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| Gadya |
Publicado: Sab Sep 29, 2007 1:32 pm |
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Aldebarán de Tauro - Moderador

Registrado: 29 Jun 2007
Mensajes: 1418
Ubicación: Encerrada en el gabinete de la campaña "Albiore Presidente"
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UNA NOCHE
Noche cerrada, tan cerrada como el silencio que se comía sus pasos ahogados sobre el muelle de madera. En el cielo, la luna llena gobernaba la negrura hambrienta, esparciendo su luz mortecina sobre la arena de la playa, convirtiendo al indómito viento del sur en una dulce brisa marina. Un par de ojos verdosos se internaron en la imposible composición del horizonte, deleitándose con sus artísticas formas, sus colores apagados, su serenidad vacía de toda intención estética, y perdido en aquel cuadro que gratuitamente le ofrecía la naturaleza, Kanon suspiró, dejando escapar en el aire aquella falta de algo que venía torturándolo desde hacía varios años, una melancolía sin motivo aparente que carcomía sus entrañas hasta lo más profundo de su ser, escudada en un recuerdo mas inventado que atesorado, la imagen de una mirada sin dueño ni color, una sensación que tan sólo evocaba un par de pupilas cuya tonalidad había perdido en las profundidades insondables de su memoria.
Volvió a suspirar, recargándose en el fino barandal de madera, tras de si, el bullicio de la ciudad turística en la que había pasado los últimos días se desplegaba, dando la bienvenida a una nueva noche de vida alegre para los extranjeros que se refugiaban en ella, y frente a su mirada, el mar, frió, calmo, jugando a lamer las costas patagónicas que lo habían acogido en su búsqueda de algo, de alguna pista que le diera, al menos, un motivo para sentirse tan vacío como se sentía. Tenía 31 años, 31 años que deberían de haberse quedado en los 28 que contaba cuando, en la última Guerra Santa, había dado su vida para salvar a su Diosa, a la que, alguna vez, había intentado asesinar; tres décadas y una ausencia de motivos para seguir vivo, razones que debía haber extraviado en el camino para convertirse en lo que era, un hombre que, a los ojos de todos, no podía ser más que perfecto, pero que, bajo su mirada escrutadora en el espejo, no era más que una cáscara vacía del hombre que debería haber sido. Por eso se había marchado del Santuario una vez regresado a la vida, por eso había dejado a su hermano solo, con la carga de custodiar el Templo que, por herencia, a ambos les correspondía, por eso lo había dejado a la mitad de una conversación inútil de aún más inútiles confidencias de amores secretos hacia el Guardián de la Casa de Sagitario… no sentía nada, no había emoción ni empatía, sólo una estúpida añoranza hacia un espacio vacío en su alma que su corazón creía lleno, y allí, cerca del mar que alguna vez su compañero Sorrento había custodiado, deseó con todas sus fuerzas hallar una respuesta, o al menos, que la respuesta lo hallase a él para dejar de sentirse tan estúpidamente melancólico.
Después de pensar,
Después de ver
A mi dolor andar
Sobre el agua del mar
Apoyó su rostro sobre su mano que, sostenida en el codo por la baranda, contenía sus suspiros sin motivo, y sus ojos escudriñaron el perfecto manto negro tachonado de diamantes que era el cielo marino. Como cada noche, en silencio se atrevió a preguntarle a la luna por el motivo de sus penas, y como cada noche la dueña del cielo se negó a responderle, sólo señalando un camino de plata en la superficie acuosa, sendero por el que Kanon hubiese deseado dejar escapar sus problemas sin nombre. Una risa ahogada intentó escapar de sus labios, desando montarse en la brisa que amablemente le revolvía el cabello, y volteando hacia la costera urbe, sus pasos lo llevaron por la calle central, llena de luces y carteles de diferentes que intentaban llamar su atención sin resultados.
Como autómata caminó aquellas aceras en dirección al hotel que hacía ya varios días se había convertido en su refugio, su hogar a medio tiempo, buscando entre la gente algún par de ojos que despertase los colores en su mirada gris, esa que lo había llevado a tan desesperado viaje para hallar al culpable de su doloroso vacío, y sin querer tomó una esquina que no era, más concentrado en la extraña multitud que se encaminaba hacia una calleja olvidada en el plano. Una puerta de cristal lo despertó de su trance, rezando el nombre de un oculto café entre las luces de la ciudad, y sin pensarlo dos veces entró, siguiendo a una joven pareja de apariencia culta, esperando que, en aquel desconocido antro, hallase alguna pista a su crónica tristeza.
Tibia claridad
Que vi, por mi calle pasar,
Sin saber qué hacer
Si sentir o pensar
Se sentó en una mesa para dos junto a un amplio ventanal, contando los billetes que aún reposaban en su billetera. Tonalidades verdosas y cafés se mezclaban en sus manos, aderezadas por algún que otro rosado de más valor, sumando en total unos cincuenta pesos argentinos que se rieron de su lamentable condición. ¿En qué había gastado tanto dinero? No lo recordaba, tan sólo sabía que, escondidos bajo el colchón de su cuarto de hotel, quedaba el monto justo para pagar las noches de estadía y un pasaje de regreso a su prisión llamada Santuario, retorno a días de hastío y rutina, de días monótonos y noches sin descanso, soñando con esos ojos de mirar intenso que, de tanto tiempo recordando, habían perdido el color.
Un mozo se acercó a su lado, y con amable sonrisa le entregó el menú. Kanon aceptó de buen grado, preguntando en perfecto español por el escenario a media luz que se alzaba en un extremo del salón. “Para el que quiera” respondió el hombre, ampliando su cortes gesto, y con una mirada pícara acotó “y el que se anime” para luego quedarse a su lado esperando su orden, un café simple que no costase más de tres pesos.
Diez de la noche, indicó su reloj, junto a la ventana, la noche parecía menos noche adornada por las luces del alumbrado público que comenzaban a titilar cual estrellas del firmamento en el húmedo verano, cortando la sombra de los transeúntes que, curiosos, se asomaban por el ventanal al ver su semblante taciturno. A todos sonreía, forzando sus labios a responder, y a todos despedía, sin palabras que mediaran para agradecer su preocupación, hasta que la calle quedó vacía. Fue entonces que lo vio, cruzando el pavimento ajado, en dirección al bar que lo cobijaba de la molesta soledad, y todo el resto del mundo se diluyó, perdió color en sus ojos ambarinos, las mismas orbes que, en grises, lo habían atormentado los últimos años. Se frotó los ojos y volvió a verlo, antes de que sus manos llegasen al pomo de la puerta, y una mueca de disgusto se dibujó en su rostro. Allí estaba la mirada, las pupilas descoloridas reluciendo su auténtico color, enmarcadas por tan características cejas que daban carácter a todo su rostro. Allí estaba su pelo, rubio como las frías arenas de la playa de aquella ciudad costera, desordenado como si el viento de la mañana, calmo entonces en la noche, se hubiese paseado libre mente entre las hebras, peinándolo a su antojo con sus dedos invisibles. Y allí estaba ella, la maldita sonrisa de avasallante seguridad, la misma que había visto antes de terminar la existencia de ambos a favor de su Diosa… él, todo él, todo Radamantys, entrando en el mismo bar, en la misma ciudad, en el mismo país y a la misma hora que él como invocado por la luna silenciosa a responder sus preguntas blancas con un poco de sorpresa en medio de tan melancólica existencia.
Bufó molesto. ¿Por qué tenían que haber sido sus ojos? Por qué entre noches había acabado enamorándose de aquella mirada descolorida que revolucionaba su interior, quizás a propósito olvidando el rostro de su dueño, su enemigo, su compañero de muerte. Pero ya era tarde, la luna había respondido sus preguntas, aunque la respuesta no hubiese sido la que deseaba.
Sólo que aún hoy,
Sigo aún, aún hoy, sigo aún
sigo ata...
Atándome a tí.
La campanilla de la entrada sonó, trayéndolo a la realidad de entre sus pensamientos, sólo para ver sus pasos dentro del salón, caminando entre las mesas, buscando con aquellos ojos que tanto amaba, un lugar en donde poder sentarse. Apretó con fuerza sus párpados, rezando internamente porque no lo hubiese visto, y su rostro corrió a refugiarse entre sus brazos apoyados en la mesa de madera, escondiéndose del mundo, del bar, de su mirada, para no tener que enfrentar lo que su corazón le repetía con cada pisada sobre el parquet, para que sus propias pupilas no le confesaran que lo amaba a pesar de todo, olvidando la sangre, el rencor, la Guerra Santa, y tan sólo recordando aquella última mirada, un poema sin palabras que relejó su alma por primera y única vez. Bajo su larga melena azulada, su respiración empañaba la madera pulida con mil miedos diferentes, con sus nervios en un puño y su alma gritando en silencio su nombre, invocándolo entre todos los clientes del local.
Aún hoy, mi amor, te doy
Mi cuerpo con alma,
Se esconde del sol (sol)
De noche se escapa de noche
Aún hoy, aún hoy
Te doy,
Mi cuerpo con alma
Aún hoy, aún hoy
(Aún hoy)
Aún hay, aún hay
Las pisadas hicieron eco en sus oídos, empeñados en oírlas por encima del bullicio del local, contando inconscientemente los segundos que le faltaban para dejar de ser un idiota melancólico sin sentido, y convertirse en un estúpido con motivos de sobra… se había enamorado de él, sin saber cómo ni cuando, su mirada, encerrada en lo más profundo de su inconsciente, había conquistado silenciosamente su corazón, destrozando todas y cada una de sus convicciones. No comprendía por qué había tenido que sucederle algo así ¿Acaso ya no se había purgado sus pecados? ¿Atenea no lo había perdonado ya? ¿Entonces, por qué los Dioses lo castigaban de semejante manera? No tenía sentido, nada tenía sentido, ni siquiera, los furiosos latidos que amenazaban con escaparse de su pecho y alcanzar los oídos del rubio, sentado a unas mesas de distancia, que parecía no haberse percatado de su presencia.
El amable camarero arribó a su mesa con el café que había ordenado, y cohibido por tan semejante espectáculo que le había dado, Kanon pagó en silencio, obsequiándole una generosa propina. Todo fuese por no llamar la atención, por que el destino le permitiera unas horas más de anónima contemplación, por poder entregarle a su amado enemigo su alma en silencio, sin que lo supiese, y sin que de su boca saliesen palabras desdeñosas. Que tan sólo el humo del tabaco supiese que de sus labios se escapaban suspiros junto al aroma del café, suspiros que enredados en su ropa se marcharan junto a él, llevándose en su nada su corazón compungido, que tan sólo esa noche y su luna escuchasen su muda confesión al sueño de sus ojos fantasmas…que tan sólo su alma recordase que, por cuatro años y sin saberlo, había estado enamorado del rubio Radamantys.
Qué esconde la noche?
Va a guardar de nosotros dos
O sentir o pensar
Cerró los ojos, no quería verlo, no quería saberlo tan cerca si de todos modos estaba lejos ¿De qué le servía tenerlo allí, haberlo descubierto, si de todos modos jamás podría acercarse a él? Eran enemigos, lo serían siempre, aunque él lo amase, Radamantys jamás lo vería como otra cosa que no fuese un rival. Suspiró, dibujando ondas con el aire en el oscuro brebaje, y su melancólica mirada, escondida bajo sus párpados, se enfocó en los bordes pulidos de su mesa, rayonados con algún objeto punzante en mensajes sin sentido, como su propio vacío, ahora lleno de su nombre y la decepción de un sueño que se le había escapado de las manos. Como pudo enfocó sus pupilas en aquellos toscos grabados, descifrando su contenido al compás de la música que flotaba en el ambiente entre los pequeños torbellinos de tabaco quemado que nublaban la visión, riendo cada tanto de sus cursis significados, burlándose en ellos de su novelesca situación, y fue una de sus tantas carcajadas apagadas la que tapó en chirrido de una silla deslizándose en el parquet, y un par de pasos apurados que se detuvo frente a su mesa.
Se me llenó de luz,
La noche
Es porque yo vi nadar
Delfines en tu voz
Y sentir sin pensar
-Kanon…- la voz gruesa siguió a la muerte de los pasos, indicándole que sus anteriores oraciones no habían tenido efecto. Tragó grueso, reuniendo el valor para enfrentarse a su mirada por fin pintada, y cansinamente buscó su rostro, un rostro olvidado por cuatro años para no odiarse por haberse enamorado tan tontamente de un enemigo.
-Radamantys- respondió, respirando hondo para que no notase su nerviosismo, aunque sus dedos, tamborileando junto al platillo de cerámica, lo delatasen vilmente.
El rubio sonrió, y sin preguntar, tomó asiento frente a él, en su misma mesa, para luego alargar su brazo hasta tomar entre sus dedos el rostro del gemelo. Kanon no pudo evitarlo, o quizás no quiso. Aquellas orbes ambarinas lo hechizaban con sus miles de destellos en la penumbra del café, armando como un rompecabezas el recuerdo del que sólo había guardado su mirada en grises.
-Tus ojos- dijo por fin el blondo, con su voz cargada de fascinación inocente –Los he estado buscando…-
-Por qué?- la frase escapó temerosa de sus labios, entrecortada por la agitada respiración de un aún más acelerado corazón expectante, que ya no veía odios ni rencores en aquel par de ojos que lo hacían delirar.
-Porque no podía dejar de recordarlos-
Kanon creyó morir. En aquella simple oración había visto sus últimos años reflejados como en un macabro espejo de dos caras. No había sido tan sólo él, no había sido tan sólo su tortura, Radamantys había pasado por las mismas noches en vela, las mismas pesadillas de miradas descoloridas persiguiendo su cordura hasta vencerla por completo. La luna no le había fallado, quizás se hubiese tardado un poco, pero allí estaba su respuesta a tantas ardes de suspiros desperdiciados al viento, de noches de solitarias confesiones al muelle, de huidas disfrazadas de vacaciones hasta el fin del mundo intentando escapar de un recuerdo que no hacía más que perseguirlo, y allí estaban ambos ahora, confesándose con aquellos ojos que en sus mentes se habían anclado, la más oculta de todas las verdades que jamás se viesen confesado con una mirada.
El gemelo sonrió, los labios de Radamantys le imitaron, dejando escapar una risilla, y en aquella risa vio el peliazul a sus propios fantasmas marcharse caminando por sobre el camino de plata que la mortecina luz lunar había creado, danzando sobre las aguas del mar argentino por última vez para que pudiese despedirse de ellos para siempre.
Sólo que aún hoy,
Sigo, aún, sigo aún
Aún hoy
Sigo amándote a tí.
-También yo…- dijo por fin Kanon, atreviéndose a confesar lo que su mirada cantaba entre destellos –También yo busqué los tuyos, porque…- y su voz fue callada por un dedo blanco que selló sus labios en una sonrisa cómplice
-Ya lo sé… por eso vine- y dejando un azulado billete bajo el platillo blanco, tomó la mano de Kanon y salieron del local.
La luna los vio caminando de la mano por la oscura playa, contando sin palabras sus penurias de cuatro años, tanto tiempo de buscarse sin hallarse por temor a lo que esperaba tras aquella mirada que se negaban a olvidar, y el viento salino se llevó enredado el beso que esa noche no se dieron, muerto preludio de otros que no se harían esperar, entre las arenas del sur.
Aún hoy, mi amor, aún hoy, mi amor
Aún hay (aún hay)
Dos cuerpos con alma,
Se esconden,
Del sol (sol)
De noche se escapan, de noche, aún hoy
De noche, se dan,
Los cuerpos las almas
Aún hoy, aún hoy
(Aún hoy, aún hay)
Aún hay
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La ciudad descripta no es otra que Puerto Madryn, en la Provincia de Chubut, República Argentina. Qué hacían Kanon y Rada en la Argentina, no me pregunten, pero es un hermoso lugar para escaparte de tus problemas... ese maaaaaaaar *¬*
Como siempre, virus no, que esta vez la compu si podrìa ser la mia TOT |
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