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| luribel |
Publicado: Sab Ago 04, 2007 12:43 pm |
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Seiya Adicto

Registrado: 05 Jul 2007
Mensajes: 73
Ubicación: La Comarca
Reputación: 9.1  
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Título:La última campanada
Autor: Luribel Marina
Resumen: La medianoche alcanza la Mansión y unas campanadas muestran secretos ocultos en el interior de sus habitantes...
Género: Romance
Pareja: Ikki & Hyoga
Calificación: Incalificable... Shonen Ai
Nota de Autor: Experimento rarisimo de una noche de insomnio.
DISCLAIMER: Saint Seiya y sus personajes no me pertenecen. Son propiedad exclusiva de M. Kurumada y Toei Animation. Tan sólo los tomo prestados para divertirme y hacer una historia, con toda la admiración y cariño a ellos y a sus autores, y sin ánimo de lucro. |
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| luribel |
Publicado: Sab Ago 04, 2007 12:45 pm |
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Seiya Adicto

Registrado: 05 Jul 2007
Mensajes: 73
Ubicación: La Comarca
Reputación: 9.1  
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La ultima campanada
Dong
La primera campanada de medianoche recorrió con su suave, aunque profundo, eco los señoriales salones la Mansión, donde una joven diosa y sus cinco protectores dormían placidamente, sin que nada pudiese perturbar su sueño.
Dong
Lentas y pausadas fueron las siguientes diez campanadas, dispersándose sigilosas a través de las solitarias salas. Sin embargo, la última de ellas, la más joven y la más risueña, emprendió rauda su huida hacia una ventana entornada, mecidos los visillos por la fresca brisa nocturna.
Se escapó aventurera y cruzó los verdes jardines que rodeaban la casa, embriagada por el delicado aroma del cerezo en flor y del embrujo que irradiaba la pálida luz de la luna, deleitándose y dejando que su último eco se uniese al suave vaivén de la hierba.
Sin embargo, en su último suspiro algo llamó su atención. Un resplandor de plata fundida y diamante, de luna llena y alba aurora que destellaba fugaz a través de la ventana de una estructura humana, de hormigón, acero y argamasa.
Curiosa, abandono su deseo de morir en medio del murmullo de la hierba mecida por la brisa nocturna, y fue veloz hacia aquel monstruo de metal que opacaba la luz de las estrellas, y que se mostraba furiosamente convexo hacia la inmensidad del cielo.
Se introdujo en él y en medio de la más absoluta oscuridad, llego ante un altar de bronce donde cinco durmientes esperaban que el aliento de la diosa que allí moraba los despertara de nuevo.
La campanada fue directa hacia aquella que despedía esos suaves destellos de diamante y escarcha e impactó delicadamente contra ella, muriendo lánguida a los pies de una aurora blanca.
Ding
Una réplica hermana surgió de aquel primer durmiente. Una réplica prístina, de cristal líquido, diamante y acero forjados en los fríos glaciares del Norte.
Belleza que hería la vista y el corazón.
La luz salió vibrante, poderosa, letal y gélidamente hermosa. Un aura de hielo y polvo estrellado que fue esparciéndose por el convexo planetario donde reposaba, despertando a su vez a todas las galaxias que allí reposaban.
Una forma definida, delicada, etérea. Un ave de esbelta figura desplegando grácilmente sus alas hacia el cielo.
El níveo pájaro batió sus alas con suavidad y al hacerlo, accidentalmente, o quizá no tanto, rozó con delicadeza otra de las dormidas figuras que se alzaban sobre aquel altar de bronce.
Sin mirar atrás, el aura de diamante abandonó el oscuro recinto, apagando la luz de las estrellas que allí moraban.
Sin embargo esta oscuridad apenas duró. El segundo durmiente despertó, tiñéndolo todo con la furia anaranjada del fuego inmortal que ardía en sus entrañas.
Las estrellas de la cúpula brillaron feroces en réplica al desafío, sin embargo, el aura flamígera no las miraba a ellas. Miraba los restos de la pequeña campanada de medianoche que era velada por la nueva criatura surgida del frío hielo, y con suavidad le concedió su don.
Dos campanillas etéreas, plata y oro, que danzaban juntas, destellantes y vibrantes.
El fuego desplegó su forma y aleteo con fuerza siguiendo la estela argéntea, sumiendo en sombras el artificial cielo estrellado del monstruo de armagasa y metal.
Las campanillas le siguieron entusiasmadas, internándose entre el bosquecillo de cerezos y azahar, riendo y agitándose como si fuesen espíritus del mismo bosque.
Se detuvieron al llegar al claro. La noche se deslizaba furtiva sobre un lago oculto entre el follaje. Un cisne de plata y diamante que se deslizaba suavemente por las oscuras aguas mientras un pájaro de fuego se posaba suavemente entre las ramas de los árboles y aguardaba.
Las campanillas sobrepasaron al fénix y se dirigieron jubilosas hacia el cisne que se bañaba en el lago, haciéndole notar que ya no estaba solo, que había alguien más en el claro.
Pero eso el cisne de hielo ya lo sabia.
Siempre lo sabia.
La noche discurrió perezosa. El cisne en el lago, y el fénix en el árbol, observándose, mirándose, sabiendo donde estaba en todo momento el otro, pero sin poder a acercarse el uno al otro.
Ni tocarse.
En eterna vigilia.
Finalmente, los primeros rayos del sol despuntaron y ambas criaturas se miraron con resignación. Desplegaron sus alas y se disolvieron en el aire, regresando a sus altares de bronce, aguardando una noche más para que se produjera el milagro que necesitaban, pacientes y expectantes, deseosas que el falso orgullo y la arrogante indiferencia se rindieran ante lo evidente.
El amor
FIN
Enero 2007 |
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