 |
| Autor |
Mensaje |
|
| OTORYKAEDE |
Publicado: Vie Mar 21, 2008 9:03 pm |
|
|
Seiya Adicto

Registrado: 03 Feb 2008
Mensajes: 51
 
|
HOLA!!!
He aquí un nuevo fic... espero que os guste. Aunque en este primer capi no hay lemon, éste aparecerá más adelante. Muchos besotes...
Capítulo 1: “La agonía de un Juez”
Los largos y amplios pasillos del antiguo castillo de Hades tornaron a recobrar vida al escuchar sus fuertes y seguras pisadas.
Caminaba, como era su costumbre, con aquel aire arrogante, superior y un tanto prepotente hacia la sala principal del castillo en donde lo esperaba su Señor y los otros dos Jueces…
- ¡Radamanthys!
Su nombre hizo eco en las sobrias paredes del enorme salón en donde se encontraba el trono del Averno.
- Llegas tarde… -la gélida voz de su Dios resonó en sus oídos algo molesta-.
El Espectro se arrodilló ante su Señor con visibles muestras de un profundo respeto.
- Lo siento, mi Señor… -se disculpó en un murmullo con aquella voz neutra que hacía un par de años había adoptado como suya-.
El Dios lo miró con aire dolido. ¿Hades observando a uno de sus Espectros con aire… dolido? Naturalmente que sí… Radamanthys, al igual que sus otros dos Jueces habían luchado valientemente en su defensa, como sus otros Espectros, aunque la victoria no había estado de su parte…
Atenea había sido la verdadera y única vencedora en aquella batalla que hacía tres años los había enfrentado. Sin embargo, y por incomprensible que esto pareciera, ahora y gracias a la generosidad de la divinidad, la paz y el perdón habían llegado por fin. No obstante, aquella situación no parecía haber “alegrado” al inglés. Ni eso, ni nada… desde hacía un par de años, aproximadamente.
La personalidad del Kyoto, aparentemente, no había sufrido transformación alguna. Sin embargo, su carácter ya de por sí frío, altivo y reservado, se había vuelto aún más frío, más altivo y más reservado que nunca. Su rostro se había convertido en una auténtica máscara de inexpresividad adquiriendo una palidez un tanto más acentuada, resaltada ésta, en mayor medida, por las oscuras sombras que adornaban la parte inferior de sus ojos fruto, sin duda alguna, de las largas noches de vigilia a las que se entregaba su espíritu. Su paciencia, casi inexistente se había convertido en inexistente del todo. Su ceño fruncido y una mirada carente de toda emoción, se habían convertido en sus fieles acompañantes. El Espectro buscaba, por encima de todo, la soledad.
Para alguien que no conociera mucho al Kyoto, diría que, en realidad, aquel impasible hombre se comportaba como de costumbre. Pero, para aquellos que más íntimamente se preciaban de ello (si es que alguna vez el inglés se lo había permitido a alguien), como eran Hades, Pandora y sus dos restantes compañeros del Tribunal del Averno, resultaba obvio que aquel rubio y arrogante Espectro no se encontraba en su mejor momento ¿Alguna vez lo había estado…? Ellos creían que sí… dos años atrás. Pero, ¿Qué fue lo que sucedió entonces… qué pasó, exactamente…?
Ni tan solo Aiacos o Minos, sus amigos más íntimos, lo sabían.
Hades abandonó su trono de forma lenta y pausada y, acercándose a su Kyoto, el cual aún continuaba con una rodilla en tierra y con la cabeza inclinada, le susurró:
- Alzaos, Radamanthys.
El aludido así lo hizo, haciendo un colosal esfuerzo para que su rostro no dejara traslucir ni una sola de las emociones que, desde hacía dos años, atormentaban a su corazón; para que sus ambarinos ojos no reflejaran la fría soledad que se había instalado en su alma… desde entonces.
El Kyoto temía, por encima de todo, no el rechazo o el enojo de su Dios o sus compañeros, si no la mirada de compasión que podría descubrir en sus ojos, su lástima, su piedad…
Hasta ahora, había conseguido, no sin denodados esfuerzos, solapar y ocultar sus verdaderos sentimientos ante ellos y, por lo que a él le concernía, continuaría así… aunque ello le representara un doloroso e inhumano sufrimiento y cansancio. Sufrimiento, por no dejar a su corazón que pudiera desahogarse como tantas veces había deseado. Y, cansancio, por el terrible esfuerzo que esa constante farsa le suponía.
La voz profunda y grave de su Señor le sacó bruscamente de sus ya habituales estados de ensimismamiento en los cuales se sumía, a veces, durante horas enteras sin a penas darse cuenta.
- Mañana partiremos hacia la región de la Toscana, en Italia. Estate preparado, saldremos temprano.
El Kyoto parpadeó extrañado ante la noticia.
- Disculpad, mi Señor, pero…
Hades le dio la espalda al Juez sin tener en consideración sus palabras. Sabía lo que éste le iba a decir. Las débiles excusas con las que iba a intentar eludir aquel viaje, como hacía siempre… desde hacía dos años.
Pero aquella vez sería diferente. Desde ahora… todo iba a ser diferente. No volvería a permitir que un simple Kyoto fuera el que dictara las reglas a seguir. Durante aquellos dos malditos años había tenido mucha paciencia, demasiada. Y ésta ya se le había agotado.
El Dios del Inframundo comenzó a caminar sin añadir nada más en dirección a sus aposentos privados. No obstante, la voz de Radamanthys le hizo detener su paso.
- Mi Señor… esta misión –el Juez titubeó unos segundos, algo impropio en él-. Yo no creo que…
¿El Kyoto se atrevía a cuestionar la decisión de su Dios…? Algo tan sumamente peligroso, como estúpido, le podría acarrear graves consecuencias al incauto Juez.
Aiacos y Minos se miraron entre sí. Ya no reconocían a su amigo. Desde hacía dos años su compañero había conseguido eludir todas aquellas misiones en las que su presencia fuera del Inframundo había sido requerida. Había logrado delegar en otros Espectros, incluidos ellos mismos, los asuntos que le obligaban a abandonar el castillo en el que residían. Sin embargo, aquella situación no duraría eternamente. ¿Durante cuánto tiempo más podría continuar así? Si incluso el ausentarse de sus propios aposentos para asistir a cualquier tipo de reunión o deber que su alto cargo le exigiera se convertía, aparentemente, en un suplicio para el Kyoto… Era como si su habitual enclaustramiento, entre las cuatro paredes que conformaban sus aposentos, se hubiera convertido en algo más que en un simple retiro voluntario… en un refugio.
Los dos Jueces temieron seriamente por su compañero cuando los pasos de su Dios se detuvieron ante la osadía del Kyoto, y cuando éste se giró lentamente para encarar al dueño de aquellas atrevidas palabras desde lo alto de la escalinata en donde se encontraba.
Su oscura y aguda mirada capturó, con la velocidad de un halcón, las vacilantes pupilas de su Kyoto. Las observó directa e impasiblemente, taladrándolas despiadadamente con las propias, sumergiéndose en ellas para tan solo descubrir lo que hacía dos años venía descubriendo en ellas cada vez que tenía la inusual oportunidad de estudiarlas tan detenidamente como en aquella ocasión, pues el inglés intentaba por todos los medios a su alcance el mantenerlas ocultas a los ojos de todos: vacilación, duda, melancolía… Sentimientos, todos ellos, que nunca antes habían conseguido hacer mella en un hombre de su valía y dignidad, y que ahora, por el contrario, se habían convertido en los invisibles hilos encargados de regir la vida y el destino de aquella patética marioneta en que se había convertido su Kyoto de mayor rango, a los ojos de la Divinidad. Y eso, le molestaba. Peor aún, le enojaba. Le enojaba extraordinariamente, que alguien con la fortaleza de su Kyoto se viera relegado a tan lastimosa y humillante situación. Sin embargo, él pondría fin a toda aquella insensatez, de una forma o de otra…
- ¿Te atreves a cuestionar mis órdenes, Radamanthys de Wivern? -inquirió el Dios arrastrando las palabras, con una marcada frialdad-.
Aiacos tembló ligeramente por la suerte de su amigo… Hades sólo se dirigía a sus Espectros por su nombre completo cuando realmente estaba enojado, aunque su fría pasividad no lo demostrara.
El Kyoto volvió a hincar una rodilla en tierra y a inclinar la cabeza en señal de sumisión. Jamás había desobedecido una orden directa de su Señor… y no iba a comenzar a estas alturas. Sin embargo…
- Jamás me opondré a vuestros… deseos, mi Señor… -musitó el rubio con total sinceridad-.
Hades esbozó una leve sonrisa ante la sutilidad de su Kyoto a la hora de expresarse.
- …No obstante, creo que, en esta ocasión, yo no soy el más… indicado, para llevarlos a cabo, mi Señor. Y, por consiguiente, os rogaría que… con vuestra venia me… me relevarais de…
- No eres tú, precisamente, el que decide quién está o no capacitado para ejecutar uno de mis deseos -matizó con desdén y, endureciendo visiblemente el tono de su voz, continuó-. Ni tampoco tengo por qué darte explicaciones de mis actos o decisiones. No obstante, te las daré… aunque espero, por tu bien, que esto no sirva de precedente -sentenció el Dios con un evidente matiz intimidatorio-.
Hades hizo una breve pausa para descender, acto seguido, los escasos peldaños que le separaban del postrado Kyoto. Su diestra tomó con delicadeza el mentón del inglés obligando a éste a que le mirase a los ojos.
El labio inferior del rubio tembló casi imperceptiblemente al notar el contacto con la fría mano del Dios.
Hades ablandó un tanto su mirada y relajó el ceño que hasta entonces había mantenido ligeramente contraído, inclinándose hasta salvar la excesiva distancia que les separaba con el único fin de captar por completo la total atención del Kyoto. Su penetrante mirada se conectó de nuevo con la ambarina e inquieta del inglés.
- No se trata de ninguna misión, Radamanthys, tan solo nos ausentaremos unos días, por… vacaciones.
Su voz también se había suavizado y más que un Dios, Hades parecía ahora un simple padre que reprendía a un hijo un tanto rebelde, que el poderoso Señor del Averno dando una de sus habituales órdenes a un subordinado.
La perplejidad y el asombro alteraron por breves segundos la impasible máscara de inexpresividad del Kyoto, algo que al Dios le agradó sobremanera: por fin una leve alteración en aquel pálido rostro. ¡Por fin!
Hades retiró su mano del rostro del Juez deslizándola con una sutil caricia, como intentando confortar, de alguna manera, aquella alma atormentada en la que el Dios podía leer con la misma claridad con la que lo hacía sobre un libro abierto.
La voz del Dios volvió a extraer al Juez de su, esta vez, estupefacción.
- Puedes retirarte, Radamanthys –y con una ligera sonrisa, añadió-. Tienes que preparar tu equipaje.
Hades se giró rápidamente y se encaminó, sin ningún otro impedimento, hacia sus aposentos.
El inglés continuó, por unos segundos más, hincado en el suelo, como paralizado a consecuencia del, para él, funesto destino que le aguardaba.
La mano de Aiacos sobre su hombro lo devolvió de nuevo a la realidad. Una realidad de la que le hubiera gustado mantenerse ajeno por completo.
- Rada, amigo… -comenzó a decir el moreno visiblemente preocupado por el estado de su compañero-. ¿Qué te sucede? ¿Cómo te has atrevido a intentar rehusar una orden directa de nuestro Señor?
- Yo no he rehusado… -se intentó defender el Juez una vez puesto de nuevo en pie-. Tan solo he creído que…
- Nuestro deber no es creer nada… si no acatar los deseos de nuestro Dios –sentenció con firmeza Minos, y con algo más de severidad, añadió-. Has tenido mucha suerte, Rada… mucha suerte. Aún no me explico cómo es que Hades no te ha enviado al Cócito de una patada en el trasero. Últimamente te has comportado de una forma poco… habitual en ti, y nuestro Señor ha tenido mucha paciencia contigo. Sin embargo, algún día, esa paciencia se le agotará y entonces…
- …Entonces –le atajó el rubio algo enojado por el continuo y reprobado reproche de su compañero-, ¡Nada! Que pase lo que tenga que pasar. De todas maneras, a ti que más te da… -murmuró por lo bajo con un cierto tinte de amargura en su voz-.
El inglés dio media vuelta e hizo ademán de marcharse pero la mano de Aiacos le retuvo con firmeza por el brazo mientras, con una mirada, impedía que Minos le replicara.
- Te equivocas si piensas que no nos importa lo que te pase. Naturalmente que sí. Llevamos muchos años siendo compañeros de armas, camaradas… amigos. ¡Maldita sea! - renegó algo dolido por las últimas palabras del rubio-. Tan solo te advertimos a lo que te expones si continúas comportándote de esta forma. No eres el mismo, Rada ¿Es que no te has dado cuenta? Si nos explicaras lo que te pasa… tal vez, nosotros… -aventuró a decir el moreno para intentar hacer reaccionar a su amigo-.
El inglés suspiró profundamente para intentar calmar en la medida de lo posible los contradictorios sentimientos que su pecho albergaban. Al retomar la palabra, su tono de voz era mucho más calmado.
- No me sucede nada, Aiacos… nada por lo que debas preocuparte, amigo.
Pese a aquellas tranquilizadoras palabras ambos Jueces no pudieron pasar por alto la leve melancolía con las que fueron pronunciadas.
- Rada, por favor… -le imploró Minos situándose frente a él y posando sus manos en los anchos hombros del inglés y sujetándolos con fuerza, pero sin causarle daño alguno-. Confía en nosotros…
Aquel gesto cogió por sorpresa al Kyoto, el cual, no pudo evitar un leve estremecimiento al notar la gran preocupación impresa en las palabras de Minos y el próximo e inexorable derrumbamiento de sus escasas defensas.
- Lo… lo siento… Tengo que irme, tengo mucho trabajo pendiente… aún…
Y sin decir más, se alejó rápidamente para salir cuanto antes de aquella estancia.
Una vez a solas, los pasos del rubio fueron ganando en velocidad a medida que iba avanzando, hasta convertirse en una desenfrenada carrera que le conduciría de regreso al seguro refugio en que se habían convertido sus aposentos, bajo la atenta y desconcertada mirada de cuantos le habían visto pasar como una exhalación, pues no era habitual que nadie se condujera de semejante forma por el interior del castillo, menos aún uno de los tres Jueces del Averno.
Tan ansioso iba por sumergirse de nuevo en la soledad de su alcoba que no acertó a oír la advertencia de uno de sus guardias, el cual, le avisaba de que una visita inesperada le aguardaba en sus aposentos…
El Kyoto tan solo se limitó a cerrar de un tremendo portazo la maciza puerta de roble que le separaba de su anhelado retiro en donde, una vez allí, pudo dar rienda suelta a su agitado corazón… creyendo, erróneamente, que realmente se encontraba a salvo de cualquier mirada indiscreta o no deseada.
- ¡Por todos los Dioses! –exclamó el rubio apoyándose con ambas manos en su amplia mesa de despacho y jadeando aún por el esfuerzo de aquella incontrolada carrera-. No puedo continuar así… no puedo… Si al menos pudiera olvidar… si al menos pudiera… olvidarle.
- A veces deseamos cosas que no podemos conseguir, amigo mío –sonó una voz de mujer a sus espaldas, fría pero cálida, a la vez-. Es entonces cuando debemos dejar de escapar de nuestros miedos, de nosotros mismos y enfrentar aquello a lo que tememos.
Radamanthys se giró rápidamente para enfrentar a la dueña de aquellas certeras palabras. Sus ojos descubrieron con asombro y algo de incomodidad la esbelta y majestuosa silueta de Pandora.
- Mi… mi Señora… -murmuró visiblemente sorprendido-.
La voz ahogada del Juez escapó de su reseca garganta como en un susurro, un ligero temblor sacudió el trabajado cuerpo del Espectro al verse sorprendido por la hermana de su Dios.
La mujer sonrió con algo de malicia al comprobar el estado en que su inesperada presencia había dejado a su servidor… y por la valiosa información que aquel lamento le había revelado.
Transcurrieron un par de minutos en completo silencio, tras los cuales, fue Pandora la primera en tomar la palabra con su peculiar tono frío, pero no carente de una cierta ternura.
- ¿Tan cambiado estás, amigo mío, que ni tan siquiera me vas a ofrecer la comodidad de un asiento o el envejecido calor de un buen whisky?
Radamanthys pudo al fin reaccionar ante su inesperada visitante. Una profunda reverencia le proporcionó al Juez los segundos necesarios para poder calmar, en la medida de lo posible, sus nervios y recomponer su fría e inexpresiva apariencia, algo que, como ya era costumbre, le supuso un duro esfuerzo.
Al levantar de nuevo el rostro, tras esgrimir en su defensa una sincera disculpa, el inglés le ofreció a la dama lo solicitado. Sin embargo, a ésta no le pudo pasar por alto el leve temblor en las manos del hombre al servir el añejo y dorado licor en la fina copa de cristal de Bohemia, que le entregara posteriormente.
Pandora se llevó la boca de la amplia copa a las cercanías de su nariz. Con un suave y experto movimiento de ésta entre las palmas de sus manos, el licor se agitó en su interior provocando que su exquisito aroma inundara sus papilas olfativas y le permitiera embriagarse con aquel sutil y delicado aroma. La joven llevó por fin la copa a sus labios, tomó un pequeño sorbo y lo paladeó con deleite perdiéndose en el afrutado, algo dulzón y “avinado” sabor de aquella exquisitez líquida.
- Excelente, Radamanthys.
La dama volvió a abrir sus bellos y violáceos ojos para posarlos sobre los de él.
- Me complace comprobar que aún conservas tu buen gusto… -apuntó con intención-.
El Espectro guardó silencio sin saber exactamente qué decir ante aquellas agudas palabras.
- Es un Macallan* ¿no es cierto?
- Así es, mi Señora…
- Y, a juzgar por su color, de unos 18 años, diría yo…
El inglés se limitó a asentir con la cabeza.
- Uno de los mejores Whiskys de malta del mundo –concluyó la dama-.
- En efecto… Envejecido en barricas de roble en donde ha madurado con anterioridad el jerez -apuntó el rubio gratamente sorprendido ante el desconocido conocimiento de la mujer en el tema-.
Ella sonrió al notar el leve asombro en las palabras del Juez.
- Como he dicho antes, resulta… excelente.
La mujer volvió a beber un pequeño sorbo del dorado licor.
Ambos se mantuvieron en silencio, disfrutando de aquella maravillosa simbiosis resultante entre la naturaleza, la intervención del hombre y el lento y sosegado transcurrir de los años, así como del denso silencio que se concentró en aquella estancia.
Momentos después, fue la joven quien comenzó a hablar.
- Espero no haber sido… inoportuna, al presentarme en tus aposentos.
- En absoluto, mi Señora –se apresuró a replicar el inglés-.
- Me alegra oír eso. Por un instante me pareció que mi presencia aquí no te era del todo… grata –apuntó suspicaz-.
El rubio se agitó inquieto en el confortable sillón en el que se había acomodado, frente a la joven, junto a la enorme chimenea encendida, la cual albergaba en aquellos momentos un exiguo y deprimente fuego. Aquellas palabras lo habían tomado por sorpresa y, en cierto modo, lo habían descolocado. Justamente, lo que la dama pretendía…
- ¡En absoluto mi Señora! -las palabras del Juez surgieron, esta vez, raudas, seguras y sin ningún tipo de vacilación-. Si en algún momento habéis pensado que… yo os aseguro…
La joven detuvo aquel torbellino de disculpas con un solo gesto de su diestra.
- Tranquilo, amigo mío. Sé de tu lealtad y aprecio.
- Es mucho más que eso, mi Señora –acotó el inglés con seguridad-. Yo…
La joven le sonrió más ampliamente para volver a interrumpirle.
- Lo sé, lo sé, Radamanthys… Créeme que lo sé. Sin embargo, noté algo extraño en ti al entrar… -investigó la dama hábilmente-.
El Juez se volvió a remover nervioso en su sillón.
- No… no ha sido nada, mi Señora –replicó evasivamente-.
- ¿Nada? ¿Estás… seguro?
El Juez guardó silencio ante aquella inquietante pregunta-.
No quería explicar el motivo real que le había impulsado a penetrar en sus aposentos de la forma en que lo hizo… ni de sus pensamientos expresados en voz alta. Sin embargo, tampoco podía mentirle a la hermana de su Dios, a Pandora. Pero, de alguna manera ¿No era, precisamente eso, lo que había estado haciendo durante todo este tiempo, mentirles vilmente a los únicos que verdaderamente se había preocupado por él?
La duda comenzó a carcomer el desgarrado corazón del Espectro o… lo que quedaba de él.
- Sí, mi Señora, estoy seguro… Al menos nada… por lo que debáis preocuparos vos-concluyó bajando a cada palabra el tono de voz hasta convertirlo en un leve murmullo-.
Pandora suspiró con resignación. Por muchas ganas que tuviera de ayudar al que, en efecto, consideraba su amigo, no podía, sin embargo, obligarle a que le abriera las puertas de su corazón a las primeras de cambio. A que le explicara la causa de aquella angustia que se reflejaba en sus bellos ojos cada vez que la dama intentaba leer en ellos… aunque, sí podía darle un pequeño empujoncito para animarle a ello.
“Si los ojos son el espejo del alma ¿Qué clase de tormento es capaz de infligir tan cruel castigo al alma de uno de los Kyotos más poderosos del Hades como para hacerle padecer de forma tan atroz?” -se dijo para sí la joven con una marcada inquietud en su interior-.
El denso silencio de hacía unos instantes volvió a adueñarse de la estancia… y de sus moradores.
Sin embargo, Pandora no iba a desistir tan fácilmente en su empeño.
La dama tomó otro sorbo de la fuerte bebida.
- Resulta extraño… -apuntó la mujer de forma ocasional, como si hablara consigo misma-.
El Kyoto, muy a su pesar, se vio en la obligación de reanudar de nuevo la conversación con su distinguida visitante.
- ¿Extraño, mi Señora…?
La dama asintió en silencio sin decir palabra.
Radamanthys bebió un nuevo sorbo de su copa y esperó, con algo de incertidumbre, a que la joven continuara.
Pandora observó discretamente, a través del perfecto escondite que sus largas y tupidas pestañas proporcionaban a sus agudas orbes, la inquietud de su acompañante y la total y completa atención que, con aquellas simples y vanas palabras, había conseguido provocar en el Kyoto.
La intuición, sagacidad e inteligencia de aquella mujer eran legendarias en todo el Inframundo (no por nada fue Pandora la que encabezó el ejército de Espectros de su hermano Hades). Habilidades a las que la dama sabía muy bien como sacarles partido para conseguir, en la mayoría de las ocasiones, la consecución de sus fines. ¿Y qué mejor fin que hallar el verdadero, aunque oculto motivo por el cual, uno de los Kyotos más poderosos del Averno, sufría en silencio?
La joven se había propuesto, tiempo atrás, averiguarlo, y no iba a cejar en su empeño… tal era la tenacidad y perseverancia de la hermosa doncella de oscura cabellera y penetrante mirada.
Al menos, y gracias al oportuno desliz del Juez momentos antes, ya tenía un dato, y uno muy importante, a decir verdad: todo este misterio giraba en torno a una persona.
Algo que ella misma ya había supuesto. Y, tan cierto como que, tras la noche llega el día, era que esa persona había o, mejor dicho, aún continuaba representando algo muy importante y valioso en la existencia del Juez… pues aún no la había podido olvidar.
Pese a que aún no podía dar nada por sentado, la hermana de Hades estaba completamente segura de que, lo que le hacía sufrir a su amigo era, ni más ni menos, que una pena de amor. Pero ¿Qué tipo de pena o sufrimiento sería ese, tal vez, un amor no correspondido… o quizás un lamentable error acaecido en la relación y que habría provocado la separación de los amantes…?
Pandora suspiró lánguidamente: de hecho, aquella clase de situaciones, por otra parte no muy habituales en el Inframundo, sacarían a relucir la vena romántica existente en toda mujer… y Pandora, no iba a ser una excepción. Aunque, por supuesto, sus métodos no resultaran ser los más… elegantes, a la hora de conseguir la información que deseaba.
Una fuerte angustia se intensificaba en el agitado pecho del Espectro producto del persistente mutismo en que se había sumido la dama, perdida en sus propios pensamientos.
La joven volvió a dejar oír su fría pero aterciopelada voz, sobresaltando ligeramente al inglés.
- Resulta extraño –repitió-, que te obstines en ocultar a toda costa algo que, a ojos de los que te conocemos bien, resulta tan obvio descubrir.
Aquellas calmadas palabras cogieron al Juez por sorpresa, dejándolo en un aparente estado cataléptico, imposibilitándole incluso, la sencilla acción de respirar… ¿Habría descubierto Pandora o, quizás, alguno de sus más allegados la verdad sobre su situación…? Tal parecía ser que sí, si se tenían en cuenta las últimas palabras de la dama. No obstante…
Pero no, eso no podía ser, jamás palabra alguna había escapado de sus labios, traicionando así el doloroso silencio al que él mismo se había condenado con la única intención, quizás, de perpetuar en lo más profundo de su corazón y de su alma, el sufrimiento que, sin duda alguna, había ocasionado en aquél al que, por unos cuantos días, amó como jamás nunca creyó que amaría en su vida…
Pandora observaba con satisfacción como el inglés había caído, con suma facilidad, en la celada que tan hábilmente le había tendido. La joven, consumada experta en el arte de la política, las estratagemas y… el póker, había decidido de una buena vez, dejar de lado la sutileza y la paciencia e ir directamente al grano, intentando sonsacar al testarudo y reservado Kyoto yendo “de farol”. Era una forma de actuar que le pegaba mucho a su carácter.
“Con una mentira, siempre se saca una verdad -murmuró para sí la joven con aire triunfal-. Ahora tan solo se trata de jugar bien mis cartas…”.
Una leve sonrisa animó el sereno rostro de la dama, sonrisa que desconcertó al pobre Kyoto, el cual, se removía inquieto en su asiento, dándole la sensación que, en realidad, se hallaba sentado sobre una montaña de alfileres.
Y haciendo gala del poco dominio de sí que aún le restaba, el atribulado Juez se vio en la obligación de responder a la joven.
- No… no sé a qué… os referís, mi Señora.
- Yo diría que sí, Radamanthys. Es más, me parece sumamente descortés por tu parte el intentar… ocultármelo por más tiempo.
- Mi Señora, yo…
Las seguras excusas del Juez quedaron de nuevo en el aire ante el impaciente gesto de la diestra de la dama.
- Por favor, no me subestimes -el tono de Pandora se endureció visiblemente, más por el plan del que formaba parte, que por el hecho en sí-. Es algo que me irrita considerablemente.
El inglés ocultó su mirada, profundamente avergonzado y dolido ante el reclamo de su Señora.
Ésta, sin embargo, por mucho que le doliera la dureza y el desprecio con que había matizado, conscientemente, sus palabras, no iba a desistir. Lamentaba sinceramente el mal rato que le iba a hacer pasar al Kyoto. No obstante, la recompensa llegaría… aún no sabía cómo pero, por todos los Dioses, que llegaría.
La dama dejó, con un brusco movimiento, la copa que sostenía entre sus manos sobre una mesita auxiliar, finamente tallada en caoba, que se encontraba junto a ella.
Pandora se levantó y comenzó a pasear por la estancia. Radamanthys intentó hacer lo propio, pues resultaba sumamente irrespetuoso el continuar sentado en presencia de una dama. Sin embargo, un gesto autoritario de la joven se lo impidió.
Por unos segundos, los cuales al rubio le parecieron siglos, el único sonido que rompía aquel tenso silencio era el triste crepitar del fuego y la pesada caricia del suntuoso vestido de terciopelo azul noche que cubría el esbelto cuerpo de Pandora, sobre la cálida alfombra persa que se postraba, sumisa, bajo sus pies… al igual que el arrogante y orgulloso Juez, ante la mirada ahora fría y dura de su Señora.
El Kyoto era consciente que aquel comportamiento en Pandora había sido provocado, única y exclusivamente, por él mismo… por su inapropiada conducta.
Le lastimaba, en lo más profundo de su ser, el tener que mantener silencio. Ese mismo silencio que, poco a poco, le había ido consumiendo, le había ido destrozando por dentro provocando, además, un innecesario pesar en sus amigos… en su Dios.
La angustia que durante todos aquellos meses le había atormentado; la desesperación, la soledad, el aislamiento voluntario, pesaban ahora, cada vez con mayor fuerza, sobre sus hombros, incapaces ya de soportar tanto dolor.
Si al menos, por una sola vez en su vida, pudiera desahogarse… pudiera ser consolado… ser abrazado… Si por una sola vez, su cansado corazón, encontrara el reposo y el descanso que tanto ansiaba…
Nunca había pensado en la posibilidad de terminar con aquella situación de una vez y para siempre. Jamás se le pasó por la cabeza la idea del… suicidio. Seguramente, debido a su cobardía… la misma cobardía que condenó a muerte la pequeña llama de aquella relación que a penas había comenzado a arder, dos años atrás…
Realmente, hubiera sido demasiado sencillo, demasiado simple… demasiado benévolo, comparado con el daño que había ocasionado en aquel hermoso joven… en aquel valiente Caballero que no dudó, ni un solo segundo, en enfrentarse a todo un Dios por salvar a su hermano…
La joven contemplaba con solapado pesar la lucha interna que se reflejaba ahora, y con suma claridad, en el atormentado rostro del Kyoto.
Pandora se acercó lentamente, situándose a espaldas del rubio. Tan suaves y silenciosos habían sido sus pasos que Radamanthys tan solo se dio cuenta de su inmediata proximidad cuando la dama colocó sus manos sobre los cansados y hundidos hombros del inglés, haciéndole sobresaltar.
La voz de su Señora se volvió a dejar oír pero, esta vez, algo más pausada, algo más dulce, algo más… ¿triste? Parecía como si le estuviera invitando a depositar en ella todo el pesar y el dolor que durante aquel largo tiempo le habían ido acompañando como mudos testigos de su desdicha y soledad…
- Radamanthys, sé exactamente por lo que estás pasando -mintió la joven-. Tu… situación, nos afecta a todos pero, especialmente, a ti mismo…
Las manos de la joven oprimieron con ternura los anchos hombros del Kyoto transmitiéndole, con aquel gesto, la total confianza que podría depositar en ella.
- …Todos cuantos te apreciamos y… queremos -matizó con suma dulzura la joven- nos encontramos sumamente preocupados por ti. Y Hades, no es una excepción…, aunque mi hermano no sea muy dado a exteriorizar sus sentimientos -apuntó la joven con aire resignado-.
El inglés tembló ligeramente ante esta confesión. Lo último que quería era que su Dios se enojara o se… preocupara, por alguien como él: un auténtico cobarde, un completo desagradecido.
- …Sí, mi querido amigo, aunque te parezca imposible de creer…
- Mi Señora, yo… -intentó explicarse apresuradamente-.
- Shhh… -le silenció la joven-. Sé… Mejor dicho, sabemos perfectamente, hasta dónde llega tu lealtad, tu respeto y tu abnegación por nosotros, por tus amigos… por tu Dios. Resultaría algo sumamente impropio en ti que no confiaras en nosotros… -le susurró la joven provocando que al Kyoto le asaltaran unos terribles remordimientos-. Que nos mantuvieras al margen de tu vida… de tus preocupaciones.
La joven hizo una breve y estudiada pausa con la intención de dar el tiempo necesario al Kyoto para que éste asimilara y aceptara la veracidad y sinceridad de sus palabras, antes de continuar con suave y sugerente entonación.
Y, al parecer, la astuta dama había conseguido lograr su objetivo.
El Kyoto se estremeció violentamente debido a los fuertes y encontrados sentimientos que se debatían en su pecho con la misma furia y violencia que los contendientes ejercían en la batalla.
Durante todo aquel tiempo se había sumido en tal desesperación y dolor que no había sido capaz de ver más allá… De ver, por ejemplo, la preocupación de sus amigos, el total abandono de sus responsabilidades como Juez del Inframundo, el deplorable comportamiento del que había sido único y total responsable, por muchos motivos. Pero, lo peor de todo, lo más aberrante e ingrato por su parte había sido el conseguir importunar a su Señor, en ocasionarle algún tipo de molestia, enojo o preocupación a su muy amado Dios. Eso era algo que le ocasionaba un agudo e inimaginable dolor.
Como había adquirido por costumbre desde hacía ya casi dos años él, Radamanthys de Wivern, había antepuesto su egoísmo y su cobardía a otros… Primero, ante aquel joven Caballero al que, seguramente, había conseguido romperle el corazón; seguramente, porque ni tan solo había tenido la valentía suficiente de enfrentarle, de despedirse de él o, simplemente, de explicarle la verdad y los motivos de sus actos. Después, ante aquel Dios al cual juró servir, obedecer y defender y, al que había traicionado de la forma más vil posible al despreciar y desmerecer la confianza que su Dios había tenido a bien concederle, obstinándose en el silencio y el aislamiento que él mismo se había autoimpuesto.
Pandora rodeó el sillón en donde, un atribulado Kyoto, se debatía entre continuar callando o… confesar su gran secreto.
La joven se arrodilló ante el inglés, el cual, ante aquel inesperado gesto de su Señora, se apresuró a protestar; protestas que de nuevo fueron sofocadas, esta vez, con una dulce y enigmática sonrisa.
- Calma, Radamanthys -le susurró la joven estrechando entre sus finas y blancas manos las grandes y fuertes de él-.
El aludido, no pudiendo evitar el bochorno y la vergüenza que le ocasionaba aquel gesto de su Señora, bajó cuanto pudo su rostro, como para intentar ocultarlo de la aguda y escrutadora mirada de aquellos penetrantes, pero bellos ojos… casi idénticos a los de su Señor.
- Radamanthys, mírame… -le instó la joven con voz pausada-.
Ante la inmovilidad del Kyoto, la dama volvió a insistir.
- Por favor, amigo mío…
Sin embargo, el orgulloso Kyoto se resistía a dejar al descubierto la enorme debilidad que ahora se reflejaba sin pudor alguno en aquellas hermosas, pero titilantes pupilas. La cercanía de la joven unida a su doloroso debate interno no le ayudaban en nada a obedecer el suave pedido de su Señora, la cual, no por ello se ofendió o enojó, si no que, por el contrario, actuó por propia iniciativa, ante la asombrada mirada del Juez.
La blanca y delicada mano de la doncella tomó con suavidad el fuerte y varonil mentón del guerrero para, acto seguido, obligarle a elevarlo con un tierno ademán hasta que sus miradas estuvieron de nuevo reunidas.
En aquellas ambarinas orbes, la joven pudo leer, con suma facilidad, el torbellino de emociones que arrasaban, sin piedad alguna, el interior del Espectro más valiente y fuerte de cuantos se hallaban a las órdenes de su hermano. La angustia, el dolor y los remordimientos se enfrentaban en feroz combate contra la soledad, la vergüenza y una inmensa tristeza, convirtiendo en un cruento campo de batalla el maltratado corazón y la desgarrada alma de aquél del que se creía no tenerlos.
- Radamanthys -susurró ella-. No es necesario que lleves tú solo esa carga, al parecer, tan pesada. No es… necesario.
Un leve suspiro, mezcla de agradecimiento y resignación, se escapó inconscientemente de la ahogada garganta del Juez. Un suspiro que, para Pandora, resultó ser la mejor de las aceptaciones: aceptación de su ayuda, aceptación de su consejo y, tal vez, aceptación de su consuelo…
La voz del guerrero se dejó oír al fin, en un ronco y entrecortado susurro a causa de la emoción y las lágrimas contenidas con sumo esfuerzo.
- No… no es… fácil… mi Señora.
- Nunca lo es, amigo mío, sobre todo, cuando se sufre como tú lo has hecho a lo largo de tanto tiempo.
Fueron aquellas certeras palabras las que propiciaron el inicio del desmoronamiento de las malogradas defensas del Kyoto.
Un hondo suspiro escapó de su pecho, mezcla de impotencia, desesperación y… ¿por qué no admitirlo? liberación. Quizás, ahora, podría abrir las anquilosadas puertas de su corazón, las más lóbregas y recónditas, aquellas que guardaban la triste historia de un hermoso amor consumido en las cenizas de su cobardía antes de haber podido arder con la majestuosidad y la intensidad de aquel espíritu libre y puro que tan generosamente se lo había entregado sin reservas ni restricciones, con toda la avasalladora impulsividad de su juventud y de aquellas enormes ganas de vivir que le caracterizaban y que había ido adquiriendo a golpe de puño en cada una de las múltiples y cruentas batallas a las que se había visto abocado, sin remedio ni redención alguna, desde su adolescencia, más bien, desde su niñez; aquella niñez marcada con suma crueldad por un “Destino” hábilmente urdido en su contra. Un “Destino” del que él mismo también había formado parte, lamentablemente, con su granito de arena.
- No, no sabría por donde… comenzar…
- El principio de todo suele ser un buen lugar -repuso la dama sabiamente-.
El Kyoto intentó eludir de nuevo la cuestión con otro “inconveniente”.
- No es una historia corta…
- Tenemos toda la noche, Rada -matizó la joven, utilizando el “cariñoso” diminutivo con el que sus camaradas del Tribunal del Averno solían dirigirse a él, con la intención de conferir al hombre la confianza para hablarle-.
- Pe… pero el equipaje… -aventuró él en un agónico esfuerzo por evitar lo que, a todas luces, parecía inevitable-.
- Ya está preparado -contestó la dama sencillamente-.
Sin embargo, ante el asombro del Juez, Pandora se vio en la divertida necesidad de explicarse.
-Cabe decir que, en esta ocasión, mi querido “hermanito” no se iba a quedar con las ganas de prescindir de tu alegre y jovial… compañía -concluyó la joven con un pícaro guiño-.
Semejante gesto hizo enrojecer visiblemente al Kyoto, el cual, sin saber muy bien como actuar, se limitó a carraspear sutilmente con la intención de encubrir su azoramiento, ante la divertida mirada de la joven.
Tras unos breves segundos de reflexión, el Juez dejó oír su profunda voz.
- Al parecer, no tengo salida ¿verdad? -indagó el inglés con un claro matiz de tristeza impregnando sus palabras-.
- Verdad -confirmó Pandora, sentándose más cómodamente sobre la cálida alfombra a los pies del rubio-.
Ante la clara determinación de la joven, al Juez no le quedaría otra salida que la de sincerarse con su Señora. Y, a juzgar por la confortable y poca ceremoniosa posición que acababa de adquirir, de seguro que no se iba a contentar con una versión esquematizada de lo sucedido. Precisamente, lo que el Kyoto más temía.
Un suspiro de completa y absoluta derrota se abrió pasó desde lo más profundo del guerrero, dando paso a la ansiada explicación del hombre…
Una leve sonrisa adornó su rostro en el momento en que el Kyoto, por deferencia a su Señora, se instalaba junto a ella, sobre la cómoda y acogedora alfombra. Con un ágil movimiento de su diestra, alimentó con un par de troncos más, el melancólico fuego que ardía frente a ellos, en la ancestral chimenea tallada en piedra con los símbolos y blasones de la antigua y rancia familia de los Wivern.
Una mirada a ese fuego, el cual se había revivido como por arte de magia crepitando y danzando alegremente, le hizo evocar el principio de toda aquella historia. El inicio de lo que, en unos pocos meses más adelante, se convertiría en el maravilloso “sueño de una noche de verano”…
CONTINUARÁ…
(*) Macallan es una marca de whisky de las más renombradas del mercado. Como en todos los whiskys, el tiempo de envejecimiento en las barricas determinará la calidad del licor. A más años, mayor calidad, y un precio más caro. Cierto que de esta marca existen hasta de 30 años, pero Radamanthys escoge el de 18 años por una razón muy especial que se sabrá más adelante. |
|
|
| Volver arriba |
|
|
|
Todas las horas son GMT - 3 Horas
|
|
Puede publicar nuevos temas en este foro No puede responder a temas en este foro No puede editar sus mensajes en este foro No puede borrar sus mensajes en este foro No puede votar en encuestas en este foro
|
|  |