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Gadya
Publicado: Mar Jul 03, 2007 12:35 pm Responder citando
Aldebarán de Tauro - Moderador Aldebarán de Tauro - Moderador
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PRESENTIMIENTOS

Capítulo 1

Noche ya… el entrenamiento de Aioria ya había terminado. Acosté a mi hermano en su cama en la parte oculta de mi Templo, Sagitario. Mi hermano… mi aprendiz, quien en un futuro reclamaría la armadura de Leo. Tan grande y tan pequeño a la vez, tan distinto a mí a los 7 años, edad que él tiene ¿Qué podía recordar yo de aquel entonces? Imágenes, sensaciones. Un entrenamiento tan duro que me dejaba el cuerpo adolorido por varios días; el pasto verde, sobre el que me tumbaba cuando podía escaparme de mi maestro; y el cielo azul, como el sentimiento que me embargó…azul, como el cabello del muchacho que reía con migo contemplando las nubes… azul, como los ojos de Saga.

Una sonrisa se dibujó en mi rostro… Saga… ¿Cuánto hacía que no lo veía? Casi 2 años, quizás un poco más. Cuando ganamos nuestras armaduras, Saga fue enviado a custodiar la prisión de Cabo Sunión y desde entonces no había sabido nada de él.

Intenté traer su imagen a mi mente, y pude verlo en la playa, su imponente armadura reflejando el sol mediterráneo y me invadió aquel cálido sentimiento que tan bien conocía… Amaba a Saga desde…¿Desde cuándo? No podía recordarlo, simplemente un día había descubierto que mi mejor amigo era mucho más que eso para mí.

Me reí de mi propio destino. No importaba cuánto lo amara, jamás podría tenerlo. Y lo sabía porque lo conocía, porque durante años habíamos compartido esperanzas y sueños, y el honor que significaba para nosotros llegar a ser Caballeros; por eso él jamás me vería como otra cosa que no fuera… su amigo.

La noche había envuelto al santuario con su oscuridad, ya nadie se percataría si salía. Ya habían pasado 500 años, y Atenea regresaría tal y como había prometido; era mi deber encontrarla traerla sana y salva ante la presencia del Patriarca.


Capítulo 2

Pronto dejé atrás los límites del Santuario y tomé la dirección hacia el pueblo más cercano. La luna iluminaba a tierra con una pálida claridad, y bajo aquella luz mortecina pude distinguir, a lo lejos, la silueta de un hombre caminando hacia el Santuario. No alcancé a ver su rostro, pero no importaba. Lo conocía muy bien; su cabello, su porte, su forma de caminar y su armadura. No había duda, se trataba de Saga. ¿Por qué estaría regresando? Se suponía que debía permanecer en Cabo Sunión hasta recibir nuevas órdenes del Patriarca. Y que yo supiera, ningún mensajero había salido del Santuario con dirección a la costa.

Intenté apartar aquellos pensamientos de mi mente y apuré el paso hacia mi destino. Quizás si regresaba temprano alcanzaría a verlo.

*
El pueblo estaba casi desierto, todos dormían. Era lógico, era demasiado tarde y nadie sabía de mi visita. Recorrí el pueblo de punta a punta, llamando a mi diosa en cada casa con mi cosmo, pero no hubo respuesta. No estaba aquí, y ya era hora de que regresara.

Decidí pasar antes por Cabo Sunión. Tenía que verlo. Aunque más no fuera, tenía que sentir su cosmo, después de dos años de lejanía necesitaba tener noticias de él. Y a estas alturas, lo más seguro era que ya hubiese regresado…

Pero no estaba allí. Lo único que encontré de él fue su nombre en boca de un hombre encerrado en la prisión. Ni siquiera quise ver quién era, confiaba en él y en sus razones para haberlo encerrado.

Tanto me había desviado para verlo y ¿qué había conseguido? … Nada, su nombre, un nombre que tan bien conocía, un nombre que había repetido tantas veces en mis sueños, en mis momentos de soledad; un nombre que me daba vueltas en la cabeza a cada momento del día, igual que ahora.

Me marche de ahí con dirección al Santuario. Con suerte lo encontraría en el camino… con suerte, lo encontraría.

*

Regresé a mi Templo con un vacío en el pecho. En todo el camino no había tenido ni indicios de él. Ni siquiera en su Templo había rastros de su cosmos. Y sin embargo, estaba seguro que era él quien yo había visto en dirección a este sitio, no podía equivocarme. Me quedé en el Templo de Géminis un buen rato, intentando imaginarlo nuevamente. A mi mente acudió una imagen de insultante belleza: Saga, durmiendo, su cabello azul desparramado en la almohada, su cuerpo, mezclándose con las sábanas. Hubiera deseado quedarme allí para siempre, pero mi Templo aguardaba, y en él, mi pequeño alumno.

La brisa me pegó en el rostro, arrastrando con ella todos mis pensamientos. A lo lejos pude ver el Templo del Patriarca iluminado como un sueño, Shion todavía estaba despierto. Ya era bastante tarde como para que todavía estuviese levantado, ¿Qué podría ser tan importante? Qué más daba, no era de mi incumbencia.

Atravesé Cáncer sin darme cuenta, mi mente estaba nublada por la hechizante imagen del Santo de Géminis durmiendo como una aparición celestial, y al llegar a Leo, un cosmo me asaltó. La impronta de Régulus seguía allí a pesar de haber muerto ya hacía tiempo. Los recuerdos de aquel hombre se agolparon en mi mente, y uno en especial se fijó en mi cabeza: mi maestro, Kaus mirando al León Estelar caminando por entre las rocas, con tanta pena en los ojos que de tan sólo verlo dolía.

No era secreto, por lo menos para mí, que Kaus había entregado tontamente su corazón al Guardián de la Quinta Casa, sin que éste si quiera sospechara. Saga también lo sabía, no había nada que yo no le contara, y en secreto ambos guardábamos esperanzas de que mi mentor se armara de valor y confesara. Era nuestra pequeña novela, ya que, sin querer, habíamos descubierto que Régulus le correspondía. Pero el protector de la Quinta Morada falleció antes de que mi tutor pudiera declararle lo que sentía. Su pesar fue tan hondo que aquel mismo día peleó con migo por la armadura y luego se marchó del Santuario sin dejar rastro.

La muerte de Régulus causó hondo pesar entre los miembros de la Orden. Sólo una palabra, una nefasta palabra, daba explicación a la muerte de semejante guerrero: "tuberculosis". Saga me o había dicho, lo había oído en los campos de entrenamiento. Por eso se había negado a tomar discípulo, y también por ello rehuía al contacto de sus colegas.

No pude entender el dolor de mi maestro hasta que, obediente, Saga partió hacia su destino en Cabo Sunión… Sólo entonces descubrí cómo los recuerdos carcomen el alma solitaria de un pobre idiota enamorado como yo.

Virgo, Libra, Escorpio. El primero era un petulante con un diamante en bruto entre sus manos, rodeado de personas que aseguraban que el niño era una reencarnación divina. Misael no creía en ninguna de esas cosas, pro su aprendiz había nacido en el seno de una familia budista, y tolerar aquella religión había sido el precio a pagar para tener al muchachito como aprendiz de la Casa de Virgo.

El segundo era un total desconocido para mí… además del Patriarca nadie en el Santuario conocía al anciano Caballero de Libra. Se mantenía en contacto con el Orden mediante telepatía, pero ninguno de los otros Santos podía asegurar cuál era su aspecto o los motivos que lo impulsaban a actuar

El tercero… mi carcajada resonó en el Templo de Escorpio. Milo, el pequeño pupilo melio de Sargas le causaría varios dolores de cabeza más de los que le había causado ya. Casi pude verlo metiendo a su maestro en problemas una vez más en aquella isla de la que era originario. Sargas tenía 29 años, y como buen espartano, quería un alumno disciplinado, cosa que contrastaba bastante con el espíritu indómito de Milo. Abandoné aquella Casa deseando lo mejor para aquel par, aunque sabía que no sería fácil para ninguno.

El siguiente era mi Templo. Al fin estaba en casa.

*
Ingresé en mi Templo muerto de cansancio. Había tenido un día difícil, no tanto por lo que había hecho como por lo que había recordado. Saga… su nombre todavía bailoteaba en mi cabeza mientras su presencia me evadía burlona. En estos momentos me maldije por no haber ido a su encuentro cuando o vi en el camino, porque estaba seguro que era él, no podía haberme confundido.

En medio de mi agotamiento, mis pasos me condujeron hacia mi habitación. Pero no alcancé a llegar, porque en el centro de mi Casa alguien me esperaba. No pude evitar sonreír al verlo, estaba demasiado orgulloso de él como para ocultarlo. Shura, con apenas 10 años y una armadura recién ganada, se presentaba ante mí por primera vez como el Santo Dorado de Capricornio.

Debo reconocerlo, me sorprendió tanto en su armadura que a primera vista no supe quién era. La última vez que había visto a Shura había sido hacía 4 años. En aquel entonces Saga y yo aún éramos aprendices, y le permitimos unirse a nuestra infantil diversión de contemplar el cielo en busca de alguna broma que nos hiciera olvidar del entrenamiento, aunque fuera un momento. Shura tenía apenas 6 años y acababa de llegar al Santuario desde España. Su parecido con su maestro Maciel era sorprendente, y el hecho de que hubiese ido a buscarlo a España sin motivo aparente sólo alimentaban los rumores de que el pequeño aprendiz era, en realidad, hijo del Caballero de Capricornio. Siempre me había reído de aquellos rumores, pero Saga dudaba que fueran falsos. Conocía a Maciel a través de su propio maestro, y según él, Cameo y su hermano eran iguales en todo sentido… igual de duros, igual de fuertes, igual de viciosos e igual de promiscuos. Un hijo era un cabo que el Santuario no podía permitirse dejar suelto. Así era que Shura había pasado a ser el aprendiz de Capricornio… y nuestro pequeño adoptado

Luego de su partida a los Pirineos le había perdido el rastro, pero aquí estaba, de regreso, convertido en uno de mis compañeros de armas. Me acerqué a él con una sonrisa en mi boca, y lo abracé tan fuerte que creí asfixiarlo.

Shura estaba nervioso, podía sentirlo, las alteraciones en su cosmo eran demasiado evidentes como para ocultarlas. Lo miré y noté que estaba sonrojado, habían pasado tantos años que aquella reacción de mi parte debía incomodarlo. Rompí el abrazo algo apenado y me sonrió. Yo nunca había visto una sonrisa así en Shura, no parecía tener 10 años, sino muchos más.

Aquel gesto me tomó por sorpresa, tanto que no pude reaccionar cuando se abalanzó sobre mí y me besó en los labios.

*
Sentí su boca en la mía, entregándome su corazón, un corazón que yo no podía tomar. Dejé que me besara, no podía hacer nada más. No podía rechazarlo como lo haría con cualquier otro, no podía permitirme lastimarlo de ese modo. Lo separé con ternura de mi cuerpo y lo miré

"Aioros, yo…"

"No lo digas…por favor" No podía dejar que lo dijera. Entre más convencido estuviera más difícil le sería olvidarse, olvidarme, y para mí era imposible corresponderle. Saga era el único dueño de mi corazón, esos eran sus terrenos y nadie podría jamás arrebatárselos, nunca podría yo amar a nadie más

"¡Pero yo te amo, Aioros! Desde que te conocí no hubo un momento en que no te pensara"

"Lo sé, y créeme que quisiera corresponderte, pero…" Suspiré. Saga era lo único que tenía en la cabeza Su sola existencia era la razón por la que no podía corresponderle a Shura. Muy poco me importaba la edad del niño, mis propios sentimientos eran lo que me impedían cumplir sus deseos

"… Estás enamorado de otra persona" La voz de Shura me sonó tan triste que me desgarró el corazón. Tomé aire, listo para lo que vendría. No quería hacerlo, pero no había otra alternativa, era lo mejor para él. No quería que Shura pasara por lo mismo que yo, el amar sin ser correspondido, la única tortura que me atormentaba. Le rompería el corazón, pero no importaba. Asentí, endureciendo mi alma para no desistir de lo que iba a hacer.

"Olvídame, Shura, es lo mejor para ti." Mi voz sonó tan hueca que por unos momentos pensé que Ganímedes, el helado Caballero de Acuario, se había apoderado de mí.

"¿Cómo quieres que te olvide si tu Templo queda a dos pasos del mío? ¡Si voy a verte cada día entrenando a tu pupilo y torturándome pensando en el único beso que jamás debiste dejar que te diera! ¿Así pretendes que me olvide?"

"Si" Esa fue mi última palabra. Me marché a mi habitación, pretendiendo que no me importaba que allí se quedara, e intentando que su llanto no hiciera que me arrepintiera de la decisión que había tomado.

*
Día de nuevo. La voz de Aioria me despertó demandante, era hora de su entrenamiento. Entreabrí los ojos para cerciorarme de que no era muy temprano, Aioria solía despertarme mucho antes de lo debido. La luz del sol se colaba por la ventana iluminando mi habitación como un sueño. Me levanté de la cama totalmente sin ganas de nada y me vestí acompañado de los gritos de Aioria que me apuraban.

Llevé a Aioria al Coliseo a entrenar. Le pareció extraño, lo sé, pero no preguntó. Usualmente entrenábamos en el patio de mi Casa, pero no hoy. No iba a dejar que Shura me viera, era lo mejor para él.

Al pasar por el Templo de Géminis pude sentir leves rastros de su cosmos y sonreí, después de todo no me había equivocado, si era él a quien yo había visto. Hubiera deseado quedarme allí por siempre, pero Aioria comenzaba a dejarme atrás.

No pude concentrarme después de eso. No importaba cuánto empeño pusiera, mi mente regresaba constantemente a la Tercera Casa. Su cosmo había quedado impregnado en mí y no quería dejarlo ir… Saga… había estado en el Santuario y no había podido verlo. Como hacía dos años, se había marchado sin siquiera despedirse, tan típico de él.

No vi venir el golpe de Aioria y lo sentí de lleno en el estómago. Tantas veces lo había regañado por pensar en otras cosas durante la práctica, y ahora yo lo hacía. No podía seguir así, Aioria me necesitaba allí en ese momento, así que me entregué de lleno a su entrenamiento para evitar pensar en aquella noche, ese día y los siguientes.


Capítulo 3

La noche caía como un manto sobre el Santuario, dándole el aspecto de un maravilloso retrato. Por fin había llegado. El viaje de hoy había sido muy largo, y sentía que mis pies ya no respondían, pero no importaba. Hoy tampoco la había encontrado. Ya llevaba varios meses buscando sin resultado alguno, y comenzaba a preocuparme.

Atravesé Aries y Tauro como una exhalación, y al llegar a Géminis mi corazón se detuvo. Allí, sentado en una esquina, como si fuera una aparición, se encontraba Saga. Los pensamientos se agolparon en mi mente, mezclándose, enmarañándose, y lo único que tuve claro en aquel instante fue que tenía que acercarme, habar con él. Llegué hasta él con paso inseguro y mi corazón en un puño. No sabía qué decir las ideas daban vueltas en mi cabeza a mil por hora.

De repente, Saga alzó la mirada y ya no tuve que decir nada. Me sonrió, y por primera vez en dos años, mi nerviosismo desapareció. Siempre había sido así, Saga tenía el poder de calmar mi alma alborotada.

Le pregunté el motivo de su regreso, aunque en realidad poco me importaba, estaba aquí y con eso era suficiente. Me dijo que el Patriarca le había dado unos días libres, y sonreí por eso. Luego de dos años por fin podríamos pasar un tiempo juntos, aunque fueran unos días. Entonces fue como si nunca se hubiese ido, como si aún fuéramos aquel par de aprendices que se escapaban para contemplar las nubes, como si los últimos 2 años no hubiesen sido más que una mentira.

Le conté sobre Aioria, y cómo había avanzado. Estaba tan orgullosos de mi pequeño hermano que no pude evitar detallar cada práctica, cada error y cada acierto. Saga me miraba con aquellos ojos azules que me producían vértigo, fingiendo total atención por la trascendentalidad del tema.

Luego fue su turno. Me habló de sus dos años en Cabo Sunión, la monotonía de sus días bajo el sol del Mediterráneo, custodiando una prisión eternamente vacía, un Templo en quietud permanente, a la espera de una amenaza totalmente inexistente. Sus palabras eran como música para mis oídos, una melodía celestial que yo rogaba, no acabase jamás

Bromeé y ambos reímos, y así, la noche se nos escabulló entre nuestros dedos. Me marché entonces, prometiendo regresar por la noche, y cuando la luna se alzó imponente en el firmamento, me encontré nuevamente junto a él, bromeando como en los viejos tiempos.

Así pasaron las noches, una tras otra, viéndonos charlar como los viejos amigos que éramos, y así también, Saga se enteró del motivo de mis excursiones nocturnas, la misión que el Patriarca me había encomendado: Atenea pronto regresaría a la tierra y era mi deber traerla sana y salva al Santuario. Pero cada noche regresaba yo a su Templo sin noticias de ella, para partir la noche siguiente de nuevo en su búsqueda.

*
Mi recorrido nocturno había terminado otra vez. Me apresuré en llegar al Templo de Géminis, no tenía más de un día de verlo, pero para mí era imprescindible estar con él, aunque más no fuera unos segundos

Llegué y lo vi de pie en la entrada de su Casa, en la misma posición que yo adoptaba cuando él llegaba tarde. Reí mientras lo saludaba con un grito y él sonrió, nuestro ritual de cada noche.

Nos sentamos junto a una columna, yo listo a que Saga preguntara por los avances de mi hermano. Sin querer, la conversación tomó otro rumbo, y terminamos hablando de Shura. Entonces clavó la mirada en el piso, y no pude evitar preguntar qué sucedía.

"Sé que vas a odiarme por lo que voy a decirte, pero…"

"¿Pero qué?" La voz de Saga me preocupaba, su tono era tan triste que dolía

"Te vi el otro día, con Shura"

"¿Qué?"No entendía nada. ¿Cuándo podría haberme visto con Shura si no había estado con él desde aquella noche, y Saga no estaba aquí entonces?

"Te estaba besando, y tú parecías disfrutarlo"

Empalidecí. De modo que sí había sido esa noche. Saga había visto cuando Shura me había besado. No Saga no podía haberlo visto, Saga no debió verlo. Mil pensamientos cruzaron por mi mente, todo se desordenó, en un instante, el mundo se me había caído encima. Saga continuó.

"¿Qué te cruzó por la cabeza? Shura sólo tiene 10 años, es apenas un niño" El reproche de Saga nubló mi juicio, dejé de pensar y sólo respondieron mis sentidos.

"Es sólo un niño, si, un niño que me ama como tú jamás sabrás hacerlo"

"Porque es un niño que no puede amarte tan desesperadamente como yo lo hago"

Ese fue el acabose. El poco control que había conseguido recobrar sobre mi se desvaneció como el humo. Saga había dicho que me amaba y era todo en lo que podía pensar. Me acerqué a él y lo miré por largo rato. Una sonrisa se adueñó de mi boca, representando el caos de emociones en mi interior. Ya no tenía que fingir, estaba tan enamorado de Saga que su sola mirada me resultaba embriagadora, y él tenía que saberlo. Estaba tan cerca de él que podía percibir su aroma, su respiración agitada, mi frente reposaba en la suya, y su boca estaba tan cerca de la mía que no pude vencer la tentación. Lo besé con toda la pasión que anidaba en mi interior, tantos años de espera, de representar un papel en el que sólo existía la amistad, y al fin era mío. Pude sentir sus brazos alrededor de mi cuello, mi lengua en su boca, y todo era perfecto. Saga me amaba, y eso era todo lo que necesitaba saber.

*
"Te amo"

Después de tanto tiempo de desear aquel momento, de pensar cómo sería, por fin sucedía, y eso era todo lo que podía decir. Mi corazón iba a salirse de mi pecho de la emoción, sentí que estaba perdido en un mar e emociones y sensaciones, y todas tenían un mismo origen: Saga.

Se aferró a mí con fuerza mientras sonreía, y no pude hacer menos que imitarlo, Mis manos recorrían su espalda, esfumando la poca cordura que me quedaba, y de repente sólo fui conciente de una cosa. Lo deseaba, lo necesitaba, lo quería mío para que nadie más lo apartara de mi lado. Saga me besó con tanta pasión que mi resistencia, casi inexistente, cedió por completo, y ya no pude controlarme.

Muy pronto, tan sólo mi piel y la suya fue lo único que nos separaba, y hubiera deseado que no estuviese allí para poder fundirme con él, para llevarlo siempre con migo y no tener que alejarme cuando el sol se elevara en el cielo. Y de pronto no hubo nada entre los dos, había entrado en él nos habíamos fundido, y por primera vez sentí que estaba completo, ya no me faltaba nada. Me sentía pleno y era feliz. Había encontrado lo que por tanto tiempo me había faltado, y ese algo era Saga.

*
La mañana me sorprendió todavía abrazado a su cuerpo, todavía desnudo, mi rostro perdido entre su pelo, aspirando su perfume, intoxicándome de él, la mañana más perfecta de todas. Su cuello, pálido como la nieve acariciado por los rayos del sol me atraía irresistiblemente, y no pude evitar el impulso de besarlo. Saga volteó a verme, y lo sentí debajo de mí como la noche anterior. Lo observé detenidamente, su cabello desparramado en la almohada, su cuerpo mezclándose con las sábanas, tal como en mis fantasías. Sus ojos, aún presos del sueño, se hallaban clavados en los míos, proyectando una sonrisa en mis labios y unos intensos deseos de besar esa boca que también me sonreía.

Y así comenzó la mañana.

Aquella noche sentí que mi vida comenzaba de nuevo. Cada mañana me marchaba de su Templo con su impronta en mis labios, en busca de mi pequeño aprendiz, rogando que la noche se apiadara de mí y corriera en mi socorro, así regresar a los brazos de mi amado Caballero de Géminis. Y entonces volver a tenerlo, volver a entregarme a aquel juego prohibido que ambos habíamos inventado, sumergirme en el universo sin reglas de su cuerpo, para luego tener que marcharme nuevamente con el sol.

Perdí la noción del tiempo, preso de aquella danza interminable que me robaba la conciencia, cumpliendo mi más grande anhelo, y pasado un tiempo, olvidé yo las consecuencias de aquella relación imposible, enterré en mi mente, bien profundo, la posibilidad de perderlo.


Capítulo 4

La mañana comenzó como cualquier otra, pero había algo que no encajaba. Un mal presentimiento me asaltó al despertar, cuando aún no había tomado conciencia. Me aferré fuertemente al cuerpo de Saga inconscientemente; por unos momentos lo sentí tan lejos que deseé dormir para siempre para que no sucediera. No quería abrir los ojos y comprobar que iba a perderlo.

La luz de la mañana me dio de lleno en los ojos y ya no pude seguir fingiendo. Contra mi voluntad los abrí y sentí la necesidad de mirarlo para comprobar que aún estaba allí. Grande fue mi alivio al verlo tendido junto a mí, aún con los ojos cerrados. Sonreí y lo besé, para convencerme a mí mismo que jamás lo perdería.

Me vestí deprisa, pensando que Aioria ya debía estar esperándome en el Coliseo, cada vez se me hacía más difícil el mentirle sobre el por qué de mis tardanzas, y cada vez me costaba más abandonar la Tercera Casa. Aún así, confiaba en que la noche llegaría, permitiéndome volver con él.

Como cada mañana me marché, con un beso en mi oca, su sonrisa fue lo último que vi al salir en dirección a los campos de entrenamiento. ¡Qué perfecta era mi vida! Y sin embargo, había algo que la ensombrecía, aquel presentimiento todavía aleteaba sobre los mares de mi inseguridad, esperando paciente la oportunidad de colarse en mis pensamientos.

Di por terminado el entrenamiento de Aioria cuando el sol apenas comenzaba a caer sobre el horizonte, y me marché a mi eterna búsqueda. Quería regresar lo más rápido posible, estaba preocupado por Saga, aquel presentimiento no se me había quitado.

El pueblo de esta noche no quedaba muy lejos. Agradecí a Atenea por ello, pues no me tardaría mucho en regresar, y ver a Géminis se había tornado una necesidad para mí. No sabía en qué momento se había transformado, en algo tan indispensable, Simplemente, Saga había encadenado mi alma, condenándome a adorarle eternamente sin que pudiera resistirme. Me reí pensando en lo cursi que estaba siendo, pero era algo que no podía controlar, las reacciones que él provocaba en mí eran incontenibles, y no me daban posibilidad alguna de siquiera intentar dominarlas.

Mi cosmos se expandió por toda la aldea llamando a mi diosa, como cada noche, ya sin esperar una respuesta, respuesta que esta vez si recibió. Mi corazón se paralizó unos segundos y la emoción me inundó por completo. La había encontrado.

Salí corriendo de aquel lugar a toda prisa, no podía esperar un segundo más, tenía que avisar al Patriarca.

*
Llegué a la Casa de Géminis preso de una euforia incontenible. Saga me miró sorprendido, no me esperaba tan temprano. Yo estaba feliz, y ahora doblemente por haberlo visto. Y sin embargo, al mirar en sus ojos, una puntada de dolor empañó mi alegría. De nuevo aquel mal presentimiento. Pero no me importó, había encontrado a la diosa.

Lo besé con una mezcla de alegría y adrenalina desatada, y no pude evitar ver la duda en su mirada. Podía imaginármelo, Saga no entendía nada, así que tomé aire y me preparé para darle la más grande noticia de todos los tiempos. El destino había hecho que fuera él el primero en saberlo.

"La encontré"

Me sonrió, y pude ver algo de tristeza en su semblante cuando me dejó partir. Y en cierto modo me sentí igual, podía entenderlo que pensaba. Atenea estaba aquí, y tendríamos que alejarnos, dejar de ser amantes para empezar a ser guerreros, y arriesgarnos a perdernos el uno al otro. Meneé la cabeza para alejar aquellos pensamientos de mi mente, no, nunca permitiría que apartaran a Saga de mi lado, no podía perderlo, no ahora que lo tenía, nunca dejaría que eso pasara.

Y de nuevo aquel presentimiento apareció, burlándose de mi tonta convicción de enamorado.

*

"Caballero Dorado de Sagitario, Aioros, reportando resultados de su misión."

Los ojos del Patriarca miraban expectantes detrás de su máscara. Lo presentía, sabía lo que yo iba a decirle, había esperado ese momento casi tanto como yo. Y sin embargo no quería decirlo. Después de tanta búsqueda, tantas noches perdidas, tantos desvelos en vano, la había encontrado, y por un momento, deseé no haberlo hecho… Una vez que lo dijera no había vuelta atrás. Apenas con 14 años, dejaría de vivir, me convertiría en un guerrero… igual que Saga…y lo perdería inevitablemente… no, otra vez aquellas dudas me nublaban el juicio. Le había jurado a Saga no apartarme de su lado nunca, y por los dioses que iba a cumplirlo, sin importar si la propia Atenea me lo impedía. Estuviese ella o no, lo que yo sentía por él no cambiaría.

Tomé aire, ya había prolongado el suspenso demasiado tiempo. La mirada de Shion, por lo general calma, se hallaba impaciente. Era hora.

"La encontré, Señor. Atenea ha aparecido."

*
El Patriarca y yo descendimos a través de las 12 Casas, con dirección al pueblo. No hubo conversación, era tal su nerviosismo que podía sentirlo a través de su cosmo.

Al llegar a la Tercera Morada mi corazón se encogió. Saga se había retirado a dormir, pero su cosmos flotaba en el ambiente sumido en una congoja sin límites. Me sentí tan desolado, no podía hacer nada, más que esperar a la siguiente noche. Shion me miró, y a través de su máscara pude ver su semblante, tan triste como el cosmos de Saga, y rogué a todos los dioses porque no sospechara el motivo de aquella pena.

*
Cuando arribamos al pequeño poblado, el Patriarca se quitó la máscara, y por primera vez pude verle a la cara. Entonces comprendí, demasiado parecido con su pupilo, quizás incluso fuera su hijo. La luna alumbraba su rostro mientras caminábamos por las calles de la villa, una tras otra, hasta llegar al otro lado, y nos detuvimos frente a una puerta. Era ya muy noche, pero aún así, el Gran Maestro tocó. Cuando la puerta se abrió, mi corazón se detuvo por segunda vez en esa noche. En la entrada nos recibió una mujer de cómo unos cuarenta años, sus ojos clavados en mí, azules, como el cabello que le caía sobre el rostro, borroso retrato del hombre que me quitaba el sueño. Su mirada triste no hacía más que acentuar su parecido con el Guardián de la Casa de los Gemelos.

"Te llevaste a mis hijos" le dijo al Patriarca, "¿Vas a llevarte a mi hija también?"

"Tu hija no es una niña ordinaria, Leda, bien lo sabes"La mirada de Shion era dura; su voz, en cambio, estaba cargada de una familiaridad que me hizo suponer que no era la primera vez que se veían las caras

"Soy viuda, estoy sola. Andrina es todo lo que me queda"

"La niña es la reencarnación de la diosa Atenea, no puedes tenerla."

No quise seguir escuchando, no eran asuntos míos. Me acerqué a la pequeña y la tomé en mis brazos. Me miró y sentí como la paz me inundaba, y deseé en aquel instante que Saga estuviese a mi lado compartiendo aquel momento, contemplando a su hermana, la diosa Atenea. ¡Qué diferentes eran! La niña no se parecía en nada a su madre y a su hermano, sus ojos, tan lilas como su incipiente cabello, estaban fijos en los míos. Acaricié sus sonrosadas mejillas y rió, acurrucándose en mis brazos.

Shion y Leda nos miraron, y ella sentenció

"Está bien, llévatela, pero que él sea su guardián"

Shion asintió y nos preparamos para marcharnos. Y en el umbral de la casa, la mujer preguntó

"Shion, ¿cómo están mis gemelos?"

El rostro del Patriarca se ensombreció al responder

"Bien, Leda, están bien"

No quise preguntar a quién se refería, y cuando nos alejamos de allí, la niña todavía estaba en mis brazos.


*

La noche siguiente corrí a Géminis, no podía esperar a verlo, necesitaba comprobar que mis miedos no eran mas que eso, simples miedos. Al llegar encontré a Saga esperándome, y mi mundo se vino abajo. No era Saga, no el Saga que yo conocía, el que yo amaba. Lo sentía tan lejano, y aún presente en aquella habitación, pero no era el hombre al que yo estaba besando. Actuaba como él, se movía como él, hablaba como él, pero no era él, y aquella fijación con el espejo no hacía más que preocuparme.

Lo besé toda la noche y las siguientes, lo hice mío intentando encontrar en aquel cuerpo al hombre que se había robado mi corazón, y traerlo de regreso a mi lado, no quería aceptar que lo había perdido, que mis presentimientos se habían convertido en la más cruda de las realidades. Lo sentía adentro de aquella habitación, gritándome desesperadamente, pero no podía entender sus palabras, y me dolía no poder hacerlo. Así que seguía escarbando en aquel cuerpo que tan bien conocía, intentando hallar al motivo de mis desvelos, para vencer a mis presentimientos, a mis miedos que reían triunfantes al verme sumergido en la búsqueda desesperada, sabiéndose vencedores.

Los días pasaron sin que pudiera lograr nada, por más que me esforzaba no podía encontrarlo bajo aquella capa en la que se había escondido. Lo estaba perdiendo irremediablemente y ya no había forma de negarlo. Pasado un tiempo Saga me dijo que se marchaba, que había estado demasiado tiempo lejos de su puesto y debía regresar a Cabo Sunión. Entonces supe que sería el principio del fin. Hice a un lado mi orgullo y le rogué que no se fuera, que se quedara a mi lado, sabía que si se iba ya no podría recuperarlo nunca, y la sola idea de perderlo me torturaba, me carcomía el alma el pensar mi vida sin él. Podía sentir su cosmos asfixiado por una pena sin límites, y no entendía por qué se iba si sentía la misma tristeza que yo

Saga se cobijó en mis brazos y me cubrió de besos y caricias jurando regresar, pero yo sabía que era mentira, que nunca volvería, y me marché de Géminis para no seguir mintiéndome más.

Los días siguientes me entregué por completo al entrenamiento de Aioria. Las largas sesiones compartidas con mi hermano lograban apaciguar la angustia de mi alma, aunque más no fuera hasta la noche. Entonces el tormento resurgía, consumiéndome en el frío de no sentir su cuerpo junto a mí.

La noticia del regreso de Atenea se extendió por todos los puntos del planeta relacionados con el Santuario, y pronto los antiguos Caballero de Oro regresaron, acompañados por los nuevos Custodios de su Constelación, todos demasiado jóvenes para mi.

El pequeño Mu fue el primero en acudir, desde Jamir, al llamado de su Maestro, portando la armadura del Carnero. Presentó sus respetos a la diosa, pero pronto se marchó, de regreso a su torre.

Los demás Santos llegaron poco después, y el Santuario se hizo un hervidero de gente. Por todos lados se oía risas, rumores y lamentos, historias truncas que se continuaban, y otras que morían irremediablemente. Intenté estar atento a cada acontecimiento para olvidarme de Saga, pero cada anécdota me lo recordaba, y en medio de aquellos pensamientos estaba cuando Sargas se acercó a mí. Preguntó por mi hermano, futuro heredero de la Casa de Régulus, y por algunas otras noticias del ambiente. Yo respondía a cada una de sus preguntas al tiempo que observaba las miradas que Dorian le dirigía, y entonces reí, ante su incredulidad. No podía creerlo, Sargas lo había logrado. Por un minuto me detuve a contemplarlo. Casi pisaba los 30, pero al contrario de lo que muchos creerían, su aspecto era eternamente jovial. Con sus casi 1,87 metros de alto, su ondulada melena castaña, sus ojos color miel, y su imborrable sonrisa, el Escorpión había logrado lo que muchos habían intentado sin resultados, había conquistado a Dorian, el exquisito Caballero de Picis.

Antes de que pudiera explicarle a Escorpio el motivo de mi risa, el Gran Maestro se acercó a mí a pedirme que trajera a mi hermano, y que esa noche, no fuera a custodiar a Atenea.

*
Aioria se complementó de maravilla con el ambiente de la reunión, en especial con el pequeño Milo, en quien halló un compañero de travesuras. A pesar de sus 7 años, el melio era Guardián de la Octava Casa, y podía apreciar el poder del niño a través de su cosmos, empapado de veneno. Aún así, me tranquilizaba el hecho de que aquella máquina asesina recibiera los constantes regaños de Sargas, con todo su candor infantil.

Al caer la noche, el recuerdo de Saga me venció, y me excusé con los presentes para poder retirarme a mi Templo con mi pequeño pupilo. Escorpio pareció entender mi mirada y me dijo:

"Arriba ese ánimo, chico. Géminis no puede vivir sin ti, y lo sabes tan bien como yo"

Me marché rogando a todos los dioses que aquellas palabras fueran ciertas.

*
La mañana siguiente una noticia nos despertó horrorizados. El rumor, prontamente confirmado, se había esparcido por todo el Santuario. El Patriarca había amanecido muerto, según decían, asesinado por uno de los Marinas de Poseidón. Habían regresado mientras me colaba en la cama de Géminis, que debía custodiar su Templo en Cabo Sunión. Todo había sido mi culpa, lo había apartado de su misión, y ahora Shion estaba muerto. Junto al cuerpo, escrito con sangre de su puño y letra, había una palabra, expresando su voluntad: Ares. Así fue como esa mañana, amanecimos con nuevo patriarca.

Por boca de Shura supe que Saga le había entregado su espejo, lo había visto enfundado en su armadura transportándolo a través de su Templo, y fue entonces cuando mi mal presentimiento resurgió de entre las cenizas del olvido donde lo había sepultado. Algo andaba mal…

Varias noches pasaron, en las que no me permitieron entrar a custodiar a la diosa, tal como era mi deber. Mi diosa, la pequeña hermana del hombre al que amaba hasta la desesperación, y paradójicamente, lo único que me quedaba de él.

Capítulo 5

Esa noche no pude quedarme en mi cama. Otra vez el odioso presentimiento agitándose dentro mío, anunciándome que algo no estaba bien. Salí corriendo de mi Templo con dirección a la habitación de Atenea, y escalé la ventana. Sabía que no me dejarían entrar por la puerta, pero no podía quedarme cruzado de brazos, tenía que comprobar que ella estaba bien.

Al entrar en el cuarto, lo que vi me cortó la respiración. Nuestro nuevo Patriarca, sosteniendo un cuchillo sobre la cabeza de Atenea, a quien debía custodiar celosamente. No pude pensar, en ese momento lo único que pude hacer fue correr en dirección a ella.

La sangre salpicó la habitación, la hoja había cortado mi mano, pero Atenea descansaba segura en mis brazos. Alcancé a percibir el cosmos de Saga lleno de angustia, pero lo alejé de mi mente, Saga no estaba allí, no podía ser ese su cosmos.

Ares me miraba a través de la máscara de Shion con los ojos inyectados en sangre, y sin reparar un segundo en la situación me atacó con la velocidad de un rayo. Entonces creí ver a Saga en el espejo, el mismo que el Caballero de Géminis le obsequiara al hombre que intentaba asesinar a su diosa, gritándome algo que no alcancé a entender. Cerré los ojos y ataqué a Ares. No podía yo estar viendo a Saga, su ausencia me estaba haciendo alucinar.

Cuando di la vuelta para ver lo que mi ataque había conseguido me topé con la más cruel de las verdades para mí. El rostro de Saga, crispado por la ira me miraba con un par de ojos color rubí y amenazaba con atacarme nuevamente. Mi corazón se partió en mil pedazos, no quedó más nada en mi interior que la desolación Era él, ahora lo entendía. Él había asesinado al Patriarca y ahora intentaba lo mismo con Atenea, traicionando nuestros ideales, nuestras metas.

"¿Por qué, Saga?"

Me dolía tanto reconocer la verdad, pero no podía negarlo. Escapé por la ventana con la niña en brazos, ya no me importaba lo que pudieran llegar a decir de mí. Tenía que protegerla de la única persona en el mundo a quien yo amaba.

*

Varios soldados intentaron acorralarnos sin resultado alguno, me deshacía de ellos fácilmente, aún cuando no estuviese conciente de lo que hacía. Sólo había una pregunta en mi cabeza, una pregunta torturándome… ¿por qué? No entendía por qué Saga nos había traicionado sin remordimientos. No podía poner atención en el camino, y no reaccioné hasta que sentí un poderoso cosmos a mis espaldas

Shura. Su rostro lucía una dolorosa expresión, mezcla de decepción y angustia. Su armadura dorada lo hacía verse imponente, aún a pesar de sus 10 años, y su poder hacía temblar a cualquier mortal. No quería imaginar lo que le habían informado

"¿Por qué, Aioros? ¿Por qué nos traicionaste?"

"No sé a lo que te refieres"

"Ibas a matar a Atenea esta noche, y a suplantarla con esa impostora"

Shura señaló a la niña en mis brazos con repugnancia y no dijo nada más. Se aprestó a atacarme sin cuartel, yo evitaba sus técnicas con gran dificultad, pero al final terminé con heridas por todo el cuerpo. Quise contraatacar, pero con ella a cuestas no podía hacer mucho. Deposité a la pequeña en el piso e intenté atacar, pero estaba débil, muy débil esa noche, y Shura me acorraló.

"Y sin embargo aún te amo, Aioros… aún te amo"

Sus lágrimas rodando en sus mejillas fue lo último que vi antes de caer al vacío.

*
Desperté en el fondo de un barranco. Todavía estaba vivo. Me puse de pie y empecé a escalar. No podía rendirme, no ahora. Ella debía estar viva, Shura no se habría atrevido a matarla… mil ideas daban vuelta en mi cabeza, y en todas aparecía él… Saga… la respuesta a todas mis preguntas, a pregunta a todas mis respuestas… él que me había amado, que me había dejado, que me había gritado desde el espejo… el espejo… Saga en el espejo…

El día suplantó a la noche, y caí rendido entre las ruinas del Partenón. Había llegado muy lejos, aquí no me encontrarían Cerré los ojos para poder pensar con claridad, pero mi mente era un lío. Poco a poco sentía como mis fuerzas se marchaban, ya no resistiría mucho tiempo.

Un anciano me encontró oculto tras una columna en ruinas, la pequeña Atenea lloraba y su llanto lo había atraído. Me preguntó cómo estaba, y por su acento supe que era extranjero. Mejor, pensé, así estaría fuera de su alcance.

Reuní las pocas fuerzas que me quedaban y le pedí que se la llevara, no quedaba mucho tiempo. Como pude le expliqué quién era la niña que le confiaba, y le rogué que la cuidara celosamente hasta la aparición de valientes guerreros que la protegerían con sus vidas.

Me esforcé por contarle la leyenda de los Caballeros y que se impregnara de su espíritu, y lo dejé marcharse con Atenea y mi armadura. Amos ahora estaban en buenas manos.

Allí me quedé tendido esperando mi muerte, y lo único en lo que pude pensar era en Saga… Saga…encerrado en el espejo, y enfrentándome en la recámara de Atenea Recordé las numerosas veces que lo había sentido fuera de su cuerpo, que lo había buscado inútilmente, que me había llamado y yo no había podido contestar. Y entonces, sólo entonces, aquel odioso presentimiento tuvo sentido para mí. Al igual que el Casco de Jano, Saga estaba preso en su propia dualidad, eso era lo que aquel presentimiento había intentado decirme. Y fue allí cuando entendí que no me había traicionado, que había intentado decirme la verdad a través de aquellas premoniciones, a las que no había entendido. Y sonreí, porque Saga no me había mentido, y era todo lo que yo necesitaba saber para estar en paz.

Poco a poco, mis sentidos me fueron abandonando, y lo último que pude ver fue el cielo, azul, como el cabello del hombre al que amaba hasta la locura…azul, como los ojos de Saga.
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