la limusina. Cada reflejo de luz en el cristal de la ventana le parecían los de los faro de aquel hermoso vehículo.
Repitiéndose que aquel retraso no era normal ni habitual se decidió a salir a buscarla por las atestadas calles de Tokio.
Hacía frío, la Navidad se acercaba y por eso había luces en los escaparates y en las calles. Se veían Papá Noeles y un hombre vendía castañas en una plaza cercana al centro. Había mucha gente, abrigada hasta las cejas por el frío que hacía. Niños jugando, hombres vestidos de traje y señoras con carros atiborrados de cosas pero a Seiya le llamaban sobre manera la atención las parejas. Aquellas iban de la mano o abrazadas tal y como a él le gustaría ir. Con Saori de tiendas, a pasear, a tomar algo... cualquier cosa aunque la triste verdad es que en sólo entraba en su vida cuando esta corría peligro, a su manera se veía como el salvador que sólo tiene derecho a besar el suelo que su Diosa pisaba sin dar a entender ni poder expresar, aunque sólo fuera para encontrar sosiego, el amor que le sentía.
Sus pasos le llevaron a la entrada de un gran centro comercial, lo recorrió de cabo a rabo en busca de Saori , tiendas de ropa, de caramelos, zapaterías y hasta esperó a la salida del cine por si acaso. Finalmente después de pasadas dos horas decidió que allí no estaba y que lo mejor era volver a casa a ver si había vuelto.
Caminó por las oscuras calles pensando en aquel amor imposible, aunque le admirase y sintiese cariño hacia él jamás le miraría de aquella manera especial en que él lo hacía. Con auténtica devoción, atesorando cada mirada y cada sonrisa...
La amargura estaba siempre en su pecho llorando aquel amor imposible, con sólo un beso hubiera muerto feliz, bueno, bien mirado por ella moriría feliz sin necesidad de que le besara, como ya le había dicho una vez su vida le pertenecía.
Al llegar a la mansión vio las luces apagadas, hacía un buen rato que sus compañeros habrían cenado y en vista de que se habían acostado debía suponer que Saori había vuelto sana y salva.
Entró en la casa de puntillas y teniendo cuidado de no hacer ruido al cerrar la puerta. Sin encender la luz se disponía a atravesar el recibidor para llegar a su habitación cuando una figura sentada en uno de los sillones le habló /size]
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- Qué tarde llegas... empezaba a preocuparme.
Aquella dulce voz hizo que su cuerpo temblara, era Saori, se había quedado a esperarle.
- Si, me preocupé y salí a buscarte.
Miraba aquella figura envuelta en penumbra intentando discernir algo pero era imposible saber si la Diosa reía, estaba seria o haciendo cualquier tipo de mueca.
- Los chicos me lo dijeron, no debiste preocuparte, sólo me entretuve dando un paseo.
Al final sus compañeros tenían razón, no pasaba nada, era una nueva era de paz en la cual Athena podía ir a pasear sin guardianes, y por supuesto sin él.
Saori se levantó del sofá y pegó su cuerpo al de su Santo preferido en un tierno abrazo y con aquella deseada boca cerca de su oreja pronunció unas palabras soñadas mil veces por su enamorado.
- Gracias, no sólo por salvarme siempre sino por preocuparte siempre, por estar a mi lado para todo, por perdonar, por ser mi amigo... te quiero.
Sin duda ese te quiero no pretendía expresar la clase de amor que el deseaba inspirarle pero era un comienzo que le hacía realmente feliz.
La acompañó a su habitación una vez aquella desligó el abrazo y después fue el mismo quien se acostó para seguir soñando el calor de aquel abrazo.
Las horas de la madrugada pasaban tranquilas y reposadas para todos excepto para la propia Diosa que no paraba de dar vueltas en la cama y de reprocharse no haber tenido el valor de contar la verdad que ocultaba su corazón. Se levantó decidida y poniéndose la bata corrió decidida a la habitación de Seiya. Cuando llegó allí observó que este dormía, su rostro relajado era todavía más bello, no pudiendo evitarlo acarició su cara con las gemas de los dedos, los pasó por los rojos labios para posar ese dedo afortunado sobre los suyos propios. Observó su cabello todo revuelto y se sobresaltó cuando le oyó balbucir en sueños... El valor empezaba a evaporársele, se dijo que mejor no despertarle, que mañana se lo diría, pero sabía que eran mentiras para no afrontar la verdad, para no tener que confesar su amor y exponerse al rechazo del ser al que más quería en este mundo.
Se alejó de la cama y se apoyó en el ventanal, mirando las estrellas y suplicándole a su abuelo que la guiase. Su abuelo, era curioso, no era nada suyo pero si el padre de Seiya a pesar de haberle metido en un orfanato. Allí estaba ella Diosa de la Sabiduría rogándole que la iluminase y le contase que hacer con los sentimientos que el Pegaso le inspiraba. Sabía que su deber como Diosa era tragárselos y no preferir a ninguno de sus caballeros por sobre otro pero no podía evitar que su corazón palpitase por el ponny.
Se volvió para mirar nuevamente a quien reposaba en aquella cama, a modo de despedida. Se acercó a la puerta y sin mirar atrás salió sin hacer ruido. Se coló con sigilo en la propia para romper a llorar entre sus sábanas por lo cruel de su decisión y por la soledad que sabía que le deparaba el destino.
La mañana llegó, levantándose un famélico Pegaso el primero, luego Shun e Ikki con una alegre conversación entraron en la cocina. Les siguieron Hyoga y Shiryu apenas tardaron unos minutos. Saori que había pasado la noche en vela esperaba en el pasillo a oír a todos sus queridos Santos juntos, temerosa y desmejorada entró en la cocina.
Aquel fue un día triste, sobretodo para Seiya pues la Diosa que había esperado en vela que se levantasen les comunicó que se iba al Santuario para siempre y les prohibió seguirla.
El corazón de Seiya se rompió para siempre. |
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