Pegasus Fantasy
Autor Mensaje

<  Otras Parejas Yaoi   ~  Yo vengo a ofrecer mi corazón * Camus x Albiore * Fin/Lemon

Aphrodita
Publicado: Lun Jul 16, 2007 12:34 am Responder citando
Pegasus no Seiya Pegasus no Seiya
Registrado: 21 Jun 2007 Mensajes: 3355 Ubicación: En el teatro 'Solo para locos' Reputación: 156.2
votos: 5

Yo vengo a ofrecer mi corazón


Aphrodita


Dedicado a Gadya, aquí está mi niña, espero que te guste.
Perdón si al principio, el fic, les resulta denso, pero me era necesario narrar algunos aspectos del país en esa época tan particular para comprender mejor la vida del Santo y su proceder, ya que me sitúo en el tiempo, considerando que Saint Seiya nació en 1986.
El titulo del fic en si nada tiene que ver con la historia, digamos que la canción de donde me afano el titulo es la que me inspiró... Al final les paso la letra ya que no será un Song Fic.



CAPITULO 1: “El jardín donde vuelan los mares”...


El 30 de abril de 1965 nació en una gran ciudad de la Argentina, un niño... Un niño predestinado... Un niño con una mala estrella.
Sus padres, como todos los ciudadanos por ese entonces, peronistas a morir, le pusieron el bello nombre de Agustín sin saber que el destino se les reía en la cara en ese preciso momento.
Agustín Alvarado nació en una época de incertidumbre, en un país que permitía y permitió la represión desde los inicios de su democracia, una falsa democracia.
A alguien no le gustó que, por ese entonces, se reclamasen las Malvinas como Argentinas. Un hombre llamado Miguel Fitzgerald, piloto civil de descendencia irlandesa, tuvo la mala idea de ir y clavar una bandera blanquiceleste en ese pedazo de isla. La gente en su momento vitoreaba esa actitud, pero después tuvieron que soportar las consecuencias.
Argentina por ese entonces, con una patria violada y ultrajada, creyó que era justo que EUA “restableciese el orden democrático”... La tropa estadounidense desembarcó en las costas de Santo Domingo la misma noche que Agustín decidió “abrir” los ojos, dispuesto a enfrentarse a este mundo que poco y nada tenia para ofrecerle pero sí mucho por quitarle.
Por ese entonces, mientras el niño tomaba el pecho de su madre ajeno a la realidad del mundo, en la Argentina se vivía un caos, con huelgas y reclamos gremiales, de los ciudadanos que se veían “morir” de hambre. La hostilidad era tanta y tan marcada que varias empresas debieron pedir protección policial por temor a posibles actos de sabotaje; los puertos y servicios aéreos se vieron interrumpidos en varias oportunidades, asimismo Correos y Telecomunicaciones, DGI, ferrocarriles...
Agustín crecía ajeno a un mundo que vio “morir a Marte”... La NASA había recolectado las primeras imágenes del tan mentado planeta... Por ese entonces, hasta ese julio de 1965, los cuentos sobre ese planeta, las películas y conjeturas hilaban un mundo completamente ajeno a la realidad... Y la NASA destruyó ese cuento de marcianos, de un planeta avanzado, y de una civilización inteligente, cuando hizo publicas las imágenes demostrando que Marte era un planeta inhabitable... Ese mes fue recordado siempre, como el día en que murió Marte.
Por ese entonces también se habían estrenado 65 películas en la Argentina, entre ellas una de Armando Bó... Un hombre muy cuestionado y repudiado por la clase de pornografía que realizaba junto a su esposa... Lo cierto es que ahora uno ve esas películas y no puede hacer mas que reír con fuerza... Pero si, por ese entonces un desnudo femenino era considerado pornografía.
Agustín le había tocado llegado a un país que recién comenzaba a abrirse a la realidad, saliendo de una burbuja creado por los mismos argentinos.
Agustín creció rodeado de amor y contención, abriéndose poco a poco al mundo, conociendo al país que lo había parido... Fue a la primaria, estudió como cualquier niño de su edad, ajeno al destino que los Dioses le habían encomendado, Dioses completamente distintos a su Dios cristiano.

Agustín era obediente...

Agustín era disciplinado...

Agustín era educado...

En el colegio le pegaban si no lo era, no quedaba entonces otra que serlo. Una tarde escuchó a los adultos hablando con alegría, sobre un tal Perón que había vuelto a la presidencia... Perón... ¿Cuántas veces había escuchado ese nombre en los labios de sus padres? Hablando de él con orgullo y alegría, como si Perón en vez de un presidente fuese el mismísimo Dios.
Agustín no comprendió nunca el "porqué" de tanta emoción, observaba la televisión, que aun era en blanco y negro debido a la situación económica de su familia, y solo veía a un hombre gordo con cara de malo ¿Ese era Perón?.

Perón era el salvador del país...

Perón era militar...

Perón era un hombre hecho y derecho, de palabra, patriota... Eso le habían dicho a Agustín, sin embargo esas palabras nunca lograron convencerlo del todo... Ya, esta bien... Pero no dejaba de ser un simple hombre. Y por ese mismo, como un simple hombre que era, inexorable el paso del tiempo, como todo humano, enfermó gravemente y tuvo que ser restituido.
Ese día Agustín estaba en la escuela, cuando “Isabelita” La esposa de Juan Domingo Perón, paso de ser vicepresidente a presidente.
El país estaba conmocionado... Perón estaba enfermo... Perón iba a morir... ¡Qué Dios no lo permita!. Agustín siguió dibujando sobre el papel de carbón con su lapicera de pluma... Dibujaba inocentemente un hombre militar... ¡Cómo Perón!.
Por ese entonces el niño gozaba de una buena educación en un buen colegio, iba a segundo grado para alegría de sus padres, sin embargo algo raro pasaba cada vez que llegaba de la escuela.
Veía a sus padres, concentrados en la televisión, con un rostro sombrío y un semblante entristecido ¿Por qué veían la televisión y escuchaban las noticias si tan mal los ponía? Pensaba inocentemente Agustín.
Y cansado de preguntar siempre lo mismo, un día recibió una respuesta, algo brusca, algo precipitada para su edad: “¡Isabelita esta vendiendo el país!”... Le dijo su padre con enojo como si el pequeño lo entendiese “¡Esta destruyendo todo lo que hizo Perón!”...
Mas que eso... Agustín no lo supo en ese entonces, pero ojalá hubiese sido solo eso, si al fin y al cabo la Argentina toda su vida fue “vendida”. Le costó comprender el enojo de los adultos, pero no tardó mucho en comprender que algo malo estaba ocurriendo. Entre noticias de que un tal Videla había armado una Alianza, Agustín notó el cambio en la escuela, cuando de repente, de un día para el otro sus maestros no los dejaban leer, les enseñaban solo trece letras del abecedario, y los mantenían sentados en las sillas sin decirles nada.
Agustín con su cabello rubio y sus manitas sucias observaba por las ventanas como cada día, a cada hora, menos gente se veía por la calle ¿Qué estaba ocurriendo?.
Sus padre comenzaron a ir a buscarlo al colegio, cuando antes lo dejaban volver solo caminando... Ahora no, ahora lo pasaban a buscar en el auto y lo subían a gritos al auto, y ni tiempo le daban de saludar a sus compañeros. En tal caso, los padres de sus compañeros hacían los mismo con sus hijos.

La gente, notó Agustín, comenzaba a tener miedo.

El miedo en sus rostro, en su rápido caminar.

El miedo se materializaba.

Un grupo de gente, que no estaba contenta con lo que hacia Isabelita, decidió oponerse al gobierno, irónicamente estas personas tenían fuertes pensamientos peronistas, entre ellos, los padres de Agustín. Fue así, que ese tal Videla que una vez oyó hablar Agustín en el colegio, obtuvo el permiso de la presidente para crear una Alianza... La triple A: “Alianza Anticomunista Argentina” La idea era acabar con los que osaban revelarse, con la subversión, acabar con el avance de la izquierda en el país... Siendo ayudados en esa “Noble” labor por gente idónea, con la intervención de grupos civiles paramilitares.
Videla era militar ¡Cómo Perón! Gritó una vez Agustín en su casa mientras sus padres miraban la preciada televisión y sin saber porque, recibió una soberana paliza y el consecuente encierro y castigo en su cuarto. ¿Por qué se habían enojado? Acaso ¿No era cierto? Mucha gente había estado de acuerdo en eso, mucha gente había vitoreado la intervención de los militares creyendo que así habría orden de nuevo ¿Por qué ahora se arrepentían de ello?.
El miedo comenzó a tener rostro, el miedo comenzó a materializarse... El miedo se podía respirar, se podía tocar, era una “cosa” y no una definición. Por ese entonces, cuando Agustín cursaba el tercer grado, sin saber los verdaderos motivos, ajeno y a la vez cercano a esa realidad, en su país cada cinco horas moría una persona y cada tres morían muchas mas cuando estallaba una bomba.
Las huelgas estaban prohibidas, pero había un grupo de personas que de todos modos las hacían, se estaban muriendo de hambre ¿Qué mas daba morir de otra forma?.
La gente comenzaba a desaparecer, era común ir al almacén del barrio y escuchar a los adultos hablando sobre “Como se lo habían llevado “al” Carlos” Pero claro, la gente no solía hablar mas de lo necesario, con el tiempo comprendieron que callar era sinónimo de salud.
Una vez llegó Elvira, la vecina de Agustín, llorando a su casa, diciendo que se habían llevado a Héctor... Héctor era un chico, que estudiaba en la universidad, Agustín siempre lo recordaba como un buen chico, divertido, alegre y no tenía problemas en arreglarle la cadena de la bicicleta cada vez que esta se salía. Agustín se sintió muy triste cuando se enteró, y aunque sus padres lo encerraron para que no escuchase la conversación de adultos, hizo lo posible por escabullirse hasta la sala y esconderse.
Elvira contó entre lagrimas que varios hombres vestidos de civiles ingresaron por la noche y se lo llevaron, en ropa interior, desde ya, estaban durmiendo entrada la madrugada. No le dijeron nada, solo le pegaron a ella cuando intentó preguntarlo, y se llevaron muchas cosas, como el televisor, la maquina de coser, pero eso... Eso no era lo que le importaba a Elvira, se habían llevaba a su hijo y ahora no sabia donde estaba, si vivo o muerto.
Después llegó Norma, otra vecina, pero de la esquina, cuando se enteró de lo que le había pasado a Héctor... Ella llegó aconsejándole a Elvira que no hiciera la denuncia, pues ella lo hizo cuando desapareció su marido, y ahora había desaparecido su abogado y el hermano de su marido. Lo mejor era callar. Lo mejor era refugiarse en la casa. Lo mejor era esperar... Esperar a que el tiempo pase. ¿Pero como hacerlo? Si cada segundo que pasa es un segundo en donde no se sabe dónde están los seres queridos.
Agustín no pudo escuchar más, tuvo que irse corriendo cuando su padre lo descubrió escondido detrás del sillón.
Ese día pasó, pero se notaba el barrio en silencio y apagado, el niño rubio solía ver a través de la ventana a la gente pasar, pero cada día eran menos los que caminaban ¿Qué estaba pasando? ¿Estaba desapareciendo la gente? ¿Esfumándose como por arte de magia?
En la televisión se solía escuchar a ese militar de bigotes y rasgos profundos, decir con una voz inquebrantable que “un terrorista no es sólo el portador de una bomba o una pistola, sino también el que difunde ideas contrarias a la civilización cristiana y occidental” Agustín no entendía que quería decir con esas cosas.
Agustín no comprendió muchas cosas y no por su edad, pues aunque pasase el tiempo, esas “cosas” jamas se llegarían a entender.
Lo que sí entendió y le dio un poco de miedo fue lo que dijo el gobernador de su provincia por radio “Primero vamos a matar a todos los subversivos, después a sus colaboradores; después a los indiferentes y por último a los tímidos”
¿Matar? Eso si que le dio pavor ¿Y porque? ¿La gente estaba haciendo cosas malas? ¿Por eso? Agustín sacudió su cabeza y se alejó de esa radio, no le gustaba lo que oía siempre y menos le gustaba el tono de voz de ese hombre, lo hacía temblar de miedo sin saber bien por que. Sin embargo su padre no tuvo mejor idea que subir el volumen de la radio, pues darían un comunicado de suma urgencia, el comunicado Nº 19.
Entre papeles y crayones, entre soldados de plástico y pelotas de lona, Agustín oía de rebote las noticias de esa tarde.

“Será severamente reprimida toda manifestación callejera... Todas las fuentes de producción y lugares de trabajo estatales y privados, a partir de la fecha serán considerados de interés militar... Se expulsará del territorio nacional a extranjeros que afecten la paz social... Serán recluidos por tiempo indeterminado todos aquellos que difunden actos, palabras o imágenes de personas o grupos considerados subversivos o terroristas”

“Papá...” Llamó el niño la atención, levantando apenas su cabeza, dejando de lado sus soldados de plástico para hacer una pregunta, y a pesar de que su padre lo silenció Agustín continuó “Papá ¿Qué significa subversivos?” Pero su padre se limito a mirarlo, nada más... No supo y no pudo decirle absolutamente nada, lo había desarmado con esa inocente pregunta.
Se consideraban subversivos a los que ayudaban en las villas-miseria; los que tenían como objetivo una mejora en los salarios; los miembros de alguno de los centros estudiantiles; los periodistas que demostraban su desacuerdo con los represores, y hacia la represión; y que eran capaces de demostrar su oposición a los hechos en un artículo periodístico. Los psicólogos y los sociólogos, por pertenecer a profesiones “sospechosas”. Las monjas o sacerdotes que llevaban sus enseñanzas a las villas-miserias. Los familiares de cualquiera de todas estas personas, los amigos y amigos de los familiares, los amigos de éstos amigos...
Con el tiempo, luego de ese comunicado se notó la censura, y la promoción de la autocensura... Se quemaban libros, bibliotecas enteras, y grandes personas del país comenzaron a desaparecer... Periodistas, escritores, pensadores, curas, actores, músicos, maestros, abogados, psicólogos, médicos... Gente común y corriente comenzó a desaparecer también...

Desaparecer era peor que morir

¿Dónde estaban? ¿Cómo estaban?

La incertidumbre comenzaba a apoderarse de las familias cuyos integrantes habían desaparecidos... muertos mejor, pues no saber si el cadáver que se llevaron cuando explotó una bomba era de su familiar o no, era peor que verla morir ante sus ojos.
Que se lleven a los padres de uno, una noche, en ropa interior, vendados y atados, sin volver a saber nada de ellos y sin poder hacer una denuncia, pues lo mismos policías se lo habían llevado, era peor que verlos morir ante sus ojos.
Porque se sabía que igual iban a morir, se sabía en parte cual era el destino... ¿Pero donde estaban?

Desaparecer era peor que morir. Peor aun era saber que cualquiera podía ser el próximo.

Ya no era miedo, era terror, recorrieron cada célula del cuerpo, calando profundo los huesos, y los que no pudieron escapar del país, se quedaron a vivir ese terror.
La gente callaba, la gente no hablaba mas de lo necesario, la gente no salía a la calle, no se saludaban entre vecinos, no se viajaba... La gente intentaban llamar la atención lo menos posible. La gente intentaba salvarse, pues no podían siquiera ayudar a sus seres queridos, no podían evitar que se los llevasen sin más.
“Sálvese quien pueda” Era el lema del país por ese entonces.
Ya no se podía pensar; no se podía votar, pero eso no importaba, ¡No se podía pensar distinto!. Agustín, inevitablemente, comenzó a tener miedo él también, a pesar de ser un niño, ese sentimiento era muy contagioso.
Era aburrido estar encerrado todo el día en la casa, no había nada por hacer, pero más allá de eso, encima que ya no lo dejaban ir al colegio, lo separaban de sus amigos, se sintió muy triste cuando tuvo que mudarse sin despedirse de ellos. Y eso solo fue el comienzo, pues después siguieron mas mudanzas, algunas en mitad de la noche, y en algunas ocasiones no le daban tiempo de juntar todos sus juguetes y así, a medida que iban de casa en casa, mudándose cada tres días, el se iba quedando con menos juguetes, juguetes que quedaban olvidados en su viaje. Se consolaba con saber que si un niño algún día habitaba esa casa por lo menos tendría con que jugar.
Ante esa idea, como una especie de ritual, en cada casa que dejaba, abandonaba en ella un juguete, uno solo, por las dudas... Total, ya daba igual, si había perdido muchos juguetes, y mientras tuviese a su soldado él estaba conforme.
El 24 de marzo de 1976 sería una fecha que nadie olvidaría, nunca mas, y aunque Agustín contaba con ocho años, supo que desde ese día todo había cambiado. Yendo de un lado para el otro, viendo el esfuerzo de su madre cargándolo a él para correr más rápido, con su vientre hinchado a la espera de una hermana o un hermano. Le costaba comprender un poco, pero por ser niño no era tonto, supo que el miedo tenia cara y nombre.
Todo cambió una noche, cuando hubo un fuerte apagón en toda la cuadra de la nueva casa en donde se habían mudado hacia apenas una semana. A punto de cumplir los nueve, ese 28 de abril despertó sobresaltado cuando su madre lo jaló de un brazo. Con su piyama puesto, Agustín no tuvo tiempo de tomar su soldado, estiró su brazo pero no tuvo éxito, su madre lo estaba arrastrando hasta la entrada de la casa, pero varios hombres le impidieron la salida.
Agustín se asustó mucho al ver a esos hombres vestidos con ropas mundanas; quizás eran las armas que llevaban en sus manos, quizás su porte, o sus palabras, o el trato hacia los padres del niño, pero algo le causo un profundo terror.
Agustín temblaba aferrado a la remera de su madre, quien hablaba con los hombres y llorando rogaba por su hijo, pidiendo que no les hicieran nada... Que estaba embarazada... Que ellos no habían hecho nada malo... Nada malo “Vamos a ver si eso es cierto” Dijo uno de los hombres y se acerco a ella para agarrarla por su rubia cabellera y arrodillarla en el suelo, sin dejar de apuntar a su vientre que por ese entonces contaba con siete meses de embarazo.
Sin sabe que hacer, Agustín se cobijo contra la pared, observando las lagrimas de su madre, y el temblar de su cuerpo... Los gritos de su padre consiguieron sobresaltarlo, y las primeras lagrimas del niño aparecieron cuando uno de esos hombres se acercó a él con un pañuelo negro.
Le vendaron los ojos y el se dejó hacer, así solo pudo escuchar por unos cuantos minutos a su padre gritando y suplicando por su vida, y a su madre llorando cerca de él. Una mano desconocida y brusca tomó fuertemente su brazo, al mismo tiempo que los gritos y los llantos dejaron de oírse, y esa misma mano lo arrastró por la casa, hasta conducirlo a lo que imaginó, era el frente, pues sus pies descalzos tomaron contacto con la hierba húmeda y las hojas caídas de los arboles en ese inolvidable otoño.
Voces, gritos, risas... Lo subieron a un auto sin sacarle el vendaje... Sintió el auto arrancar y ya no pudo oír a sus padres ¿Estaban con él? No, estaban en otro auto.
El viaje fue largo, corto, a esas alturas el tiempo no tuvo importancia. Lo bajaron con rudeza del coche y nuevamente lo condujeron por un suelo húmedo, pero no era pasto, era sólido, era piso... Un olor comenzó a inundar sus fosas nasales, un olor nauseabundo y putrefacto, el olor a sangre, miedo y muerte. Lo sentaron en una silla, y él obediente allí se quedo, obediente, sumiso, aplicado. Supo con sus casi nueve años que era mejor callar.
Agustín volvió a escuchar gritos y llantos, pero está vez no supo discernir si eran de sus padres, le pareció oírlos con certeza, pero eran tantas las voces que se mezclaban. Comenzó a temblar sí bien no lloraba, quería a su mami, quería a su papi, quería a su soldado.
Le quitaron el bendaje, y cuando poco a poco la luz volvió a sus ojos se encontró en un cuarto, obscuro, sin ventanas, rodeado de hombres, algunos supo reconocerlos como los que habían estado en su casa, otros no. No le hablaron, pasaron las horas y le trajeron ropa y el sumiso se vistió, en silencio, tenia hambre pero no dijo nada... Quiso saber de sus padres pero supo que no era bueno preguntar por ellos.

¿Qué estaba pasando?

Le trajeron comida, un plato hondo de metal lleno de arroz blanco y frío, no quiso comer... Por suerte nadie le obligó... Un hombre se dirigió a él, un hombre vestido con un guardapolvo blanco y una sonrisa tranquilizadora, o por lo menos fue un bálsamo para su atormentado corazón. Era un medico que lo revisó, y sorprendiéndolo pronunció su nombre para preguntarle luego como estaba.
La voz no le salió, no pudo responderle. Afortunadamente... El hombre no insistió.
Comenzaron a hablar, entre varios uniformados, supo que hablaban de él “¿Qué hacemos con el pendejo?”... “Lo mismo de siempre” contesto uno, y el médico intercedió, diciendo que el se lo llevaría “Bien” combinó un hombre sentado frente al chico “¿Cómo se llama?”... “Agustín Alvarado... No habla”, fue la única respuesta y luego el doctor lo invitó a irse con él.
Agustín por un lado quiso salir de ese lugar asqueado con ese olor tan nauseabundo, quiso salir a la luz, pero por el otro se quedó en la silla, aferrado a ella ¿Y que de sus padres?... “Tus padres ya no vendrán por vos” Le dijeron, y sin más Agustín se puso de pie y se alejó junto a ese hombre.
Vestido con ropas que le quedaban algo grande, salió al frente, descubriendo que era un lugar que él conocía, un desarmadero de autos en el que su padre solía ir en buscas de partes de su coche. La luz del sol golpeó su cara y se sintió un poco aliviado, el doctor lo subió a un automóvil, a un Ford Falcon verde y lo llevó hasta una capilla, donde un cura los esperaba.
Cuando Agustín ingresó se encontró con otros niños, que al igual que el no hablaban... No jugaban, no reían.
Le dieron de comer y pasó la noche allí; al otro día el mismo doctor lo pasó a buscar y le dijo que partirían de viaje. Agustín no hablaba, o por lo menos hasta el momento que abrió su boca para preguntar por sus padres nuevamente “No van a venir” Fue la respuesta que recibió.
El doctor le confesó, cuando comenzaron a ir de un lado para el otro, viajando en tren y autobús, con lagrimas en sus ojos que él conocía a sus padres, y que por ellos, lo mínimo que podía hacer era sacarlo a él de allí. Agustín no comprendió bien sus palabras, quizás por el temblor de las mismas, temblor ocasionado por la culpa y el miedo pero ¿Qué podía hacer el hombre? Como doctor no se salvaba de esa suerte, no tuvo mas opciones que callar y dejar que las cosas sucediesen ante sus ojos.
El hombre le hablaba poco y agradeció eso Agustín, aun estaba confundido y no sabia hacia donde se dirigían ni que harían con él.
El día que Agustín cumplió los nueve años, fue el día en el que el hombre lo colocó en un barco y le dijo que de ahora en mas viajaría solo, que alguien lo esperaría en el otro lado y que le hiciese caso.
Ese barco lo conducía sin rumbo aparente, por un enorme océano. Era la primera vez que viajaba de esa forma y solo, y aunque en un principio ver el agua lo mareaba, ya se había acostumbrado y solía pasar el día entero observándola, perdido en sus pensamientos, madurando quizás demasiado rápido.
Por momentos, sobre todo a la noche, lloraba... extrañaba a su mamá, extrañaba que lo fuese a ver para saber si estaba dormido o si aun seguía jugando con los soldados. Extrañaba sus juguetes, su casa y su gente. Extrañaba estar con alguien.
Durante esos días, que Agustín no supo si fueron horas, días, meses o años, comió lo que le daban y hacia lo que le permitían. Pero llegó el día en el que barco “ancló” En un puerto y en una tierra desconocida para el niño, se desconcertó pues la gente no hablaba su idioma.
Se sintió perdido en un enorme mundo, sin saber a donde ir y que hacer, hasta que una mano se posó sobre su hombro, dos hombres vestidos de manera extraña lo miraron, y asintieron sin decir palabra. Agustín supo que lo mejor era seguirlos y eso fue lo que hizo.
Lo condujeron por un lugar árido, donde el viento amenazaba con tumbarlo y la tierra se metía por la nariz haciéndole sentir que comía arena. Escuchó a los dos hombres hablando entre sí, en un idioma extraño ¿Era ingles? No, lastima, era el único idioma que Agustín había escuchado apenas en su país... Su país ¿Dónde estaban? Cruzar un barco implicaba ir a otro país, eso si lo tuvo en claro pero ¿Dónde se hallaba parado?.
Siguieron subiendo, las pequeñas rocas comenzaron a formarse y a ser cada vez más grandes, una escalera apareció ante ellos, formada casi naturalmente, y el continuó su camino siguiendo a esos hombres que cada tanto paraban esperando su lenta llegada. Era agotador subir aquello pero se compensaba con el hermoso paisaje ante sus ojos, los arboles como si fuesen pequeños puntitos verdes, y sin saberlo Agustín estaba observando la colina Philopappos.
Atravesaron, lo que Agustín inocentemente penso, un montón de rocas caídas, como una infraestructura derrumbada. Llegaron ante una enorme puerta maciza de doble hoja, tan alta que sus ojos no alcanzaban a ver donde terminaba, en parte porque el sol también se lo dificultaba. Y cuando el pequeño rubio bajó su cabeza sus ojos enceguecidos se posaron sobre una túnica negra, una figura alta e imponente, cuyo rostro cubría una siniestra mascara... Sorpresivamente le habló en su idioma con un acento muy raro.

- Bienvenido joven... Este será tu hogar de ahora en mas, obedece a tus maestros y entrena duramente... Solo así la situación será justa para ti...
¿Qué quiso decir ese hombre de larga cabellera con esas palabras? Agustín se quedó sin palabras, maravillado y asombrado ante tanta presencia.
- Los escuderos te guiaran hasta el lugar donde pasaras tus días... Comenzaras ya mismo tu entrenamiento... –El hombre dio la vuelta para seguir caminando, pero frenó sus pasos para acotar –Estas en el Santuario de Athena, en Grecia... Y esta terminantemente prohibido hablar afuera de este lugar, el castigo a todo aquel que rompa esa regla, es la muerte...

Los mismos hombres que lo habían conducido durante todo el trayecto, luego de la solemne reverencia, se pusieron de pie para seguir caminando. Agustín aun no salía de su trance y tuvo que correr detrás de ellos para no perderse en ese enorme lugar.
Grecia... Nunca había oído hablar de Grecia ¿Quedaba lejos de su país? No lo supo. En ese lugar solo había hombres, hombres por aquí, hombres por allá... Vestidos de manera extraña, por lo menos para él, riendo y hablando en diferentes lenguas, luchando entre ellos, demostrando su fuerza. Se quedó de pie en medio de una enorme fuente de agua donde varios de esos hombres se refrescaban, para observar detrás de la mismas unas imponentes escalinatas cuyo fin no se podía vislumbrar. Uno de los hombres lo jaló del hombro y lo arrastró hacia un costado... Siguió caminando junto a ellos sin poder quitarse de su mente esas escaleras ¿A dónde conducirían?... Aun más triste ¿A quien preguntarle? Si nadie hablaba su idioma.
Llegaron ante una precaria cabaña cuyo suelo era la misma tierra, allí los dos hombres lo dejaron y marcharon. Encontró ropa limpia sobre una pobre cama y supo que debía colocarse eso, lo observó con algo de recelo, si bien el color marrón viejo no era tan desagradable ¿Por qué tenia que ponerse esa remera que le quedaba como pollera? “Eso usan las nenas”, pensó Agustín mientras se desvestía y comenzaba a ponerse lo nuevo. Unos zapatos extraños que le llevó casi todo el día ponerse, tan complicados que eran con esos cordones largos e interminables ¡Dioses! Era una tortura.
Cuándo por fin terminó, observó que había fruta sobre la mesa, un cesto llenó de manzanas y sin dudarlo tomó una ¡Vaya que tenia hambre! Poco a poco comenzaba a amoldarse al lugar, recordó las palabras de ese hombre con acento extraño... Entrenar... Obedecer... Supo nuevamente, que como en su país, lo mejor era callar y obedecer.
Un hombre pateó con violencia la puerta y hablando en esa extraña lengua comenzó a gritarle ¿Qué sucedía? Agustín se levantó de la cama y negó con su cabeza, intentando hacerle entender que no comprendía su idioma. El hombre bufó y lo tomó del hombro para arrástralo por toda la tierra, la manzana cayó al suelo y las lagrimas amenazaron con aparecer... No dejaba de ser un niño
¿Dónde estaba papá, donde estaba mamá? Para que lo defendiesen de ese hombre que comenzaba a pegarle.
Cuando lo soltó, por simple inercia Agustín se sitúo junto a un chico de su misma estatura, en una hilera interminable de jóvenes. Todos en silencio, todos quietos, sin mover un músculo... Sin jugar y sin reír, como en la capilla de su país.
El hombre no dejaba de gritarle a él y a otros niños, delante de los demás, delante de cientos de jóvenes que pasaban por el lugar. Agustín solo se limitaba a gritar “¡No entiendo!” En su idioma, sin saber que la golpiza se la estaban dando justamente por hablar.
Algo comenzó, un entrenamiento, Agustín se limitó a imitar los movimientos de sus compañeros... Eran pruebas de fuerza, algunas de resistencia. El primer día allí fue una real tortura, aun mas los que le quedaban por delante.
Cuando llegaba la noche, el niño solía llorar de alegría, pues por fin podía descansar su golpeado y ejercitado cuerpo, y ya no sentía esa voz gritándole en el oído cosas ajenas a su idioma materno.
Si bien todos los días eran iguales, había uno solo en el que por la tarde cuando el sol golpeaba fuerte el suelo de Grecia, solían dejarlo en paz. El problema residía en que no sabia nunca que hacer ¿Con quien hablar? Si nadie comprendía su idioma y ni tampoco intentaba sociabilizar demasiado, todos se les hacían extraños.
Se encontraba sentado en una mesa larga de madera junto a otros niños y hombres que hablaban entremezclando sus idiomas, intentaba terminar su precario almuerzo lo más rápido posible para cobijarse en su cabaña, lejos de las risas y las miradas que le eran ajenas al pobre niño. Salvo por una, que pasando casualmente por ahí, con atención lo observaba, que buscaba salvarlo de esa graciosa situación, ya que se reían de él y su mutismo. Y así Agustín supo que no era el único que hablaba español.


Los dinosaurios
Charly García


Los amigos del barrio pueden desaparecer,
los cantores de radio pueden desaparecer,
los que están en los diarios pueden desaparecer,
la persona que amas puede desaparecer.

Los que están en el aire pueden desaparecer en el aire,
los que están en la calle pueden desaparecer, en la calle,
los amigos del barrio pueden desaparecer,
pero los dinosaurios van a desaparecer.

No estoy tranquilo mi amor,
hoy es sábado a la noche,
un amigo está en cana.
Mi amor,
desaparece el mundo.

Si los pesados, mi amor, llevan todo ese montón de
equipajes en la mano,
mi amor, yo quiero estar liviano.

Cuando el mundo tira para abajo
yo no quiero estar atado a nada,
imaginen a los dinosaurios en la cama.

Los amigos del barrio pueden desaparecer,
los cantores de radio pueden desaparecer,
los que están en los diarios pueden desaparecer,
la persona que amas puede desaparecer.

Los que están en el aire pueden desaparecer, en el aire,
los que están en la calle pueden desaparecer en la calle.
Los amigos del barrio pueden desaparecer,
pero los dinosaurios van a desaparecer



CAPITULO 2: “Alguna vez voy a ser libre”...


Un par sentados frente a él le hablaron, por supuesto en griego, y como siempre Agustín se quedó callado, observando su plato. Solían dirigirle la palabra pero el no buscaba responder, supo que era en vano, o aprendía ese idioma o no hablaba nunca con nadie, y ¡Dioses! A veces le era imperioso poder comunicarse, sobre todo cuando necesitaba algo.
Los jóvenes, un poco más grandes que él, comenzaron a reírse con fuerza sin dejar de hablarle. El pequeño rubio se sintió incomodo, acaso ¿Se reían de él? Eso fue lo que se le escapó sin buscarlo:

- ¿Se ríen de mí? Cállense...
- Es que te están preguntando tu nombre y tú no dices nada... –Respondió sorpresivamente una voz a sus espaldas y aun más asombroso ¡En su idioma!.
Agustín volteó confundido, y se quedó maravillado ante ese joven, que no era mucho más grande que él pero que a sus ojos ya era todo un hombre.
- Ha-Ha-Hablas... –Balbuceó el rubio.
- Desde ya... –Rió el morocho de pelo corto, con apenas una sonrisa en sus labios, tomó una pequeña jarra y la llenó de agua --¿Cómo te llamas?
- Agustín Alvarado... –Susurró.
- ¿Cómo?.. –Volvió a preguntar el extraño muchacho, vestido como él, solo que su traje era de color crema obscuro.
- ¡Albiore!... –Gritó un joven dejándolo sordo, justo el mismo que hacia minutos estaba riéndose en su cara.
- Albiore... –Repitió el muchacho a su lado.
- ¡Albiore!... –Comenzaron a gritar todos, hablando entre sí.
El muchacho morocho que hablaba su mismo idioma, sonrió ante la efusividad y con esa jarra partió del lugar. Agustín no lo dudó y corrió tras él:
- ¡Espera!...
- Que sucede... –Volteó dando un sorbo a la jarra –Debo volver a entrenar...
- Quiero saber como te llamas... –Su voz surgió de su garganta agitada.
- ¿No hablas nada de griego?... –Ignoró la pregunta para preguntar él, y ante una negativa acotó –Con el tiempo lo harás... Ven, vayamos caminando...
- ¿Cómo te llamas?... –Volvió a preguntar el rubio caminando a su lado.
- Pues... Me dicen Shura... Es una larga historia... ¿Y tu? Al final no te oí...
- Albiore... –Correspondió Agustín.
- Oh ¿Sí?... –Shura entrecerró sus ojos –Fernando... ¿Ahora cual es el tuyo?
- Agustín... –Sonrió Albiore --No sos de Argentina... ¿Verdad?..
- España... –El joven caminaba demasiado rápido para el menor
- ¿Qué es este lugar? ¿Qué hacemos acá? ¿Qué... ?
Shura lo frenó colocando su mano ante su cara.
- Esas preguntas te serán respondidas con el tiempo, lo mejor que puedes hacer es hablar lo menos posible y solo con ciertas personas... No husmees en lugares que no te corresponden e intenta aprender el idioma o morirás...
- Pero ¿Nos volveremos a ver?
Shura no respondió, siguió caminando, pero escuchó con claridad el grito del menor:
- ¡Estoy en la cabaña junto a la fuente del ángel que está en la plaza principal!

Shura rió, ese ángel, no era un ángel, era Nike, la Diosa de la Victoria. Ese niño necesitaba aprender muchas cosas del lugar.
Shura no era un joven muy sociable, pero había sentido empatía por el niño cuando vio hacia ya varias semanas como lo golpeaban... Él había pasado por ello en carne propio, solo que Shura tenia seis años cuando llegó y con el tiempo aprendió bastante de las reglas del lugar y como acatarlas.
Había escuchado el idioma del niño rubio, gritando con desesperación “No entiendo” Cuando el otro hombre solo le indicaba en griego que guardase silencio.
Se hubiese metido en el medio para hacer de traductor pero no era su trabajo, además era algo por lo que inevitablemente Albiore tuvo que pasar, ya que eso solo era el comienzo de lo que más adelante serias su verdadero entrenamiento de Santo.
Albiore... Lindo sobrenombre, les encantaba ponerlos cuando llegaban niños nuevos. Lastima que la mayoría solía morir debido al exhaustivo ejercicio.
El niño nuevo necesitaba imperiosamente comunicarse con alguien, ya a esas alturas no por mera necesidad de saber cosas, sino por la verdadera desesperación que da no tener con quien hablar. Necesitaba preguntarle a alguien que era lo que estaba haciendo allí y si podría ver a sus padres.


***

Pasaron cinco días, hasta que Albiore recibió la visita del extraño joven que hablaba su mismo idioma. Se encontraba recostado en su cama, luego de un duro entrenamiento cuando golpean a su puerta. Algo cansado se puso de pie, no solía tener entrenamientos nocturnos pero uno nunca sabe con lo que le van a salir en un lugar semejante.
Abrió la puerta y los últimos rayos de sol le permitieron vislumbrar al muchacho apodado Shura, quien con un gesto cortes lo saludó para luego invitarse solo a la cabaña.

- Tienes mesa, la mía ni siquiera tenia cama, era algo similar...
- Shura... –Se emocionó el rubio, contento de poder escuchar su idioma, de poder entender lo que le decían.
- Solo vine para decirte que mañana, en la hora de descanso, pasaré a buscarte...
- Si... –Aceptó el argentino sin cuestionar nada, como si el otro fuese su amo y señor.
- Iremos a mi Templo, te mostraré algunos textos griegos y te enseñaré cosas básicas del idioma y del lugar...
- Gracias...
- Es lo mínimo que puedo hacer, a tu edad pocos sobreviven...

Shura supo en su interior que quizás el menor no soportaría el entrenamiento, la mayoría de los niños ingresaban al Santuario desde temprana edad y muchos eran los que morían, Albiore no tenía chances, ya estaba demasiado grande para aprender resistencia, fuerza, conceptos básicos como el Cosmo.
El rubio se quedó mudo de la impresión ¿Moriría? ¿Tan poca fe le tenia? Lo cierto era que cada día le costaba mas rendir en los entrenamientos, el cansancio físico iba acumulándose día a día y por momentos realmente sentía morir o por lo menos eso quería. Mas la intención del español era ayudarlo aunque fuese un poco, explicarle rápido algunas cosas básicas, elementales para sobrevivir, el resto quedaría por cuenta del argentino.
Sin nada mas que hacer, Shura partió de la cabaña del menor con la luna sobre su cabeza. Albiore se quedó un buen rato observando bajo el marco de su puerta el lento caminar del mayor quien se dirigía rumbo a unas escalinatas... Unas misteriosas escalinatas que al rubio le habían llamado la atención desde su primer día en el Santuario.
Volvió a su cama y se recostó, dispuesto a dormirse, sabiendo que apenas despuntase el sol debía estar alistado para comenzar con un largo entrenamiento que acabaría cuando el sol golpease fuerte sobre la superficie de la Tierra.

***

Un nuevo día en el Santuario, tan pesado como los anteriores, con mas preguntas en su cabeza, con mas temores ¿Moriría? No quería morir, de eso estaba seguro Albiore, no moriría, necesitaba saber de sus padres, pero ¿Cómo? ¿Cómo soportar? Tenia prohibido caer y rendirse, eso significaba la muerte, pero por momentos sentía que sus músculos no le respondían, que necesitaba cerrar sus ojos por un instante, pero logrando juntar fuerza, vaya a saber Dios de donde, conseguía no claudicar ante la mirada desafiante y dura de quienes eran sus maestros...
La primera fase del entrenamiento; quienes sobrevivían quedarían como posibles postulantes para una armadura... Eso era algo de lo que el rubio no estaba enterado, por no conocer el idioma que a esas alturas comenzaba a odiar con todo el poder de su corazón.
Cuando visualizó a Shura a lo lejos, caminando bajo el sol, su corazón latió de emoción, por fin alguien iba a su encuentro para arrancarlo aunque sea unas horas de su terrible realidad.
El mayor le dedicó una mirada de empatía y con señas le indicó que se pusiese de pie y lo siguiese.
Albiore obedeció, sacudió su pantalón cubierto de tierra y siguió con pasos rápidos al español.
Las escaleras, aquellas anchas, siniestras, místicas, ajenas, escaleras que comenzaron a subir.

- ¿Adónde vamos?
- A mi Templo, te dije... Te enseñaré algunos conceptos básicos del idioma...

El rubio se apenó un poco, no quiso ser fastidioso con él tema, pero le dio una profunda curiosidad todo, desde la lengua de esa tierra hasta el suelo que pisaba, desde el sol que imponente se erguía sobre su cabeza hasta cada roca en ese extraño paraje.
Las escaleras eran interminables o eso le pareció al argentino, para colmo Shura no aminoró su paso ni un segundo. Cuando el menor estuvo a punto de pedir descanso vio a lo lejos una magnifica infraestructura y la curiosidad le dio las fuerzas necesarias para mantenerle el ritmo al mayor.

- Este es el primer Templo del Santuario, Aries... –Comentó el español adivinando las dudas de su compañero –Su guardián está ausente, de hecho la mayoría de los Templos están deshabitados, solo Géminis, Sagitario y Capricornio poseen dueño...
- ¿Templo, Aries, dueños?... –Balbuceó el rubio confundido.

Una entrada amplia cuyos costados se podían apreciar la figura de un carnero, al principio un olor a humedad inundo sus fosas nasales y una obscuridad total que poco a poco fue aclarándose. El pequeño intentó no perder detalle de aquellas columnas y toda la arquitectura del lugar, pero Shura, con su rápido caminar, no le permitió observar todo lo necesario para grabar en su mente tan imponente Templo... Su extensión era abrumadora, aun más su “Presencia”.

- Son Doce Templos... –Siguió el mayor –Representan los signos zodiacales... Aries, Tauro, Géminis, Cáncer, etc... –Acortó. –En orden... Cada Templo posee un dueño, el Santo de dicho lugar... Yo soy el Santo de Capricornio... –Finalizó algo orgulloso, lo cierto que hacia poco se había coronado como tal.
- ¿Santo... De Capricornio?... –Ya se encontraban en las afueras de aquella primera casa, unas nuevas escaleras se hicieron presentes.
- Si... Muchos de los Templos se encuentran vacíos pues sus futuros dueños están entrenando para probar luego si son merecedores de la armadura...
- ¿Armadura?

Shura esbozó una sonrisa que el argentino no pudo ver por ir tras su espalda... Aquel niño extranjero necesitaba cuanto antes un poco de información elemental.
Un nuevo Templo... Albiore adivinó bien, Tauro, sobre todo porque dicha figura de un toro grabada en su mármol se le hizo sugestivo.

- Nunca... –Sentenció el español recordando súbitamente –Intentes adentrarte a los Templos sin la debida autorización.
- ¿Por qué?... –Se extrañó Albiore, aunque para esas alturas ya nada debería de extrañarlo en ese lugar --¿Qué sucede si ingreso?
- Morirás... No puedes... O sea si... –Se contradijo –Ahora vienes conmigo pero...
- ¿Qué?
- Son cosas que iré explicándotelas poco a poco....
Tauro quedó atrás, y tan curioso el rubio con las palabras de su nuevo amigo que no reparó un segundo en ese detalle, no había podido observar con detenimiento dicha Casa.
- ¿Qué es un Santo?.. –Investigó el menor, él tenia un concepto de Santo pero más que nada referido a la religión, su religión.
- Un Guerrero...
- ¿Un Guerrero?
- De Athena... –Ingresaron al Tercer Templo –La Diosa de la sabiduría, Athena...
- ¿Y este Templo?... –Albiore se distrajo un segundo para pegarse un poco mas al español.
- ¿Qué sucede?...
- Na-Nada... –El rubio notó su comportamiento y buscó componerse --¿No habita nadie?
- Géminis... –Vociferó Shura y su voz retumbó en el templo consiguiendo que el menor diese un respingo –Hace tiempo que no se sabe nada de él...
- ¿Athena?... –Recordó el menor, jamas había oído hablar de ello. --¿Es otra religión?... –Se animó a investigar.
- Algo así... Tranquilo, con el tiempo iras comprendiendo muchas cosas...
- Necesito aprender griego... –Sentenció realmente decidido.
Shura asintió y sonrió. Por fin habían salido de aquel Templo, Albiore suspiró relajado.
- Apura el paso... Aun nos queda mucho por delante... Por suerte los únicos aprendices a esta hora están entrenando...

El argentino tomó la sabia decisión de guardar silencio hasta que llegasen a destino para no importunar a su compañero, deslumbrándose con cada Casa que pisaban, iguales en su magnificencia pero distintas ligeramente, adornadas con diversos relieves y columnas.
En si solo atravesaban los anchos pasillos que conectaban los Templos, las casas propiamente dichas de los Santos estaban alejadas de los demás Santos ajenos a los Templos. Eso descubrió Albiore cuando por fin llegaron a Capricornio, pues su dueño lo condujo por un pasillo aledaño que le mostró una sencilla decoración... Si bien algunos Templos estaban completamente vacíos, el de Shura poseía muebles sencillos, hasta inclusive una cocina y heladera, mesa, sillas, sillón, una habitación con una cama y una armario, sin dejar de lado un pequeño baño.
El rubio se quedó de pie con sus ojos observando ese lugar, hasta que el español lo invitó a sentarse, cosa que Albiore agradeció luego de semejante caminata.
Hasta ahí había llegado la travesía.

- ¿Qué hay mas allá?
- ¿De mi templo?... –Adivinó Shura tomando de la heladora un poco de agua fría. –Pues, Acuario y Piscis, desde ya... –Silenció un segundo para luego acotar –Mas atrás el recinto del Patriarca y luego la habitación de Athena.

Nuevamente el argentino volvía a oír ese nombre, Athena, una Diosa, ¿La habitación de una Diosa? Acaso ¿Los Dioses no eran divinidades que habitaban en el cielo? Así creyó siempre el rubio de su Dios cristiano.
Shura comprendió que debía organizarse, para saber por donde comenzar, ¿El idioma o el Santuario? Enseñarle el idioma o bien explicarle todo lo que el pequeño quiso saber.
Con el correr de los días fue quitándole posibles dudas al pequeño al mismo tiempo que le enseñó pequeñas bases del idioma griego.
Le explicó todo lo referente a la Orden, o por lo menos lo que Albiore podía saber como posible Santo.
Lo difícil fue explicarle la existencia de Athena, el rubio no podía comprender el hecho de que la mentada Diosa estuviese con vida, que hubiese llegado a la Tierra y que actualmente, siendo una beba durmiese detrás del recinto del Patriarca.
Reencarnación, ese fue un punto importante, que Shura tuvo que hacerle entender al terco argentino.
Con el tiempo aprendió a amar a la Diosa, a comprender que ella estaba en la Tierra para evitarle el sufrimiento a los humanos, como una especie de Mesías, como si Jesús hubiese vuelto a la Tierra de nuevo; su querido Jesús y su Dios cristiano poco a poco fueron reemplazados por Athena y otros conceptos.
El asunto fuerte y cuasi gracioso fue el de los Santos, ¿Qué eran y que demonios hacían en la Tierra? Dejando de lado desde ya el concepto de Cosmo, séptimo sentido y demás cuestiones.

- Han existido los Santos desde la creación de la humanidad... A través de la historia han existido diversas reencarnaciones de Dioses y diversos Santos a sus servicios... –Comentó Shura ya a esa altura sumamente envalentonado con la historia del Santuario, a sus 13 años era todo un adulto, ¿Quién no lo seria al atravesar las duras pruebas a los que inevitablemente estaban sometidos? Por algo había conseguido el puesto de Capricornio, no en vano era Santo.
- ¿Diversos Santos?... –Albiore aceptó gustoso el vaso con agua.
- Si... Alejandro Magno fue un Santo...
- ¿Alejandro Magno? ¿Quién es ese?... –Si, el niño no estaba muy informado con respecto a otros países, en la primaria pocos saben de la historia fuera de su país.
Capricornio se guardó la sorpresa, era un insulto y un atropello no saber, estando en Grecia, quien fue Alejandro Magno.
- Jesús ¿Te suena ese nombre?
- ¿Jesús?... –El rubio levantó su mirada sumamente asombrado --¿El Jesús de la Biblia?
- Ese mismo, aunque muchos dudan de su existencia... En los archivos del Santuario está como Santo...
- ¿No me estarás mintiendo?... –El argentino frunció su frente ofendido, aquello no era gracioso.
- No, para nada... Me lo ha dicho Aioros, y él no miente... El mismo lo ha leído en pergaminos más viejos que mi abuelo... Jesús existió y fue un Santo, un Guerrero... Conoció el despertar del Cosmo, el séptimo sentido y todas esas chulerías... Solo que la Biblia es un bonito cuento, omite algunos detalles....
- ¿Cuándo me vas a explicar todo eso? ¿Del Cosmo?
- Paciencia... –El español se puso de pie y buscó en su biblioteca un libro de idioma para prestarle al pequeño, mejor dicho, un diccionario que a él le fue muy útil en su momento.
- ¿Quién más fue Santo?
- Colón...
- ¿Colón? ¿El ridículo que usaba calzas? ¿Cristóbal Colón? ¿El de la niña, la pinta y no recuerdo mas?... –Con ese si que le habían torturado en la escuela, lo recordaba perfectamente.
- El mismo... –Sacó un pequeño libro y volteó con él en la mano –Ten, para que leas en tu cabaña...
- Gracias... –Tomó el viejo libro y continuó curioso --Sigue...
- A ver, déjame hacer memoria...
- ¿No estarás mintiendo?... –Volvió a molestarse Albiore, aun se le hizo extraño todo aquello.
- Para nada niño, si te digo... –Exclamó el mayor lanzando un falso suspiro de hartazgo --¿O vas a negar que esos hombres que te mencioné no han hecho grandes logros, no han dejado una huella en la historia? Napoleón Bonaparte también, Hitler, Rasputín, Rodrigo... Todos prestaron servicio a diversos Dioses...
- Pues... Es cierto, fueron grandes figuras –En realidad solo reconoció a Napoleón y algún otro --¿Algún argentino?... –Investigó curioso.
- Mmmmm... --Dudó Shura –Artigas, pero no era argentino, era de la Banda Oriental, por lo tanto uruguayo...
- Pero en ese momento era parte de Argentina.
- Lo recordé... Rosas... –Interrumpió Capricornio súbitamente. –Ese también...
- ¿Rosas? ¿Juan Manuel de Rosas?... –Ante el asentimiento del otro acotó –Con razón era así y todos le temían...
- Fue una gran figura de tu país ¿Cierto? A pesar de haber sido un dictador era un gran patriota... Los demás países le tenían respeto y sabían que con él no podían meterse, meterse con él o con la Argentina era sinónimo... Esa fue una de las pocas épocas “Estables” de la Argentina....
- Sabes mucho de historia. –Por lo menos conocía mas de la historia de su país que el mismísimo argentino, típico.
- Es inevitable estando aquí, este lugar es un abanico de nacionalidades –Comentó el morocho dejando su orgullo de lado --Además los maestros suelen torturar con esas cosas, sumado que a mí me gusta la historia y Aioros es más fanático que yo...
Por segunda vez, ese nombre en boca de Shura: “Aioros”. Albiore se guardó la curiosidad para seguir oyendo a su compañero.
- Tu también, con el tiempo aprenderás muchas cosas aquí...
- ¿Hubo argentinos en estos últimos tiempos? Como Santos... –Se explicó el rubio a lo ultimo.
- Pues que yo sepa, no... Estas tu por ahora... –Shura observó el reloj sobre la pared, ya era hora de ir bajando –Escúchame, de ahora en mas, solo hablaremos en griego...
- ¡¿Eh?!... –Se alarmó Albiore poniéndose lentamente de pie.
- Si... Por lo menos yo, te hablaré en griego e intentaras responderme en griego y si no puedes en castellano, así agilizaras el aprendizaje... Has avanzado mucho en estos días...
- Pero aun no estoy preparado...
- Si que lo estas... –Contradijo Capricornio caminando hasta la salida con el menor detrás quejándose por su repentina decisión.
- ¿Mañana pasas a buscarme en la hora de descanso?
- Eh... No... –Negó Shura con un semblante serio, aunque siempre era serio en esa oportunidad más rudo –Tengo reunión con el Patriarca y no puedo, lo dejaremos para pasado ¿Vale?
- Ok.
- ¿Cómo te va con el entrenamiento? –Preguntó Shura curioso, mas que nada asombrado al ver al pequeño tan adaptado al lugar, aunque Albiore aun no lo sintió así, era obvio que si aun estaba con vida se había acostumbrado a los duros entrenamientos.
- Pues... No sé... Me asusta... –Comenzaron a bajar las escalinatas, a toda prisa, pues Capricornio tenia la maldita costumbre de prácticamente correr en ves de caminar, dando pasos largos, como zancadas, a duras penas el rubio lograba seguirle el paso.
- ¿Qué te asusta?
- Cada vez somos menos... Y no sé... Parece que van a pasar a la segunda fase del entrenamiento. –Era lo poco que el menor había comprendido adivinando lo que sus maestros decían en griego.
- ¡Ya! ¡Tan rápido!... –Shura se paró en seco y el argentino se lo llevó por delante.
- ¡Aouch!... – Menos mal que el Santo no portaba armadura o hubiese sido más doloroso el choque --¿Qué pasa con eso?
- Nada... –Escondió el español y siguió caminando.

¿Cómo haría Albiore para soportar esos entrenamientos? Si con suerte, viento a su favor y la gracia de los Dioses había sobrevivido al primero, en el segundo si no lograba despertar su Cosmo estaba muerto... Ese era el fin de la segunda fase, para saber si los aprendices estaban capacitados para portar una armadura, y la tercera y ultima fase... A matar o morir por la Armadura a la que estuviesen destinados.
Quizás ya era hora de explicarle que era el Cosmo pero ¿Cómo conseguir que lo despertase? Eso si que no se puede explicar, eso se tiene que “Vivir”, tal vez, entrenando con él, dándole una soberana paliza... Si, esa era buena idea.

- Shura... –Llamó Albiore a su ido amigo– Shura... Llegamos...
- Sí...
- Gracias por todo...

Agitó su mano al aire en señal de saludo y pasó corriendo la fuente de Nike (Ahora ya supo que ese “ángel” era en realidad la Diosa de la Victoria) Para dirigirse cuanto antes a su cabaña, la clara luz de la luna nueva le permitió llegar con éxito y no llevarse una roca por el camino.


***

Sin embargo, con el correr de los días Shura no apareció, Albiore supo que el Santo tenia muchas obligaciones con la Orden y por ese motivo espero pacientemente alguna noticia de él.
Le apenaba no saber absolutamente nada de Capricornio, ni siquiera conocía a alguien que le pudiese dar una respuesta.
Su primer mes en Grecia fue una real y completa tortura, pero gracias al español el peso se aminoró un poco, podría llegar a decirse que el rubio consideraba al morocho como un amigo, el único que tenia en ese lugar.
Ahora a seis meses, las cosas no eran mejores, para colmo por varias semanas no supo nada del mayor ¿Y si quizás había partido rumbo a una misión? En una oportunidad Capricornio le comentó que era común realizar labores para la Orden, algunas muy peligrosas, otras muy estúpidas, y que en ocasiones llevaba poco tiempo, así como años... ¿Y si Shura había partido por largos años?
¡No!... Albiore se puso súbitamente de pie para alejarse de su cama, no contemplaba esa idea, no pensaba hacerlo, Capricornio le hubiese dicho, en tal caso, que partiría por tanto tiempo. Pero entonces ¿Por qué no había ido en su búsqueda para seguir torturándolo con el griego? ¿Por qué?
El rubio comenzó a respirar agitado, no solo la ausencia del español lo atormentó durante ese tiempo, si no el ver como poco a poco iban quedando menos niños y la segunda fase de entrenamiento se acercaba rápidamente.
Respiró hondo, intentó tranquilizarse. El morocho le había dicho ciento de veces que no se atreviera a atravesar el Santuario sin su compañía pero... La mayoría de las Casas estaban vacías y las que no, sus aprendices entrenando la mayor parte del tiempo ¿Quién le privaría la entrada entonces?
Una idea descabellada inundo su mente, era alocado y arriesgado pero la espera amenazó con matarlo, quizás el hecho de verse nuevamente solo en el Santuario, quizás el temor de no comprender aun muchas cosas, o la preocupación de que algo grave le hubiese ocurrido a Capricornio, arrastró al argentino a salir de su cabaña para subir las dichosas escalinatas... Solo.
Grave error.
Caminó bajó el sol con paso decidido y sin dudarlo se adentro al Santuario, subiendo las largas escaleras que a esas alturas las conocía de memoria.
Primer Templo, vacío. Tuvo tiempo para investigar con sus ojos el lugar, gracias a que en esta oportunidad no iba corriendo detrás de un siempre apresurado Shura.
Shura... ¿Qué había pasado con él?
No quiso perder demasiado tiempo, sus pies lo condujeron al segundo Templo cuyo lugar, a diferencia de las otras veces, pareció habitado... Quizás su dueño había regresado, quizás el aprendiz había conseguido ser el nuevo Santo de Tauro.
Por primera vez su seguridad flaqueó y cuando pensó en atravesar esa Casa lo más rápido que sus pies le permitiesen un muchacho de grandes dimensiones intercedió su paso... Quizás tenia su misma edad pero a Albiore le pareció mucho más grande, tal vez por ser imponente y sumamente amenazante.
El joven de corta cabellera y tez morena se cruzó de brazos y lo escudriño con la mirada. El rubio se encogió un poco en su lugar sin saber bien que hacer o que decir, detuvo sus pasos unos segundos pero cuando el otro niño le sonrió para luego asentir con su cabeza y abrirle el paso, el argentino no lo dudó y siguió su camino, sin siquiera poder pronunciar palabra alguna, pues en ese tenso momento le fue imposible hilar en su cabeza una frase coherente en griego.
¿Tanto escándalo por nada? Pensó Albiore, Capricornio era exagerado cuando se lo proponía... Pero el rubio no reparó que ese joven de nombre Aldebarán era muy distinto a otros jóvenes que ocupaban el Santuario.
Si bien iba caminando con un paso normal, cuando llegó a Géminis prácticamente lo atravesó corriendo.
Nuevamente, como hacia cinco meses atrás, esa Casa deshabitada le produjo un sin fin de sensaciones para nada agradables.
Cuando llegó al Templo vacío de Cáncer, se detuvo para observar su arquitectura. Sin imaginar lo que más adelante le esperaba, precisamente en Leo, ya que su futuro dueño no se encontraba entrenando, desde ya, no era hora de entrenamiento.
Albiore vislumbró a lo lejos, en la entrada del quinto Templo una figura. Detuvo sus pasos intuyendo que nada bueno lo aguardaba y siguió avanzando, recordando su buena experiencia en el Templo de Tauro.
Un niño de cabellos rubios, tez trigueña y ojos grandes como el sol detuvo su rápido caminar... Vestido con ropas típicas griegas, ese niño no tenía pensando dejar pasar al intruso y se lo demostró sin titubear...





YO VENGO A OFRECER MI CORAZON
Fito Paez


Quién dijo que todo está perdido
Yo vengo a ofrecer mi corazón.
Tanta sangre que se llevó el río
Yo vengo a ofrecer mi corazón.

No será tan fácil, ya sé que pasa
no será tan simple como pensaba
como abrir el pecho y sacar el alma
Una cuchillada del amor.

Luna de los pobres siempre abierta
yo vengo a ofrecer mi corazón
Como un documento inalterable
yo vengo a ofrecer mi corazón

Y uniré las puntas de un mismo lazo
y me iré tranquilo me iré despacio
y te daré todo y me darás algo,
Algo que me alivie un poco más.

Cuando no haya nadie cerca o lejos
yo vengo a ofrecer mi corazón
Cuando los satélites no alcancen
Yo vengo a ofrecer mi corazón.

Y hablo de países y de esperanzas
hablo por la vida, hablo por la nada
hablo de cambiar esta nuestra casa
De cambiarla por cambiar nomás.

Quién dijo que todo está perdido
Yo vengo a ofrecer mi corazón.
Ver perfil de usuario Enviar mensaje privado Visitar sitio web del autor
Aphrodita
Publicado: Lun Jul 16, 2007 12:39 am Responder citando
Pegasus no Seiya Pegasus no Seiya
Registrado: 21 Jun 2007 Mensajes: 3355 Ubicación: En el teatro 'Solo para locos' Reputación: 156.2
votos: 5

CAPITULO 3: “Los buenos tiempos”...


Albiore disminuyó un poco su rápido caminar, detuvo sus pasos y avanzó cauteloso, sonriendo al niño que había adoptado una pose bastante hostil. Cuando llegó a destino, el rubio solo vio un rayo, una luz que surgió de la nada, al segundo siguiente se encontraba a varios metros de la entrada de Leo, sufriendo en el suelo por el dolor que su cuerpo experimentaba.
¿Qué había ocurrido? Se preguntó el argentino, todo había pasado muy rápido, acaso ¿Ese niño lo había golpeado? ¿Conque? Por Dios que eso realmente le dolió, ni sus más duros entrenamientos y golpes se comparaban a ese haz de luz.

- ¿Por... Porque?... –Susurró Albiore en griego poniéndose lentamente de pie.
- Intruso... –Vociferó el niño –Yo, Aioria... No permitiré que des un paso mas... Has llegado demasiado lejos...
- Yo solo... –Quiso explicarse el rubio, ya de pie, y como respuesta recibió otro destello de luz que golpeó en su estomago tumbándolo nuevamente.

El argentino intuyó veraz que ese joven no lo dejaría pasar tan fácilmente, pero ¿Por qué lo golpeaba? ¿Qué había hecho? Albiore intentó explicarse de nuevo, pero Aioria no se lo permitió, rápidamente, sin que el rubio pudiese hacer algo para evitarlo, se abalanzó sobre el intruso dándole una fuerte estocada en su quijada, que lo despidió varios metros más, cayendo por las escalinatas de aquel Templo.
El argentino se puso de pie e inútilmente intentó defenderse, supo que no llegaría a un acuerdo con aquel niño, entonces lo mejor era intentar sobrevivir.
Un nuevo golpe del aprendiz de leo que Albiore intentó detener con sus brazos, consiguiendo que el daño fuese menos pero no por ello que no llegase a destino.

- ¡Retrocede y regresa por donde viniste!
- ¡No!... –Gritó el rubio poniéndose de pie.
- ¡Eres terco!

¡Mira quien habla! Aioria titubeó un instante al ver la decisión en la mirada de ese niño extranjero ¿Quién era? Acaso ¿Solamente un aprendiz?... La batalla siguió, la pequeña batalla de dos aprendices. Albiore siguió cayendo como una bolsa de papa al suelo y volvía a levantarse cada vez con mayor dificultad para lograrlo. Intentó golpear a Aioria, pero sus golpes eran muy lentos, y en vanos, solo despertaba aun más la furia de Leo y sus ganas de deshacerse del intruso.
Luego de varios minutos, el rubio no volvió a ponerse de pie... Cayó al suelo y allí quedó, solo pudo ver la sonrisa de su contrincante, satisfecho y orgulloso.
El argentino no sintió nada, solo vio obscuridad ¿Qué estaba pasando? ¿Dónde estaba? Voces, murmullos, un nombre que le sonó muy familiar “Shura” Se esforzó por conseguir agudizar sus sentidos:

- Shura ¿Tu lo conoces?
- Es un aprendiz para Santo de Plata...

Albiore abrió lentamente sus ojos ejerciendo una fuerza sobre humana para lograr su cometido. Lo primero que vio fue un rostro desconocido, unos ojos profundos, que irradiaban respeto, seguridad, nobleza. Se sintió cómodo, acaso ¿Estaba recostado? Sí, en un sillón. Ladeó su cabeza y recién en ese momento vio al dueño de aquel nombre, con premura se incorporó:

- ¡Shura!... –Pero cayo de nuevo sobre el sillón cuando una fuerte punzada dio en su cabeza --¡Aouch!
- Quédate ahí... –Pidió Capricornio paternalmente.
- Aioria ¿Dónde está Garan?... –Investigó aquel joven extraño.
- Fue en busca del botiquín... –Respondió quien hacia unos minutos u horas lo había golpeado hasta el cansancio.
Albiore cerró sus ojos y los volvió a abrir para encontrarse con la mirada indiferente de su “enemigo”, quien cambiando rotundamente su expresión le sonrió pronunciando:
- Eres fuerte... Fue todo un gusto pelear contigo... Yo soy Aioria de Leo... –Luego de su sonrisa, corrigiéndose acotó –Bueno, aprendiz... futuro Santo de Leo... Solo falta que me den mi armadura...
- Aioria... ¿Cuántas veces te dije que no utilices Cosmo contra enemigos más débiles que tu? No emplees un fusil para matar una mariposa...
¡Eh! ¡Un momento! ¿Que quiso decir con eso?
- Lo siento hermano...
- Pudiste haberlo matado...
- Pero no lo hice... –Contradijo Aioria juguetón.
- ¿Estas bien Albiore?...
- Shura... –Reconoció el aludido sentándose con dificultad en aquel sillón –Si...
- ¿Qué hacías aquí en los Templos?... –Reprochó preocupado –Te dije que no hicieras locura semejante...
- Lo siento, yo... Es que... Hacia mucho que no sabia de ti y...
- ¿Él es el niño del que me hablaste Shura?... –Preguntó el extraño y su compañero asintió para luego afirmar:
- Albiore, él es Aioros de Sagitario...

El español presentó a su amigo como quien presenta a una figura reconocida, en sus palabras y en su sonrisa se pudo notar el profundo respeto y cariño de Shura hacia ese tal Aioros. Quizás por ello el rubio sonrió asintiendo con su cabeza.

- Y el enano que te golpeó, Aioria... Es mi hermano... –Completó Sagitario.
- ¡No soy enano! Crecí seis centímetros esta semana... –Se ofendió el pequeño tocando su cabeza para reafirmar así sus palabras.

Otro muchacho llegó, llamado Garan, portando consigo un pequeño botiquín improvisado. En pocos minutos, las heridas de Albiore, por lo menos las superficiales, fueron curadas, pero... De todos modos le dolía todo el cuerpo, hasta el pelo de ser posible.

- Has sobrevivido a tu primera batalla... –Reconoció Shura con una gran sonrisa.
- ¡Felicitaciones!... –Acotó Aioros.
- Y con un Santo... –Se vanaglorió Aioria, aunque aun le faltaba para considerarse como tal.

En respuesta, Albiore sonrió y se desmayó nuevamente. Su cabeza cayó pesada contra el brazo del sillón y allí se quedó por varias horas. Era cierto, tan mal no le había ido, considerando que Leo había utilizado eso llamado Cosmo... Cosa que el rubio intentaba apenas saber que se trataba, ya lo había sentido en carne propia.
Cuando el argentino despertó ya era muy tarde, sin embargo se quedó en aquel Templo, en compañía de Capricornio, Sagitario y su “enemigo” Aioria. Entre los tres le explicaron que era aquello conocido como Cosmo, era Aioros el que más hablaba, pues Shura solo lo observaba maravillado, idolatrándolo con su mirada, Leo metió algún que otro bocado solo para hacerse notar, como todo niño... Mientras que Albiore escuchó pacientemente todo lo referido a la Orden y sus Santos... Sagitario le habló de Athena con profundo amor hacia su Diosa.
Y en resumidas cuentas, sino despertaba su Cosmo estaba frito... Literalmente muerto. ¿Pero como despertar “eso”? No era algo que se podía explicar, lo vive cada humano a su manera, ya llegaría su turno y sabría en ese momento que hacer.
Sin embargo a pesar de estar en un ambiente calmo y ameno, el rubio pudo ver en los ojos de su amigo español una grave perturbación, una tristeza y una desesperación que nunca había sentido; sin saberlo, el argentino estaba experimentando el Cosmo ajeno, pues era el Cosmo de Shura que emitió dicha perturbación. Albiore se fue del Templo de Leo, solo como había llegado, sintiendo esa angustia en su pecho, observó el cielo estrellado y suspiró largamente ¿Por qué ese pesar comenzaba a dominarlo por dentro? Su instinto le dictó que algo malo ocurriría pero ¿Qué?. Llegó a su cabaña y se dispuso a dormir un poco antes del entrenamiento diurno.

***

Nuevamente, pasaron los días y Shura no apareció por el coliseo ni sus alrededores. Albiore lo buscaba en cada rostro, en cada mirada, para decepcionarse sintiéndose nuevamente solo y abandonado. No es que él fuese tan dependiente de las personas, o tal vez si, solo que Capricornio era su real cable a tierra en ese hostil lugar... Saber que podría cruzar al menos dos palabras con alguien que le agradaba, reconfortaba su dolorido corazón.
Sin embargo el español no apareció, y ni tampoco el rubio fue en su búsqueda, había aprendido que debía ser paciente pues quizás... Quizás solo se había ido en misión y había olvidado decírselo.
30 de abril, casi un año en aquel lugar y un nuevo cumpleaños solo. Diez años no se cumplen todos los días, además de ser una cifra importante para un niño. Ese día fue el peor de todos sus días, no porque no le hayan dado el feliz cumpleaños correspondiente, no pudo culpar a nadie ya que nadie lo sabia, sino porque comprobó que ya se estaba acercando al final de la primera parte de su entrenamiento.
Ahora solo quedaba luchar con sus compañeros y demostrar que eran capaces de portar una armadura, aunque aun era muy pronto... Y de tan solo pensar que eso implicaba matar a otros niños, su corazón se le encogía de pesar y tristeza ¿Cómo hacerlo? Tu vida o la de ellos, pero ¿Cómo hacerlo? Necesitaba tanto hablar con Shura, escuchar sus palabras de consuelo, sus consejos. No supo que hacer, o mejor dicho sí, pero no él “como”.
Albiore había tomado una decisión, cruzaría los Templos en busca de Shura, ¿Qué mas daba? Ya le había dado una paliza Aioria hacia unos meses, ¿Qué podía pasarle? Que otro aprendiz intentase lo mismo, pues bien ¡Mejor! Si sobrevivía nuevamente podía enfrentar a sus compañeros, y si moría... Y si moría también era bueno, ya que no tendría que matar a nadie.
Fue como arrojar una moneda, cara o ceca. El argentino esperó al atardecer para decidirse a subir esas escalinatas, cuando su entrenamiento finalizó, no perdió tiempo y se adentró al Santuario propia mente dicho. ¡Si que era cabeza dura el argentino!.
Nuevamente Aries estaba vacío, y Tauro que antes estaba ocupado por ese niño con cara de bueno, se encontraba igualmente vacío. Géminis prácticamente la cruzo corriendo ¡Que vergüenza! Un futuro Santo huyendo de esa forma tan poco honorable; al diablo con el honor, esa casa era peor que la siguiente.
Leo, en Leo Aioria no estaba, creyó que quizás Shura pudiese estar allí, pero estaba vacío. Por primera vez comenzaba a estar mas lejos que en su anterior travesía.
Virgo, vacío... Que fortuna y que alivio.
Atravesó Libra, Escorpio y nada... Suspiró relajado, el siguiente Templo si mal no recordaba era Sagitario. Estaba cansado, esas escalinatas eran odiosas, era increíble el odio que se le puede tomar a algo material como unas cuantas escaleras.
Pisó Sagitario y llamó a Aioros por su nombre, su voz retumbo en el Templo y nadie le respondió. Nuevamente, camino a Capricornio volvió a sentir esa perturbación, comenzaba a experimentar el Cosmo sin saberlo, por lo menos comenzaba a sentirlo.
¡Sí! Podía considerarse ganador del premio mayor, había alcanzado llegar al décimo Templo sin contratiempos, entonces eso ¿Qué significaba? ¿Qué debía luchar contra sus compañeros? ¿O que debía buscar algún aprendiz de Santo Dorado para decidirse? ¡No! Válgame Dios.
Albiore llamó a su amigo, pero al no recibir respuesta se adentró un poco mas a su Casa encontrándola vacía. Una decepción se apoderó de él, al mismo tiempo que la curiosidad que posee todo niño.
Fue hasta la parte trasera de aquel Templo y observó las siguientes escalinatas que nunca había pisado. Una sonrisa traviesa curvó sus labios y justificándose siguió su camino.
Quizás Shura estuviese en otro Templo, quizás el siguiente aprendiz de Santo le diese una respuesta, o sea... En otras palabras, le diese una paliza. ¿Por qué buscaba imperiosamente eso? Porque por su cuenta no pudo tomar la decisión de matar a un compañero, todos luchaban y buscaban sobrevivir, ¿Cómo herir de muerte a otra persona? ¿Y con tus propias manos? Sin saberlo, era una manera de suicidarse... Si, no es tan descabellado pensarlo así. Albiore buscaba a alguien que le diese muerte para poder terminar con ese calvario interior o bien, buscaba a Shura para que con palabras referidas a la Orden, a la vida, a la Diosa Athena y todas sus chulerías lo convenciese de matar a los otros jóvenes... Porque se trataba de eso, de su justificar la muerte de otros, algo que para Albiore era injustificable.
Sin embargo, el rubio desaceleró su paso, pues ante lo desconocido se despierta el miedo interior ¿Qué clase de monstruo lo esperaba en el siguiente Templo? Quizás algún joven de dos metros, portando una armadura con la intención de masacrarlo. El argentino dudó en seguir camino, dio la vuelta e intento volver, pero algo en él, le gritaba que siguiese avanzando a pesar de sus temores, que no se detuviese por nada del mundo, que fuese fuerte, que confiase en él y que no dudase nunca de su fortaleza interior.
Sus pies lo condujeron a la entrada de un Templo cuya figura femenina le llamó poderosamente la atención, observando dicha imagen por poco mas tropieza de frente con una columna, reaccionando, fijó sus pupilas en el interior de aquella casa, y el ruido de pisadas lo atormentaron tanto que su corazón galopó con furia.
Una figura pequeña se hizo presente, apenas iluminada por la poca luz solar que quedaba, escondido bajo la sombra de su propio Templo.
¿Ese era el monstruo de dos metros con armadura y cara de asesino serial? Un niño, mas bajo que él, de una contextura pequeña y mirada perdida, lo observaba curioso. Su cabello rojo como el fuego apenas le caía debajo de sus orejas desparramándose caprichosamente sobre sus hombros.
El dueño, o futuro dueño, en ese momento el rubio no lo supo, se refugió contra una de sus columnas causando una sonrisa espontanea en el invasor.
El argentino tardó en reaccionar, pues se había perdido completamente en esos ojos tan profundos y misteriosos; realizó un movimiento sobresaltando al otro, sin buscarlo. Intentó disculparse, pero en cambio, torpemente, extendió su mano y se presentó:

- Mucho gusto, soy Albiore...

No recibió respuesta, el otro niño se acurrucó mas contra la columna de su Templo, entreabriendo apenas su boca; curioso, corrió su cabeza para observar mejor al intruso ¿En qué pensaba? Era todo un enigma. Sin darse por vencido, Albiore insistió.

- Soy Albiore... –Extendiendo su mano sólo recibió indiferencia. --¿Tu como te llamas?

Algo dolido bajó aquella mano y su vista al suelo. Momento pesado de silencio. Y sin saber que hacer, con suma naturalidad, el rubio se dejó caer al suelo, sentando en las escalinatas, para expresarse un poco tarde.

- No té molesta que me siente ¿Verdad? Estas escalinatas son interminables, las odio.

El pelirrojo sonrió ante sus palabras, pero el argentino no pudo ver esa cálida sonrisa que produjo en el otro, por darle la espalda. Albiore viró su cuerpo y enfrentó nuevamente al silencio de aquel curioso niño.

- ¿Entiendes lo que hablo?... –Quizás, creyó el rubio, se encontraba como él al principio, perdido con aquel idioma.

El dueño del Templo asintió levemente, o eso le pareció al argentino, no supo si fue su idea o si realmente el niño respondió su pregunta. Suspirando esperó un tiempo prudencial para volver a hablar.

- ¿Conoces a Shura de Capricornio?

Ahora si, recibió una respuesta, si es que un asentimiento de cabeza se puede considerar una respuesta. Si lo era, quizás no la que esperaba, ya que Albiore ansiaba escuchar la voz de aquel joven reticente a hablar. Por lo menos no era sordo.

- ¿Si?... ¿Lo has visto?

El pelirrojo negó con su cabeza, para luego sonreír pícaramente ¿De qué se reía? Se preguntó el rubio sin atreverse a preguntárselo, quizás por temor a que el otro se ofendiese con esa pregunta. Albiore se puso de pie y el niño volvió a retroceder, acaso ¿Le tenia miedo? No, no era miedo pero ¿Qué era? Entonces.
Iba a acercarse a él, cuando una fuertes pisadas lo distrajeron. En ese momento el pelirrojo escapó, y en la obscuridad desapareció, adentrándose a su Casa. Albiore extendió su mano intentando evitar su partida pero cuando atinó a decir algo, una voz demasiado familiar le reprochó gravemente.

- ¡Albiore! ¿Qué haces aquí?
- Shura... –Se sorprendió el aludido --¡Shura!

Capricornio atravesó el Templo de Acuario frunciendo su frente, es que acaso ¿Ese niño extranjero no aprendió la ultima lección que le había dado Aioria? El rubio se excusó, explicándose que lo estaba buscando y nuevamente el español le retó por su atrevimiento, había llegado demasiado lejos.

- Fui citado por el Patriarca... –Explicó Shura sin quitar de su rostro una profunda molestia.

Albiore caminó a su lado sintiéndose culpable, no buscó despertar el enojo de su amigo, le dolió ver eso en su mirada; pero si tan solo el argentino supiese lo que por ese momento estaba atravesando Capricornio, no lo cuestionaría tanto.

- ¿Quién es el niño de ese Templo?... –Recordó el rubio señalando a sus espaldas.
- ¿Acuario?
- Ajá...
- Un niño ¿Qué mas?... –Respondió el español molesto.
- Lo sé, pero me refiero a que... No habla...
- No. –Reafirmó Shura –No habla con nadie desde que llegó.
- ¿Es mudo?
- Quizás...
Un momento de silencio en el que Albiore aprovechó para pedir disculpas.
- ¿Estas enojado conmigo? Lo siento...
- No Albiore, es que... –Capricornio suspiró sin siquiera mirar a su pequeño amigo –Tengo muchas cosas en la cabeza, por eso no he ido a verte, perdóname pero... No es un buen momento...
- Esta bien... –Combinó Albiore con tristeza y se guardó sus palabras, sus temores y sus ganas de hablar con Shura sobre la ultima fase de su entrenamiento.

Ni siquiera se atrevió a preguntarle que podía hacer por él, Shura realmente invitaba, con su rostro, a guardar silencio, y eso fue lo que hizo el rubio durante todo el trayecto, o por lo menos, el corto trayecto hasta Capricornio.

- ¿Te atreves a bajar solo?... Yo tengo algo que hacer...

Ya ni eso quiso hacer por el argentino. Aquello le dolió a Albiore, pero sonriendo dijo que nada podía ser peor que enfrentarse a Aioria, aunque... Eso estaba por verse, penso Shura sin siquiera pronunciarlo. Una corta despedida y el rubio se fue con esa presión en su pecho. Algo grave le ocurría a su amigo español, el no era así... No era así.

***

Fue durante la noche, que Albiore despertó sobresaltado gritando un nombre con todo el aire de sus pulmones “¡Shura!” Una extraña sensación dominó su cuerpo: tristeza, angustia, desesperación.
El rubio se puso de pie dejando caer las sabanas y observó por la ventana la noche estrellada ¿Qué significaba esa sensación?.
Una estrella fugaz surcó el cielo, y las lagrimas amenazaban con surgir poderosas y copiosas. ¡Shura! Algo grave estaba ocurriendo y relacionaba a su amigo español.
El argentino se vistió rápidamente y sin dudarlo se dirigió a los Templos pero... Era una completa locura intentar atravesar las Casas en esas horas de la noche, mas a Albiore no le importó, solo necesitó saber de Capricornio, si este se encontraba bien, así que sin titubear corrió por las escalinatas sin detenerse, sin dar explicaciones y si perder tiempo con los dueños de dichos Templos.
Como un rayo atravesó el Santuario, algo que solía tardar horas, a él le tomo minutos, o eso creyó, ya que sus piernas lo llevaban más rápido de lo que su mente le permitió analizar, mas en su cabeza solo estaba Capricornio.
Llego al décimo Templo, y sin fijarse en nimiedades ingresó, con paso lento y cauteloso. Era una falta de respeto invadir la propiedad ajena pero esa sensación no lograba abandonarlo y con el paso del tiempo se acrecentaba más.
Sin embargo el español no se encontraba allí ¿Dónde podía estar a esas altas horas de la noche? No titubeó. Sus pies lo arrastraron rumbo a los recintos del Patriarca, no pensaba, solo actuaba, pues de pensarlo siquiera un segundo no hubiese realizado aquella proeza y locura.
Pero en el Templo de Acuario un niño detuvo sus pasos, el niño pelirrojo de antes salió rápidamente de la obscuridad vestido con una túnica larga de color blanco que solía utilizar para dormir.

- ¡No! ¡Espera!...

Albiore dio la vuelta, no por obedecer aquel mandato, sino por sorpresa, ya que por primera vez pudo oír aquella voz. El rubio se quedó en su lugar, observando extrañado al otro niño, quien titubeando continuó hablando.

- No avances...
- ¿Por—Porque?
- No es bueno que lo hagas... –El pelirrojo se escondió detrás de una columna, camuflado por la obscuridad.
Curioso el argentino se acercó lentamente hasta estar lo suficientemente cerca.
- Necesito saber de Shura.
- No puedes avanzar... Morirás si lo haces...
- Algo esta ocurriendo... –Espetó Albiore e intento seguir su camino pero una tibia mano tomó su brazo.
- Espera... Quédate conmigo...

El rubio observó aquella pálida mano, y una corriente atravesó su pequeño cuerpo, observó las pupilas del niño, y asintió... Aquella había sido una petición muy especial, o así le había sonado al argentino... Algo reconfortante después de tanto tiempo.
El pelirrojo soltó aquel brazo sintiendo vergüenza por su repentino arrebato, no quiso incomodar al otro con ese gesto espontaneo. Con tranquilidad se sentó en el suelo, y observando desde aquel lugar al extranjero pronunció con su cálida voz.

- Camus...
- ¿Eh?... –Se desconcertó el argentino.
- Mi nombre es Camus... –Volvió a repetir retirando un mechón de pelo rojizo que se había quedado atrapado entre sus labios por culpa del viento. –Me lo habías preguntado...
- Creí que eras mudo... –Se sinceró Albiore sentándose junto al niño que nada le respondió al respecto.

Unos segundos de silencio en el que el rubio reflexionó bastante dentro de su inmadura cabeza. Estaba preocupado por Shura, pero algo lo arrastraba a quedarse con el mentado Camus... Camus, que bello nombre.

- No eres griego... –Acusó el argentino al notar el acento extraño en el pelirrojo.
- No, soy francés...

Otro silencio, mas pesado que el anterior, ambos niños no supieron que hablar, aunque tenían ganas de conocerse mutuamente. Desde que Camus había visto a ese pequeño llamado Albiore quiso conocerlo, se había quedado con las ganas de decirle su nombre.

- ¿Estabas durmiendo?... –Preguntó el rubio ante la escasez de palabras.
- No... No podía dormir...
- Estas solo aquí... –Observó el argentino con empatía.
- Si, aunque tengo un escudero... –Explicó Camus.
- ¿Un escudero?
- Si, me prepara la comida... El baño, y esas cosas, pero no vive conmigo...
Un niñero, se podría decir, mas que un escudero.
- Pero por lo menos tienes con quien hablar... –Sonrió Albiore melancólicamente.
- Pues... No hablamos... –Susurró el pelirrojo dejando caer su cabeza sobre su propio brazo.
- ¿Nunca?
- No... Solo lo necesario... –Y bostezó largamente.
- ¿Tienes sueño? Ve a dormir...
- ¿Y tu?... –Acuario levantó rápidamente su cabeza.
- Yo... –Albiore observó las escalinatas que conducían a Piscis –Yo supongo que volveré a mi cabaña... –Suspiró derrotado.
- Es peligroso que atravieses las doce casa de noche, podrían considerarte un invasor... –Se preocupó el pelirrojo.
- No tengo opciones... –Además, ya estaba acostumbrado a ir y venir por los Templos.
- Si que las tienes... Quédate conmigo... –Con su pequeña mano, Camus tomó la del niño moreno y lo puso de pie sin darle la oportunidad de negarse.

Albiore se dejó arrastrar por su nuevo amigo, quien lo condujo a través de su Templo con una tímida sonrisa. Quizás por que eran niños, y como todo niño inocente que no tiene “intenciones” en sus actos, se acostaron juntos en la cama del pelirrojo, cuyas sabanas, el rubio descubrió, contenían un aroma muy propio del otro joven... Una sonrisa surcó sus labios al sentir la tibieza de otro cuerpo pegado al suyo.
Camus levantó sus sabanas para taparse, y dejó que su cabeza se pegara a la del argentino, quien aprovechó para oler sus cabellos rojos que desprendían un aroma frutal. Estar así, con ese niño le recordó mucho a sus padres, a cuando dormía con ellos cuando una tormenta de rayos lo arrastraba hasta su cuarto, le recordó la dulzura de su madre, hasta las canciones que solía cantarle para que se durmiera, le recordó los fuertes brazos de su padre, y la calidez del mismo.
Una lagrima de emoción recorrió su mejilla y como si se fuese amigo de alguien durante toda la vida, los niños, con su simpleza, comenzaron a dialogar acostados en aquella cama, sobre sus familias y sus orígenes, hasta que el nuevo día y el sueño los venció.
Cuando despertaron, sin haber dormido lo suficiente por culpa de su platica, fueron a la cocina donde un joven, que para ellos era un adulto aunque no contaba con mas de 20 años, les preparó un desayuno a los dos.
Camus saludo muy cortés a su escudero y le agradeció el gesto. Albiore observó al hombre tuerto con curiosidad, notando una acentuada cojera en su pierna derecha. Y si bien el joven no hablaba mas de lo necesario, el rubio se las ingenió para que le dijese por lo menos su nombre: “Acacio” Nombre feo y raro, y el argentino se lo dijo, despreocupado, para luego taparse la boca al notar lo mal que había estado en decir aquello; pero lejos de ofenderse, el escudero lanzó una sonora carcajada que sorprendió al dueño de aquel Templo.
“Nunca había escuchado reír a Acacio” Acusó Camus sorprendido, con un leve susurro, acercando su cuerpo a Albiore. De lo que era capaz el rubio con su espontaneidad y elocuencia.
Llegó la hora de marcharse, pronto comenzarían sus entrenamientos, pero el argentino manifestó su deseo de volver a ver a ese pelirrojo.

- No Albiore... –Negó Camus –Es peligroso que ingreses al Santuario.
- Entonces ven tú a visitarme...

Acuario palideció bruscamente, su tono pálido de piel que habitualmente solía tener, se tornó a blanco transparente. Con desesperación negó reiteradas veces con su cabeza, bajando su vista al suelo.

- ¿Qué sucede?... –Albiore notó un rotundo cambio de emociones en el mayor.
- Es que... Yo no suelo salir de mi Templo.
- ¿No quieres volver a verme?... –Se entristeció el rubio.
- ¡Sí!... –Camus levantó su vista bruscamente apenado por darle al otro una idea errónea.
- Ahora debo partir... ¿Me acompañas? No quiero cruzar solo todo el Santuario, si algunos de tus compañeros decide enfrentarme llegare tarde...
- Pues... –Acuario dudó.
- ¿Me dirás?, Acaso, ¿Qué le tienes miedo a tus propios compañeros?, Tu... Un Santo Dorado... –Lejos de buscar ofenderlo, el argentino intentó persuadirlo.
- No es eso... –Y suspirando accedió a la petición, no pudo decirle que no a ese niño.

Sin embargo, cuando llegaran a las escalinatas de ese Templo, Albiore notó que su compañero comenzaba a caminar cada vez mas lento, y cuando llegaron a la parte trasera de Capricornio, antes de atravesar dicha Casa, el pelirrojo se tambaleó, alcanzando a aferrarse de una columna.
El rubio lo tomó rápidamente con sus pequeños brazos para evitar su caída, asustado por el leve mareo de Camus ¿Qué estaba sucediendo? Acuario portaba un rostro que era toda una poesía de confusión y miedo, al mismo tiempo que un sudor frío recorrió su frente.
“Te dije, no suelo salir de mi Templo” Pronunció el pelirrojo débilmente con una sonrisa nerviosa en sus labios. Albiore lo puso de pie y siguieron camino. Lo peor de todo era saber que el regreso debía hacerlo solo.
Atravesaron Capricornio y el rubio no pudo evitar quedarse de pie en dicho Templo, esperando a que Shura apareciese de la nada retándolo por estar nuevamente en el Santuario. Deseaba por lo menos escuchar su voz, aunque fuese reprochándole, pero no sucedió para tristeza del argentino... Fue necesario que Camus lo tomase de un brazo y lo arrastrase nuevamente cuesta abajo, para que el rubio reaccionase y siguiese al pelirrojo.
Si por lo menos Sagitario estuviese en su Templo, penso Albiore sin siquiera sospechar su terrible destino. Seria cuestión de tiempo hasta que los rumores llegasen a sus oídos y se supiese de una supuesta traición que el rubio rechazaría rotundamente durante toda su vida...

CAPITULO 4: “Lo que el viento nunca se llevó”...


Camus debió regresar solo a su Templo... Albiore no pudo siquiera imaginar lo que eso implicaba para Acuario, y lo que este le estuvo agradecido por ello desde el primer día en que lo conoció.
Los rumores de una supuesta traición del hermano mayor de Aioria, llegó a los oídos del rubio, rumores que no aceptó jamas como posibles, sin embargo ¿Cómo averiguarlo? Camus le había prohibido terminantemente ingresar al Santuario, logrando lo que Shura jamas pudo... Convencer al terco argentino.
Es que para Albiore solo bastaba una mirada del pelirrojo y ya estaba a sus pies, nunca quiso reconocerlo, además era aun muy pequeño para comprender eso que comenzaba a anidarse en su pecho.
La amistad con Camus no solo avanzó, sino que aun más importante, se solidificó. Aprendió de Acuario muchas cosas, pudo sacar fuerzas de la misma fuerza del pelirrojo, no solo luchando con él en plan de practica, sino también escuchándolo y compartiendo con él sus dudas, temores que con el tiempo quedaron atrás.
No solo Camus logró incentivarlo para que despertase su Cosmo, quizás más importante para Albiore fue haberle dado motivos para seguir adelante... Se podría decir que el rubio tenia un motivo para seguir vivo, lo podía sentir, latiendo en su pecho, cada vez que veía a Acuario llegar con su pelo rojo al viento, pelo que con el correr del tiempo fue creciendo, tomando la misma fuerza que poseía interiormente su dueño.
Ya el argentino había crecido y madurado, quizás con 12 años no se es aun un adulto en situaciones normales, pero para un niño que estuvo enfrentando los duros entrenamientos y hasta la misma muerte, implica un cambio abismal en su comportamiento y comprensión del mundo.
Durante ese tiempo, el argentino había adoptado la costumbre de esperar a Camus en el segundo Templo, gracias a que el Santo de la primera se encontraba entrenando en Jamir, logró hacer una amena amistad con el grandote de Tauro. Jamas se atrevió a ir mas allá, y no por temor, había atravesado esos templos en varias ocasiones, pero lo que Camus le pedía, sus deseos, para él eran ordenes directas.
Acuario llegó, con sus trece años a cuesta, convertido en un pequeño hombre de contextura mediana y mirada gélida.
Albiore se puso de pie, saludó a Aldebaran, el joven de la segunda casa, y como si fuese un ritual caminaron hasta llegar detrás del coliseo... Un lugar que el menor había descubierto hacia varios meses que albergaba un hermoso árbol, frondoso, quizás un Tilo, extraño árbol para aquellas zonas.
Fue bajo la sombra de aquel árbol, que sin mediar palabra alguna, el rubio comprendió que su amigo guardaba algo en su interior pujando por salir a la luz.
Una conversación banal dio comienzo, una conversación que se solía dar entre los dos sobre el tercer templo del Santuario... Y en la cual Camus manifestó su hartazgo.

- ¿Por qué quieres saber tanto de Géminis?
- No sé, desde que llegué es algo raro... –Intentó explicarse el argentino sin siquiera saber él mismo porque tanto interés.
- Deja en paz ese tema...
- Siento que sabes algo que no quieres decirme...

Así era siempre con Camus, quizás por ser un Santo Dorado, Albiore intuyó que estaba mas al tanto de lo que sucedía en la Orden, que él... Sin embargo Acuario guardaba silencio, era todo un enigma andante... Jamas, en esos años de amistad, pocos pero suficientes para hablar con franqueza y para saberse confidentes uno del otro, el pelirrojo esbozó alguna opinión, explicación, o lo que fuese referido a la Orden.

- Hoy vi a Aioria...
- ¿Cómo estaba?... –Se sorprendió Albiore al escuchar ese nombre.
- Como siempre...

Silencio... Camus posó sus profundos ojos sobre la hierba humedecida, suspiró dejando que su quijada descansase sobre sus rodillas encogidas... De reojo el rubio lo espió, le encantaba espiarlo cuando Acuario tenia esos esporádicos gestos humanos... No es que no fuese humano, desde ya, solo que el pelirrojo buscaba mostrarse como lo que creyó ser, un Santo Dorado, dejando de lado ciertas emociones humanas que lo volvían débil.

- ¿Qué sucede?

Se animó a pronunciar Albiore consiguiendo que Camus reposase su vista en él, una melancólica sonrisa surcó los labios de Acuario, y una mirada picara se le hizo algo sugestivo al rubio ¿Qué significaba aquello? ¿En que pensaba el pelirrojo? El argentino frunció su frente, mientras que el francés estiro sus piernas tomándose todo el tiempo del mundo para decir de una buena vez aquello que lo atormentaba.

- Albiore... Tengo ya trece años...
- Lo sé... –El aludido se preocupó bastante por el rumbo tenso que había tomado la conversación.
- Para la Orden ya estoy bastante grande y maduro para afrontar misiones y mandatos...
- Lo sé... –Canturreó Albiore nervioso.
- Pues... Me han asignado... Un pupilo...
Las pupilas de Camus bailaban nerviosas, una sonrisa, que fue un bálsamo para Acuario, se instaló en el rostro de Albiore.
- ¿Tanto drama por eso?
- No lo entiendes... Deberé irme, a Siberia...

Lo había dicho, un dolor se apoderó del pelirrojo, pero ¿Por qué? Porque sabia que Albiore era frágil por dentro, supo que su amigo dependía constantemente de sus palabras de aliento y de sus consejos.

- Yo... Pronto... –Balbuceó Albiore como pudo –Deberé luchar por la armadura de Cefeo.
- Lo sé, por eso...
Por eso estaba como estaba. Por eso su tristeza.
- Prométeme Albiore, que conseguirás esa armadura... –No hacerlo, implicaba su muerte, Camus se incorporó y enfrentó con su rostro, el de su amigo.
- Tu... Volverás ¿Cierto?... –Albiore sintió la pálida mano de Acuario tomando la suya.
- Por eso mismo, cuando regrese quiero verte convertido en un Santo...

Se quedaron así, en silencio. Nuevamente Albiore vio en el otro ese brillo extraño en sus ojos y esa sonrisa traviesa. Camus no lo pensó dos veces e hizo algo a simple vista inocente, posó sus labios temblorosos en la boca de su amigo.
Cuando el rubio sintió el cálido y débil contacto, abrió sus ojos lo mas que pudo, sin quitar su vista de los párpados cerrados del pelirrojo.
Cuando al francés se separó, observando curioso al otro, Albiore solo pudo pronunciar confundido.

- ¿Por qué? ¿Qué?
- ¿No te gustó?

El rubio pasó la yema de sus dedos delineando sus propios labios, no supo si aquello le había gustado en realidad, fue cálido, fue especial, fue personal, pero por eso mismo fue prohibido, culposo... Frunció su frente, confundido ¿A qué se debía? ¿Dónde había aprendido aquello? La respuesta llegó de la propia boca de Camus.

- Es lindo ¿Verdad? Milo lo hizo conmigo... Dice que todos lo hacen.
- ¿Milo?... –La pregunta de Albiore fue hecha con puro recelo, solo bastó que Camus asintiese reiteradas veces con una sonrisa en sus labios, para que acotase --¿El tipo rubio? ¿El de rulos, pelo largo?
- El mismo...

Algo que Albiore no pudo reconocer como celos, se anidó en su pecho. Ese niño desde que llegó de su entrenamiento había osado mantener una amistad con Camus, haciendo peligrar la suya con él, pues el pequeño Acuario debió repartir sus tiempos. ¡Cuanta furia! Al ver que el pelirrojo no podía dedicarle el mismo tiempo que antes.

- ¿Qué sucede?... –Se extrañó Camus.
En una actitud sumamente infantil, Albiore se cruzó de brazos furioso y desvió su vista violentamente.
- ¿Te enojaste?.. –Se atrevió a preguntar Acuario.
- Pasas más tiempo con él que conmigo...
- ¡Eso no es cierto!... –Se defendió el pelirrojo poniéndose súbitamente de pie.
- Si, mira... Hasta te ha enseñado... ¡Esto!... –Expresó con profundo asco.
- Lo siento si te molestó, procurare no volver a hacerlo... –Con orgullo, elevó su barbilla y dio la vuelta para marcharse, no pensaba dejarse humillar por nadie.
Fue en ese momento que Albiore reaccionó, se puso de pie y tomó su brazo para hacerlo girar.
- No Camus... No me refería a ello... Yo... –Enrojeció de repente, sin saber bien porque –Yo quiero que vuelvas a hacer esto... Lo que no quiero es que ese muchacho te... Te...
- ¿Qué?
- ¡No se!... –Albiore realizó una pantomima con sus brazos.
- Mejor dejémoslo aquí... –Propuso Camus, sabio.
- Seee... Mejor... –Sonrió el rubio y se dispuso a seguirlo.

Aunque quisieron disimularlo, la noticia de Camus les había sentado como un balde de agua fría. Estaban acostumbrados a estar pegados como chicle, cuando podían claro, y ese “cuando podían” estaba sujeto a los entrenamientos, y demás quehaceres, sin olvidar a ese tal Milo que les robaba horas de su preciado tiempo.
Con mas tranquilidad, Acuario le narró a Albiore la decisión del Patriarca de entrenar a un niño. En esa conversación el rubio comprendió lo que significaba para el pelirrojo aquello, pudo verlo en su emoción, en su sonrisa, en sus expresiones... Sin embargo para él era una pesadilla, no tenerlo a él implicaba no tener un motivo para despertar... A ese punto extremista.
Pero, como siempre lo había logrado, saldría de esa... Le daba pena que su amigo no estuviese presente en el gran día. Lo que no supo el argentino era que Camus estaba completamente seguro de que conseguiría esa armadura, quizás Albiore no supo verlo en si mismo, pero una fuerza desconocida dormía en su interior.
No por nada había aguantado el ataque de Leo hacia dos años, y no por nada soportaba los duros entrenamientos con Camus, un Santo Dorado. Fue en esa etapa que Acuario descubrió la fortaleza del rubio, el pudo verlo madurar mes tras mes, él pudo verlo crecer y aprender cada día mas sobre el Cosmo y como desarrollarlo en plenitud. Si bien, al principio el francés se cuidaba de no hacerle daño, en los últimos entrenamientos habían logrado pelear por igual, y aunque la victoria siempre estaba del lado del Santo Dorado, no significaba que Albiore fuese débil.
Solo que al terco argentino le faltaba un poco mas de confianza y seguridad en si mismo, y pasaba mas por el hecho de que Albiore nunca quiso ser un Santo, nunca quiso una Armadura o estar ahí, estaba porque... El destino así lo había querido, y de lo único que se valió todo ese tiempo era de la amistad con Acuario, fuera de eso, le daba igual ser un Santo de Athena o no.
Pero cabe reconocer que el rubio amaba la vida, por contradictorio que suene, amaba y respetaba la vida, por eso mismo le costaba tanto entrenar, por eso mismo le costaba tanto matar a otros compañeros... Él respetaba la vida por sobre todas las cosas, si hubiese otra forma de sobrevivir y conseguir esa odiosa armadura, Albiore hubiese elegido ese camino, por más largo, difícil y humillante que fuese, pero no, solo había uno, un camino que Camus lo alentaba a seguir.


***

Al otro día Camus partió a Siberia, aparentemente había esperado hasta ultimo momento para contarle a su amigo. Prometió escribirle a Albiore, contándole como era todo allá y para no perder contacto hasta que volviese, en realidad Acuario necesitó saber si su amigo se hallaba bien, si había conseguido su armadura... Si seguía vivo.
En la ausencia del pelirrojo y en la soledad que se había sumergido, el rubio aprovechó para resolver aquel tema que le rondaba la cabeza desde hacia dos años. Ya no estaba el francés para prohibirle el ingreso a los Templos, fue por eso que una tarde, dialogando con Aldebaran, tomó coraje y siguió su camino hasta el tercer Templo, dejando a Tauro perplejo. ¿Adónde iba con esa determinación el argentino?.
Atravesó las dos casas siguientes hasta llegar a Leo. En cuyo Templo un joven de su edad salió a su encuentro, aparentemente el tiempo le había sentado bien al niño que antes era Aioria.

- ¿Que quieres?... –Nuevamente ese tono hosco y áspero en su voz.
- Me enteres, supe... –Titubeó Albiore al ver la hostilidad en el otro –Sobre la traición...
- ¡¿Que quieres?!... –Volvió a inquirir Aioria sumamente molesto por la intromisión del menor –No te incumbe...
- Yo Aioria... –Intento decir el rubio pero recibió, como antaño, un haz de luz que lo lanzó lejos --¡Espera! Yo he venido a decirte... –Se puso de pie con dificultad, limpiando el rastro de sangre en sus labios –No creo en las cosas que se hablan...
- ¡No necesito tu lastima!...
- Entonces... ¿Es verdad?... –Los ojos del argentino brillaron con furia, resignación y tristeza, cerró sus puños, al punto del dolor --¿Es todo cierto?... –No podía aceptarlo tan fácilmente, pero si su propio hermano cargaba con ese dolor y esa furia, la respuesta era evidente –Aioros... Un traidor...
- ¡Cállate! Tu ni siquiera lo conocías... ¡No lo nombres!. –Un nuevo golpe que dio de lleno en el pecho desprotegido del aprendiz.

Al verlo tumbado, semi inconsciente en el piso, el griego volteó bruscamente y con paso firme se adentro a su Templo. ¿Por qué todo tenia que ser así con Aioria? Se cuestionó Albiore intentando reponerse del golpe. Poco a poco fue incorporándose, hasta que alguien lo ayudó a levantarse por completo.
Observo al joven tuerto, y lo recordó... Era el mismo que se encontraba en el Templo de Leo hacia ya dos años, y que lo había curado esa tarde.

- Entiéndelo... –Pronunció el mayor con un semblante opaco, triste en su voz –Todo es muy reciente para Aioria...
- Garan... –Recordó súbitamente –Gracias... Pero no lo entiendo; yo solo he venido a... --¿A que?... –A buscar respuestas, yo no lo puedo creer, Aioros...
- Créeme que te entiendo... Y yo si conocía a Aioros lo suficiente para formar un verdadero juicio sobre él...
- ¿Entonces?... –Albiore observó como el escudero pasaba a su lado intentando seguir su camino –Aioros no es un traidor... ¿O sí?...
- ¿Tu que crees?... –Preguntó Garan volteando apenas sobre su hombro --¿Crees que es un traidor?
- Dicen que intentó matar a Athena...
- ¿Así lo crees?... –Presionó el mayor.
- ¡No!... –Negó el rubio rotundamente. --¡No lo creo!
- Pues bien, quédate con eso y no te dejes guiar por falsos rumores...

Ahora si, Garan se adentró a la quinta Casa, y el argentino se quedó solo, sin nada más que hacer allí, como pudo, preso del dolor y la angustia, bajó las escalinatas.
Si tan solo Camus estuviese allí con él... Todo seria más fácil de sobrellevar.


***

Albiore era un muchacho que odiaba los cambios abruptos, pero que sabia adaptarse cuando la situación lo requería. Así fue con su armadura, retrasándolo lo mas que pudo, y a decir verdad se sorprendió, por la rápido y fácil que había sido tener que demostrarse apto para la armadura de Cefeo. Aparentemente los entrenamientos con Camus habían surtido su efecto.
Cuánto le hubiese gustado que Acuario lo viese en ese momento de gloria... Una gloria con sabor amargo a penas, pues ¿De que podía sentirse orgulloso? ¿Cuántos compañeros, niños de su misma edad, habían muerto a causa de esa armadura?
Intentó distraerse ante esta idea, y lo consiguió apenas le comunicaron que debía partir a una Isla.
Es que acaso, ¿Nadie comprendía que el Santo de Plata odiaba los cambios?. No pudo ni siquiera patalear, era una orden directa, tendría alumnos y debería entrenarlos para obtener la armadura de Bronce de Andrómeda.
Si, su vida apestaba, podía asegurarlo, sin el pelirrojo cerca siquiera, sin poder contarle todas las novedades, aunque claro, lo hizo por carta, esa misma noche antes de partir, se la pasó escribiendo. Supo que sería la ultima carta ya que su destino era incierto, y saber eso, comprender la distancia que los separaba, le apenaba profundamente ¿Qué seria de ellos? ¿Podría volver al Santuario y verlo a Camus? ¿Y si era el francés quien nunca volvía de Siberia?
Sus caminos nunca habían estado tan separados como ese día.
Cuando Albiore arribó a la árida zona que era Etiopía, sintió su corazón encogerse ¿Él, enseñándole a niños a ser una maquina para matar? Negó con su cabeza, y un escalofrío recorrió su espina dorsal.
Al principio le costó adaptarse, pero al comprender que aquellos asustados y perdidos niños también estaban en su situación, su peso se aligeró bastante. No lo demostró nunca pero verlos, tener su compañía, era un bálsamo para su agitado corazón... Un consuelo.
Entre tanta practica y enseñanza, poco a poco el rubio comprendió cual era su misión allí... Mas allá de que había aprendido por Shura y Aioros el significado importante de Athena en la tierra, su misión consistía en forjar a todo un hombre, digno de una armadura... Y había muchos niños que no le agradaban para el puesto por su afán de lucha y destrucción.
Eso no era un Santo de Athena... Un Santo de Athena luchaba por la justicia, luchaba por el bien de su Diosa y de la Tierra que esta protegía.
Así, el Santo de Plata, había pasado sus días en la Isla de Andrómeda. Dando de si, lo mejor que pudo, para que esos niños comprendiese, cuanto antes, la importancia de estar en ese lugar, para que lo viviesen como un mandato divino, y no como un castigo... Como él lo vivió en el Santuario.
El niño dependiente e inseguro murió en Albiore, dando paso a un hombre, o casi hombre... Los años transcurrieron, no solo en su cuerpo, sino también en su alma. Quizás tampoco con quince años se le puede considerar un hombre a un joven, pero el Santo de Plata por dentro lo era.
Habían pasado casi tres años desde que partió de Grecia, habían pasado casi tres años desde que había recibido la ultima carta de Camus... Y cada noche de sus días se acostaba pensando en él, en como estuviese su muy querido amigo Acuario. Seria necio, tonto, innecesario negar que quería verlo, que le urgía hablarle, escuchar su voz, ver sus tenues sonrisas, su pelo color fuego... Necesitaba tanto de su persona... Siempre, en el mundo, hay personas que piensan en otros con ese poder, y de eso se valen para seguir adelante y no claudicar.
A veces se sorprendía sonriendo, recordando aquel fugaz beso que Camus le había dado, y sus consecuentes celos al comprender de donde o de quien lo había aprendido. Rezó, cada noche, a su Dios cristiano y a su Diosa para poder ver una vez mas a Camus.
Y no supo si Dios o Athena, o si los dos, lo escucharon... Pero requirieron su presencia en el Santuario. Protocolo, reunión sin sentido, podría llegar a decirse, pero a Albiore aquello le supo a victoria personal, le supo a “respuesta”.
Por fin podría viajar... Y encontrarse con Camus. Pero a ultimo momento la duda lo dominó ¿Y si Acuario no lo recordaba? Eso era estúpido ¿Cómo no lo iba a recordar? En realidad lo que le importaba dilucidar a Cefeo era si el cariño del francés seria el mismo.
El rubio preparó sus pocas cosas, y en una semana arribó a Grecia con la caja de su armadura.
Grecia, tal cual la había dejado antes de partir; tampoco había pasado tanto tiempo como para que el lugar cambiase.
Nuevos niños, entrenando duramente, quien sabe para conseguir que armadura. Albiore, a pesar de haber estado allí durante tanto tiempo aun le costaba caminar entre la gente, entre los guerreros, aun le costaba adaptarse o sentirse parte de ellos.
Una pequeña cabaña, similar a la suya, seria el lugar de descanso mientras permaneciese allí, y de no ser por las ganas que tenia de volver a ver a Camus, hubiese preferido quedarse en la Isla de Andrómeda con sus niños... Allí no había maldad ni crudeza.
Poco después de su llegada un escudero le informó que el Patriarca no sería quien le diese las nuevas instrucciones ¿Porque? No lo supo ni le interesó saber aquellos motivos. En su lugar un servidor del Patriarca, Gigas, fue el encargado de hablar con él.
En pocas palabras les informó a todos los Santo de Plata de algo que estaba ocurriendo en el Santuario, de supuesto traidores de la Orden, entre ellos Aioros. Cefeo no soportó escuchar del hombre bajo, aquel nombre, no relacionado con la traición, quizás no conoció a Sagitario lo suficiente pero jamas aceptaría aquello.
La intención de Gigas era saber que Santos estaban de parte del Patriarca, como él decía, de parte de la verdad y de la Orden... Y quienes estaban de parte de la mentira y de la traición. Gigas habló bastante, con cierto desprecio hacia aquellos Santos de Oro que hoy en día no estaban ocupando sus puestos, tomando aquella actitud como una alevosía indiferencia hacia el Patriarca y sus mandatos.
El rubio pudo haber hablado, haber contradicho esas frívolas palabras, pero no lo hizo, mas le importaba saber de Acuario.
La insignificante reunión en el coliseo terminó, seguirían otro día... Diversos Santos de Plata dejaron el lugar dispersándose. El argentino sin embargo se quedo allí, sentado en las gradas, sintiendo en su rostro la arena que el viento levantaba con su fuerza. Llevaba puesta su armadura, desde que llegó, y con ella misma se encaminó a los Templos... Una tenue sonrisa surcó sus labios, aquello no podía hacerlo, supuestamente ¿Pero cuantas veces había desobedecido esa orden?.
Una conversación de dos hombres, aparentemente escuderos, llegó a sus oídos... Con suma naturalidad comentaban sobre los cambios que había sufrido el Santuario en ese tiempo, antes pacifico y sereno, ahora era un real infierno. Le bastó, a Albiore, comprobarlo con sus mismos ojos. La seguridad había aumentado, y los castigos eran aun más severos.
Sin embargo el Santo de Plata no se dejó desmoralizar por ello, y siguió su camino, rumbo a Aries.
Por primera vez, el rubio, pudo ver al dueño de dicho Templo. Cuyo Santo solo se limitó a mirarlo, sin decirle una sola palabra, aunque eran sus ojos en cambio los que hablaban... Sus profundos ojos.
Dos puntos en lugar de ceja y un extraño cabello que al argentino lo hipnotizó. El muchacho ingresó a su Templo.
¿Qué significo esa actitud? ¿Qué lo dejaba pasar sin mas? Aries no tuvo motivos ni para preguntarle la razón de su visita ni para prohibirle dicha entrada. Ese Santo Dorado tenia la capacidad de ver más allá y de adelantarse a los hechos, propio de su raza casi extinta.
Tauro... Otra sonrisa más ancha que la anterior se instaló en sus labios... Sonrisa que fue correspondida por el dueño de dicho Templo cuando vio al invasor. Aldebaran le estrechó su mano, comentó lo bien que le sentaba la armadura de Plata a su amigo y lo dejó seguir camino. Albiore estaba apurado, mas tarde tendría tiempo para dialogar con el grandote.
Géminis y esa extraña sensación en su pecho, sin embargo ya no era de miedo, era de una completa aversión hacia ese lugar.
Cáncer... Su dueño no se molestó siquiera en salir a chusmear quien atravesaba su Templo, además Cefeo paso tan rápido como sus pies se lo permitieron sin llegar a correr y quedar como un completo cobarde, como si estuviese huyendo de algo o de alguien.
Cuando llegó a Leo se detuvo, Aioria era el único capaz de frenarle su paso. Una sonrisa melancólica cruzó sus labios cuando una figura comenzó a acercarse lentamente a él... Pero no era su enemigo intimo... Un niño, aunque en realidad era una niña que no lo aparentaba, le dijo en pocas palabras que Aioria no estaba, había partido en misión junto al dueño de la sexta Casa.
El argentino suspiró aliviado, no por temor a enfrentarse a Leo, sino porque realmente aun no estaba preparado para enfrentarlo cara a cara, para verlo. Virgo, como había dicho la niña / niño, estaba vacío.
Libra completamente desierto, y ya para esas alturas creyó que iba bien, que llegaría a Acuario sin sufrir mayores contratiempos, sin embargo su recorrido terminó en el siguiente Templo: Escorpio.
Una voz prácticamente desconocida para Albiore llegó a sus oídos, calándose profundo.

- ¡Oh! Miren lo que tenemos aquí... –Bromeó un muchacho de cabellera enrulada y rubia con profundo sarcasmo.
- Milo...

Reconoció el argentino cerrando sus puños fuertemente al punto del dolor, con el desprecio en sus palabras, nunca había tenido la... Desgracia... De hablar directamente con ese Santo, quizás, intuyó bien Albiore, porque Escorpio no estaba para hablar con un insignificante Santo de Plata.

- ¿A que se debe tu... Honorable visita?... –El Santo de Oro no dejó de lado su sarcasmo.
- No te incumbe...
- Pues si... Estas en mi Templo... –Se acercó lentamente al invasor y con un dedo golpeteó la Armadura que llevaba puesta, la parte de los pectorales. –Te queda bien la armadura de Plata...

Acaso ¿Estaba siendo irónico? ¿O lo dijo sinceramente? Como si estuviese dando a entender que otra armadura no le hubiese quedado al argentino, no una de Oro, era demasiado para alguien tan insignificante como Albiore ¿No? ¿Era eso?

- Me pregunto... De que serias capaz con ella...

Comento Milo con aire desinteresado, realmente provocando a una rencilla, Albiore no pensaba quedarse callado, ni amedrentar para nada, no le temió jamas a un Santo Dorado, menos en ese momento, a escasos metros del Templo de Acuario.
Sin embargo, una cálida voz, demasiado familiar para el Santo de Plata resonó en el Templo de Escorpio.

- Ya Milo, deja de comportarte como un crío... Me exasperas...

Albiore notó una figura que salió directamente del interior de Templo... Y lo vio...
Su cabello aun mas largo que la ultima vez...
Aun mas lacio...
Aun mas rojo de ser posible.
La presencia de Camus era sencillamente... Abrumadora para el argentino. Jamas esperó encontrarlo en seme