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| Gadya |
Publicado: Vie Mar 28, 2008 1:44 pm |
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Aldebarán de Tauro - Moderador

Registrado: 29 Jun 2007
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Ubicación: Encerrada en el gabinete de la campaña "Albiore Presidente"
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No pregunten nada... sólo eso
UN POEMA DE SAFO
Capítulo 1: ¿A quién nublarle los sentidos?
“Tú, que reinas sobre las flores,
Tú, la hija de Zeus, nacida de entre las espumas.
Ojala me dijeras qué oprime tu pecho
¿A quién quieres que halague para que caiga en tus redes,
A quién he de nublarle los sentidos?"
El libro se cerró bajo el peso de las pálidas manos que acariciaron la cubierta, la tan deseada tapa de cuero que, en las horas de descanso, era raptada a hurtadillas de la biblioteca de su mentor para transportarlo a un mundo de ilusiones con rima… poesía, sueños de antaño gritando sobre su falda desde la lejana Lesbos, en el preciado talento de la dama de las trenzas de violeta.
Safo… ¿Qué mujer podría escribir semejantes palabras? Digna aprendiz de las musas había sido, si con pocos ribetes formaba una frase, y de ella, el universo ofrendado a la rubia diosa, un cosmos que, perfectamente delineado, reflejaba sus ánimos, casi 3000 años después, con una presición casi dolorosa.
Saga suspiró, reclinándose levemente sobre sus rodillas raspadas; el entrenamiento era duro, y aquel corto peplo enseñaba, en sus horas libres, las consecuencias de tan ardua labor. Llevaba casi todo el día pensando en aquel libro, sus poemas, sus paisajes, y los ojos que, bordados invisibles en la cubierta gastada, robaban sus suspiros agonizantes en las noches… un par de ojos verdes cortado el cielo azul del paisaje griego.
-¿A quién quieres que halague para que caiga en tus redes?- susurró, recargándose en su mano derecha. -¿A quién he de nublarle los sentidos?-
El verso escapó de sus labios casi mudo, como un desgastado reproche ala mujer Citerea, a su hijo nefasto y a s propia cobardía adolescente. ¿A quién nublarle los sentidos? ¿Qué corazón tener, henchido de amor, postrado a sus pies en muda súplica a sus favores? Sólo uno le rogaba a la rubia Afrodita, el del hombre cuyos ojos, entonces, repasaban la escena como si aquel recinto ya le perteneciese, los del muchacho que, camino al Templo Patriarcal, caía mortalmente enamorado de las rosas que crecían a la orilla de los marmóreos escalones… el corazón del joven dios, el flechador Apolo que habitaba en Sagitario.
Sonrió de lado mientras sus orbes se perdían en las ajadas gradas del Coliseo, hasta encontrar, al otro lado de la arena, aquella esbelta figura que le robaba el sueño.; con pasos cortos deshacía el camino del sol seguido por un infante, su pequeño hermano, que un día, quizás un día, llegaría a ser apenas semejante a él. Sus ojos lo siguieron un buen rato, olvidando el mundo de antiguas palabras que, en silencio, elevaban plegarias a la hermosa hija de Zeus a favor de su corazón callado. ¿Quién pudiese, siquiera decirle unas palabras? Si no hubiese sabido que su nombre era Aioros, custodio de la Casa del Centauro, y hasta hacía muy pocos días, discípulo de Kaus, podría haberle confundido con una divinidad, un dios juguetón que, en son de broma, visitaba el refugio de la recién nacida Atenea; pero lo conocía, lo conocía porque muchas veces juntos habían acudido al Salón del Patriarca respondiendo a su llamada, y habíalo visto, entonces, encandilado por los rojos pimpollos custodiando el camino.
¡Podría haberle dicho tantas cosas entonces! Pero simplemente había callado embargado por la dulce pausa del espacio circundante, el silencio se le antojaba embriagador cuando sus labios eran los que permanecían sellados, deshojando, cada tanto, algunas sonrisas de lado, regalos inconcientes, tesoros prolijamente guardados entre los versos de la dulce Safo. Tantas veces había acompañado aquel mutismo que a veces dudaba si realmente aquel muchacho era conciente de su existencia… quizás no, tal vez sólo él sabía de sus pasos silenciosos siguiendo sus pisadas, comiendo escalones entre rosas encarnadas.
Resopló, delineando con sus dedos el ribeteado nombre de la autora. ¿Cómo había sucedido? No lo sabía, simplemente un día se había descubierto perdido en una sonrisa evocada, en un par de ojos verdes, prendado de una flor en un verso de casi tres milenios pintándole el corazón con amor adolescente; y desde entonces sacrilegio habían sido sus horas adorándolo a la distancia, devoto de su imagen casi adulta, en detrimento de la diosa… Rió, bien se había encargado su Señora de castigarlo por aquel amor coronando a Sagitario como sucesor del Patriarca, tan inalcanzable para él como las estrellas de su propia constelación consolando sus desgracias en las noches… No podía pretender el amor del futuro Sumo Sacerdote, no podía pretender el amor de alguien que sólo podía amara a Atenea…
-Ese es el corazón que yo quiero, dulce Afrodita- susurró resignado. –Ese es el corazón que yo quiero, aunque nadie pueda dármelo…-
En el cielo, el sol abrazó la arena, promediando la tarde, regando de dorados destellos el camino que, bajo sus pies, las sandalias de Géminis dejaron, escapando de un par de ojos verdes que, inconcientes, se posaban cada tanto en unas tapas de cuero sobre las gradas. |
Ultima edición por Gadya el Dom Jun 15, 2008 8:31 pm, editado 1 vez |
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| Gadya |
Publicado: Vie Mar 28, 2008 1:46 pm |
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Aldebarán de Tauro - Moderador

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Capítulo 2: ¿Cuál es tu magia?
Safo, rezaron las gastadas letras bajo el sol de la tarde, acariciadas por morenos dedos adolescentes; el libro pareció ronronear de gusto entre sus páginas, divertido de los curiosos caminos que trazaba el arte de la rubia hija de la espuma… hacía muy pocos días otro había sido su dueño, otros los secretos que había oído, secretos bordados con el deseo de ser mirado por los ojos que, ahora, buscaban entre sus hojas con tanto ahínco. Aioros leía, devoraba con avidez los versos que nadie jamás hubiese imaginado encontrar en aquella anacrónica fortaleza, imaginando cada tanto entre sonrisas, los pálidos dedos de un muchacho peliazul acariciando el mustio reborde de las hojas.
¡Cuántas veces había recorrido aquellas líneas ya? No recordaba; desde aquel día en que, desde la arena, había visto a aquel escrito atrapar la atención del joven que le quitaba el sueño, había buscado, infatigable, el motivo de su fatal magnetismo, la magia que lograba arrebatarle aquellas orbes azulinas, reflejando en sus facciones mil y un cambios en la añorada sonrisa. ¡Qué había allí? ¡Qué era aquello contra lo que no podía luchar, que descaradamente se llevaba aquellos suspiros vespertinos? Siempre se había sentido seguro, sabiéndose causante de los sonrojos que la azulada cabellera escondía cuando sus miradas se encontraban, siempre había sido, concientemente, dueño de sus horas, centro de su atención, y divertido de la situación, jamás se había permitido fijarse en aquel muchacho de melancólica mirada… hasta que un día, aquellos ojos dejaron de posarse en él para recorrer, arrobados, las amarillentas páginas del libro, y fue entonces que, celoso, se descubrió extrañándolos. Los había buscado en vano; callado, había envidiado a quienes se le acercaban risueños, y cuando sus ojos por suerte se cruzaban, era él ahora quien perdía el habla.
Rió, afirmándose en la columna dórica que soportaba su peso, curiosa era la venganza del amor con aquellos desdeñosos de sus siervos, él, que tan poco caso le había hecho a aquel muchacho, se encontraba ahora cautivo de la mirada que sus orbes le negaban.
-Y del libro que dejaste, Saga- susurró al viento de las despobladas afueras del Santuario, sincerándose por primera vez consigo mismo.
Cambió la página sin leer ni una línea, recordando las rosas a la vera del camino al templo del Patriarca. Criadas fielmente por los Piscis, eclipsaban por completo su atención en los momentos en los que, sin darse cuenta, quedaba a solas con el joven Géminis. Cuánto le había dado entonces, sino limosna, unas sonrisas, miradas fugases, silencios compartidos que nada decían, creyendo que siempre estaría allí, y ahora que sus suspiros faltaban, la memoria de Sagitario se empeñaba en rebuscar entre recuerdos el momento exacto en que aquel vacío mutismo había empezado a gritar verdades que Aioros no quería escuchar.
¿Qué era lo que realmente sentía? Amor, obsesión, añoranza, vacío de valorar una imagen del pasado cuando ya no la tenía, regusto a los versos de Safo que aún no podía entender y que, aún en su presencia, habían acaparado las sonrisas del gemelo.
-¿Cuál es tu magia?- resopló, recargándose sobre su mano para apreciar mejor al libro que, en su falda, se acomodaba felizmente. -¿Por qué Saga te prefiere a mí?- y al caer en la cuenta de sus palabras, una carcajada abandonó sus labios.
La respuesta era tan obvia… ¿Por qué Saga no lo prefería a él? ¿Acaso podría hacerlo? Si aún sabiendo sus sentimientos no le había hecho el menor caso. Nunca le había dado una oportunidad antes, y menos podría ahora, ungido como estaba con el rango de heredero…y sin embargo, deseaba ahora tanto poder hacerlo. Sólo había asesinado sus esperanzas con una tonta vanidad fingida, escudándose en el incondicional amor a su diosa, el único amor que podía sentir, amor que hacía inalcanzables sus deseos haciéndolo a él inalcanzable.
La brisa de la tarde serpenteó entre los restos de columnas, buscando entre las páginas ajadas una frase, un poema, un hechizo, un reproche escapado de los labios del gemelo con el arte de Safo, una forma de flechar al arquero con palabras viejas que abrumaran sus ojos nuevos. Como bólida pasó las hojas frente a la molesta mirada de Sagitario, hasta hallar aquel poema que, tiempo atrás, hubiera degustado entre las gradas del Coliseo, y una vez allí, enredo sus letras en los labios del castaño, esperando que el mensaje llegase a destino.
La respiración de Aioros se detuvo en seco, sus ojos se abrieron de par en par; asomándose por el papel estaba la magia que por tanto tiempo había estado buscando, las palabras que en su presencia, Géminis había repetido por lo bajo una y otra vez, no como reproche, sino como plegaria por una oportunidad que nunca había llegado.
“Tú, que reinas sobre las flores,
Tú, la hija de Zeus, nacida de entre las espumas.
Ojala me dijeras qué oprime tu pecho
¿A quién quieres que halague para que caiga en tus redes,
A quién he de nublarle los sentidos?"
“Ojala me dijeras qué oprime tu pecho” La frase quedó revoloteando en su cabeza… si bien el poema había sido compuesto para Afrodita, Saga se había encontrado en él, y Aioros sabía exactamente por qué. La rubia diosa lo entendía, lo entendía porque había pasado por lo mismo, y era aquel desasosiego el cual Safo había captado como si ella misma lo hubiese sentido. Aquella era la magia tan buscada, hallarse en un libro de tres siglos, como si aquella mujer hubiese visto a través de él y, sin reservas, hubiese plasmado su sentir, aún sin conocerlo.
Rió, y el viento que tan amablemente le había revelado aquel secreto se enredó en su risa derrotada, mientras sus manos cuidadosamente cerraban a su inanimado rival.
-Ganaste, Géminis, ganaste- susurró cómplice, mientras se ponía de pie.-La diosa te escuchó.- y sus ojos claros se clavaron en el horizonte, que empezaba a comerse al sol vespertino.
A lo lejos, el Reloj de Fuego se encendió, en unas horas, el Patriarca le entregaría al gemelo la Armadura por la que tanto había trabajado. Aioros se encaminó a su templo, en busca de sus propios Ropajes Sagrados, esperando que, esa noche, la mirada azulina de Saga volviese a posarse en él, y esta vez, lo prefiriera a un verso escrito tres mil años atrás por una poetiza lesbia. |
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| Gadya |
Publicado: Dom Jun 15, 2008 8:30 pm |
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Aldebarán de Tauro - Moderador

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Capítulo 3: Efectos del amor
Las estrellas deslumbraban encastradas en el oscuro firmamento, iluminando con su magnificencia la sonrisa del nuevo Caballero de Géminis, aquel joven peliazul cuyos poderes eran admirados, y su sensatez, alabada. Rodeado por los pocos Santos residentes en el Santuario y en el esplendor de la innecesaria celebración por la obtención de su Sagrada Armadura, Saga reía, agradeciendo los comentarios de cuanto hombre o mujer lo felicitase, apenas prestando atención a sus palabras, buscando de reojo, cada tanto, a aquel que no sólo poseía su corazón, sino también el libro que a él conducía. Muchas tardes lo había visto rebuscando entre aquellas hojas marchitas, sin saber exactamente qué era lo que tan desesperadamente intentaba hallar. Tal era el poder de Safo, tal su arte, un embrujo a los sentidos capaz de hacer caer cualquier voluntad a los pies de la rubia diosa, sin importar qué tan estoicamente se le enfrentase.
Del otro lado de la sala, Aioros observaba, absorto en los ademanes que el gemelo desplegaba para con sus interlocutores, celoso de aquellos que, con tontas palabras, ganábanse una de aquellas miradas que a él le eran negadas. Lejanos le parecían ahora los días en los que él era quien le vedaba al gemelo sus ojos, orgulloso de saberse objeto del deseo de tan magnífico muchacho, sin querer imaginar su poderoso ruego secreto; aún siendo un experto arquero, como n tonto había caído víctima de las flechas de Amor, y cada día le era más difícil ocultarlo, olvidar aquellos vanos reproches frente al espejo maldiciendo su estúpida suficiencia adolescente.
“Igual parece a los eternos Dioses
quien logra verse frente a ti sentado.
¡Feliz si goza tu palabra suave,
Suave tu risa!”
No los dijo, apenas si pudo recordarlos, aquellos versos de Safo que, sin saberlo, pintaban cada una de sus reacciones con el nombre de Saga; cómo la suave brisa nocturna se pavoneaba entre sus rebeldes ondas con gustillo a celos, imaginaciones absurdas construidas sobre el aire de suposiciones aún más vanas, haciéndole suspirar ante la multitud de imágenes que comenzaban a poblar su mente… Géminis sonriendo, hablando, riendo, agradeciendo con aquella modestia que le obligaba a agachar la mirada avergonzado ante la profusión de elogios.
Los esmeraldinos ojos, prestos, buscaron la azulada mirada clavada en el piso de mármol al otro lado del salón que, cada tanto, planeaba por todo el recinto, llenando de pequeños destellos dorados el aire de la noche, silente momento en el que, borrando los pasos, invitaba a soñar, a olvidar.
-Hermano-
La vocecilla cantarina lo sacó de sus ensoñaciones tirando del oscuro pantalón que bajo su armadura se asomaba, y al bajar la mirada, la perenne sonrisa de su hermano menor lo asaltó con un reproche disfrazado de invitación en sus infantiles pedidos
-¿Por qué no hemos ido a saludarlo?- preguntó Aioria, y su manita cortó el aire señalando al peliazul –¡Vamos!
No pudo decir que no… el excelso Santo de Sagitario, ungido heredero del Patriarca, se sintió arrastrado por la impaciencia del niño, su hermano, su alumno, único testigo de sus miradas furtivas al gemelo e inconciente verdugo de sus ansias no muy bien disimuladas que, con cortos pasos atolondrados trazó el camino imposible que, sin acercarse, lo acercaba a Saga. Riendo cruzó el pequeño la sala, tironeando de su brazo en busca de un poco de colaboración que Aioros parecía no querer prestar, y una vez cercano al peliazul suspiró, recriminando a su hermano mayor con un puchero que le arrancó una sincera risotada.
-Ya estamos aquí, Aio- concedió amablemente Sagitario al chiquillo sonriendo, y con un leve empujón le intó a ir donde el nuevo Santo.
Más atolondrados pasos, más risas, más brillo en las estrellas vigilantes; las flamas del reloj de Fuego parecieron extinguirse en la clara sonrisa con la que el gemelo agradeció los inocentes comentarios de un futuro leo de infantiles morisquetas que, insistente, llamaba a su hermano con torpes aspavientos.
A mí en el pecho el corazón se oprime
Sólo en mirarte; ni la voz acierta
De mi garganta a prorrumpir, y rota
Calla la lengua.
Saga sintió el tiempo detenerse en su propia respiración en pausa al cruzarse sus ojos con la infantil sonrisa del pequeño Aioria felicitando su merecido logro, como preludio de otra voz que jamás escucharía. Se permitió perderse en las cristalinas orbes del infante, tan similares a las de Sagitario y a la vez tan distintas, tan carentes de ese brillo divino que tanto hería su pecho en la falta de sincero cariño que suplicaba a aquellas claras pupilas; y por un momento jugó a hallarlo, a transformar aquel par de ojos niños en unos un poco más añejos, a agregar en sus palabras el timbre varonil de quien tantas veces había visto prendado de una rosa; se permitió engañarse, caer en la telaraña cruel de una fantasía absurda que, sabía, quebraría su corazón en mil pedazos con tan sólo alzar la mirada y encontrarse cara a cara con su dulce tormento.
Una risa casi paternal lo arrastró de regreso a la realidad, a recordar que aquella fastuosa fiesta era para él, para celebrar tan merecido y vano logro como alcanzar una Armadura, cuando lo único que realmente hubiese querido le estaba prohibido, y al alzar la vista, las palabras se anudaron en su garganta con un destello esmeraldino. Suya había sido la risa, suyas las curtidas manos dulcemente apoyadas en los tiernos hombros, suyo el rostro sonriente que tan de repente de había puesto lívido, llevándose en su repentina palidez el estúpido discurso que tanto había ensayado por si llegaba a aparecérsele… nada podía ya decir, su voz, en clara rebeldía, se había desvanecido en el bullicio de la fiesta dejándolo solo, con el corazón en un puño, frente a su adorado Aioros
Fuego sutil dentro de mi cuerpo todo
Presto discurre; los inciertos ojos
Vagan sin rumbo; los oídos hacen
Ronco zumbido.
Un resoplido huyó pronto de sus labios, alborotando la corta melena castaña de su hermano, cargando la sorpresa del momento, le vértigo que aquellas orbes azules le producían, cortando su respiración por un momento… Nunca antes se había fijado en ellas tan de cerca, jamás se había permitido hundirse en los oceánicos irises que ahora lo miraban tan intensamente, ya sin la molesta cabellera azulina que por tanto tiempo los había cubierto.
Un escalofrío recorrió su cuerpo, preso de esos ojos brujos de los que no podía escapar; Géminis simplemente miraba, sin emitir ni una palabra, y su silencio, tantas veces despreciado, se tornó entonces en dulce embriaguez en su cuerpo, en calor abrasador subiendo desde su estómago por su garganta, reclamando cada rincón de su anatomía hasta aflorar, sin consentimiento, como suave carmín apenas disimulado en sus morenas mejillas. Intentó mil veces evitarlos fijándose en los arabescos metálicos de su coraza, en el destello lejano de una estrella, en la blancura de sus manos contrastando con la majestuosa soberanía de oro, pero inconcientemente siempre regresaba a esos cielos rodeados de cielo que tantas veces él mismo se había negado, obligándose mentalmente a no caer en ellos, ordenándose en silencio a pronunciar una palabra que cortase aquella enfermiza contemplación.
-Ahm… Fe… Felicidades- acertó a decir con la voz temblorosa, extendiendo la mano en un no muy convencido gesto compañero
Sonrió el nuevo Caballero, devolviendo la amable seña, y al encontrarse sus pieles calló el bullicio, las estrellas se apagaron, y ofendido, el tiempo apagó las llamas del reloj, apresurando el final de la fiesta.
Fueron los comentarios murmurados al pasar los que rompieron el hechizo de la noche, acompañados de un leve jalón de ropas y un bostezo infantil que reclamó el regreso a casa. Con renuencia, Aioros abandonó la blanca mano y cargó a su pequeño protegido, para sonreír de medio lado y perderse en los pasos de la multitud con mil reproches en la mente y el recuerdo de un apretón de manos sublimando el beso que no se había atrevido a darle.
Y en el medio del salón, un destello dorado de armadura entre celestes ondas acompañó el susurro de una última estrofa pintando la fiesta con una mirada sostenida en las palabras de Safo
Cúbrome toda de sudor helado;
Pálida quedo cual marchita yerba;
Y ya sin fuerzas, sin aliento, inerte,
Muerta parezco.
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Vuelve el perro arrepentido o_O argghh, Safo debe de estarse revolviendo en su tumba nomás de leer esto (mejor que ni lo lea XD) |
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