Pegasus no Seiya Registrado: 21 Jun 2007Mensajes: 3368Ubicación: En el teatro 'Solo para locos'Reputación: 170 votos: 5
Un secuestro y un amor
Aphrodita
Hace un año más o menos que quiero escribir este fic con los Jueces (Radamanthys principalmente), pero la idea aun no había cobrado forma, hasta que llegó a mis oídos y ojos la historia de Natascha Kampush... Basándome en el síndrome de Estocolmo, cree esta historia para todos aquellos incultos que creían imposible la relación víctima / victimario (Psicología básica gente, hasta yo lo sé y técnicamente no soy psicóloga).
Aclarado esto ¡Por fin puedo plasmar la idea! No puedo agradecer la cruel historia de Natascha por respeto a ella y a sus sentimientos (La debió de haber pasado muy mal), pero de no haber existido esa historia este fic no tendría aun forma :P... Así que gracias “perra vida” por ser tan cruel.
Una aclaración obvia e innecesaria: se que Aiacos en el anime es peliazul, de un azul muy obscuro, pero aquí lo dejé pelinegro.
Advertencia: Rape casi Shota.
CAPITULO 1: “Sólo”...
El morocho caminaba por las extensas y concurridas calles de su Tokio... Ajeno al destino, desde que la guerra de Hades había finalizado.
Portaba bajo su brazo la bolsa con pan que minutos antes acababa de comprar, mientras que con una mano llevaba un trozo a su boca para calmar el creciente hambre*.
Su porte desgarbado y flaco no profesaba, a quien lo observase, la increíble fuerza interna que ese adolescente llevaba dentro.
A decir verdad, después de Hades, su Cosmo se vio fuertemente obstaculizado... Quizás como castigo de los Dioses, o quizás como un premio, ya que eso implicaba que no tendría que usar sus puños nunca mas...
Pero cuanto hubiese deseado aquel niño poseer ese Cosmo para evitar lo inevitable.
Dio vuelta en la esquina, tarareando en su mente una alegre canción que esa mañana había escuchado apenas se levantó... El sol golpeaba fuerte la superficie terrestre, a pesar de que ya el frío había llegado a esa región; por eso detuvo sus pasos para quitarse la campera que comenzaba a resultarle pesada de llevar sobre su cuerpo.
Fue en ese instante... En ese insignificante instante que alguien lo tomó por el cuello y lo arrastró hacia un obscuro y sucio callejón.
El castaño luchó y forcejeó para intentar librarse del agarre pero no pudo... Un paño en su boca y un olor muy extraño, propio del cloroformo, lo mareó; hasta finalmente hacerlo dormir.
Y no pecaba de ser débil, para nada... Lo que le dio la pauta, antes de caer desmayado, que su agresor era alguien de su mismo nivel, un Guerrero de los Dioses.
***
Humedad, un olor nauseabundo, un profundo dolor de cabeza fue lo que el joven sintió antes de intentar abrir sus ojos.
Enfocó su vista nublada en tres figuras que no pudo reconocer, pero que con éxito lo reconocieron a él:
- Seiya...
Poco a poco su vista comenzó a aclararse, notando con pavor quienes eran los que lo mantenían cautivo.
Tres hombres, ante sus ojos de niño, que él conocía perfectamente bien, o que en un pasado no muy lejano había tenido la desgracia de conocer como enemigos; con dificultad susurró sus nombres, esperando en vano poder despertarse de ese sueño macabro:
- Minos... Aiacos... Radamanthys. –Se encontraba en el suelo, sobre una manta; los tres Jueces de pie observándolo desde arriba con desprecio.
- Que bueno que nos recuerdas bien, Pegasus... –Apenas sonrió Minos, si esa mueca imperceptible en sus labios pudo considerarse una sonrisa, encorvándose un poco para quedar cara a cara con el menor.
El castaño sintió en su rostro el cálido aliento del Juez; notándose indefenso instintivamente se hizo hacia atrás chocando con una húmeda y mal oliente pared ¿Dónde se hallaba? Sus ojos inquietos se posaron en cuanto lugar pudo, descubriendo muy a su pesar que aquel cuarto era un amplio cuadrado de seis por seis, quizás menos, con un aspecto deprimente y desolador.
- ¿Qué... Que quieren?... –Se atrevió a balbucear Seiya sintiendo su respiración agitarse levemente.
No le tuvo miedo a la “muerte” en sí, para nada, era un Santo, o por lo menos lo había sido, pero la incertidumbre de estar a merced de antiguos enemigos, sin posibilidad de defensa, sin saber que irían a hacer con él, logró desesperarlo.
- ¿Qué dicen?... –Investigó Aiacos hablando por primera vez --¿Terminamos con esto?...
¿Qué quiso decir con aquello?. Grifon no lo dejó terminar, interrumpió sus palabras esbozando un:
- Por lo pronto lo ataremos...
- ¿Para que?... –Gruñó Radamanthys.
Por primera vez el Pegasus fijó sus ojos claramente en sus agresores, cuando por fin su vista volvió a la normalidad, notando que de no ser por conocer el pasado de los tres Jueces, tranquilamente pasaban por tres personas comunes y corrientes, vestidos de manera mundana.
- No hace falta... –Acotó Wyvern posando sus ojos en el chiquillo que comenzaba a temblar –No es mas que una rata asquerosa, ni Cosmo posee... Los Dioses lo han librado a su buena suerte.
- No lo sabemos Rada... –Argumentó el peligris tomando del suelo, junto a una puerta maciza unas cadenas de entramado grueso –No olvides que esta “rata asquerosa”... –Ironizó –Nos pegó un baile a todos los Espectros... No quiero sorpresas...
Dicho esto arrojó las cadenas a los pies de Garuda.
- ¿Por qué yo? ¿Soy tu sirviente, acaso?... –Se molestó el pelinegro tomando con reticencia dicho objeto para proceder a encadenar al niño temeroso.
- Si me van a matar, háganlo ahora... –Profesó el Pegasus con molestia, iniciando un tonto forcejeo con el Juez que intentaba privarlo de sus movimientos.
- Lo haremos, tenlo por seguro... –Acusó Aiacos pronunciando aquellas palabras en su oído, consiguiendo el estremecimiento del menor.
- Pero primero nos divertiremos un rato... –Intervino el único rubio allí, plasmando un su rostro una huidiza sonrisa de soberbia que no pudo ni quiso disimular.
- Déjalo Aiacos... –Vociferó Minos al ver que le estaba costando demasiado encadenar al joven –Si no es por las buenas será por las malas... Quítale la ropa...
Sin voltear, Garuda obedeció; dejando las cadenas sobre el suelo, procedió a quitarle la remera azul marino al niño, mientras el peligris, acercándose lentamente a él, ayudó quitando las zapatillas blancas ensuciadas por el barro.
Sin comprender aun lo que le esperaba, Seiya intentó evitar que lo desnudasen, y cuando finalmente comprendió, gracias a que Radamanthys se encontraba muy entretenido masajeandose la entrepierna, exhaló un profundo “¡No!” nacido de su garganta que retumbó en aquellas cuatro grises y gélidas paredes.
- Si te comportas así, será peor para ti... --¿Aconsejó? Wyvern ayudando a los otros dos jueces que tenían apresado al pequeño por sus brazos y piernas.
Aunque el Pegasus intentó evitar lo inevitable, lanzando patadas al azar, Grifon sostuvo sus miembros inferiores para facilitarle a su rubio compañero la difícil tarea de quitarle los pantalones.
Con suma calma, Radamanthys terminó de desnudar al castaño, exhalando un sonoro gemido ronco al ver la morena y joven piel.
Seiya sintió, sobre su cuerpo, las miradas de sus victimarios, y por necesidad cerró sus ojos; sin embargo el peligris, al notar este gesto, lo sostuvo fuertemente de la barbilla y le espetó:
- ¡Mírame! Te digo que me mires...
Con reticencia el Pegasus abrió sus ojos, sintiendo sobre sus pechos las manos de Wyvern recorriendo su virgen piel...
Nunca, nadie... Ni siquiera lo había visto desnudo.
Los dedos del Juez rubio delinearon cada cicatriz en aquel experimentado cuerpo, por lo menos lo era en el campo de batalla. Descendió lentamente hasta llegar al flácido miembro del niño, y allí deposito un morboso beso, entrecerrando apenas sus ojos para deleitarse con el masculino aroma que desprendió aquel miembro.
El pelinegro se situó detrás, para poder tener un mejor agarre del joven, sostuvo su cabeza y a la vez sus brazos, inmovilizándolo. Minos por primera vez le regaló una nítida sonrisa, poseída de una profunda maldad.
Luego fueron otras, las manos que el Pegasus sintió; eran las del mismo juez, Grifon, que recorrió con lascivia la suave piel de sus glúteos, acariciando aquella prohibida zona, hurgando con insistencia, buscando con éxito la inexplorada entrada del castaño.
Seiya se contrajo, y reprimió un grito cuando sintió un dedo irrumpiendo allí, sin lubricación, sin cuidado, con cierto dejo de maldad y venganza en su acto.
Pero Radamanthys fue consciente de ello, y quitando la mano de su compañero, se agachó lo suficiente para poder recorrer con su lengua aquella virginidad.
El Pegasus no pudo agradecer ese gesto, aunque debió haberlo hecho, pues las cosas pudieron haber sido peores. En su pecho la angustia, la impotencia y le desesperación comenzaban a anidarse y apoderarse de su cuerpo y de sus movimientos... Quiso gritar, llorar, pelear, pero nada pudo... Nada.
Wyvern se entretuvo un buen tiempo allí, hasta que el peligris, impaciente y excitado, lo interrumpió:
- Ya Rada... Es suficiente... No doy mas...
El castaño, víctima de aquellos hombres, dirigió su mirada a la parte baja de aquel cruel juez, donde su mano se había posado, y con profundo terror comprobó la rigidez de su hombría, ya fuera de sus pantalones.
Y no había que ser muy lucido, aunque tenia 14 años, Seiya comprendió lo que tenían pensado hacer con él...
Un nuevo forcejeo, el Pegasus intentó soltarse del agarre con el que Aiacos lo tenia prisionero, pero recibió una fuerte cachetada del rubio que prácticamente lo mareo, y nuevamente sus palabras, profesadas con furia y enojo.
- ¡Quédate quieto o será peor!
Radamanthys abrió, sin sutilezas, ambas piernas de aquel inquieto niño, y situándose entre ellas apoyó su enhiesto miembro en su dilatada entrada... Pero luego de intentarlo un par de veces, comprendió que sin dilatarlo le seria muy difícil penetrarlo.
Las primeras lagrimas del Pegasus, de las cuales Minos se regodeó.
- Era hora...
Era hora de ver llorar al aguerrido Santo del Pegasus. Era hora de verlo sufrir, de hacerle pagar todas las que les había hecho.
- Métanle los dedos... –Acotó Garuda impaciente y molesto del lugar que le había tocado.
- ¡Yo sé lo que tengo hacer!... –Exclamó Wyvern desbordado.
- Déjame a mi...
De un empujón, Grifon lo corrió de lugar, para poder tener una mejor visión de la sagrada entrada del castaño tembloroso... La saliva del rubio había hecho su labor, solo restada introducir algún dedo, y eso fue lo que hizo el peligris, pero sin ningún tipo de cuidado.
- ¡Argh!
Exclamó Seiya, ya las lagrimas brotaban de sus ojos sin que las pudiese detener, y nuevamente Minos sonrió satisfecho.
- Eso es pequeño, grita, llora, lucha... Me excita mas... –Aseguró el Grifon introduciendo un segundo dedo con menos cuidado, con la intención de arrancarle otro grito, mas profundo, más desgarrador, mas angustioso.
- Ya Minos...
Ahora fue Radamanthys, quien quitó del lugar a su compañero para volver a ocupar su sitio, como si fuese él, quien tuviese el derecho por obligación, de ser el primero.
Wyvern refregó su miembro que aun se encontraba despierto entre las nalgas de Seiya, su respiración comenzó a agitarse y su pulso a acelerarse, impaciente y ansioso por irrumpir en esa cavidad.
Por reflejo el Pegasus intentó cerrar sus piernas, escuchando, por primera vez desde su llegada a ese lugar, un tono mas o menos cordial:
- Relájate, o te dolerá mas...
Acaso ¿Fue la intención del rubio restarle dolor? Como si realmente le importase. La cuestión es que el castaño obedeció y permitió aquella invasión; por lo menos físicamente, aunque no moralmente.
Radamanthys se aferró a las caderas del niño y comenzó a hundirse cada vez mas, deleitándose con la estreches de Seiya, que poco a poco comenzaba arrancarle suspiros de satisfacción cuando su miembro ocupaba mas terreno, perdiéndose en su interior, apresado por aquellas cálidas paredes internas.
Las lagrimas no le permitieron ver mas que las tres figuras borrosas de sus agresores, intentó calmarse, pensando que quizás así las cosas pasaran más rápido. A su lado el peligris se masturbaba frenéticamente, excitado con la morbosa situación.
Lo único que sintió Seiya, además de un dolor desgarrador en su parte baja y en su corazón, fue un olor muy masculino y penetrante... En su rostro, en sus rojas y húmedas mejillas, algo cálido y suave se deslizaba.
No pasó mucho tiempo hasta que comprendió que se trataba del miembro de Minos. Abrió sus ojos, haciendo un esfuerzo sobre humano por enfocar su vista, y se topó con la sonrisa morbosa y sádica de Grifon.
El peligris tomó sus castaños cabellos, y le obligó a engullir su endurecida hombría, causándole arcadas por la brusquedad con la que lo penetró.
Seiya, en su inocencia, jamas hubiese creído que el miembro viril pudiese ser llevado a la boca, jamas semejante idea cruzó por su púber cabeza... Y de tan solo pensarlo, le dio tanto asco que sintió su estomago revuelto, a punto de vomitar.
Casi no pudo respirar... El miembro de Wyvern descansaba en su interior que poco a poco se acostumbraba al grosor del mismo, mientras que Minos lo sostuvo por su cabeza, sin quitar de lado que Aiacos no era precisamente dulce, los brazos comenzaban a dolerle, por la presión que este Juez hizo en ellos con el fin de privarle los movimientos.
Seiya quiso morir en ese preciso momento, e ir al infierno si era necesario, cuando sintió las duras embestidas del Juez rubio que literalmente lo partían al medio.
Comenzó a asfixiarse cuando sintió en su boca que el miembro de Grifon aumentaba en grosor ¿Qué significaba aquello? Pronto lo supo, cuando un liquido espeso, caliente, viscoso y agrio golpeó en su garganta, obligándole a tragarlo.
A tiempo el peligris quitó su hombría, para permitirle al joven respirar con mas facilidad... Pero aun, su miembro, siguió tan duro como en el inicio:
- Ya Rada... ¿Te falta mucho?
- Ahí va.. –Respondió el aludido con su voz ronca, ahogando un gemido; dio las ultimas furiosas estocadas para vaciarse en el interior del joven, dejando reposar unos segundos su cabeza sobre su pecho, unos segundos hasta que Minos lo quitó ansioso de aquel lugar.
Garuda ya no aguantaba mas, sus dos compañeros se estaban divirtiendo, pero su miembro pedía a gritos atención; cediéndole la labor a Radamanthys de apresar los brazos del Pegasus, con premura liberó a su hombría del encierro masturbándose en el rostro del castaño, quien asqueado corrió su rostro intentando evitar pasar por lo mismo que había atravesado segundos antes con Grifon.
Con violencia, el peligris tomó fuertemente las piernas de Seiya y le obligó a dar la vuelta, espetando con cierto desprecio:
- No quiero verte el rostro... Me das asco...
El Pegasus ya no lloraba, ya no luchaba, solo se limitó a cerrar sus ojos deseando que así todo terminase mas rápido, deseando despertar de aquella dolorosa pesadilla... Aunque de vez en cuando, sin éxito, forcejeaba, intentando liberarse de aquella situación.
Minos ubicó su miembro en la ya lubricada entrada del menor, sintiendo el cálido semen de su compañero que comenzaba a surgir de su violada cavidad, aquello lo excitó, y aunque había acabado, estaba completamente a tono... Irrumpió sin cuidado, arrancándole un sonoro quejido, satisfaciéndose con ese grito.
Grifon bombeo rápido, furioso, gimiendo con cada violenta embestida, disfrutando del momento, echando su cabeza hacia atrás, clavando sus dedos en la morena piel que recubría las caderas del menor:
- Sisisisisi... –Repitió incesantemente, con cada golpe sonoro que su pelvis hizo al chocar con el cuerpo del joven.
Se movió libremente todo el tiempo que quiso, intentado retrasar la eyaculación, hasta que el semen comenzó a agolparse en sus genitales y ya no lo soporto mas, dejó que su néctar surgiese, abundante y copioso, para luego salir de su interior con su miembro sucio y babeante de semen.
Le toco por fin el turno al peligris, que sin bien no fue mas cuidadoso que sus dos amigos, Seiya no lo sintió tan terrible... Desde ya, dos miembros habían dilatado y lubricado lo suficiente. Aunque no por eso, le ardía menos.
Aquello era un asco, el semen chorreaba por las piernas del menor, llegando hasta sus pantorrillas... Con dichas rodillas sobre la manta en donde lo había arrojado, apoyando su cabeza sobre las piernas de Wyvern, ya su cuerpo no ofreció resistencia alguna. Aiacos pudo disfrutar plenamente de eso, de la pasividad del otro, aunque no duró mucho, fue demasiado el tiempo que esperó; no dio un par de estocadas que su semen descansó en el interior del Pegasus, consiguiendo la burla por parte de los otros dos Jueces sobre lo “rápido” que había sido lo suyo.
Ya con el castaño dócil y vapuleado, Garuda pudo encadenarlo. Seiya no tuvo fuerzas para evitarlo, ni siquiera para llorar, o para insultar a aquellos tres hombres, como le hubiese gustado hacer; estaba herido, no solo en su orgullo, sino también en su alma.
Lo dejaron allí, desnudo y atado... Los tres Jueces se subieron los pantalones; hablando y riendo entre ellos se alejaron por una puerta...
Lo ultimo que escuchó el castaño antes de caer desmayado fue la misma puerta siendo trabada vaya Dios a saber con cuantas trabas. Como si Seiya tuviese la fuerza suficiente para salir de allí.
***
¿Por qué?
¿Por qué despertó?
Seiya deseo saberse muerto, pero comenzaba a despertar en aquella obscuridad.
Desnudo como se hallaba, comenzó a tiritar de frío... Intentó focalizar su vista en algo, pero estaba muy confundido... Pasaron unos minutos, quizás horas, y la puerta se abrió dejando entrever una alta figura.
La luz se prendió en aquel cuarto, lo que le causó una profunda molestia al Santo de Bronce, sus ojos acostumbrados a la obscuridad.
Radamanthys portaba en su brazo una fuente ancha y grande, bastante humeante, sobre su hombro una toalla. Dejó las cosas en el suelo y se acercó al pequeño quien por reflejo, nuevamente rechazó al hombre.
El Juez, sin decir palabra, soltó un bufido dejando caer sus brazos... No iba a hacerle daño. Volvió a acercarse al menor tomando sus brazos.
Luego Seiya comprendió, cuando Wyvern le quitó las cadenas... En su interior se lo agradeció, aunque ni siquiera se molestó en mirarlo, no pudo hacerlo.
- Ven aquí... –Habló finalmente el rubio.
Al ver que el Pegasus no se puso de pie, lo tomó de la muñeca y lo arrastró al centro de aquella habitación, justo al lado de la fuente, cuyo contenido, pudo ver el castaño, era agua.
Radamanthys se agacho para tomar la esponja que reposaba en la superficie cristalina; quedando a la altura de la cintura de Seiya, comenzó a limpiarle los restos de semen, comenzando por sus genitales.
El Pegasus suspiró al sentir la tibies en su cuerpo, el frío comenzaba a abandonarlo a medida que la mano de Wyvern iba limpiando todo rastro del aberrante crimen.
Pasaron unos minutos, en profundo silencio, el rubio se entretuvo un buen rato limpiando aquella flácida hombría del joven; levantó apenas su vista para posarla en los aguados ojos de aquel que en un pasado no muy lejano había demostrado ser un Guerrero inigualable.
Miedo, asco, repugnancia, fue lo que Radamanthys halló en aquellas orbes marrones... Volvió a depositar su mirada el miembro dormido del castaño y acercó apenas su boca para depositar un beso como había hecho antes.
Su lengua surgió, tímida, pero fogosa... La humedad se apoderó de aquella hombría que muy a pesar del dueño, comenzaba a reaccionar por esa particular caricia que le profesaba el Juez del Inframundo.
A pesar de que le estaba costando, Wyvern no se dejó vencer, supo que estaba logrando su cometido, pues el miembro del niño comenzaba a agrandarse en su boca... pero pasado unos minutos vio que era en vano.
Retiró de su boca la semi flácida hombría del Pegasus y se incorporó, observando insistentemente a su víctima quien solo se limitó a esquivarle la temblorosa mirada.
Un suspiro escapó de la boca del rubio, acompañado de unas parcas e indiferentes palabras:
- ¿Tienes frío?
Acaso ¿Temblaba de miedo?
El castaño asintió débilmente, Radamanthys caminó hasta donde estaba la manta que hizo de cama para el pequeño y tomó las prendas que horas antes le habían quitado... Se las cedió amablemente, y Seiya con reticencia las aceptó.
Al ver que el Pegasus permaneció estático, con ese porte tembloroso, con suma molestia Wyvern le quitó sus propias ropas de la mano, y procedió a vestirlo.
Quizás fue su idiota imaginación, pero el rubio lo vistió con suma calma, con parsimonia, como si se tratase de algún ritual... Hasta se podría decir, con dulzura... Pero claro, solo fue la imaginación del pequeño.
- Tienes un excusado... –Señaló Radamanthys una rústica abertura en la pared, Seiya guió su mirada allí pero nada dijo. –Y luz...
Acotó Wyvern tomando las cosas del suelo para irse por la misma puerta que había ingresado.
¿Qué iban a hacer con él?.
Vestido, el Pegasus volvió a ocupar su lugar, dejándose caer sobre la manta gruesa y negra... Intentó no pensar en nada para no sucumbir al terror, para no hacerse preguntas sin respuestas, para no llorar.
Nuevamente, las trabas de la puerta volvieron a oírse... No quiso saber nada con ninguno de los tres Jueces, no quiso verlos, ni sentir sus manos sobre su cuerpo, ensuciándolo, pudriéndolo mas de lo que ya estaba.
Cerró sus ojos, como si así pudiese evitar cruzarse con alguno de sus tres victimarios.
- Come...
Indicó una voz desconocida. Cuando Seiya abrió los ojos se encontró con Aiacos, quien con una mirada indiferente le dejó en el suelo, a su lado, un pocillo de metal cubierto de arroz blanco y frío, además de una cuchara.
- Vendré a buscarlo dentro de unos minutos...
- No tengo hambre... –Confesó el Pegasus, hablando por primera vez después de tanto tiempo.
- Te conviene comer, tendrás una sola comida al día, así que come... –Insistió Garuda sin ganas de iniciar una estúpida discusión con el crio.
Ante esas palabras el castaño comprendió que las intenciones de los Jueces era tenerlo cautivo allí.
- ¿Qué harán conmigo?... –Investigó Seiya incorporándose apenas en la manta --¿Me matarán?.... –Sinceramente no le tuvo miedo a la muerte, pero si al dolor y a la humillación.
- Aun no lo sabemos... Lo estamos discutiendo... –Sin mas, el Juez pelinegro se alejó por la puerta.
El Pegasus observó con cierta repugnancia el arroz en aquel plato hondo, luego la cuchara, comprendiendo que no seria fácil engañar a los tres Jueces; pues si tan solo le hubiesen dejado unos palillos, o un tenedor, tendría con que defenderse... O mínimamente un plato de porcelana para poder quebrar.
Dejó de lado sus cavilaciones y con mucha dificultad se puso de pie... Le dolía todo el cuerpo, aun mas aquella zona tan privada que en su corta vida jamas creyó que seria tomada por alguien... Es que con tantas guerras, no había tenido tiempo de pensar en esas cosas, como en novias, sexo, amor...
Y se encontraba allí, con su inocencia injustamente interrumpida.
Caminó por un costado, sosteniéndose de la gris y fría pared, buscando con desesperación una ventana.. Pero nada, era un cuadrado cerrado y mal oliente.
Acaso ¿Habían preparado el lugar para él?.
No había nada en el lugar, mas que aquella abertura que debido a la circunstancia el pequeño no había notado hasta que Radamanthys se lo señaló... Observó con profundo asco lo que sería su baño, aun mas mal oliente que todo cuarto; solo había un excusado y una canilla.
Revisó minuciosamente, lo que llegó a creer era un sótano, sin perder detalle, pero no halló nada de que valerse... Ni siquiera podía suicidarse ¿Con que?... Observó la luz, maquinando la macabra idea de morir por lo menos electrocutado pero el sistema no era mediante electricidad.
Luz a batería.
Su vida realmente apestaba, aun mas que aquel lugar.
Volvió al suelo, en su manta negra, junto al plato de arroz frío e intentó comer. Quizás con suerte, el arroz estuviese envenenado.
Probó bocado, y aunque le resulto insípido, calmó un poco su ansiedad y su angustia ¡Si lo iban a matar! ¡Que lo hicieran! No le importaba, pero estar allí era aun mucho peor de lo que el niño se atrevió a imaginar en su vida.
Es que con 14 años, el Pegasus no dejaba de ser un niño, quizás demasiado maduro para su edad por las duras pruebas que tuvo que atravesar, pero en el fondo era aun un chiquillo temeroso.
***
Pasaron los días, con una lentitud desgarradora para la víctima... ¿Lo estarían buscando?
La comida no varió un ápice, ni tampoco el trato de los tres Jueces... Mientras que Aiacos lo ignoraba, Minos lo torturaba hasta que Radamanthys ponía punto final a la situación.
Un día cualquiera, los Dioses vayan a saber cuando, con suma pena, Seiya manifestó su deseo de bañarse... Como si, dadas las circunstancias, aquello fuese realmente importante, pero lo cierto es que comenzaba a sentirse sucio y asqueado no solo por dentro, sino también por fuera.
- Quiero... Bañarme... –Susurró el Pegasus cuando Aiacos le dejó sobre el suelo la ración de comida del día.
El Juez se limitó a mirarlo para luego dirigir su mirada a la puerta abierta... Un segundo, en el que el castaño se imaginó corriendo hasta allí para escapar del lugar, pero ¿Qué posibilidades tendría?
- Radamanthys... –Gritó Garuda con el fin de ser escuchado.
Por la puerta la figura del mentado Juez se presentó... Y la loca idea de largarse a correr abandonó a Seiya.
- El mocoso quiere bañarse... –Sentenció el pelinegro.
- Bien... –Asintió el rubio, aquello era lógico y no representaba una amenaza que el niño se diese un baño.
Quizás, fuera de aquel cuarto, si tuviese una real oportunidad para escapar, solo necesitaba encontrar el momento propicio para echarse a correr, o por lo menos morir en el intento ¿Qué mas daba? Si lo suyo con los jueces era una sentencia de muerte.
Aiacos se alejó de la habitación dejando solo al niño, y quien volvió a la hora en su búsqueda fue Radamanthys.
Sin mediar palabras, Wyvern lo tomó de un brazo y lo arrastró sin sutilezas pero igualmente sin violencia hasta la puerta entreabierta.
- Ya está todo listo... –Aseguró el juez para luego acotar con firmeza, susurrando en el oído del menor –Y que ni se te ocurra hacer nada estúpido porque estamos los tres...
En ese momento, al castaño la respiración se le cortó; como si el rubio le estuviese leyendo la mente...
Y se preguntó, si sus victimarios se hallaban en igualdad de condiciones... ¿Los jueces también habían perdido su Cosmo? ¿También se hallaba obstaculizado?... ¿Qué le hacia pensar que si? De no ser así, realmente el Pegasus tuvo todas las de perder.
Cuando atravesó la puerta se encontró con una cómoda cocina, algo desordenada pero bastante moderna, la luz de la ventana, indicando el día, le causó una profunda puntada en sus ojos... Es que para saber si era de día o de noche, el castaño solo contaba con un respiradero que reflejaba apenas la luz, y que le permitió ver solo el césped y el barro de un terreno.
Aunque Seiya intentó observar y fijar en su mente las cosas que lo rodeaban, Radamanthys no se lo permitió, ya que lo arrastraba con suma prisa, como adivinando sus intenciones.
Una sala, una chimenea, sillones, un cuadro... Ventanas... Ventanales grandes que al Pegasus le supo a libertad: Correr y pasar a través de ello; pensarlo era muy sencillo.
Subieron unas escaleras, el castaño tropezó y cayó varias veces, quizás débil por la falta de una buena alimentación, o por el dolor en el que se vio sumido durante esos días que no supo si en realidad fueron meses.
Su pelo hedía, aun mas su ropa... Su castaño cabello se encontraba apelmazado por la mugre, realmente necesitaba ese baño.
Llegaron ante el descanso de esa escalera, un pasillo con cuatro aberturas, Wyvern sostuvo al niño con una mano y con la otra abrió la puerta frente a ellos... Un baño, en donde Minos se encontraba sentado al borde de la bañera, y Aiacos con su espalda apoyada en un mueble blanco y alto, aparentemente esperándolo.
No sería nada fácil escapar de allí.
* Sé que “hambre” es del genero femenino, debería ser “La creciente hambre” Pero en mi país esa frase suena muy fea, por eso la dejé en masculino.
CAPITULO 2: “Detrás del muro de los lamentos”...
El agua, reposada y quieta en la bañera, humeaba; la mano de Grifon tocó la superficie causando algunas ondas, Garuda se incorporó dando la vuelta para abrir el mueble en el que anteriormente estaba apoyado, buscó allí los elementos necesarios y se los cedió al peligris.
- Ya niño... No tenemos todo el día... –Apuró el rubio a su lado –Quítate la ropa...
Aquel acto, el sencillo acto de quitarse la ropa simplemente lo aterró... Creyó que hacerlo seria una clara invitación a que volviesen a hacer con él aquel acto degradante de ultrajarlo nuevamente.
Al notar la pasividad del menor y su innecesario temblequeo, Wyvern suspiró molesto y procedió a quitarle las prendas con rapidez.
Aiacos pasó junto a su compañero y el joven, consiguiendo la atención del rubio.
- ¿Adónde vas?
- Abajo... –Respondió con fastidio, estaba aburrido, quiso ver un poco de televisión o leer algo.
Radamanthys lo tomó de un brazo evitando su partida.
- Tienes que quedarte...
Ese había sido el trato, todo “por las dudas” no olvidaban quien había sido Seiya, lo prudente era permanecer los tres allí.
Resoplando molesto con su compañero, Garuda volvió con desgano a su lugar. Wyvern intentó concentrarse en el niño, le bajó la cremallera del pantalón y lo deslizó junto a su ropa interior.
En ese momento, el pequeño cerró sus ojos y por reflejo se tapó con ambas manos sus genitales. Notando que Seiya no mostraba ganas de cooperar, el rubio lo condujo hasta la bañera.
El Pegasus puso un pie dentro de la tina, el otro y finalmente se sentó sintiendo la bendición de aquella cálida agua sobre su sucio cuerpo.
Vio la misma mano de Minos, que segundos antes habían tocado el agua, acercarse a su cuerpo... Grifon tomó la esponja que bailoteaba de un lado al otro sobre la superficie y colocó suficiente jabón liquido, se acercó un poco mas al niño y comenzó a lavarlo, con calma, sin prisa.
El castaño apenas levantó su vista, y se encontró con el gesto del peligris, con su boca ligeramente entreabierta dejando escapar un suspiro.
- Eres algo adictivo... –Aseguró Minos riendo apenas, dejó caer la esponja para que su mano recorriese la piel del joven.
Un “no”, cargado de profundo asco surgió de Seiya, aunque no se escuchó ya que solo lo pensó. Grifon liberó de sus pantalones negros de jean su hombría endurecida, y sin ningún tipo de pudor comenzó a masturbarse frente a sus compañeros y víctima.
- Mira... –Sentenció el peligris divertido y excitado –Mira... ¿Te gusta?... –Bajó su vista a su entrepierna, con una mano se masturbaba frenéticamente y con la otra acarició el pecho del Pegasus --Sí, te gusta. –Afirmó sonriendo.
- N--no... –Atinó a responder el castaño encorvándose para evitar que esa mano llegase a su dormido miembro.
- ¡Si, te gusta!... –Exclamó Minos con enojo, cuando llegó finalmente a la entrepierna del menor presionó fuertemente arrancándole un gemido de dolor.
- Ya Minos... –Interrumpió Radamanthys, y el aludido lo soltó.
Pero solo para ponerse de pie y sacar de la bañera al castaño... Seiya se dejó arrastrar fuera de la tina, chorreando agua, Grifon lo condujo hasta el centro del baño. Aiacos se limitó a ignorar la situación, bostezando largamente, aun apoyado contra el mueble.
Una vez allí, de un empujón, el peligris arrodilló al pequeño y con morbosidad violó literalmente su boca, y no le importaba que los dientes del niño le causase dolor, estaba demasiado excitado y sinceramente aquellas cosa motivaban de mas a ese Juez.
Minos se hizo un poco hacia atrás, llevando consigo a Seiya, para que de esa forma tuviese que apoyar las palmas de su mano sobre el suelo frío de aquel baño. Con la mirada invitó a sus amigos, no había que ser muy lucido para interpretar sus intenciones.
Fue Garuda, quien aburrido y a la vez excitado por el show, acarició el trasero del Pegasus, introduciendo apenas un dedo, para luego bajarse los pantalones y penetrarlo furtivamente.
¿Qué mas daba? Wyvern también se acercó, pero él buscó con su boca el flácido miembro del castaño, se lo llevó a la boca y degustó su sabor.
Seiya no estaba para eso, no estaba para gozar... Así que su hombría apenas reaccionó a las calurosas caricias que el rubio se dedicó a darle, mas a Radamanthys le gustaba en si probar con su boca la morena piel del joven.
Siguieron, por un buen rato, hasta que los tres estuvieron lo suficientemente satisfechos... Minos quiso seguir, pero Wyvern, al ver las lagrimas del pequeño y sus ojos rogando por piedad, puso punto final a la situación.
Tuvo que terminar de bañarlo él, ya que el Pegasus ni fuerza logró reunir para lavar su cuerpo tembloroso. Y dejarlo a Minos con esa labor implicaba perder mas tiempo, ya que Grifon solía entretenerse manoseando al castaño, y tenían muchas cosas por hacer, no podían estar todo el día en el baño.
Seiya escondió su mirada, la depositó en la turbia agua, mientras que el rubio se limitó a lavar su cuerpo con rapidez pero a la vez con cuidado... Radamanthys levantó la mejilla del Pegasus con una mano, y observo sus ojos, aunque el castaño intentó evitar mirar sus orbes no pudo hacerlo.
Wyvern juntó un poco de agua con la otra mano libre y lavó las lagrimas del pequeño, como si así lavase también su dolor... Acaso ¿Esa fue su verdadera intención? ¿Había lastima en sus ojos? No, solo fueron ideas del niño.
El baño por fin terminó, Aiacos le cedió al rubio un toallón con el que Radamanthys cubrió a Seiya, secando con fuerza, frotando con energía... Secó sus orejas, sus partes mas privadas, sus dedos, y le cedió la ropa.
En perfecto silencio, Wyvern no abrió la boca para nada, y cuando el menor terminó de vestirse, lo tomó de un brazo y lo condujo escaleras abajo nuevamente a su prisión.
Seiya se dejó caer sobre la manta, necesitó saber que seria de él, pero comprendió que lo prudente era permanecer callado.
La puerta se cerró con un chirrido escalofriante, seguido por las innumerables trabas.
Con un poco mas de energía, el Pegasus se puso de pie, y volvió a revisar con insistencia aquel cuarto que lo mantuvo cautivo, en la búsqueda de algo que le sirviese.
Llegó hasta la puerta, y apoyó sus manos como si así lograse abrirla, miró bien cada recoveco, cada borde de esa puerta maciza de metal, aquello parecía un búnker, aunque de ser así tendría que estar bajo tierra.
No había mucho por hacer allí, mas que pensar, pensar y pensar...
El castaño se aferró a los recuerdos para no caer, para no sucumbir, y hasta se llegó a preguntar si lo mejor no seria dejarse morir... pero algo, quizás el instinto de supervivencia que todos los humanos poseemos, lo arrastraba a mantenerse con vida, a seguir luchando, a no claudicar.
Hasta cierto punto, esa era la verdadera esencia del Pegasus.
¿Lo estarían buscando? Saori, Ikki, Shiryu, Hyoga, Shun... ¿Preguntarían por él? ¿Cuánto tiempo ya había pasado encerrado y a merced de los tres Jueces del Inframundo?
Preguntas sin respuestas.
Si su Diosa lo estaba buscando, quizás con suerte ya para esas alturas supiesen donde estaba cautivo... La fundación Grad tenia la capacidad de hallar una aguja en un pajar, por lo menos se había labrado esa fama con el tiempo, aunque... Jamas le habían dado respuestas sobre su hermana; ¿Qué le hizo pensar que lo hallarían? ¡Aun más preocupante! ¿Qué le hizo pensar que estarían buscándolo?
Tal vez, ya se habían olvidado de él... Al fin y al cabo ¿Quién podía preocuparse por el castaño? Acaso ¿No le decían siempre lo molesto, impertinente, inmaduro y mal educado que era? Una molestia andante en la Mansión.
Si, lo más probable es que ahora todos estuviesen más tranquilos sin su presencia, sin sus bromas, sin su constante y molesta presencia
***
Desde ese día, Seiya se bañaba cuando los Jueces se lo permitían, o mejor dicho cuando tenían ganas de descargar tensiones sexuales... Sobre todo Minos.
Fue así que el Pegasus terminó odiando el tener que bañarse, aunque realmente lo necesitaba...
Sucedió un par de veces, hasta que las cosas comenzaron a cambiar, o por lo menos el proceder de los Jueces, en especial de Radamanthys.
- Levántate... Es hora de que te bañes...
El castaño entreabrió sus ojos observando la alta figura de Wyvern; antes de que pudiese negarse o reprochar algo, el rubio lo tomó de un brazo y lo arrastró hasta la cocina para hacerle subir las escaleras.
Llegaron ante la puerta, y el pequeño cerró sus ojos, sintiendo el asco, el pudor y el miedo apoderándose de su cuerpo al imaginar lo que le esperaba, sin embargo allí no estaba ni Minos ni Aiacos, solo la bañera preparada para un baño tibio.
- No hagas ninguna estupidez... ¿Entendido?... –Sentenció Wyvern cerrando de un portazo la puerta –Desvístete rápido, no hay mucho tiempo...
Sin saber bien porque, Seiya obedeció, y en segundos ya se encontraba dentro de la tina lavándose el cuerpo. Radamanthys se sentó sobre la loza de la bañera, con una rodilla encogida, sacó de su bolsillo un paquete de cigarrillos, y llevándoselo a la boca, prendió uno.
Seiya termino de bañarse mientras Wyvern terminaba de fumar ese cigarrillo, dejando despreocupadamente la ceniza sobre el suelo, arrojó la colilla dentro del inodoro y le alcanzó una toalla.
Nuevamente el rubio guardó silencio... El Pegasus no supo como reaccionar, creyó que seria como tantas otras veces, que lo tocaría un rato, que lo torturaría, pero no... Y Radamanthys se molestó, al notar la pasividad en el otro.
- ¡Ya niño! ¡Mierda! ¿Eres idiota? Apúrate, que no tengo todo el día.
El castaño ante ese grito terminó de secarse y volvió a colocarse la misma ropa con su corazón agitado ¿Qué estaba pasando allí?
Radamanthys no se lo explicó, desde ya; lo condujo nuevamente hasta su cuarto y lo dejó solo con sus dudas y cavilaciones.
La situación comenzó a ser clara para Seiya: Wyvern lo hacia bañarse cada vez que Minos y Aiacos no estaban, sobre todo Grifon.
Sin embargo eso no evitó para nada que la tortura sobre su cuerpo decreciese, ahora el peligris y Garuda lo buscaban en su “cárcel” para saciar sus apetitos sexuales, acompañados por el juez rubio que cada día tomaba menos participación en los juegos.
Con el tiempo, aparentemente, se aburrieron de él... Ya no lo buscaban tanto como antes, ya no pasaban tantas horas manoseándolo y penetrándolo.
Y eso era algo muy malo... ¿Qué harían con él?
Cuándo un juguete no sirve, nos resulta aburrido, nos deshacemos de él ¿verdad? El Pegasus comprendió esto y el terror a lo desconocido, a no saber, comenzó a apoderarse de su corazón.
Porque esta en el humano, buscar sobrevivir.
Fue un día cualquiera, que el castaño creyó que seria su fin. Minos ingresó furioso al cuarto donde estaba prisionero, espetando furibundo:
- ¡Ya estoy harto!
Tomó al pequeño de un brazo jalándolo fuertemente.
- ¡Déjalo Minos!... –Radamanthys apareció por la puerta, acercándose rápidamente a Grifon, detrás de él Aiacos.
- ¡Ya estoy cansado!... Lo descuartizamos y lo escondemos, no lo encontraran nunca.
- Yo propuse eso desde un principio... –Acotó Garuda con un dejo de hartazgo –Pero ustedes se encajetaron en tenerlo como mascota...
- ¡La idea era esa Radamanthys!... –Exclamó el peligris fuera de sus cabales observando al niño sobre el suelo. --¡Desde el principio nos íbamos a deshacer de él!
Seiya tembló de pies a cabeza, y hasta cierto punto quizás era lo mejor.
- ¡Pero yo decido que hacemos! –Wyvern realmente infundió respeto.
- ¡Que haya sido idea tuya no te da derecho a decidir por nosotros!... --Minos prácticamente escupió las palabras en el rostro de su compañero, para señalar luego a Aiacos --¡El también piensa igual que yo! Ya fuimos demasiado lejos... ¡Lo están buscando!
- No lo van a hallar ¡Ni en mil años aquí!... –Defendió el Juez rubio sus ideas.
- Yo la verdad... Estoy cansado... –Se sinceró Aiacos con una calma abrumadora, a comparación de los otros dos que discutían a los gritos.
A simple vista, eran dos contra uno... Minos y Aiacos quisieron desde entrada terminar con el asunto, esa había sido la idea: secuestrarlo, torturarlo, hacerle pagar todas las humillaciones que les ocasionó, y matarlo... En pocas palabras, hacerle vivir en carne propia el verdadero infierno.
Pero Radamanthys tuvo la brillante idea de tenerlo como un trofeo; ya habían llegado demasiado lejos, lo estaban buscando y tarde o temprano lo hallarían.
El Pegasus se tomó fuertemente la cabeza para evitar oír los gritos de aquellos dos hombres, se quedó en posición fetal, acurrucado en su manta, al borde de las lagrimas...
¡Si lo iban a matar que lo hicieran! Pero que no lo torturasen más.
De un momento a otro, dejó de escuchar los gritos, poco a poco buscó con su mirada a los tres Jueces, descubriendo que nuevamente se hallaba solo y con la puerta cerrada.
¿Qué había pasado? Se habían ido... El castaño suspiró y apoyó su espalda contra la pared.
Lo estaban buscando... ¿Era cierto? ¿O solo el temor del Juez?
Solo una cosa tuvo en claro Seiya, que si uno de los jueces volvía en su búsqueda, podría ser la ultima vez.
No quería morir, pero a la vez, no quería sufrir... Tan contradictorio como real.
***
Pasaron unas horas y la puerta se abrió... El corazón del Pegasus galopó con furia, pero logró tranquilizarse cuando notó que era Radamanthys, con un tazón de arroz en su mano que deposito junto a él.
Wyvern se alejó y antes de atravesar la puerta escuchó la temblorosa y tomada voz del niño:
- ¿Qué... Que harán conmigo?
Pero el rubio no respondió, ni siquiera volteo a verlo... Terminó de cruzar el marco y trabó la puerta.
El castaño observó su arroz, tal vez estaba envenenado aunque cabe admitir que esa no seria la forma que elegirían los orgullosos Jueces del Inframundo para matar a un enemigo, el más odiado por ellos.
Comió deseando que su plato estuviese envenenado, aunque no fue así para su pesar.
***
Los días pasaron, los meses, las horas, vaya uno a saber, allí en ese lugar no había tiempo, ni día, ni noche para el pequeño Seiya.
Para su ¿fortuna? Aun se encontraba con vida, y en ese tiempo solo había visto a Radamanthys de los tres jueces, llevándole comida sin dirigirle la palabra.
Era tan raro, hasta el mismo Pegasus llegó a preguntarse ¿Por qué no lo mataba y ya?. Pero Wyvern tenia algo raro en su mirada, algo muy extraño, inexplicable que daba miedo y hasta cierto punto algo de pena... ¿Tristeza, melancolía?
Un día Seiya se encontraba bebiendo agua de la sucia canilla en aquel improvisado baño, encorvado para poder llegar con su boca y beber el preciado liquido, y la puerta se abrió, dejando entrever al Juez que asiduamente lo visitaba, portando en su mano aparentemente ropa, y con su voz parca sentenció:
- Ven... Te bañaras...
El Pegasus sumiso y obediente se dejó conducir... Se bañaba cuando el otro quería, comía cuando el otro lo disponía, hacia lo que el otro le dictaba... Ya no tenía poder para decidir siquiera algo tan básico como cuando bañarse.
Llegaron al amplio y limpio baño de aquella enorme casa, con el tiempo el castaño había podido fijar en su mente pequeños detalles, y por lo poco que vio percibió que aquel lugar era una gran casona, con muchas habitaciones y muchos recovecos.
Nuevamente, no había ni rastros de los otros dos Jueces, acaso ¿Se habían ido? Hacia un buen tiempo que había dejado de recibir sus visitas, y en el fondo aquello lo tranquilizó, aun más después de la discusión entre los tres sobre su destino.
Radamanthys en silencio, como siempre, le preparó el baño, Seiya no dejó un segundo de observar la ropa que Wyvern había dejado sobre la tapa baja del inodoro, ¿Era para él?
El rubio, una vez que el pequeño se sentó, él lo hizo a su lado para poder lavarlo con rapidez... Labor que ocasionalmente siempre realizaba Minos, pero con un trato bastante brusco y morboso.
Si bien el mayor no fue brusco y había comenzado a lavar al pequeño con paciencia, su mano, sus dedos recorrieron con cierta lujuria la morena piel del niño, quien observando tímidamente notó la hinchazón en la entrepierna del inglés... ¿Hacia cuanto que Radamanthys no lo tomaba?.
Cuando terminó de lavarle la cabeza, y sacarlo de la tina para secarlo, Wyvern se dedicó a observar al menor con un brillo especial en su mirada, que denotaban su profundo deseo. Seiya cerró sus ojos y se dejó llevar, ¿qué mas daba?... Las manos del mayor recorrieron con lascivia su cuerpo. Sin embargo el rubio detuvo de improviso sus caricias, sus manos posadas sobre los redondeados glúteos del Pegasus detuvieron su osado recorrido, para luego pronunciar:
- Ten...
El morocho abrió apenas sus ojos, notando la mano extendida del Juez, ofreciéndole gentilmente ropa limpia, ropa nueva.
- ¿Esto?
- No puedes estar siempre con la misma ropa, te enfermaras... –Aclaró el inglés, lejos de importarle realmente la salud del niño, pero no podía darse ese lujo, si el pequeño se enfermaba representaba una dificultad.
- Gracias... –Susurró apenas el joven, procediendo a colocarse esas prendas nuevas; ropa interior, un pantalón deportivo gris y una camiseta blanca y gruesa de algodón, sin olvidar un par de medias blancas y zapatillas deportivas.
Radamanthys tomó las otras ropas, las viejas, con el fin de lavarlas, aunque reconoció que lo mejor era prenderle fuego y comprar otras prendas.
Seiya, algo avergonzado y en parte agradecido de sentir sobre su cuerpo la pulcritud necesaria, siguió a Wyvern rumbo a su “cárcel” sin forcejear, sin intentar librarse de su agarre, sin protestar; quizás inconscientemente esa fue la forma que encontró de agradecer el gesto y la preocupación.
Desde entonces, cada vez que Radamanthys iba a llevarle comida, solía manosearlo, pero extrañamente llegaba hasta un punto, luego lo dejaba y se iba.
***
Un día, como siempre, Wyvern llegó con el clásico plato de metal y la cuchara, solo que el contenido era distinto, acaso ¿El arroz había sido suplantado por pollo y una ensalada de papa y huevo? *
El rubio se lo confirmó, cuando notó la mirada de incredulidad en el Santo de Bronce necesitó excusarse:
- Si comes solamente arroz enfermaras... –Sentenció el Juez con algo de rudeza –Y no debes enfermarte, porque no pienso llevarte a un hospital ni traer aquí a un medico...
Sin más, el inglés dejó sobre el suelo la comida, escuchando un tímido “Gracias” por parte del pequeño... Lo miro por ultima vez y lo dejó solo.
No hace falta explicar que Seiya devoró hasta el último trozo de comida en aquel plato, pareció un perro hambriento, comiendo directamente del plato sin utilizar la cuchara, Radamanthys hasta se había tomado la molestia de trozar todo, de quitarle el hueso al pollo y de cuidar que hubiese trozos pequeños... Y aun mas ¡Estaba condimentado! Aunque a decir verdad, aunque no lo estuviese, el Pegasus lo hubiese comido con las mismas ganas.
A la media hora la puerta se volvió a abrir con ese chirrido escalofriante que lograba sobresaltarlo siempre, la figura del Espectro, imponente y amenazante surgió, tan solo en busca del plato, pero como tantas otras veces no pudo evitar posar su mano sobre las temblorosas piernas de su víctima.
Necesitaba tocarlo, acariciarlo, sentir bajo sus manos ese calor, ese miedo, y de esa forma, obtener ese poder que siempre caracterizó al Juez Radamanthys... Aunque a decir verdad, no le gustaba ver en esos ojos castaños el terror, el asco y el rechazo, no le agradaba.
Seiya, como desde hacia tiempo se había resignado, se dejo hacer, sin participar, pero sin obstaculizar la labor de Wyvern... Tomando mas confianza, este metió su mano debajo de la tela de la camiseta del castaño, y tocó con las yemas de sus dedos, su curtida piel, ahogando un suspiro que delataba su hondo y desmedido deseo.
Aunque el pequeño no lo notó porque no se molesto en mirar, el rubio se encontraba muy a tono. Para restar dudas, el inglés, arrodillado a su lado en la manta negra, tomó su mano y la guió hasta su entrepierna hinchada, enredó sus blancos dedos sobre la morena mano de su niño y ejerció presión, pero la tela gruesa de jean le privó de experimentar ese especial toque, por lo que desabrochó la cremallera dejando al descubierto un palpitante y necesitado miembro.
Seiya apenas miró, aun ver la hombría despierta de alguien le daba pavor, pero Radamanthys no necesitaba que lo mirasen, solo que lo acariciasen, físicamente, y quizás de esa forma llegar a acariciar su solitaria alma.
El Pegasus sintió en su palma esa suavidad y ese calor tan característico, la mano de Wyvern le “enseñó” como masturbarlo, lo fue guiando, paso a paso.
El rubio disfrutó de aquel trato, sobre todo porque el castaño no se mostraba tan reticentes como antes, y hasta pudo asegurar que cooperaba, con algo de asco, pero lo estaba haciendo... Aumentó un poco la velocidad, al mismo tiempo que la intensidad.
Un ronco gemido fue lo que escuchó Seiya, y luego el cálido semen sobre su mano... Poco a poco el Espectro fue disminuyendo esa presión hasta soltar al pequeño, con su respiración agitada y su pulso acelerado, se limitó a observarlo, para ver que actitud tomaba, pero el Pegasus solo mantuvo su vista gacha, posó sus ojos sobre su propia mano ensuciada de aquel liquido; lo observó como si fuese algo ajeno, que en parte lo era, pero tan ajeno que le resultaba extraño, cuando era algo que el también hombre poseía en su cuerpo.
Sorpresivamente, sin emitir palabra, Radamanthys tomó una punta de la manta y limpió la mano del joven, luego se puso de pie, se abrochó el pantalón, tomó el plato y la cuchara, y se alejó de aquel cuarto.
El Pegasus se arrojó sobre la misma tela con la que Wyvern lo había limpiado, y sin pensar en nada, porque últimamente pensar era un martirio, intentó conciliar el sueño, hasta que finalmente lo logró.
***
El tiempo ahí, como siempre, pasaba de manera extraña para el pequeño... Técnicamente no había tiempo; si pasaba un segundo, un minuto, un día, era casi lo mismo para Seiya, el mismo martirio y las mismas preguntas ¿Estarían preocupado por él? ¿Lo estarían buscando? ¿O ya lo daban por muerto?
Muerte, algo que nos aterra por ser desconocido, todo lo desconocido nos da rechazo o curiosidad. Si bien el Pegasus era un Guerrero de los Dioses, el cual no debería temerle a la muerte, se encontraba en una encrucijada, quería vivir, pero al mismo tiempo morir, si es que no lo estaba haciendo en vida.
Para colmo, cuando se sintió caer, caer en un profundo pozo, algo siempre lograba sacarlo a flote, como si Radamanthys adivinase sus pensamientos y sentir; cuando llegaba a ese punto, el Juez se aparecía con “algo” nuevo, que le daba nuevas fuerzas al castaño.
Así ocurrió una tarde, en la que Wyvern llegó al sótano con un diario que le arrojó a sus pies.
- Te traje el diario de hoy, para que te entretengas un poco...
El rubio era consciente de la peligrosidad que representaba estar encerrado en un lugar sin tener la mente ocupada, quizás por eso intentó preservar la poca cordura que al niño aun le quedaba; aunque más que locura lo que a Seiya le aquejaba era una profunda depresión, y como toda depresión había días en los que estaba con ánimos y otros en los que no quería siquiera comer o beber agua.
Cuando el Juez lo dejó solo, el castaño se abalanzó sobre el diario, como si en vez de ser simple papel, fuese la llave de su libertad, o por lo menos la de su sanidad mental. Con desesperación buscó la fecha, pues el inglés le había dicho que era el diario de hoy.
Y no fue solo devastador notar, que según esa fecha, hacia seis meses se encontraba en cautiverio, ni tampoco reconocer que ya había cumplido sus quince años... Fue aun peor descubrir que se había perdido la Navidad y pronto, dado que el diario fechaba 30 de diciembre, también el año nuevo.
Por un segundo olvidó el diario, y buscó trasladarse mentalmente a la Mansión Kido, intentando imaginar que estaría haciendo cada uno, como hubiese sido su cumpleaños numero 15, el primero lejos de una cruel Guerra... En su mente se imaginó la Navidad, la fría Navidad con sus amigos, hermanos, compañeros de armas, en esa imagen: Ikki quejándose como siempre, ya sea por la nieve, por el frío, o por la misma Navidad; Shun al igual que el Pegasus, emocionado, esperando los regalos con impaciencia; Shiryu preparando todo para que nada saliese mal... E Hyoga, algo melancólico, recordando a su madre, siendo mas gentil con todos, mas mundano, y no tan frío... Es que la Navidad logra eso, hacer mas humano al humano.
Pero no, la verdad es que se hallaba encerrado allí, dentro de esas cuatro paredes mal olientes, frías y húmedas, con solo el goteo de la canilla mal cerrada como fiel compañero... Y aunque no lo supo, la Navidad de Radamanthys no fue muy distinta a la de él, aunque claro, contaba con una enorme y vacía Mansión... Una silenciosa, dormida, aburrida y solitaria Mansión para el solo y sus fantasmas, para sus temores, sus dudas, sus inseguridades y su tristeza.
Seiya volvió al diario dejando de lado sus pensamientos y se concentró en la lectura notando que el diario era japonés, pues esa era otra cuestión ¿Se hallaba aun en Japón?.
Las noticias poco a poco se transformaron en su “salvavidas” Y pensar estando en la Mansión jamas se había molestado en tocar el diario, ahora allí era lo único que tenia y a eso se aferró como naufrago al bote.
***
Al otro día, Radamanthys volvió, Seiya creyó que un nuevo diario pero no... Solo le llevó un plato de comida para preguntar con algo de duda en su voz y en su porte:
- ¿Qué... ? ¿Qué quieres cenar a la noche?
El Pegasus se quedó helado con semejante pregunta por parte de aquel cruel y despiadado Juez, con asombro posó su vista en el plato de comida: Nunca le había llevado dos platos, solo uno en todo el día, así había sido durante esos seis meses.
- Pues... Lo mismo, esta bien por mí... –Respondió el joven con la voz temblorosa.
- Te traeré otra cosa... –Aseguró Wyvern y se alejó rápidamente, mas que otras veces, como buscando huir.
¿De quien? ¿De que? Si el castaño a esas altura no tenía ni la fuerza mental y física para golpear a una mosca... Quizás huyendo de sí mismo, del monstruo que era o de esa mirada del menor repleta de miedo y desolación.
Pero como siempre, el rubio volvió en busca del plato, aunque eso a veces eran excusas. Le dejó un nuevo diario que le arrancó un gesto de alegría al menor, aunque no una sonrisa precisamente, pero sus ojos brillaron con un fulgor, olvidado, que dejó prendado por completo al Juez.
- Gracias... –Se animó a decir Seiya con mas confianza depositando su vista en el papel, pero el gesto del Juez le llamó la atención.
El inglés se arrodillo frente a él y sin ningún tipo de pudor retiró su ya endurecido miembro del encierro de sus pantalones para masturbarse frenéticamente, mirando con insistencia al Pegasus quien sin ningún gesto en su rostro se limito a mirar el acto.
Pero la situación cambio, cuando Radamanthys se acercó un poco al menor, le indicó que se sentase para poder buscar con mas facilidad su dormida hombría... Aun no se acostumbraba a que lo tocasen en una zona tan privada, quizás por eso detuvo la mano de Wyvern susurrando un inaudible y penoso “no”.
Mientras que con una mano se masturbaba y con la otra buscaba llegar al miembro del castaño, besó con cierta lascivia su cuello, mordiendo apenas, deleitándose con ese perfume que no abandonaba nunca al pequeño, el perfume del miedo.
Viendo que no conseguiría su cometido, el rubio dejó de insistir allí abajo y subió su mano libre, hasta llegar a la mejilla de Seiya en donde se quedó un buen rato, acariciando con cierta fuerza contenida... Menos mal que era contenida.
Deslizó esa misma mano atrás de su cuello y ejerció presión, le costó al Pegasus comprender, pero el inglés le hizo entender que era lo que buscaba cuando se incorporó un poco para meter su miembro hinchado en su boca.
- Vamos Seiya... –Dijo con su voz ronca por el deseo --¿Quieres que te traiga más diarios? Pórtate bien... – Su tono, a diferencia de otras veces fue calmo, hasta se podría decir amable.
El castaño creyó que no tuvo opciones, era lo mínimo que podía hacer por Radamanthys, así que dejando de lado el profundo asco que le daba tener eso en su boca, intentó cooperar; y en pocos segundos, cuando el calor envolvió la hombría de Wyvern, sintió en su garganta ese sabor tan desagradable, tan penetrante y agrio que, una y otra vez, le produjo arcadas, llevándolo al borde del vomito.
Así, había pasado el año nuevo...
Año Nuevo, esperanzas nuevas.
* Una comida re argentina xD Por eso lo señalé: “Pollo con ensalada rusa” Jajaja! Y bué, no supe que mandar ahí, aunque tengo algunos conocimientos de cocina japonesa :P
Pegasus no Seiya Registrado: 21 Jun 2007Mensajes: 3368Ubicación: En el teatro 'Solo para locos'Reputación: 170 votos: 5
CAPITULO 3: “Enemigos íntimos”...
El tiempo pasó, los meses transcurrieron con una lentitud desgarradora tanto para Seiya como para Radamanthys, solo que con el correr de los días, el Pegasus terminó por adaptarse a la soledad, al silencio y al miedo que a veces lo dominaba, sobre todo por las noches.
Una tristeza inexplicable se anidó en su pecho, mezclada con la profunda necesidad de ver a sus seres queridos, o alguien mas que simplemente a ese Juez... Pero, contradictoriamente, era la presencia de Wyvern quien lo rescataba de esa depresión, solía agradecer interiormente cuando este le llevaba la comida o lo hacia bañar, aunque fuese un momento efímero comparado con el tiempo transcurrido allí, mínimamente era un poco de contacto social.
Cierta mañana, el rubio llegó al cuarto del pequeño causando demasiado ruido para lo acostumbrado que estaba el castaño al silencio.
Lentamente el japonés se incorporó, en su manta y curioso se puso de pie ¿Qué cargaba el inglés con aparente dificultad?
- Podrías venir a ayudarme en vez de quedarte allí mirando. –Acusó Radamanthys con fastidio.
Seiya reaccionó, y rápidamente fue a su encuentro para facilitarle la tarea de meter por el pequeño rectángulo de la puerta lo que aparentemente era una cama, en dicho momento el Pegasus obvió por completo la puerta entre abierta de par en par, estaba demasiado concentrado en la extraña actitud del otro.
Entre los dos cargaron la cama de una plaza colocándola contra una pared, Wyvern volvió a salir y regresó al instante con un colchón y un par de sabanas, sin olvidar una frazada gruesa ya que allí solía concentrarse el frío como si de una ráfaga helada de Camus se tratase.
El castaño se encontraba asombrado, incapaz de poder decir nada al respecto, observó como el hombre armaba la cama con suma paciencia, tendiéndola prolijamente... Recién entonces pronunció débilmente:
- ¿Es... es para mí?
- ¿Para quien? ¿Si no?. –Respondió el rubio molesto por semejante pregunta.
- Gra--gracias. –Susurró apenas el pequeño, pero siendo perfectamente oído por el otro.
Seiya caminó lentamente hasta su nueva cama, con sus ojos vidriosos de la emoción... Como un simple objeto puede llegar a significar tanto para alguien que no tiene absolutamente nada mas que un puñado de recuerdos, y dolores dormidos en su corazón herido.
Sintió sobre su espalda, el calor del Juez y su corazón latió aceleradamente, aunque llevaba mas de un año en esa situación no lograba adaptarse al trato, a lo “que debía hacer” como si de una obligación moral se tratase.
El inglés enredó sus brazos por la cintura de su niño y besó sus cabellos, la diferencia de altura era realmente notable... Gimió apenas en su oído, haciéndole sentir en su trasero su miembro erguido. Seiya cerró sus ojos, deseándole a los Dioses que las cosas no fueran mas allá, que como siempre Wyvern lo dejase solo; lo cierto es que Radamanthys hacia meses que no lo tomaba carnalmente aunque lo obligaba a realizar pequeños actos para su propia satisfacción.
- Hace mucho que no... Que no te lo hago. –Susurró el rubio con un tono de voz distinto.
El Pegasus abrió sus ojos un instante y los volvió a cerrar, era lo mínimo que podía hacer por el otro, observó la cama que le había traído y se dejó arrastrar.
En pocos segundos, el castaño se encontraba completamente desnudo, tapando inútilmente su miembro con ambas manos, burdamente el inglés retiró su hombría despierta del encierro de sus pantalones masturbándose un poco para ponerse mas a tono, volteó al pequeño, abrió sus glúteos, buscó su orificio, ubicó su miembro y lo penetró de una fuerte, segura y ansiada estocada.
Así de mecánico fue, las emociones estaban dormidas, por lo menos para el menor, el mayor solo se limito a disfrutar a un nivel meramente físico y no espiritual como supuestamente debería ser aquel acto.
No pudo negar que la pasividad del niño le agradaba, pero le hubiese gustado... Un poco, solo un poco la cooperación de Seiya, o al menos haberle dado pelea, como el verdadero Santo del Pegasus lo hubiese hecho, como era en si la esencia del castaño, o como lo había conocido él en un pasado ahora un poco lejano.
Seiya sintió que aquella invasión, doloroso desgarre, le daba un poco de vida a su dormido y muerto cuerpo... Sentir dolor era por lo menos sentir “algo”, una emoción en su pecho.
Quiso llorar pero no pudo, extrañamente las canillas del alma estaban cerradas. Cuando Radamanthys acabó en su interior, descargándose copiosamente volvió a respirar, a soltar ese aire contenido en sus pulmones.
Wyvern salió de aquella cavidad, guardó su miembro se puso de pie y antes de partir le alcanzó las ropas al estático joven sentenciando un escueto:
- Dentro de un rato te traigo el almuerzo.
El Pegasus se quedó en la misma posición, desnudo como se encontraba, boca abajo, derramando por fin las primeras lagrimas después de tanto tiempo, aparentemente aun no había “muerto”. Cuando Radamanthys volvió a las horas con el plato de Udon, se encontró al pequeño en ese estado... Exhaló un gemido, que no se pudo interpretar ¿Era de fastidio con el pequeño o consigo mismo?
- Seiya... ¿Vas a comer?.
El otro no respondió, y Wyvern odiaba cuando el castaño atravesaba por esas etapas, lo levantó de la cama, observó sus idos ojos que hacia meses habían perdido el brillo y lo cargó desnudo hasta el baño. Recién entonces, Seiya recuperó un poco de energía, aunque no habló mínimamente caminó por su cuenta.
El rubio lo dejó solo, con el plato de Udon y la cuchara esperando a que probase bocado pero no lo hizo, ni al siguiente, ni al otro. El inglés tuvo que amenazarlo de muerte para que lo hiciera pero... Era el Pegasus, supuestamente no debería temerle a la muerte, aunque causó efecto; quizás por el porte amenazador del Juez y sus golpes, pero algo surtió efecto.
Tal vez sintiéndose culpable por ver que su acto había ocasionado ese bajón en el menor, pocos días después Radamanthys llegó con algo peculiar bajo su brazo, aunque el castaño era técnicamente un adolescente sonrió de felicidad, aunque su sonrisa fue fugaz, contagió al Juez, en el fondo le gustaba ver esos pequeños brillos en el niño cuando le alcanzaba cosas, lo que fuese.
- Gracias... –Dijo nítidamente Seiya tomando entre sus manos la caja de lápices de colores y las hojas.
- Sé que ya no eres un niño... –Comentó Wyvern –Pero hoy salí al pueblo y lo vi... Decidí traértelo.
- No, esta bien... Yo solía dibujar, bueno, cuando era pequeño, pero siempre me decían que tenia talento para eso, de hecho a pesar de ser un niño dibujaba muy bien el cuerpo humano y los rostros.
- Me gustaría ver un dibujo tuyo, entonces
- Es que... Hace mucho que no dibujo.
- Inténtalo, tienes tiempo de sobra.
Acaso, lo ultimo ¿Había sido con ironía punzante? El Pegasus ignoró esa acotación y asintió con seguridad, en pocos minutos se puso a dibujar algo sencillo, paisajes, por lo menos los que él recordaba o solía recordar estando encerrado allí. Arboles, plantas, casas, animales, cosas básicas que extrañaba realmente, ¡extrañaba ver un árbol! Escuchar el ladrido de un perro, o si quiera mirar el azul del cielo, las nubes, los pájaros.
A diferencia de otras veces, el rubio se quedó a su lado, viéndolo dibujar con una imperceptible sonrisa en sus labios; la concentración del niño, su lengua humedeciendo sus labios, sus sutiles gestos, su frente fruncida, su señal de fastidio cuando algo no le salía como él quería, todo en Seiya era algo mágico, que le produjo al hombre un sin fin de sensaciones distintas.
Cuando terminó de dibujar, pasada la media hora, le mostró el dibujo al inglés, que descubrió con sorpresa que el pequeño no le mintió, tenia talento para dibujar de una manera artística que pocas veces, por no decir nunca, había visto.
- Te lo regalo. --Dijo el Pegasus como cual niño.
Radamanthys se le quedo mirando, pestañeó un par de veces con su boca ligeramente entreabierta, volvió su vista al dibujo y con calma lo dejó sobre la cama, el menor sentado sobre la misma se quedó son sus manos sobre su falda, entre sus dedos los lápices de colores enredados que el Juez lentamente, uno a uno, retiró para dejarlos dentro de su caja.
Eran esos momentos que el castaño odiaba... Pero no tuvo opciones, creyó Seiya, lo mejor era no poner mal a Wyvern, su temperamento cuando no estaba de humor era insostenible y el no tenía las defensas necesarias para soportarlo enojado y violento.
El rubio posó sus manos sobre las del Pegasus quien instintivamente las retiró, algo asustado, el inglés jamas tenia esos gestos con él. Una mueca de dolor por el rechazo se instaló en el rostro de Radamanthys seguido de uno de enojo, pensó en darle una bofetada pero se contuvo.
Wyvern volvió a la carga, acarició los muslos del menor hasta llegar a su entrepierna, buscó con parsimonia el cierre del mismo que deslizó con la misma abrumadora calma, desabrochó el botón y buscó el dormido miembro del joven.
- Quiero que te relajes, no haré nada que no te guste.
El castaño se guardó la sorpresa, temblando de pie a cabeza intentó creer en esas palabras, recostó su espalda sobre la pared y cerró sus ojos sintiendo sobre su miembro la calidez de la lengua del Juez.
Algo, similar a un gemido, escapó de sus labios ¿Qué era lo que estaba sintiendo? Intentó retirar a Wyvern sin importarle su posible enojo, pero este lo volvió a recostar, acarició su hombría, con insistencia, y poco a poco el miembro de Seiya comenzó a reaccionar muy a pesar del dueño.
- Rada—Radamanthys
- Tranquilo... Es normal, déjate llevar... Te gustará.
Nuevamente el menor cerró sus ojos y buscó calmar a su agitado cuerpo, pero contrario a lo esperado este se agitó y tensó visiblemente, producto del placer que las hábiles manos del rubio le estaban provocando, cuando quiso darse cuenta algo surgió de la punta de su miembro, lo mismo que le surgía al Juez de vez en cuando.
- Listo. –Sentenció Wyvern con un frío desgarrador.
El Pegasus abrió sus ojos lo más grande que pudo, observando aquel liquido sobre su remera azul, con su respiración gravemente agitada. Era la primera vez que había acabado, la primera vez que había experimentado placer, aunque lejos estuvo de sentirlo realmente... Solo le supo “raro”, fue una sensación distinta que no pudo determinar como agradable o desagradable, solo extraña.
Observó al Juez con su asombro, y este rió maliciosamente.
- ¿Qué sucede niño? Era hora... Tienes 16 años ya.
Y sin mas se fue. ¿Qué había pasado allí? Con dificultad el castaño tragó saliva, en su interior agradeció que el inglés lo dejó solo sin buscar ir mas allá, realmente se encontraba muy turbado y confundido, pero Radamanthys llegó a los minutos con una camiseta limpia que le cedió a su niño.
Cuando Seiya se quedó con su torso desnudo esperó sentir sobre su cuerpo las manos del Juez pero tampoco llegaron, llegó al punto de preguntarle tímidamente:
- ¿Y tu?
Wyvern negó con su cabeza, observando el tímido gesto del otro quien bajaba con pena su mirada al suelo. Extrañamente, en los días siguientes el rubio no le buscó, aunque el Pegasus intentó masturbarlo un par de veces cuando este se lo hacia, el inglés terminaba por quitarle su mano de su propia entrepierna.
Solo buscó darle un poco de placer al niño, luego de todo lo que le había dado a él en esos dos años. Pero Seiya no lograba acostumbrarse a ello, aun sentía ese asco en su interior, la repugnancia de saber tocado en partes tan privadas, y ver su propio fluido; admitir en su interior que comenzaba a gustarle, le causaba una culpa indescriptible que lo llevaba siempre al borde de las lagrimas.
***
Los años habían pasado, para esas alturas el pequeño, ya casi convertido en un hombre, había perdido todas sus esperanzas... Por lo menos de que lo hallasen, seguro que ya lo daban por muerto.
Aun así, en su interior nunca dejó que muriera la esperanza de una libertad total, aunque Radamanthys, notando esta inquietud en el menor se las ingeniaba para darle espacio, no era suficiente para Seiya.
Wyvern solía alcanzarle cosas diversas para entretener al Pegasus y de esa forma retenerlo un poco más... Esta vez fue un libro lo que le dio al castaño, y aunque este no era un lector apasionado agradeció poder cambiar el diario por otro tipo de lectura.
Un poco de mitología nórdica, como supuso que al pequeño le podría llegar a gustar. Luego fue mitología japonesa, seguida de la china, griega, y otras culturas.
Así Seiya descubrió, con cada libro nuevo, que la mitología era un tema apasionante, o por lo menos lo suficiente para acaparar su atención y sumirlo en ese maravilloso mundo haciéndole olvidar lo que durase la lectura su triste realidad.
Pero extrañamente, el rubio se las ingeniaba para sumirle en la desgarradora realidad que a veces buscaba olvidar... Cierto día que le alcanzó Los Nibelungos; como últimamente solía hacer, se quedaba unos minutos a su lado preguntándole por el libro que estaba leyendo, así, poco a poco el Pegasus daba a descubrir pequeñas cosas de si mismo, detalles algunos insignificantes y otros que cobraban un gran significado para el Juez.
En su interior, al menor le gustaba poder tener con quien dialogar, aunque fuesen unos escasos minutos que con el tiempo fueron convirtiéndose en horas, pero contradictoriamente también lo aterraba. Aunque contaba ya con 17 años no se habituaba a las manos del mayor, quizás por su mirada siempre cargada de maldad o lujuria, quizás por su toque, tan poco sutil que dejaba al descubierto sus más osadas intenciones, pero lo que fuese, le producía siempre un hondo rechazo que el inglés tarde o temprano notaba y que terminaba por enfurecerlo.
- No... Radamanthys. –Pidió el castaño sosteniendo con sus manos la de su raptor.
- Vamos niño. –Exigió el mayor con buenos términos.
Pero en ese tiempo Seiya había aprendido que Wyvern era una persona muy ciclotímica, pudo interpretar en sus ojos y en sus gestos que comenzaba a molestarse por la negativa, así que sin fuerza de voluntad, el Pegasus dejó que llegase a destino.
Ahogando un ronco suspiro, el Juez desabrochó el pantalón deportivo que el joven llevaba puesto, con los años había crecido lo suficiente y ya su miembro se veía coronado por una mata tupida de vello, en donde antes estaba ausente.
Le gustaba jugar con esos vellos... Aunque tuvo que admitir que lo lampiño del castaño solía entonarlo enseguida, o por lo menos era así en un pasado ahora un poco lejano.
Seiya comenzó a respirar con dificultad cuando la mano del rubio lo empezó a masturbar lentamente, aun... A pesar de ya estar en edad, como siempre le recalcaba el inglés, eso era algo que le daba tanto asco como placer... Un placer que inevitablemente le generaba culpa.
No estaba bien disfrutar de ello, no lo estaba... No debería dejarse, no debería permitirlo ¿Pero como evitarlo? Cuando es lo único que tienes, cuando dependes por completo de la otra persona.
Sin embargo Radamanthys había adoptado otra costumbre, le gustaba besar la tersa piel de aquella masculina hombría, deleitarse con su aroma, embriagarse con su penetrante sabor salado.
Aun más, le gustaba ver el rostro del pequeño, pura confusión, con sus ojos fuertemente cerrados, su boca ligeramente entreabierta dejando escapar penosos gemidos que su dueño se empeñaba en esconder.
Engulló el miembro del Pegasus hasta el fondo de su garganta; no lo pudo negar, le encantaba torturarlo de esa forma, pues comprendía que el menor gozaba de aquel trato, aunque quisiese evitarlo a toda costa.
Y le encantaba descubrir que ese gozo lo provocaba él.
Wyvern cerró apenas sus ojos y los volvió a abrir, con la hombría de Seiya en la boca plasmo una sonrisa macabra en sus labios, supo que su lengua húmeda y juguetona pronto lo llevaría al orgasmo.
El castaño explotó en la boca del mayor, soltando un profundo gemido que nació de lo mas profundo de su garganta.
El rubio comprendió que lo prudente era dejarlo solo, por eso se puso de pie y caminó hasta la puerta trabándola, pero antes de pasar por ella lo recordó... El libro, volvió y lo dejó sobre la cama, junto a Seiya.
El Pegasus llevó un brazo a su rostro para esconder sus lagrimas. Observó de reojo el libro y lo tomó para llevárselo al pecho, se colocó de costado y lo abrió, intentando leer la primera línea, pero sus empañados ojos no se lo permitieron.
“... Cuando ya Signi se había convertido en una hermosa jovencita, Sigueir, el rey de Gautalandia la pidió en matrimonio a Wels, y el rey franco accedió, ya que no estaba de más asociarse con un jefe tan poderoso...”
Solía leer en voz alta, para por lo menos escuchar su voz retumbando en esas cuatro gélidas paredes, luchando para conservar la poca cordura que aun no lo había abandonado.
“... Cuando Seguismundo refirió a su hermana la cobardía de su hijo mayor, la misma Signi le aconsejó que le diera muerte. No quería tener hijos así. Y así tuvo que hacerlo el héroe...”
Había transcurrido tres cumpleaños, tres Navidades, tres “Año Nuevo” en soledad ¿Cómo no resignarse? Ya para esas alturas lo más probable es que lo diesen por muerto, o quizás no estuvo tan errado al pensar que no lo habían buscado, porque le pareció increíble que no hallasen aquel lugar que por cierto nunca supo con certeza donde se hallaba aunque adivinó que aun en Japón.
***
Pero las cosas cambiaron un poco al año siguiente, gracias a las cortas conversaciones que solían tener víctima y victimario, que poco a poco fueron acrecentándose, Radamanthys llegó justo el día del cumpleaños 18 del menor con una invitación peculiar.
- Me preguntaba... –Wyvern se rascó la punta de la nariz, señal inequívoca de nervios –Si no quieres ver un poco de televisión.
Los ojos de Seiya refulgieron de la emoción, y una sonrisa interna se anidó en el pecho del Juez, le encantaba ser él, con pequeñas cosas, el causante de esas emociones en el Pegasus, lo hacia sentir importante, con cierto poder sobre las emociones y la vida del otro.
Algo que jamas pudo controlar en sí mismo, mínimamente necesitó hacerlo con el castaño.
Seiya se puso lentamente de pie, Radamanthys delante de él caminó hasta su sala, el Pegasus observó la abertura de la puerta como si aquello enmarcase su libertad, quizás estando en la sala tuviese mas posibilidades de escapar.
Pero no podía hacerle eso a Wyvern, lo estaba dejando ver un poco de televisión, no era justo traicionarlo de esa forma, además si fallaba... Las cosas serian peor para él.
Una vez quiso hacerlo, cuando se estaba bañando; el rubio lo había dejado solo y el castaño vio su posibilidad, cuando lo descubrió, el Juez lo tomó de su corta cabellera y luego de darle una soberana paliza le quitó la comida por tres días, y ni siquiera fue a ver si necesitaba algo.
El inglés tomó el control remoto de la T.V sobre la misma y se la cedió al menor, quien con una sonrisa susurro un “Gracias” sincero nacido desde lo mas profundo de su ser... Con algo de incomodidad por la situación, Seiya se sentó en el amplio sillón del mayor.
- Tengo películas... Por si quieres ver...
La voz de Radamanthys consiguió que el menor desviase su mirada hacia donde se hallaba el hombre, los años también habían pasado para Wyvern, se notaba algo mas demacrado, con su mirada mas fría, y sus facciones más marcadas.
El Pegasus paso de canal a canal, hasta que se detuvo en uno de dibujos animados; en el sillón de un cuerpo, en diagonal a él, el rubio se entretuvo observando el rostro de su víctima que variaba de expresión con cada escena: Sorpresa, alegría, pequeñas risas que un escueto dibujo le ocasionaba al castaño.
Ahí descubrió el ingles, que Seiya no dejaba de ser un niño por dentro, y llegó a preguntarse si hubiese conservado ese candor tan particular en libertad...
No, seguro que no, lo más probable es que la sucia sociedad lo hubiese contagiado de sus malos hábitos y costumbres.
No seria el mismo inocente niño... Porque era un niño aunque su cuerpo aseguraba que era ya todo un hombre.
Ante la idea de que el castaño se había pasado una hora mirando dibujos animados, el Juez se puso de pie y buscó en una pequeña biblioteca una caja que contenía un vídeo.
- Pondré algo más acorde.
Sentencio el ingles y no pudo ver la mirada de decepción que le dedicó Seiya al quitarle Tom y Jerry... En pocos segundos la imagen del gato corriendo a su archienemigo por toda la casa cambió a una de un hombre introduciendo su hombría en la boca de otro.
Fue cruel, sin dudas... Fue muy cruel por parte de Radamanthys cortarle abruptamente esos minutos de inocencia.
Las mejillas del Pegasus se sonrojaron ante las escenas de sexo explícito, bajó su vista al suelo pero Wyvern lo tomó de la mejilla obligándole a los gritos que mirase y aprendiese.
Eso debía hacer, de esa forma debía disfrutarlo. Cuando a la pareja se le sumó un tercero y luego un cuarto, el castaño tuvo ganas de llorar ante el recuerdo de los tres Jueces sometiéndolo.
Afortunadamente el rubio quitó el vídeo, la televisión dio una imagen en negro reflejando apenas su imagen.
El inglés caminó hasta el menor y besando su mejilla le preguntó que le ocurría... El Pegasus no respondió, y Radamanthys lo tomó entre sus brazos dejándolo allí por unos segundos.
El castaño pudo jurar que oía los latidos del corazón del rubio... Entonces sí, tenia corazón.
El leve movimiento de la caja torácica del ingles comenzaron a ponerlo nervios, y eso era porque con Radamanthys no se podía adivinar concretamente que ocurriría al segundo siguiente.
Con una ¿Dulzura? Desconocida hasta el momento, Wyvern tomó los brazos de su joven víctima y lo separó de su cuerpo, buscó su cuello para mordisquearlo apenas mientras sus manos buscaban desnudarlo.
- Radamanthys...
- No empieces... –Se quejó el Juez clavando sus dedos en la espalda del menor para causarle dolor –Lo necesito, hace mucho... –Se excusó a lo ultimo mas calmo.
En pocos segundos, Seiya se encontraba desnudo boca arriba sobre el enorme sillón del rubio, este lo observaba, como el cazador a la presa.
Con suma calma el ingles se quitó sus prendas, quedando igual que el pequeño; no tan pequeño para ese entonces.
Un detalle insignificante en ese momento, pero era la primera vez que podía ver al Juez completamente desnudo.
Si el contexto fuera otro, el Pegasus hubiese podido aseverar que Radamanthys era un hombre muy deseable... Pero no pudo mas que sentir asco.
Wyvern lo volteó, quizás porque notó su mirada de repugnancia; acarició su espalda descendiendo hasta su trasero, donde hurgó en busca de su acostumbrado orificio.
No era broma, hacia un año que no lo tomaba de aquella forma.
Con profunda lascivia, el Juez tomó su miembro y lo refregó en las nalgas del castaño, jugó un rato en aquella zona, hasta que no lo soportó más.
Tomando un almohadón que ubicó debajo del vientre de Seiya intentó penetrarlo, pero sin lubricación fue algo complicado.
Aun así no amedrentó, siguió dando fuertes estocadas y clavándose mas y más hasta que su hombría descanso en el interior del joven.
Lo tomó de la cintura y lo volteó apenas, quedando ambos de costado, el almohadón cayó al suelo olvidado... Con una mano elevó la pierna del Pegasus acariciando sus muslos, y con la otra comenzó a masturbarlo sin moverse aun.
Supo que si ubicaba su miembro de aquella forma, ejerciendo presión en la próstata de Seiya, lo llevaría inevitablemente al orgasmo por mas que este lo retuviese... Y eso fue lo que buscó hacer.
- Vamos Seiya... –Lo alentó, susurrando asquerosamente en su oído –Quiero que acabes... Quiero que acabes conmigo.
Y aquello era cierto, por una vez quería que los dos disfrutasen de aquel acto, era más interesante así... Aunque el morbo de ver las lagrimas del pequeño y su rechazo lo pusiesen a tono enseguida, el no era Minos, no se regocijaba del dolor ajeno.
Un gemido apagado y cargado de culpa surgió de la garganta del castaño, justo al mismo tiempo que su semen golpeaba contra la tela negra de aquel sillón, una lagrima descendió por su mejilla, jamas, en todos esos años había sentido un asco y una repugnancia semejante.
Y esta vez, no fue solo hacia el rubio, sino aun peor, hacia sí mismo. No pudo concebir, no pudo permitirse semejante atrocidad.
Eso fue suficiente para el ingles, quien excitado con la novedad comenzó a moverse frenéticamente para llegar él al tan esperado orgasmo... Y su néctar surgió, copioso y cálido como nunca antes, inundando las podridas entrañas de Seiya.
Sin dudas había sido el mejor polvo de toda su vida, aunque odiaba ver el rostro torturado del pequeño ¡Carajo! ¡Que era sexo!, La gente solía disfrutar de él, no llorar por el placer ocasionado.
O tal vez si, llorar, pero de gozo, no de desasosiego como lo estaba haciendo el Pegasus.
Con molestia, el Juez salió del interior del menor sin cuidar si le hacia daño o no con la salida, buscó sus ropas, se vistió en silencio, tomó las prendas del castaño y se las arrojó al rostro.
Ahora, lo más probable, es que Seiya se sumiese en esa depresión, en ese pozo obscuro del que tanto le costaba salir. Radamanthys buscó un cigarrillo que prendió con notables nervios, el encendedor bailoteaba peligrosamente entre sus manos temblorosas.
- Ya pendejo ¡Vístete mierda! ¡¡Y vete!!... ¡¡¡Desaparece de mi vista!!!.
Ante el grito, el Pegasus reaccionó súbitamente poniéndose de pie, tomó sus ropas y corrió hasta su cárcel, detrás lo siguió Radamanthys para trabar la puerta, pero antes de hacerlo lo amenazó, que si se comportaba como un estúpido negándose a comer o a bañarse le quitaría las uñas de los pies.
El castaño supo que no bromeaba, que Wyvern era capaz de hacerlo.
Aunque sin dudas no había sido ese el mejor cumpleaños de su vida, Seiya tuvo que admitir que pudo haber sido peor.
Y aunque el Juez a veces era duro, frío y cruel con él, si el Pegasus se portaba bien, lograba sacar su lado bueno.
Solo debía cuidar lo que decía y lo que hacia... Por lo pronto lo mejor era dejar que pasase el tiempo, que los ánimos se aplacasen... Pues así como el rubio explotaba, al segundo se encontraba sereno y amable.
Ya para esas alturas, el castaño era un mar de dudas y confusiones, no supo si lo que sentía estaba bien o era incorrecto.
A veces se encontraba llorando, sin razón aparente... Otras se encontraba feliz, nuevamente, sin razón aparente.
Desde ese día, Radamanthys no tuvo clemencia con el cuerpo del menor, ya tenia 18 años, estaba en edad para tener sexo.
¿Quién o que determina que uno está en edad? Nada ni nadie... tiene que ver con la psiquis y no con el cuerpo.
Lo cierto era que ni en 50 años Seiya estaría capacitado para tener sexo, algo en él se había quebrado y todo lo relacionado a ello le causaba un profundo malestar, a veces solamente incomodidad y otras mucha culpa y pesar.
Pero se dejaba... Notó que si hacia lo que Wyvern quería lograba acceder a cosas, así pasó dos años... Cumpliendo las peticiones del rubio sin chistar, sin participar o participando a medias.
Le costó dos años conseguir el beneficio de sus actos... Pero sin dudas había valido la pena.
Y el día que cumplió 20, como ya había notado que los “regalos” iban por ese lado, logró conocer a su raptor de una forma que jamas creyó que lograría llegar a él, tal vez porque en el fondo no le importaba mas que encontrar el momento propicio para escapar.
Una tarde conoció del inglés, sus miedos, sus dudas, sus dolores, su honda tristeza y soledad.
Radamanthys llegó a la cárcel del pequeño que por tantos años lo mantuvo cautivo a su lado, sublimando esos sentimientos tan obscuros, y le preguntó, si no quería salir a caminar un poco por el jardín.
Desde ya que Seiya no se rehusó a tamaño ofrecimiento.
¿Sería esa... Su tan ansiada libertad? ¿La oportunidad de escapar que por tantos años proclamó?...
CAPITULO 4: “Alguna vez voy a ser libre”...
Fue un gran paso, sin dudas para el joven Seiya. Pisar el césped significo un símbolo de liberación, fue “oler”, palpar apenas la tan ansiada libertad.
Fue tanta su emoción que sintió ganas de llorar, fue tanta su exaltación que se descalzó, para sentir con sus desnudos pies el frío y húmedo pasto de aquel enorme Jardín.
Pero no pudo, no fue tan sencillo salir como él lo creyó. La luz solar, a pesar de que resultaba débil por la hora del día, causó un profundo malestar en sus ojos; tuvo que cerrarlos, y esperar unos cuantos minutos a que estos se acostumbrasen.
No había visto esa claridad, salvo por los débiles rayos solares que se colaban por las ventanas cuando él miraba televisión en la sala. No era lo mismo, estando afuera.
Radamanthys rió interiormente al ver la mueca de disgusto del menor ante esta imprevista dificultad.
Pero en media hora, el Pegasus se encontraba caminando descalzo, junto al Juez, por el Jardín, rodeado de enormes y frondosos tilos, con sus hermosas y voluminosas hojas bendiciendo su dolida vista.
Para esas alturas la sonrisa del castaño era enorme, carente de maldad; Franca, sincera, pura, inocente.
El rubio, a su lado, se limitó a mirarlo, a escudriñar sus gestos con la mirada, intentando adivinar lo que pensaba.
Nuevamente, se encontraba disfrutando de ser él, el causante de tantas emociones en el muchacho.
En ese entonces, Wyvern había cambiado notablemente, no solo por su edad que superaba la barrera de los 30, si no quizás por la situación en la que se vio envuelto durante todo ese tiempo; su demacrado rostro, lo adornaba unas incipientes ojeras y prematuras arrugas producto del cansancio emocional y del desgaste psíquico.
No solo Seiya lo pasaba mal, eso era evidente.
Aun así, el inglés jamas perdió su natural belleza. Su beldad algo tosca, si se quiere decir... Pero belleza al fin.
Eran pocas, contadas las veces que el Pegasus había visto una sonrisa en los ajados labios de Radamanthys; y esa que se encontraba observando, dejando por fin de mirar el azul del cielo, fue una de esas tantas sonrisas huidizas del Juez.
Una conversación dio comienzo, algo banal al inicio, donde poco a poco Seiya tomó más confianza para realizar una pregunta que tuvo guardada desde hacia varios años:
- Minos, Aiacos... Hace tiempo que no los veo... –Dejó la oración flotando en el aire, algo temeroso por la actitud que el impredecible Wyvern podía tomar ante esas palabras.
- No están.
Aquello, era mas que obvio. Esa escueta respuesta no dejó satisfecho al menor, pero tampoco este se animó a ser mas osado. Aun así, el rubio continuó hablando:
- Nunca... –Espetó firme –Dejaría que te hicieran daño; Nadie, jamas.
Ante esa afirmación el Pegasus sospechó, o maquinó la macabra idea de un asesinato, es que acaso ¿El inglés no era capaz de cometerlo? Era una duda que quedó dando vueltas en la frágil y dominada mente del castaño.
Frente al atípico silencio que se produjo luego de esas palabras, Seiya soltó una frase, quizás sin pensarlo demasiado, susurrando al viento, mas que diciéndoselo al Juez:
- Debes sentirte muy solo en esta enorme casa... –Observó la infraestructura, descubriendo con sus ojos que poseía mas habitaciones de las que él en ese tiempo había vislumbrado.
- Siempre fue así... –Contestó Radamanthys –No había diferencia con Minos y Aiacos... –Pronunció dando por echo que lo dicho por el menor iba apuntado a la ausencia de sus compañeros. –Ellos dos siempre... Bueno... –Realizó una breve pausa, sonriendo apenas, aquello sonaba pedante, pero en su orgullo siempre lo supo –Siempre me tuvieron algo de envidia. Entre ellos dos se entendían perfectamente, conmigo era la cosa.
El Pegasus oyó nada mas, no atinó a acotar algo al respecto, pudo notar en las orbes del rubio, su profunda tristeza y soledad.
- Por eso... No me importaba que fuesen ellos; Nunca dejaría que te hicieran daño. Yo...
Wyvern bajó su vista al suelo, sin dejar de caminar por el amplio jardín, el sol ya se estaba ocultando del todo.
- Siempre te he admirado. –Soltó sorpresivamente, ahora si observando al castaño–Tu eras un niño en ese entonces... Y sin embargo durante la batalla de Hades te has comportado como todo un hombre. Nunca había conocido a un guerrero semejante.
Con esas palabras Seiya creyó que había comprendido un poco mejor a su raptor, o por lo menos la razón de su profunda tristeza, y aunque aquello le sorprendió y halagó dado el contexto de la situación, no supo que decir. Por lo que Wyvern continuo hablando.
- Yo por ese entonces me creía un ser superior, un Guerrero insuperable. Hasta que me crucé contigo y tus compañeros... Esa Guerra cambio mi vida para siempre, y desde entonces necesite acercarme a ti, conocerte mejor, saber mas de ti...
Por fin detuvieron la marcha, el Pegasus comenzó a temblar, quizás de frío por el largo contacto que sus pies tuvieron con el césped húmedo, o quizás por pavor al notar el rumbo que la conversación había adoptado, no lo comprendió, pero estaba temblando.
Sin embargo el rubio dejó de lado su parloteo, frenó su casi soliloquio entendiendo que ya había hablado demasiado, solo se limitó a observar al joven flaco y desgarbado por una mala vida en cautiverio.
- Hoy... –Susurró el castaño –Hoy es primero de diciembre... –Levantó su vista y le sonrió al hombre –Lo sé Radamanthys... Sé que tu... Que yo... –Odiaba balbucear en ese momento pero las palabras se le trabaron en la garganta, jugó nervioso con la manga de su camiseta por un buen rato –Se me habrá escapado, pero sé que sabes que hoy es mi cumpleaños, todos los años haces lo mismo, haces algo por mi... Y... –La mirada del Juez, tan dura y fría no ayudaba en nada –Gracias. –Soltó finalmente sintiéndose liberado.
- ¿Entramos?.... –Fue lo único que dijo el ingles en respuesta a tan cálidas palabras, es que en realidad no supo que decir–Esta empezando a hacer frío, y tú estas descalzo.
Acaso, ¿Le importaba? Nuevamente esa pregunta. Aparentemente si, mucho más de lo que los dos osaron imaginar.
Seiya asintió, con profundo pesar, pero lo cierto es que el sol ya se había ido del todo y hacia frío. En pocos minutos se encontró en su cárcel, recreando en su mente el paisaje que había visto antes, notando que la casa en donde se hallaba cautivo estaba rodeada de frondosos arboles, un panorama algo desolador al no encontrar camino artificial a la vista, aunque era obvio que había uno pero ¿Hacia donde correr? Cuando todo lo que vez es vegetación.
Un pequeño pueblo en las afueras de Yamaguchi, muy alejado de su Tokio ruidoso y tan concurrido de gente.
Tuvo tiempo, durante todo ese año de analizar la conversación con Radamanthys, aquel dialogo que abriría una puerta a su corazón.
Un mecanismo de defensa, propio de la psiquis humana, el buscar algo de que aferrarse, algo que le sirviese para mantenerse vivo, y eso fue la empatía por Wyvern.
¿Cuántas veces él se había sentido así de solo? En la Mansión, con sus amigos, casi hermanos: Hyoga y Shun siempre juntos, hasta inclusive de manera sospechosa. Ikki y Shiryu manteniendo una amistad envidiable.
Él era la alegría del grupo, en parte esa alegría era lo que “importunaba” a todos, su carácter efusivo y algo torpe.
¿Cómo podía pensar así de sus propios compañeros de armas? Sin dudas lo querían, quizás no de la manera que el pequeño esperaba, pero no podía pensar de otra manera estando encerrado en aquel cuarto; los recuerdos, en ese entonces lejanos, eran difusos.
Lo cierto es que el Pegasus, se había sentido tan solo como Radamanthys, encerrado allí, sin tener un contacto social.
¿Cómo no sentir empatía?.
Wyvern lo admiraba, admiró todo ese tiempo su fuerza y su perseverancia. Ante esta idea el menor no podía evitar sonreír. Pero ¿Cómo un Juez del Inframundo podía admirarlo a él? ¿Un simple Santo de Bronce? El rubio no tenia nada que envidiarle a nadie.
Fue entonces, que durante ese tiempo de cavilaciones, el castaño creyó comprender de una buena vez las razones del ingles por raptarlo y tenerlo vivo.
Pero si era por lo que pensaba ¿Por qué no se compró un perro? ¿O adoptó gatos? Era mejor que arruinarle la juventud a un niño que de por si no había tenido infancia.
“Los héroes mueren jóvenes”, había leído en un libro de mitología nórdica. Los héroes siempre tienen un destino y una vida trágica, plagada de tristeza.
Recién entendió la veracidad en esas palabras... Estaba condenado, como Guerrero de Athena, a soportar sobre sus hombros el estigma del héroe.
***
Ese año las cosas no cambiaron mucho, cada día Radamanthys le permitía al menor mirar un poco de televisión en la sala, ya casi no lo controlaba cuando se bañaba, por lo menos lo dejaba solo, aunque eso jamas indico que no lo vigilaba en verdad.
La comida era variada, las cuatro correspondiente comidas del día, y los libros abundaban en el pequeño cuarto de Seiya... Libros, revistas, hojas, lápices de colores.
Cada cosa era como un pequeño trofeo del Pegasus por su buena conducta.
Wyvern le daba algunas libertades más, solían caminar juntos por el jardín una vez por semana, pero no pasaba mas de ello, quizás porque el rubio supo que ante la primera posibilidad, el castaño lo abandonaría... Y este comprendió que si el inglés le daba esa oportunidad, no la desaprovecharía.
Sin embargo siempre existió esa dualidad y confusión en el japonés, las ganas de huir corriendo, por un lado; y por el otro las ganas de abrazar a Radamanthys y secar sus lágrimas, esas que buscaba esconder sin éxito.
¡Era tan extraño! Y aun más extraño fue el cumpleaños de ese año, cuando una mañana se sorprendió con 21 años a cuesta.
Había pasado tanto tiempo, él único rostro familiar para esas alturas, era únicamente el de Wyvern, solo el de él.
Despertó y se lavó las dientes, observó su calendario colgado de un clavo en la pared, y supo que en ese día las cosas iban a cambiar un poco.
Pero Seiya debió esperar para el regalo que supuso, el rubio como todos los años, le tenía reservado para él.
Luego de ver televisión en la sala, apagó el aparato y se encaminó a su cárcel, había terminado su recreo, sin embargo el inglés le tomó de un brazo y lo sentó en una silla.
- Espera, hoy es tu cumpleaños.
Esa era la manera en que Radamanthys solía decirle “Feliz cumpleaños” A decir verdad, nunca le decía las cosas de manera clara y concisa, nunca un “gracias” o un “perdón”... El Juez tenia su particular forma de comunicarse con el menor.
- ¿Qué quieres cenar?...
Seiya no respondió nada, se quedó observándolo con una imperceptible sonrisa en sus labios, mudo tal vez de la impresión.
- Bien, elegiré yo... –Combinó Wyvern calmo.
El Pegasus aun no alcanzaba a comprender que tramaba el rubio, aunque no pasó mucho tiempo hasta que el inglés le indicó con su voz grave que pusiera la mesa.
La primera vez, en ocho años que comería en una mesa, y con alguien.
El corazón del joven cautivo latió con furia ante esta idea, sus manos temblorosas, colocaron dos pares de cosas sobre la redondeada mesa; dos vasos, dos platos y cuando fue por los cubiertos Radamanthys negó cerrando dicho cajón con premura, usarían los ohashi.
Será que quizás no le gustó el brillo en los ojos del Pegasus al ver los cuchillos filosos durmiendo en el cajón a la espera de ser usados.
Cenaron en un atípico silencio, o típico, ya que estaban acostumbrados a comer solos, nada más que en distintos lugares de la enorme casona.
Cuando la cena finalizó, educadamente Seiya se puso de pie y llevó los platos a lavar; Radamanthys se limitó a observar sus gestos, sus movimientos calmos y serenos, no lo pudo evitar, ocho años de aparente frialdad lo obligaron a ponerse de pie y tomar delicadamente al menor por la espalda, aferrando su cintura.
- Rada—manthys... –Balbuceó el Pegasus nervioso por el acercamiento, volteó lentamente hasta toparse con ese rostro demacrado pero igualmente bello del mayor.
El Juez no dijo nada, hundió su rostro en el cuello moreno del castaño, oliendo su sutil aroma masculino, respirando pausadamente allí sin moverse.
El japonés pudo sentir el cálido aliento del hombre, que lo estremeció de pies a cabeza; sin pensar mucho en sus actos, levantó sus manos y acarició la rubia cabellera de Wyvern.
Este, ante el gesto despreocupado y cálido de Seiya, elevó su cabeza y posó sus pupilas temblorosas en el joven, cargadas de profunda culpa y remordimiento, quiso enmendar ocho años de tortura posando sutilmente sus labios sobre la temblorosa y entreabierta boca del Pegasus que lo recibió turbado.
Un superfluo contacto de labios, eso fue todo... El castaño tembló, con sus mejillas enrojecidas y sus ojos vidriosos, apoyó su frente en el hombro del Juez.
Ese, había sido su primer beso.
Al ver que el japonés no se mostraba reticente, el rubio volvió a la carga, elevando la barbilla de Seiya con su mano le robó otro beso, mas osado, llevando su cuerpo contra la mesada de aquella cocina.
El Pegasus sintió la invasión de esa lengua calurosa y juguetona, sin saber bien porque, lo permitió, sin forcejear, sin oponerse.
Radamanthys lo abrazó con fuerza, con verdadero calor, el castaño lo sintió así en su corazón y se lo agradeció.
Por primera vez, Wyvern no lo forzaría a hacer nada que el otro no quisiese.
Y el castaño, el castaño no pudo negarse ante tanta demostración sincera de cariño y protección, que quizás en otras circunstancias hubiese sido algo natural pero para él significaba mucho mas de lo que el Juez atisbó a imaginar.
Las manos del rubio descendieron lentamente por la fisionomía del menor, deseaba tocar, acariciar su piel, pero las ropas abultadas lo privaban de ello. Lo tomó sutilmente de la muñeca y en silencio lo condujo por las escaleras, doblando a la izquierda apenas llegaron al descanso.
Una puerta se abrió y el japonés pudo ver un cuarto sobrio, donde una cama perfectamente tendida los esperaba, por primera vez Seiya mostró reticencia al no querer caminar.
El inglés se quedo de pie, investigándolo con la mirada... Pasados unos segundos caminó hasta él y tomó su rostro entre sus manos observando los rasgos pronunciados del joven.
El Pegasus era todo un hombre, pero aun, en sus ojos aquel brillo de inocencia no lograba abandonarlo, a pesar de que Radamanthys, sin buscarlo tal vez, se las ingenió para destrozar esa pureza.
Wyvern tomó un poco de distancia, y frente al menor desabrochó los botones de su camisa negra, de esa forma le daría al castaño la posibilidad de arrepentirse y negarse, estaba en su derecho.
Que ironía, permitirle aquello, que por tantos años, le había negado.
El japonés observó los lentos movimientos del hombre, sin atreverse a decir o hacer algo, cuando el inglés finalizó con su labor dejando dicha camisa sobre el suelo, caminó con su torso bien formado hasta donde estaba Seiya y levantó su camiseta para quitársela.
El Pegasus cooperó tímidamente, elevó sus brazos quedando en igualdad de condiciones; las manos de Radamanthys sobre su piel desnuda le arrancó un gemido apagado, o más bien un quejido.
¿De disconformidad? Wyvern no lo supo, aunque lo temió. Besó su pecho desnudo, jugando apenas con sus tetillas mientras el castaño llevó sus manos nuevamente hasta la sedosa cabellera de su raptor, indicando así que aquel gesto le gustaba.
El rubio buscó con calma el lazo que ataba el pantalón deportivo del japonés y lo desató, recién entonces Seiya tomó sus manos deteniendo sus movimientos, pero no pudo evitar que sus pantalones cayeran desobedientes al suelo.
- Tranquilo... –Fue lo único que pronuncio el Juez.
El Pegasus cerró sus ojos y asintió débilmente, retiró sus manos sobre las de Radamanthys y este, con esa libertad le quitó el pantalón dejándolo solo en ropa interior.
Lo condujo hasta la cama y lo hizo sentarse mientras él terminaba de deshacerse de los pantalones, y los zapatos.
El jean, poco después, durmió olvidado en un rincón de aquel cuarto junto a las demás prendas.
Caminó hasta donde se hallaba el menor notando el nerviosismo en su rostro.
No era la primera vez, técnicamente. Lo era dependiendo mucho de la perspectiva, lo era si se tomaba en cuenta que el pequeño estaba plenamente de acuerdo con lo que iba a pasar.
Quizás eso fue en verdad lo que lo aterraba, lo que lo mortificaba: El corresponder las caricias de Wyvern cuando no debería permitirlo.
El rubio recostó todo su cuerpo sobre el del castaño, sin dejar de mirarlo fijamente.
¿Por qué tenia que mirarlo así? Cohibió profundamente al japonés, para esas alturas nuevamente se encontraba a merced del mayor, pero a diferencias de otras veces, no le molestó.
El inglés levantó su mano, esa que tantas veces había azotado y mortificado con furia al menor, y acarició con devoción su cuerpo, su curtida piel por viejas heridas.
Admirándolo y maravillándose con cada cicatriz, susurró algo en su oído, sin que Seiya lograse adivinar sus palabras, ni atreviéndose siquiera a preguntarle. Solo pudo respirar agitado y permitirle al otro la osada invasión.
La mano de Radamanthys buscó con premura el dormido miembro del joven apresado en su ropa interior, acarició ese falo de carne como si de algo sagrado se tratase, con sus dos manos deslizó la ultima prenda de Seiya y la arrojó lejos de su alcance.
Ahora si, una electricidad recorrió el cuerpo del Pegasus, una corriente inusual que desembocó en su miembro, recorriendo el tronco, hasta llegar a la punta; y en cuanto quiso darse cuenta, estaba tan excitado como el mayor.
La primera sonrisa franca de Wyvern al notar este importante detalle: El castaño estaba excitado, deseando que cada celular de su cuerpo fuese tocado por su amante.
Un beso profundo, cargado de pasión y desenfreno selló por siempre esa extraña relación... Sin que se lo pidiese, el japonés deslizó su mano hasta llegar a la hombría del rubio, aferró fuertemente, masturbando lenta y tortuosamente.
Los gemidos del inglés no tardaron en oírse. Le gustaba ver el rostro de Seiya curvado en una mueca de placer y culpa cuando su mano acariciaba sus velludos testículos. Pensar que antes, la ausencia de vello lograba ponerlo a tono, ahora era el indicativo de que el Pegasus estaba preparado para lo que estaba ocurriendo.
Quizás... Nuevamente el cuerpo no puede asegurar eso. Pero el rubio no se detuvo a analizar demasiado el asunto, no era el momento. Besó otra vez los labios del Pegasus, de los cuales se estaba haciendo adicto, y bajó pecaminosamente por su vientre, sondeando el ombligo, hasta llegar a su miembro palpitante y anhelante de caricias más directas.
Olfateó sin desagrado el sutil aroma que desprendió aquella hombría; besó, como si de sus labios se tratase, la pequeña abertura en la redondeada cabeza, humedeció con su saliva todo el tronco, buscaba volverlo loco de deseo y lo estaba consiguiendo.
El castaño cerró fuertemente sus ojos y se mordió los labios, reteniendo en su garganta ese gemido, ese quejido de suplica, no lo soportaba mas, hasta que finalmente el Juez se apiado de él y engulló sin asco todo el miembro hasta la base.
No era un pedazo muy grande, aunque su tamaño era considerable. Le produjo inevitablemente arcadas a pesar de estar acostumbrado a hacer aquello, su propia desesperación llevó al inglés a tragar y saborear cuanto le fue posible.
La lengua de Radamanthys bailoteó en los testículos del menor, humedeciéndolos y arrancándole los primeros gemidos sonoros, buscó con impaciencia la abertura profanada de Seiya, hasta que este mismo le facilitó la tarea elevando apenas sus caderas.
Wyvern llegó al orificio y se encargó de humedecerlo lo mejor posible. Cuando el Pegasus sintió aquella calurosa invasión no pudo evitar sentir algo de repugnancia por el sucio acto, asco que pronto se transformo en un desbordante placer morboso; y ahora si, los gemidos que en vano busco retener, resonaron en la habitación y el rubio comprendió que iba por buen camino.
Salió de entre las piernas del menor y escaló hasta sus labios, para hundir la lengua, que segundos antes había estado en su entrada, en su boca; el castaño no se negó, no tuvo las fuerzas suficientes para negarse a nada.
Las manos del inglés se colaron entre sus piernas buscando nuevamente su cerrado orificio; introduciendo un dedo con relativa facilidad buscó dilatarlo, y cuando el dedo bailó libremente en su interior introdujo otro, sin dejar de besar al japonés con arrebato y lujuria.
Retiró aquellos dedos, y escaló un poco mas, tomó su propio miembro entre sus manos y buscó meterlo en la boca del menor, este lo aceptó sin quejas, y sobó su hombría acostado lo mejor que pudo.
La posición era incomoda, pero no le privó de hacerlo, y Wyvern gozó profundamente con aquel cuadro, enredó sus huesudos dedos en la castaña cabellera del japonés y jaló apenas de ella, arrancándole un gimoteo de dolor.
No supo porque, o quizás si lo supo muy en su interior, pero Seiya por momentos se sintió cómodo y por otros no, con esas ganas imperiosas de irse corriendo y esconderse, lejos del Juez.
Creyó ilusamente que harían el “amor” ¿Fue eso?
El rubio intentó sublimar esos deseos morbosos de someter al pequeño, ahora no tan pequeño, pero a veces no podía evitarlo.
Retiró su hombría de aquella boca que lo estaba llevando al borde del orgasmo, y acomodó el cuerpo de Seiya para posarse sobre él, tomó sus piernas y la abrió situando su miembro en la violentada entrada del Pegasus.
El castaño se aferró a su cuello observando con algo de pudor el rostro de su amante, y cuando sintió la punzada que tan bien conocía, previa a la penetración tensó todo sus músculos.
- Relájate... –Pidió Radamanthys con dulzura –Te dolerá menos.
El japonés obedeció, dejándose llevar; con facilidad el miembro del mayor se fue abriendo camino, su orificio envolvió su pedazo al punto del dolor y, nueva