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<  Yaoi Oscuro   ~  Maldice al Demonio (Songfic) [HadesxMinos]

Derkez
Publicado: Sab Sep 08, 2007 2:09 pm Responder citando
Myu de Papillon Myu de Papillon
Registrado: 30 Jun 2007 Mensajes: 131 Ubicación: En algún lugar del Inframundo, rodeado de flores Reputación: 3.1

¡Hola! ^0^


Este Songfic no fue otra cosa que ganas que le tenía a estos dos, y pues, me salieron juntos en algo... extraño O.o Quizás no tenga mucha profundidad la trama, pero bueno n.n'










<div align="center">Maldice al Demonio</div>












Caminaba con paso firme sobre la polvorienta superficie hacia la Tercera Esfera del Inframundo, dirigiéndose hacia su lugar de retiro, el Templo de Tolomea. Los demás Espectros que se encontraba a su paso se apartaban rápidamente, dejándole el camino expedito.


Sus ámbares ojos asesinaban a cualquiera que se pusiera en medio, siempre ocultos tras aquél flequillo marfil. No estaba de humor. Acababa de tener una riña con Radamanthys bastante violenta que si no hubiera llegado a ser interrumpida por la oportuna aparición de Aiacos, de seguro se habrían arreglado a golpes.


Tras ascender las escaleras pisando fuerte en cada uno de los escalones, abrió los grandes portones de manera desconsiderada, cerrándolos de un portazo tras de sí. Debía de descargar toda su frustración con algo, y ello no sería otra cosa que todo objeto que estuviera de por medio.


Se deshizo del yelmo de su Sapuri, tirándolo a la cama cuando entraba en la habitación. Se quitó cada una de las piezas que la formaban con cierta violencia para luego dejarlas a un lado, en el suelo.


Sentándose sobre el lecho, apoyó sus codos sobre sus rodillas, perdiendo su mirar más allá de la pared de tono plateado. No sabía qué era lo que le estaba pasando para que perdiera el control de sí mismo de manera tan alarmante. No era una persona que se alterara con facilidad pero, últimamente, a la más mínima provocación, sentía bullir su sangre de cólera dentro de sus venas.






<div align="center">Bien oculto en tu disfraz
En mis sueños siempre estás
</div>






Se dejó caer sobre el colchón, intentando tranquilizarse. Sabía que la situación se le estaba yendo de las manos, que alguien debía de ser el causante de su perturbación.


Sus ojos se cerraron, deseando poder dejar que Morfeo hiciera presa de sí. Y este pareció oír su llamado, pero sólo durante unos pocos minutos. Tras abrirlos, comprobó que todo estaba igual que antes. Su atención se desvió hacia un reloj de péndulo que había en una de las paredes. Sólo habían pasado diez minutos.


Suspiró al recordar aquél ser que se le había aparecido en sueños: Hades, el dios del Inframundo, su señor. No era la primera vez que soñaba con él, llevaba haciéndolo ya bastantes días. Esa era una duda que no lograba aclarar: ¿por qué demonios soñaba con él?


Había intentando por todos los medios centrar su mente en otro lugar, pero la deidad siempre se las arreglaba para volver a aparecer. Quizás y Hades estuviera haciendo aquello a propósito.


Esa idea le pareció algo absurda. Su superior tenía cosas más importantes de las que ocuparse en vez de pasarse el tiempo atormentando la mente de sus subordinados. Además, en el caso de aquel así fuera, ¿cómo lo haría?


La respuesta le llegó casi al instante, dibujándole una sonrisa irónica en sus labios. Quizás Hypnos tuviera algo que ver con ello.






<div align="center">No lo puedo remediar
Te deseo cada vez más
</div>






De todas formas, no le era muy importante saber el origen de todo aquello, tal parecía que nada podría hacer contra aquella violación de su intimidad.


Había notado cierto cambio con respecto a su dios, yendo más allá de lo que debería. No sabía cómo, pero se sentía realmente atraído hacia Hades, llegando a desearlo en más de una ocasión.


Sus sueños no le ayudaban a despejarlo de aquello, al contrario, solía imaginarse que lograba apoderarse del interés de la deidad, llevándolos a momentos de intensa pasión.

-¿Qué está pasando contigo, Minos? -se preguntó a sí mismo.


Una sonora carcajada escapó de su garganta, resonando en la habitación. A pesar de que no quisiera seguir atado a aquellos sueños, era algo a lo que no podía resistirse, algo que él parecía no controlar.


Y le sonaba irónico el hecho de que él, quién era capaz de tener a los demás a su antojo, fuera el juguete de su superior.






<div align="center">Al principio todo era paz
Y contigo llegó la maldad
</div>






Recordaba vagamente la ya lejana época de tiempos pasados, de la que sólo guardó unos concretos momentos, echando los demás al mar del olvido eterno, desentendiéndose así de estos. No obstante, sabía que durante aquél periodo de su vida siempre había reinado la paz y tranquilidad, no había habido ninguna tormenta que lo azotara como en aquella ocasión.


No sabía, por aquél entonces, lo que el destino le depararía al entrar en el Inframundo. Todo había marchado relativamente bien en mucho tiempo, con algunos por menores típicos de la vida, pero sin llegar al punto en el que ahora se encontraba.


Hades parecía haberse encaprichado con él, pero... ¿hasta qué punto? El Señor de aquél tétrico lugar era el que se había dedicado a escribir las blancas páginas de su pasado, manchándolas con unas calculadas intrigas que sólo él comprendía.


Eso había producido un cambio en él, en su personalidad, volviéndose más reservado, frío e indiferente; alguien que no encajaba con su antigua forma de ser.






<div align="center">Surgiste de las tinieblas
Con fuego arrasador
Has escrito la historia
De la humanidad
</div>






Hades era una persona misteriosa y oscura, un dios que se había dedicado a trazar sus propios planes aunque estos estuvieran en contra de sus semejantes. Él, como los demás Espectros que se encontraban a su servicio, habían cumplido con todos los caprichos del Soberano del Infierno, a pesar de que algunos no se llegaran a realizar de la manera que hubiera deseado.


Él sabía que gozaba de un rango distinguido no sólo por su propio poder, sino también por voluntad del mismo Hades. El por qué el dios le tenía en tal consideración lo ignoraba, pero lo cierto es que con él se comportaba de una manera más aguda y cortés que con los otros dos Kyotos.


Seguramente habría de estar planeando algo con lo que atormentar de nuevo a aquél mundo exterior sobre el que gobernaba Athena, contra la cual casi siempre se había dedicado a combatir. Quizás otra vez lo enviaría a atacar el Santuario de ésta, con algún fin bastante suculento.


Hades era el dios más temido por la diosa de la Sabiduría y la Guerra, ya que no sólo poseía una temible ambición, sino que era dueño y señor del Inframundo, dominando así el don de poder revivir aquellas almas que considerara oportuno.






<div align="center">Haces siempre lo que quieres sin tener piedad
Dios eterno todo lo haces a tu voluntad
</div>






Con la mano, se retiró los blancos cabellos que se habían atrevido a dejarse caer sobre su pálido rostro. Se sentía cansado de la situación, harto de depender de otro.


Notó un cosmos sumamente autoritario y poderoso encaminarse hacia su Templo. Quizás pasaría de largo, dejándolo allí con sus propias cavilaciones. Mas sus pensamientos se vieron frustrados al saber que sí se dirigía hacia dónde él se encontraba. En la quietud del lugar, le llegó el sonido de pisadas en las salas principales de la construcción, transportado vagamente através de la cerrada puerta.


Esta se abrió sin que nadie llamara antes para solicitar permiso para adentrarse en la habitación más privada del Kyoto del Grifo. El frufrú de una túnica le llegó a sus oídos para, momentos después, hacer acto de presencia tras el marco de la puerta una toga tan negra como el alma de aquél que la vestía.


Sus ojos de color ámbar se fijaron en el pálido rostro del otro, el cual era enmarcado por un cabello negro como alas de cuervo, lo que le daba una presencia cadavérica a su rostro. Unos ojos tan rojos como la sangre captaron su mirada, penetrándolo.

-¿Qué manera es esa de recibir a tu dios, Minos del Grifo? -comentó el recién llegado, observado al noruego tendido en la cama.


El aludido lo miraba con el semblante serio.

-Yo no he invitado a nadie a mi Templo -respondió con la voz rebosante de veneno el de cabellos blancos-. ¿Desde cuándo el dios del Inframundo se dedica a visitar a sus subordinados?


Los ojos del dios se entrecerraron amenazadoramente.

-¡¿Cómo osas hablarme de esa manera, maldito desgraciado?!


Minos únicamente se limitó a endurecer su mirada.

-De la misma manera que vos os atrevéis a interrumpir mis sueños -replicó.






<div align="center">Maldito, maldito sea tu nombre
Maldito, maldito sea tu nombre
</div>






Una sádica sonrisa se hizo presente en el rostro de Hades. Así que eso era, aquella era la razón que había vuelto tan extraño al Kyoto del Grifo. No creía que este hubiera llegado a prestarle atención a unas simples alucinaciones, sin embargo eso le ahorraba bastante trabajo.


Se acercó a la cama y se sentó con tranquilidad a uno de los costados de Minos. Dejó caer el peso de su cuerpo en uno de sus brazos, el cual apoyó cerca del noruego. Contempló las facciones afiladas del otro, cautivándose con ellas.


-Minos -habló el dios-, ¿por qué me acusas de no dormir tranquilamente durante las noches?

-No os deshagáis de culpas, mi señor -respondió el de ojos ámbar-. Aunque intentéis aparentar inocencia, sé perfectamente lo que ocurre en mis pensamientos cuando alguien los viola sin reparos.

-¿Acaso te produce malestar todo lo que te muestro? -le preguntó el moreno con cierto tono persuasivo.

-¿Malestar? -repitió el Juez-. No creo que a nadie le agrade saber que alguien más anda espiando en su propia mente.


El dios no dijo nada, limitándose a estirar su otra mano hacia el cuerpo del otro para poder tocarlo. Notó cómo, con el contacto, la piel del noruego se erizó.






<div align="center">Tan grande es tu poder
Que todo lo consigues
¿Cuál es tu gran secreto
Que nada te prohíbe?
</div>






-Ay, Minos, Minos... te estás volviendo más blando -rió Hades, burlonamente-. No creía que tú, el más indiferente de todos mis guerreros, reaccionara ante un simple contacto de mi mano. Por cierto, estás bastante frío, ¿quieres que te dé calor?


El aludido soltó un suspiro exasperado e hizo intención de levantarse, mas la deidad lo detuvo, agarrándolo del brazo y tirándolo de nuevo a la cama. Su cuerpo cayó con cierta brusquedad, rebotando un poco. Unas ganas incontenibles de escupirle a su dios en la cara lo embargaron, sin importarle las consecuencias que eso tuviera. Sin embargo, nada hizo.


-No creo haberte dado permiso para que te levantes -apuntó el de intensos ojos rojos.

-Nadie se lo ha pedido -replicó Minos.

-¿Sabes? Me encanta que te pongas así, me excita sobremanera el que te me resistas, que me desafíes de esa forma a la que sólo tú te atreves -confesó Hades, cerca del rostro del Juez, demasiado cerca.


El noruego podía sentir la cálida respiración del otro sobre su rostro, mientras la dura y sádica mirada del dios recorría cada palmo de su pálido semblante. Aquello lo descontrolaba, tener tan cerca de sí a su superior como no pocas veces deseó. Lo peor de todo era que el otro lo sabía y se regodeaba de ello.


-Mmm... dime, mi querido Grifo... ¿qué pasaría si yo... quisiera vivir una experiencia especial contigo? -preguntó el moreno, deslizando sus labios sobre los del de mirada ámbar, a escasos centímetros de rozarlos. Su respiración acariciaba la pálida piel del Kyoto, haciéndolo estremecer.


Minos comprobó que la fuerza le flaqueaba, que algo dentro de sí cedía. Se vio obligado a cerrar sus ojos, a permitirse soñar con que en realidad Hades lo besaba. Su superior, lo había enredado en sus propias cuerdas y no dudaba de que cumpliría su capricho.






<div align="center">Haces siempre lo que quieres sin tener piedad
Dios eterno todo lo haces a tu voluntad
</div>






Y, sin que lo esperara, Hades se apartó. Ya no lo sentía cerca, la distancia entre ambos se le antojó al noruego como un mundo. Abrió los ojos con lentitud, intentando descifrar el porqué el dios había procedido de aquella manera.


El de ojos rojos se incorporaba en ese momento de la cama, abandonando el lugar que había ocupado, a un costado del cuerpo del Juez del Grifo, dirigiendo sus pasos hacia el exterior de la habitación.


-Mi señor -llamó Minos, confundido, a lo cual, el moreno se detuvo para mirarlo por encima del hombro-. ¿Ocurre algo?

-No, ¿por qué habría de pasar alguna cosa? -preguntó-. ¿Acaso no quieres que me vaya? -una sonrisa apareció en sus labios cuando su interlocutor desvió la mirada hacia otro lado, notando que era incapaz de sostenérsela-. Me resultaría raro, ya que hace unos instantes me estabas echando.


El noruego cerró los ojos de nuevo, odiándose por sentir algo que no deseaba. Ansiaba poder encontrarse en otro lugar, despejar su mente de ese maldito pensamiento envenenado que se había apoderado de ella. Él sabía que había algo detrás de todo aquello, que Hades tenía su propia forma de manipularlo a su antojo.


Y no podía negarse. La voluntad del dios era demasiado fuerte, demasiado poderosa para que pudiera hacerle frente. Sabía que, tarde o temprano, aquello ocurriría irremediablemente.


El moreno era consciente del dilema al que se enfrentaba el Juez y, eso mismo, lo divertía. Debía de dejarles muy claro a todos quién era él y que debían de mantenerse a su antojo en todo momento. Radamanthys y Aiacos ya habían aprendido aquella lección, tan sólo le quedaba someter a Minos, aquél noruego que tantas lujuriosas fantasías había protagonizado.






<div align="center">Maldito, maldito sea tu nombre
Maldito, maldito sea tu nombre
</div>






El otro volvió a acercársele, tumbándose de costado junto a su cuerpo.

-No obstante, si me lo pides, podría quedarme -finalizó la deidad, perfilando el pálido semblante del de ojos ámbar con su dedo índice.


El Kyoto del Grifo notó cómo su cuerpo respondía ante aquél contacto, erizándosele la piel. Tragó con dificultad, sintiendo que su alma misma era la que le producía aquél nudo en la garganta. Sabía que su orgullo quedaría mancillado de por vida, que su conciencia permanecería cruelmente marcada con lo que estaba por venir.


-Qué... quédese -expresó finalmente el noruego.

-¿A quién le hablas, Minos? -preguntó socarrón el moreno, mientras entrelazaba uno de sus dedos entre aquellos deliciosos cabellos blancos.

-A usted -respondió el aludido, con firmeza.

-Tengo un nombre -replicó Hades, instándolo a que lo pronunciara.

-Un nombre maldito -contestó el Juez del Grifo, mirándolo desafiante.

-Te me resistes, ¿eh? No importa, te lo haré pronunciar a gritos -fue la seca respuesta del moreno antes de lanzarse a devorar aquella pálida piel que lo había llevado al borde del delirio en sus sueños.


Minos notó que su respiración se aceleraba y su cuerpo comenzaba a traicionarlo. Sin embargo, no iba a ayudar al otro en nada para hacer más llevadero aquél momento. ¿O quizás sí? Si Hades tenía semejante interés en él era por algo.


Una calculadora sonrisa hizo aparición en sus labios. Aunque el moreno fuera su dios y señor, capaz de realizar cada uno de sus caprichos, fueran cuales fuesen, él era el experto en hacer vibrar cada hilo con el que se encontrara.


Quizás tendría que sacrificar parte de su orgullo, pero tarde o temprano, lo recobraría.








Canción: Maldito Sea Tu Nombre de Ángeles del Infierno







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